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28 octubre 2010 4 28 /10 /octubre /2010 18:21
      El hecho de que algún personaje tenga escasa intervención en la trama no significa necesariamente que sea poco importante; y para confirmarlo, ahí está ese viejito que apareció en la trilogía sin ser llamado y de inmediato se ganó mi corazón. Como en el caso de Lyngheid, algunos detalles de su pasado pueden deducirse a partir de su presente. Sabemos que está ya muy anciano y achacoso y, aun así, sigue teniendo a su cargo algunas tareas en el Rökkersbjorg, un castillo de Drakenstadt donde se hospedan ahora la mayor parte de los Caballeros venidos a la ciudad para combatir a los Wurms. De hecho, está tan achacoso, que es casi seguro que buena parte de sus responsabilidades teóricas quedan, en la práctica, en manos de otros. Con sus movimientos lerdos y torpes, tardaría siglos en hacer la tarea de un solo día; pero, como sea, en principio él está a cargo, y si algún otro lo suplanta en las tareas, será con su consentimiento. ¿No sería ya hora de jubilar a alguien así? Seguramente, pero algunas personas se entregan a sus tareas con amor y orgullo por lo que hacen, al punto que ellas parecen ser toda su vida; y si durante años las han hecho bien y lealmente, apartarlos de un puntapié sólo porque ya no están en condiciones óptimas para seguir desempeñándolas con la misma eficiencia de antaño puede ser toda una ingratitud y un descomedimiento. Tal debe haber sido el caso de Maese Ulrikson, por lo que se lo dejó en el cargo que ocupaba. Por decisión de quién, no sabemos exactamente; pero como sirve al Duque Olav, que por lo que sabemos es (era, lamentablemente) más bueno que el pan, podemos pensar que él mismo dio la orden.

      Todo fue bien, hasta que llegaron los Caballeros, primero para enfrentarse, supuestamente, a los Kveisunger comandados por Blotin Thorfinn, y luego a una amenaza mucho peor, los Wurms. Los primeros en llegar fueron los de la Orden de la Doble Rosa, los peores. Tantas exigencias y pretensiones reclamaban por su sola condición de Caballeros, que más que gente de guerra parecían -eran- unos maricas, unos nenes de mamá. Seguidamente vinieron sus rivales, los advenedizos del Viento Negro. No cabe la menor duda de que éstos eran más tolerables, porque siendo de origen villano la mayoría de ellos, debían tener menos exigencias y remilgos; pero no sabemos exactamente cuánto más tolerables. Puede que coincidieran con sus rivales en que Maese Ulrikson era un anciano decrépito, obsoleto y rezongón; un Maldito Viejo Inútil. Apenas si podía moverse; ¿para qué servía alguien así?

      Supongo que tan apresurado, lapidario y sin duda tonto juicio era inevitable. Los Caballeros, además de hombres de acción, eran jóvenes en su mayoría. A esa edad no se reflexiona que, algún día, también uno estará viejo, rugoso y lleno de achaques. No debe sorprender, entonces, que su primera impresión fuese tan desconsiderada, especialmente entre los Caballeros de la Doble Rosa, que traen consigo sus ínfulas de grandes señores y que hasta piensan exigir al Duque Olav que los desembarace de ese viejo, que más que ninguna otra cosa es un auténtico e indiscutido estorbo.

      A Maese Ulrikson, parece, tampoco le hizo gracia verse de repente al servicio de tantos y tan insolentes jóvenes. Es hasta probable que sus rezongos fueran una simple reacción lógica a las constantes impertinencias de las que es objeto; porque, por lo demás, casi no habla. ¿Qué pueden hacer los Caballeros contra sus rezongos? ¿Matarlo? ¡Como si le quedara tanto tiempo de vida por delante!... Con cada día que se va, de hecho, se va también un poco de Maese Ulrikson, quien en cualquier momento estará en una nube tocando el arpa junto a San Pedro. Por lo pronto, a veces su cuerpo parece ser lo único que se encuentra allí. ¿Por dónde vaga entonces su pensamiento errabundo? Como permanece en silencio, no hay forma de saberlo. Quién sabe, tal vez en esos momentos su alma se eleve hacia Dios, pidiendole que lo libere de una buena vez de sus ataduras terrenales... Y tal vez Dios le conteste que todavía tiene por delante una tarea más que cumplir en este mundo: proteger a esa horda de muchachos altaneros y desagradables a los que tiene el dudoso honor de servir.

