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26 octubre 2010 2 26 /10 /octubre /2010 17:56
      Dos años atrás, luego de ser vencidos en Svartblotbukten, Sundeneschrackt y diecisiete miembros de su banda pirata eran condenados a prisión perpetua en una fortaleza llamada Kvissensborg. La sentencia era todo un escándalo, ya que para individuos semejantes se esperaba nada menos que la horca, y no tardó en rumorearse que el por aquel entonces Conde de Thorhavok y otrashonorables personas habían sido compradas mpara emitir tal fallo. Así era en realidad, gracias a la mediación de un guerrero corrupto llamado Einar Einarson, quien también se llevó alguna tajada en el asunto. En agradecimiento a sus servicios (o para que se callara la boca respecto al negociado, en el que cuanto más alto se estaba, más riesgo se corría si surgían pruebas del mismo), se confirió a Einar un título nobiliario, el de señor de Kvissensborg. Era un título puramente simbólico, que convertía a Einar en un idiota útil, encargado de comandar una prisión donde se hallaban recluidos convictos peligrosísimos. Sin embargo, el poder de ciertos gestos frívolos es a veces muy grande, y el acceso de Einar a la baja nobleza se interpretó como una gran recompensa. Que Thorvald Hanson no recibiera ni un simple Muchas gracias fue interpretado luego como prueba de que no él, sino Einar, había sido el verdadero héroe de Svartblotbukten.

      Estamos ahora en el año 958, diez años después de aquella infame sentencia. Aquel Conde Arn hace tiempo pasó a mejor vida, siendo sucedido por su hijo, también llamado Arn, quien anda ahora por la treintena de años y siente vergüenza por el soborno y el consiguiente veredicto bochornoso de una década atrás, aunque no queda claro si lo que tanto lo avergüenza es el corrupto episodio en sí mismo, o la reacción que provocó en la opinión pública. De todos modos, que su buen nombre y honor y el de su padre le preocupen, es de todos modos buen síntoma. Por otra parte, más adelante admitirá haber cultivado nobles ideales en su temprana juventud, que luego se esfumaron. Lástima que de todos modos, en lo ético y moral, el buen Arn carga con sus propias graves falencias. Siendo casado, corteja a una mujer, Wjoland Sigisnandsdutter, que luego se le escabullirá y a la que hará buscar como si de una delincuente se tratase. En este momento, sin embargo, otro asunto le preocupa más. Hasta él han llegado rumores de una Orden de falsos Caballeros, la Orden del Viento Negro, que sin duda procura ser reconocida como legítima e ir desplazando de a poco a la Orden de la Doble Rosa, a la que pertenece Arn, y apoderarse de las riquezas y privilegios que durante años fueron exclusivos de ésta. A dichos murmullos viene a sumarse ahora una noticia que suena delirante: losWurms -esa raza de dragones tan mentada en leyendas ciertemente poéticas, entretenidas y bellas, pero en cuya existencia ya nadie cree- están invadiendo  Andrusia Occidental, y tan crítica es allí la situación, que hubo que pedir a los falsos Caballeros, a los advenedizos del Viento Negro, que dieran una mano. Para Arn, queda claro que todo es nada más que una patraña urdida a partir de otros hechos sumamente enigmáticos, con el fin de favorecer a la Orden proscrita cuyo Gran Maestre -se sabe ahora- es oriundo, oh, casualidad, de una ciudad de Andrusia Occidental: Ramtala.

      Ante esto, Arn se inclina a proteger sus títulos, fueron y posesiones como se inclinaría un perro hambriento en defensa de un hueso que intentaran arrebatarle; y más todavía cuando le imponen a un advenedizo para defender de un posible ataqueWurm un punto especialmente desprotegido de la costa, Freyrstrande. Se exige, tanto a Arn como a su vasallo de Kvissensborg -fortaleza casualmente próxima a Freyrstrande- que cooperen con este Caballero, que por supuesto resultará ser Balduino de Rabenland. Descreyendo de hallarse en otro peligro real que no sea el de perderlo todo a manos de los advenedizos, Arn no tiene más remedio, sin embargo, que acceder; pero su colaboración será más que dudosa. Si de él depende, la estancia del Caballero en cuestión en Freyrstrande, en el mejor de los casos, parecerá un episodio de Los Tres Chiflados.

      Ahí es donde entra en escena Arn, señor de Kvissensborg. Este, además de ser obsequioso, probablemente esté infatuado: una vez más, prestará valiosos servicios a un Conde de Thorhavok, y está más que dispuesto a ello. No se nos dice en ningún momento, pero quizás espere por ello una recompensa. Tiene, después de todo, una hija casadera, Lyngheid, en cuya dote debe estar pensando. Ahora que se considera tan elevado señor, sin duda no espera para ella menos que un matrimonio acorde. Nada de casarla con un plebeyo; un esposo noble es lo que le conviene. A ella, pero no a los posibles candidatos, cuya estirpe lleva siglos arraigada en la nobleza y que sin duda deben considerar a Einar poco menos que un lacayo, y con quien una alianza reportaría escaso beneficio a menos que haya una jugosa dote en danza.

