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4 diciembre 2010 6 04 /12 /diciembre /2010 19:38
      En el año 940 el nombre de Nemorea, más tarde reservado a la baronía homónima, designaba una vasta región ubicada en el extremo centro-occidental de Nerdelkrag, cubierta por frondosos e inexplorados bosques de siniestra fama: se decía de ellos que estaban embrujados, lo que no fue obstáculo para que unos cuantos nobles menores se asentaran allí sin formar cohesión política pero, al menos, gobernando con notable autonomía bajo la protección nominal de la Corona. Sus escasos súbditos eran en general personas malqueridas o directamente indeseables en otras regiones, que creían que allí podrían prosperar o al menos vivir en paz, entre ellos judíos y -se decía- brujas y hombres-lobo. Desde principios de ese año, sin embargo, un gran éxodo de gente venida aproximadamente del mismo centro geográfico del Reino dio qué pensar a los señores feudales de la región. Los recién llegados profesaban creencias más o menos cristianas, pero contaminadas con ideas extrañas, y venían escoltados por una hueste armada de Caballeros -o quizás falsos Caballeros- que llevaban armaduras negras. Los herejes, amparados por los Caballeros del Viento Negro, habían llegado a Nemorea; en el peor momento, según se supo pronto.

      Por aquel entonces, los nobles nemoreos tenían sus propias preocupaciones. En el norte, el Duque Honorio de Pfaffensbjorg codiciaba muy indisimuladamente las tierras nemoreas, y estaba a la búsqueda de un pretexto que le permitiera apoderarse de ellas. Le sería muy fácil porque, para casi todo el mundo, la inmensa región al sur de sus dominios era tierra de nadie.

       El Duque y sus ejércitos eran en sí mismos enemigos temibles, sin necesidad de recibir refuerzos inesperados. Los señores de Nemorea, por lo tanto, se mostraron recelosos tanto hacia los inmigrantes de intenciones declaradamente pacíficas como hacia sus sombríos custodios armados, temiendo que vinieran a apoyar las pretensiones de Honorio de Pfaffensbjorg. Pero su reacción no fue unánime. Algunos parlamentaron con los recién llegados para asegurarse de que no trajeran intenciones solapadas y para tratar de convertirlos en aliados suyos. Otros los expulsaron de muy mala manera de sus dominios. Por fin, hubo alguno que tuvo la idea de informar al Gran Maestre de los Custodios de la Doble Rosa, la única Orden de Caballería laica reconocida por el Rey y de autoridad válida en todo Nerdelkrag. Sin embargo, no informó directamente al Gran Maestre, porq ue por ese entonces dio la casualidad que un Caballero andante estaba de paso en Nemorea, y pensó que éste podría evaluar personalmente los hechos  e informar de ellos a sus superiores. El nombre de este Caballero era Diego de Cernes Mortes.

      Por aquel entonces los Caballeros de la Doble Rosa estaban en franca decadencia moral. Muy pocos seguían sustentando y defendiendo los viejos ideales, y casualmente Diego estaba entre esos pocos. Lo sorprendió la existencia de una Orden de Caballería clandestina; jamás había oído nada igual, ni siquiera imaginado que algo así podía existir. Pero desencantado como estaba de sus cofrades, cuando se entrevistó con algunos de los supuestos falsos Caballeros y advirtió que ellos sí estaban dispuestos a ponerse del lado de la justicia, concibió secretamente el audaz proyecto de apoyarlos y de, a la postre, sustituir a los Caballeros de la Doble Rosa por los del Viento Negro. Era una idea increíble y casi irrealizable... Y entonces ocurrió el estallido del Monte Desolación.

