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21 marzo 2010 7 21 /03 /marzo /2010 23:53

C

      -Hermoso día tendremos hoy, sí señor-aprobó Fray  Bartolomeo a la mañana siguiente, tras celebrar misa en Vindsborg y ver el aspecto del cielo-. Dios sea loado.

 

      Pero ni Balduino ni mucho menos Anders sentían muchas ganas de loar a Dios por el efectivamente magnífico día que se anticipaba, pues ambos, cada uno por su lado, habían esperado alguna milagrosa y violenta cellisca que los eximiera de salir a navegar o de hacer el papel de cobardes desistiendo de la empresa. El pelirrojo retardó cuanto pudo la cosa, abordando al cura para hacerle ciertas preguntas sobre el estado de Tarian y la situación en Kvissensborg. Lo hizo con mucha cautela, sin olvidar que Fray Bartolomeo era inintencionalmente peligroso por su larga lengua que le hacía revelar, sin darse cuenta, incluso secretos de confesión. Aun así logró enterarse de que el cura tenía desde hacía tiempo vedada la entrada a la celda de Tarian, lo que era un indicio de lo más inquietante, y alivió mucho a Balduino que Ulvgang no estuviera cerca para oír aquel dato. Ni siquiera era seguro que el infortunado muchacho estuviese vivo todavía.

 

      -¿No puedes hacer nada por él, hereje?-le había preguntado Fray Bartolomeo-. Llevo años intentando cuando menos mejorar la situación de Tarian, sin éxito. Estoy seguro de que, si continúa vivo, de todos modos poco le faltará, a estas alturas, para desear la muerte. Te garantizo que si de algo no te arrepentirías jamás, es de hacer algo bueno por él.

 

       -Tal vez pueda, con vuestra ayuda-respondió Balduino.

 

       -¿Y qué debo hacer?

 

      -Mantenedme al tanto de cuanto suceda en Kvissensborg, por trivial que parezca.

 

      El cura se despachó entonces con una catarata de noticias, la mayoría ya viejas. Hendryk Jurgenson y Kehlensneiter habían sido trasladados a una celda aparte por consejo del propio Fray Bartolomeo, ya desde que sus compañeros fueran enviados a Vindsborg. Este temía por la seguridad física de ambos, que a Einar y a los guardias les importaba un bledo; pese a ello el cura arguyó que siendo rehenes debía preservarse su seguridad física para evitar represalias por parte de Ulvgang y los demás, y entonces se atendió a tal sugerencia. Con el mismo pretexto había intentado mejorar la situación de Tarian, pero sin resultados. Al parecer Tarian estaba rotulado como rebelde peligroso y la respuesta fue que los únicos que sabían como tratarlo eran sus carceleros.

 

      -Entonces sugerí reemplazar a algunos de sus hombres por otros más competentes. Einar no me hizo caso enseguida, pero se ve que lo pensó, pues hace tiempo hizo unas cuantas sustituciones; si bien sus amigos siguen ocupando casi todos los puestos de mando.

 

      Entonces ésos son algunos de los jinetes desconocidos que vimos recientemente, pensó Balduino, recordando que muchos de aquellos ignotos cabalgantes eran a menudo vistos en dirección a Kvissensborg. Claro que por tratarse de un refuerzo carcelario resultaba llamativo lo mucho que se los veía yendo de aquí para allá. Einar no contrató a esos hombres para reforzar la guardia de la prisión, sino para precaverse de eventuales ataques de un enemigo en potencia: yo. Los tiene recorriendo la zona para asegurarse de que no esté tramando nada contra él.

 

       El resto de la información aportada por el cura fue por completo inútil, pero sirvió para hacer tiempo. Desafortunadamente, Fray Bartolomeo tenía cosas que hacer, y por lo tanto fue tan escueto como pudo; y para desgracia de Balduino, no quedaban más pretextos para seguir demorando la partida. 