      En cualquier caso, la situación da un brusco giro cuando las huestes de los Caballeros de ambas Ordenes comienzan a ser atrozmente diezmadas por losWurms, que no se dejan impresionar por la sangre azul, a menos que la misma dé un sabor especial a los pobres desgraciados que van a parar a sus fauces. Adiós a la altanería y la fanfarronería, adiós a los anhelos de gloria y adiós a las querellas que separaban a las dos Ordenes de Caballería... Ahora están todos unidos por el miedo y el dolor, nefastas emociones que no harán sino crecer. Ya no quieren ser recordados en cantares de gesta, y les tienen sin cuidado sus fueros y riquezas; agradecidos estarán si viven para contarlo, y más si lo hacen en una sola pieza y no mutilados. No analizan mucho su situación ni sus sentimientos mientras están en pleno combate, pero se vienen anímicamente abajo cuando, en la cuadra, notan la gran cantidad de lechos que han quedado vacíos porque sus ocupantes han hallado una muerte espantosa, inenarrable. Los hombres no lloran, suele decirse, y a lo dicho intentan apegarse los Caballeros . Pero hasta las defensas más resistentes acaban por hacerse añicos, y cuando por fin uno de ellos se desmorona y estalla en lágrimas, elMaldito Viejo Inútil es quien le brinda silencioso consuelo, acariciándole el rostro con sus viejas manos rugosas, como un abuelo lo haría con su nieto.

      En adelante, sólo ante Maese Ulrikson, además de ellos mismos, se permitirán los Caballeros exhibir sus flaquezas, ceder al llanto, admitir sus miedos. Está allí para reconfortarlos sin decir una sola palabra, sólo estando con ellos. Es suficiente. A su lado, los Caballeros recuerdan que en él tienen cuando menos un motivo para, incluso muertos de miedo, enfrentar una vez más a los Wurms, uno más válido que ese Rey indiferente que la pasa de fiesta en fiesta mientras tantos mueren en defensa de su Reino, o que las multitudes descontroladas del Día de la Gehenna.

       A diario, en la vida real, encontramos gente de edad, muchas veces desconocida, que requiere de nuestra ayuda para muchas cosas. A veces nos piden que les leamos prospectos médicos escritos en letras minúsculas. Otras veces, en el colectivo, nos obligan a esperar una eternidad mientras ellos intentan pagar su pasaje y viajamos al final de una larga cola, colgados de la manija de la puerta, mientras ellos intentan en vano terminar de reunir el importe exacto del pasaje o introducir el dinero en la máquina tragamonedas. Inevitablemente terminan volviéndose hacia nosotros con sonrisa tímida, mendigando nuestra ayuda. Y por ayudarlos sufrimos a veces retrasos de todo tipo, pese a lo cual intentamos sonreír en todo momento. No es cuestión, claro, de incomodarlos todavía más dejándoles ver que, efectivamente, asistirlos nos acarrea contratiempos propios.

      Viéndolos, no puedo menos que recordar a Maese Ulrikson, el Maldito Viejo Inútil, que en esta primera parte de la trilogía sólo figuró en un capítulo entre más de doscientos. Y entonces, me asalta la extraña idea de que, quizás, su aparente indefensión sea una falacia y que, en realidad, estemos más necesitados de ellos que ellos de nosotros. Con sus miradas parecen pedirnos que los cuidemos, cuando quizás sean ellos quienes cuiden de nuestra humanidad, de que nuestra compasión no quede atrofiada en la maquinal rutina diaria. Tal vez nos cuiden así, como ángeles guardianes aprisionados en carne perecedera, y aguardando el momento exacto en que el Señor los llame a volar a su Presencia.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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