      El Oeste del reino se hallaba recorrido de Norte a Sur por una cadena montañosa conocida como Espìnazo de Lotario, en la que siempre había existido actividad volcánica, pero nada comparable a lo que tuvo lugar ese año de 940. Nadie habría podido imaginar el desastre que estaba en marcha, y menos aún asociar con el mismo al Monte Desolación, que pese a su nombre era un auténtico vergel en cuyas laderas rebosaba la vida. Ni siquiera se entendía el porqué de aquel nombre para un volcán que llevaba siglos dormido; los únicos fuegos que había en aquel pico y en los circundantes pertenecían a los grandes dragones voladores, los Drakes.

      Un día, de buenas a primeras, el cráter del Monte Desolación empezó a echar humo: Los primeros en alarmarse fueron los Drakes, que migraron en su mayoría hacia otras tierras. La mayoría de ellos, pero no todos. Unos pocos se compadecieron de los seres humanos que quedaban expuestos a la ira del volcán. Intentaron prevenirlos pero, por su tamaño, fuerza y fama de enemigos de la Humanidad, los dragones no eran seres a quienes los hombres estuvieran dispuestos a escuchar. Ni bien los reptiles aterrizaban, se los atacaba con ahínco sin darles tiempo a hablar. Esto espantó a otra tanda, pero aun así, algunos se obstinaron en quedarse por si podían ayudar en el desastre que, estaban seguros, se hallaba en marcha; y entre los que se quedaron, había uno llamado Méntor. La disposición de éste hacia la especie humana era excelente, pero por desgracia, en aquel tiempo no hablaba siquiera una palabra en ningún idioma hablado por hombres. Si quería hacerse entender por éstos, se las vería negras.

      Una semana después de haber empezado a lanzar humo, el Monte Desolación estalló. La oleada piroclástica devastó sus laderas; los castillos más próximos se derrumbaron, matando a sus ocupantes, y una aterradora nube de cenizas se vio propulsada a la atmósfera, Tardaría casi un año en disiparse del todo; pero la verdadera nube negra apenas si se asomaba en el horizonte. Los inmigrantes debían reemprender el camino de regreso junto con la misma hueste que los protegía, y acompañados esta vez por la antigua población nemorea. Sufriendo hambre, todas estas personas se dirigieron hacia el Este con intenciones de establecerse en otro sitio Pero se llevarían un chasco; al tratar de cruzar las fronteras, se enteraron de que éstas estaban cerradas. Las baronías limítrofes habían desconfiado lo mismo de herejes que de sus protectores; y ahora, la erupción del Monte Desolación, que también ellos habían sentido, las sonaba a castigo de Dios por haber consentido a aquellas gentes el libre tránsito por sus dominios. Y las huestes del Viento Negro, dispersas en  toda Nemorea -y tal vez diezmadas por la erupción- no se sentían lo bastante fuertes para abrir un camino armas en mano

      Diego de Cernes Mortes, sin embargo, había previsto que las desgracias no habían hecho sino empezar, y despachó veloz un mensaje a través del correo de postas, destinado a uno de sus pocos aliados todavía fiables: el Gran Maestre de las Milicias de San Leonardo, Federico de Knummerkamp. Diego de Cernes Mortes no estaba tan seguro como otros de que el estallido del Monte Desolación fuera un castigo de Dios; y conociendo a Federico de Knummerkamp, sabía que éste compartiría su saludable escepticismo. Así que le escribió resumiéndole toda la situación y pidiéndole que interviniera. Añadía en el mensaje que no sabía quién lideraba a los Caballeros del Viento Negro pero que, según ciertos rumores, era, increíblemente, una mujer.

       Para Federico de Knummerkamp, quien contaba de la relativa confianza del Rey Lorenzo, los Caballeros del Viento Negro no eran un fenómeno enteramente nuevo, ya que había recibido muchos reportes y quejas de sus actividades. Al principio había sospechado que se trataba de un único y mismo impostor que se hacía pasar por auténtico Caballero, pero al constatar que los reportes provenían de lugares demasiado distantes y que, incluso, dos jinetes revestidos de armadura negra se habían visto al mismo tiempo, tuvo que aceptar que se trataba de toda una Orden de Caballería clandestina. 