      Posiblemente es con el fin de encontrar un buen partido a Lyngheid que Einar está agasajando a cierto número de invitados cuando Balduino irrumpe iracundo en el salón de banquetes de Kvissensborg. Está furioso... Einar no sólo le ha asignado a modo de comandancia una construcción que se cae a pedazos, y un grupo de presidiarios a modo de tropa, sino que, ahora que viene a presentar quejas al respecto, lo tiene esperando una eternidad. Balduino por fin terminó forzando su entrada al castillo para exigir las pertinentes explicaciones. Para Arn debe ser un momento embarazoso porque, después de todo, allí están los potenciales maridos de su hija. Más vale que haga alguna ostentación de autoridad, o hará mal papel ante ellos. Esta es una buena razón adicional para tratar al pelirrojo con mucho desprecio ante todo el mundo. E impunemente, porque, después de todo, Balduino pertenece a la Orden de falsos Caballeros. Es sólo un forajido... Así y todo, ¡qué compromiso: !: Balduino lo reta a combate singular. Ni en su juventud Einar descollaba en las armas todo lo que quería hacer creer, y ahora que se dejó estar, menos todavía. Ni en sueños le conviene aceptar el desafío. Así que, con la excusa de que él no cruza espadas con malhechores, continúa con el tratamiento desdeñoso, pero añade ahora un recurso más vil y contundente, una paliza que ordena a sus hombres dar a Balduino.

      En lo sucesivo,  se acabó toda posibilidad de entendimiento amistoso entre Balduino y Einar. Este ahora hace de las órdenes de Arn un asunto personal. En otros asuntos, si es malo, lo es más bien por indolencia o dejadez antes que por deleite en serlo. El problema es que la dotación de Kvissensborg está integrada por lo que él considera viejos camaradas de armas y que son, más bien,. cómplices en sus chanchullos. Nunca tuvieron grandes principios morales y, con los años, se han embrutecido y degradado más todavía.  Y Einar no ejerce control alguno sobre ellos. Tal vez él no les ordenó torturar a Tarian, tal vez ni sepa de la existencia de este último, pero su deber sería estar al tanto de todo lo que sucede en el castillo y mantener cierto orden. Como no lo hace, en este sentido se convierte en malo por inercia.

      Pero llega un momento, no sabemos cómo, en el que Einar se da cuenta de que le convendría tener al mando a al menos algunos hombres más competentes que su horda corrupta y brutal; de modo que renueva un poco su dotación. En parte porque no tarda en descubrir que a Balduino, cosa inquietante, su dotación de presidiarios le sirve con increíble, inesperada lealtad, y parece temer que trame atacar Kvissensborg. En todo caso, tiene razones para desconfiar a él. Por otro lado, sólo los Kveisunger, ahora en Vindsborg, mantenían cierto orden en las mazmorras, so pena de que Tarian pagara con su vida cualquier motín o intento de fuga; así que conviene contratar guardias más capaces que los que ya hay en Kvissensborg. Sin embargo, se ve que de las dos cosas, es la primera la que más preocupa a Einar, porque pese a la profesionalidad de algunos de los nuevos guardias, no logran impedir la fuga de dos Landskveisunger apodados Daudensgraber Kniffen. Einar comete la torpeza de mantener la evasión en secreto, ya que espera recapturarlos sin tener que informar de ello a Arn. Para su desgracia, Balduino se entera igual, y aprovecha la oportunidad. Han pasado unos meses desde la paliza de Kvissensborg, y lo mismo Arn que Einar saben ya que la guerra contra los Wurms es una realidad. Ya no se sienten tan gallitos respecto a Balduino, por quien sin embargo siguen sin experimentar la menor simpatía. Mintiendo un poco, mostrándose firme siempre y adulando mucho, Balduino llega hasta Arn, ante quien se presenta como su más leal servidor, y acusa a Einar de incompetencia. De esa forma se hace con el mando en Kvissensborg y consigue, por fin, poner en libertad a Tarian.

      Si Balduino hubiera optado por otro sistema, Arn habría aparecido siempre mencionado y nunca participando activamente como personaje. La verdad es que describirlo fue aburrido y exasperante. Hay rostros de facciones hermosas, pero que, por alguna razón, resultan poco interesantes, y es el caso del de Arn, quien podrá ser rubio y de ojos azules pero también sumamente inexpresivo. Para peor, toda su apostura, su aristocracia, su rancia estirpe y su fortuna se le subieron a la cabeza, cosa bastante frecuente entre la nobleza. Así que los halagos adulones de Balduino son música para sus oídos, y los cree sinceros sin vacilar. Así como antes había desconfiado de manera muy tonta de Balduino, ahora pasa a confiar ciegamente en él de una forma más tonta aún, llegando a considerarlo un amigo. Balduino procura estar en buenos términos con él, pero ni en broma lo consideraría amigo. Como aborrece su propia duplicidad, tiene la esperanza de resucitar en Arn los viejos y olvidados valores que éste dice haber tenido alguna vez, pero por ahora ni noticias.

       Participando activamente, Arn apareció recién en esta tercera y definitiva versión. Debe lo mismo su nombre y su apariencia física a un personaje de El Príncipe Valiente que me resultaba igual de aburrido y exasperante que él. Una lástima, porque luego conocí a otro personaje literario del mismo nombre, Arn Magnusson, de la Trilogía de las cruzadas, de Jan Guillou, ciertamente mucho más grato. Cuando leía esa obra no podía menos que lamentar que el protagonista llevara el mismo nombre que el estúpido y vanidoso Conde de Thorhavok, pero qué se le va a hacer...

      A diferencia de él, Einar figuraba ya en la primera versión. Curiosamente, y aunque cambiaron los hechos de los que fue partícipe en las tres versiones, él, como personaje, no sufrió muchas modificaciones, quedó casi inalterado. Por cortesía de Anders, ahora tiene embarazada a la buena de Lyngheid, con lo que se le dificultará aún más la tarea de encontrarle marido. ¿Aceptará casarla con un plebeyo como Anders, colaborador para colmo del  para él detestable Balduino?... La respuesta, en el segundo volumen.

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Published by EKELEDUDU
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