      Pero el problema era que, en aquellos días, nadie sabía en quién confiar, comenzando por el propio Rey Lorenzo, que pasaría a la Historia como el Terrible y que tenía inclinaciones paranoicas. Las víctimas de las mismas eran supuestas brujas, licántropos y herejes pero, en la práctica, nadie estaba a salvo. Culpaba de su falta de herederos y de la muerte de su primogénito a las brujas porque en su niñez le habían inculcado que éstas eran seres temibles y porque él mismo, en el mejor de los casos, no estaba del todo en sus cabales. Por el Gran Maestre de las Milicias de San leonardo sentía emociones muy opuestas. Desconfiaba de él creyendo que codiciaba el trono, pero a la vez le tenía cierta gratitud porque Federico había puesto su propia vida en peligro en un infructuoso intento de salvar al heredero del trono, fallecido en un accidente de caza. En cualquiera caso, Federico seguía siendo la persona en quien más confiaba, pese a todo. Esto lo hacía objeto de muchas envidias, y unos cuantos habrían estado encantados de poder acusarlo de traición para ocupar su puesto junto al Rey.

      Ahora bien, intervenir abiertamente en Nemorea con sus huestes en defensa de herejes, precisamente acarrearía a Federico cargos de traición, ya que significaba ponerse del lado de aquellos a quienes el monarca se empeñaba en combatir. Cualquier cosa que hiciera, tendría que hacerla a espaldas del monarca. Lo primero que hizo fue una tentativa desesperada, la única que veía a su alcance: escribió a los señores de las baronías noroccidentales solicitando ayuda en alimentos y tropas con destino a Nemorea. Esas baronías permanecían semipaganas, hecho que a menudo les traía problemas y que tal vez hiciera que reaccionaran con simpatía hacia personas hostigadas por su fe. Además, las baronías en cuestión eran tan ricas, que estarían en condiciones de brindar la ayuda solicitada.

      Posiblemente los barones habrían preferido no involucrarse, pero sus hijos eran otro tema. Por aquel entonces había ganado cierta notoriedad un forzudo y carismático príncipe de Drakenstadt llamado Gudjon Olavson. Era literalmente un tiro al aire, amante de las aventuras y la acción. Por suerte su mejor amigo, un príncipe de Ulvergard llamado Thorstein Eyjolvson, era mucho más sensato, aunque la influencia del primero lo volvía también bastante tarambana a veces. 

      Ambos, con un grupo de amigos y un puñado de jinetes armados, cabalgaron hacia el sur. Por desgracia, eran adolescentes y no comprendían la gravedad de lo que estaba ocurriendo, ni que lo que ellos veían como una aventura debía ser más bien una expedición de socorro; de manera que se demoraron bastante. 

      Mientras tanto, el Duque Honorio vacilaba. Nemorea estaba golpeada por una tremenda catástrofe y era el momento ideal para apoderarse de ella, con la excusa de que sus habitantes habían ofendido a Dios; pero a la vez, el botín que podría obtener resultaba poco tentador. Parecía que del cielo jamás acabarían de caer cenizas de la erupción. Para cuando ya había decidido que convenía atacar para apoderarse de aquella tierra devastada en previsión de que un día volvería a ser fructífera, Diego de Cernes Mortes le prohibió hacerlo, invocando para ello una autoridad que en realidad poseía sólo a medias. Esto hizo vacilar de nuevo a Honorio.

      Por su lado, la población sobreviviente de la erupción, detenida en la proximidad de la frontera, padecía hambruna. Se hablaba de víveres que estaban en camino desde el Norte, pero que, en definitiva, nunca llegaban. Al cundir la noticia de que los víveres en cuestión se hallaban cerca, tres personas se ofrecieron a avergiuar qué ocurría; entre ellos, un adolescente llamado Dagoberto de Mortissend. Este no era de Nemorea. Había abandonado su hogar, también él, en busca de aventuras, y terminó hallando demasiadas.

      Los príncipes del Norte, con su pequeña hueste y sus carros con provisiones, se habían detenido en una abadía. Hacia allí fueron Dagoberto y sus dos acompañantes. La frivolidad y estupidez de los príncipes en un momento tan grave los asqueó a los tres; pero a ninguno tanto como Dagoberto de Mortissend, quien les dijo a la cara lo que pensaba de ellos. Así, con el pie izquierdo, empezaron las relaciones de Dagoberto con quienes más tarde serían sus amigos, Gudjon Olavson y Thorstein Eyjolvson; y empeoraron cuando más tarde el propio Dagoberto, adolescente al fin, compartió la frivolidad de los mentados en asuntos de mujeres. Concretamente, los tres, más algunos otros no mencionados, se enamoraron, sin haberla visto siquiera, de la misteriosa Doncella que, según los rumores, dirigía a los Caballeros del Viento Negro, y cuyo paradero era por aquel entonces un enigma. Todos ellos anhelaban conquistarla, y a ninguno le hizo gracia tener tanta competencia; pero el deseo individual de obtener los favores de la dama guerrera motivaría a cada uno a poner lo mejor de sí en medio de aquella crisis. 

      Así comenzó, a grandes rasgos, esa tan famosa epopeya del Monte Desolación que se menciona desde el inicio mismo de El señor cabellos de Fuego. De cómo siguió, no tengo la menor idea, excepto que los emigrantes fueron finalmente puestos a salvo, que Honorio finalmente cayó a sangre y fuego sobre Nemorea, que les hizo pasar un mal trago a los Caballeros del Viento Negro y que en determinado momento, la supervivencia de éstos como Orden de Caballería clandestina dependió del silencio de un judío llamado Benjamin Ben Jakob, al que los hombres de Honorio sometieron a torturas para sonsacarle ciertos secretos. Para Thorstein y Gudjon, que lo habían tratado con cierto desdén, el silencio valiente de Benjamin fue toda una lección. 

      Algunas de estas cosas las fui averiguando mientras escribía El señor Cabellos de Fuego, pero el papel de algunos de los personajes mencionados estaba ya decidido desde antes; el de Thorstein Eyjolvson, por ejemplo. Que sea él el primer personaje que aparezca en El señor Cabellos de Fuego no es casual; me parecía que era una buena ocasión para darles a los personajes de la saga del Monte Desolación una digna despedida. Han pasado dieciocho años desde entonces; algunos ya han pasado a mejor vida, como Federico de Knummerkamp (de éste no sabemos en qué circunstancias), Diego de Cernes Mortes y Gudjon Olavson, estos dos últimos caídos en combate contra los Wurms ante la Puerta Regia de Drakenstadt.. Los que quedan  vivos están muy, muy envejecidos. Dieciocho años son sólo dieciocho años en cifras; en lo que a vivir respecta, algunos cargan en ese lapso con lo que parece el peso de muchos años más. Eran adolescentes idiotas, frívolos, y despreocupados; ahora son hombres que alguna vez soñaron que podían cambiar el mundo, que saben que han fracasado y que, sin embargo, no dejan de intentarlo a sabiendas de que su destino será seguir fracasando. Tal vez no hayan podido hacer del mundo el lugar bello en que querían convertirlo, pero sus almas sí se embellecieron en el intento... O quizás esa belleza interior ya estaba oculta en ellos, como la de una gema en bruto, y la vida se ocupó de pulirla. En El señor Cabellos de Fuego son sólo personajes secundarios; no puedo garantizar que a muchos, o a todos, no se los lleve la Parca. Si esto ocurriera, que no se vea, por favor, como una desgracia. Las personas que sacrifican mucho de sí mismas en favor del prójimo no mueren; sólo son relevadas de sus obligaciones y van a gozar de su merecido descanso y premio. Tengamos en cuenta que, al menos en parte de esas tareas, el relevo de los que se van quizás seamos nosotros mismos, aunque sea un pensamiento incómodo y poco grato.

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