 

       No les quedó más  remedio a Anders y a él, pues,  que encaminarse hacia el malecón como quien marcha a un funeral, y temiendo que, si lo había, resultara el suyo. Hundi fue tras ellos con un par de arpones preparados por los Kveisunger dos días atrás y especialmente para la ocasión. Balduino los había "olvidado" adrede en Vindsborg a fin de disponer de un pretexto que les permitiera regresar enseguida luego de un plazo muy corto, pues ni el más osado navegante se haría a la mar sin un arma con la que defenderse de eventuales ataques de monstruos marinos. Así que el inoportuno celo de Hundi fue como un tiro de catapulta contra su ánimo.

 

      Los marineros en ciernes hacían todo lo posible por simular optimismo y buen humor, comentando entre ellos cuán espléndida mañana era aquella; pero las suyas parecían sonrisas de escayola, estáticas y poco convincentes. Se demoraban en partir mucho más de lo lógicamente admisible, so pretexto de que el sol los amodorraba; y si por azar un par de nubes, inocentemente blancas, los privaba de aquellos rayos dorados a los que indirectamente responsabilizaban por su tardanza, tenía lugar una discusión, muy oportuna por cierto, acerca de si el día seguiría así o acabaría estropeándose.

 

      Ahora bien, a modo de esparcimiento y distracción para los demás, se había programado para ese día una partida de caza, de la que teóricamente participarían los Kveisunger, los gemelos Björnson y Ursula. Como por casualidad, también ellos se retrasaban discutiendo quién sabía qué; pero Balduino notó que, cada tanto, alguno de ellos se volvía hacia él o hacia Anders con expresiones de indiferencia no muy acordes con la asiduidad de tales miradas. No requería mucha inteligencia inferir que los estaban evaluando, por no decir espiando; de modo que el pelirrojo, para salvaguardar su orgullo, aceleró de improviso la partida, imaginando  que acto seguido los otros partirían hacia su bendita cacería. Se equivocaba. En cuanto el bote soltó amarras y se alejó un poco de la costa, los supuestos cazadores se precipitaron en tropel  hacia el torreón a fin de disponer de un sitio de privilegio, que les permitiera seguir al máximo detalle las andanzas de los noveles navegantes; pero éstos lo supieron recién cuando la aventura había concluido.

  

      Balduino era, de los dos, quien más motivos tenía para temer un accidente en el mar, ya que, pese a todos sus años de preparación física, jamás había aprendido a nadar; en tanto que Anders en esa matería al menos se defendía notablemente. Sin embargo, en ningún momento habían barajado la posibilidad de un accidente. En cierto modo, tampoco lo hacían ahora, a menos que un ataque alevoso de Jormungand o de otro monstruo similar pudiera llamarse accidente. Como fuera, no estaban tranquilos, y menos cuando recordaban los macabros relatos oídos la noche anterior. En consecuencia, la primera idea de Balduino fue limitarse a bordear la costa y siempre muy cerca de ella. De esa manera, por un lado, contarían con más posibilidades de alcanzar tierra firme en caso de naufragio; por otro lado Jormungand, morador sin duda de aguas profundas, ni se les acercaría.

 

      Tal fue la idea inicial, pero pronto Balduino no estuvo muy seguro de la conveniencia de seguir aferrándose a ella. Hasta donde recordaba, haciendo guardia en el torreón se hallaba teóricamente Adler. Este se llevaba bien con los Kveisunger, quienes sin duda lo interrogarían acerca de lo que había visto, si no le habían recomendado expresamente espiar por cuenta de ellos a los bisoños navegantes. Y si Adler decía haber visto el bote desplazándose tan cerca de la costa cuando el propósito original era supuestamente explorar los canales entre las islas, el comentario generaría muchas suspicacias burlonas.

 

      No muy seguro de que fuera realmente Adler quien se hallaba de guardia en el torreón, Balduino alzó la cabeza hacia lo alto del mismo. Le pareció que una cabeza melenuda que asomaba por un ventanuco bruscamente desaparecía en el interior. Esto le gustó menos todavía. Adler no era melenudo, y además quien se ocultara tan velózmente sin duda no quería dejarse reconocer. Algún taimado los estaba espiando.

 

      -¿Seguimos en esa dirección, Balduino?-preguntó Anders, en ese momento a cargo de los remos.

 

      -Alejémonos de la costa-contestó de mala gana el pelirrojo. Por suerte el viento soplaba en contra, impidiéndoles desplegar la vela para aprovechar la brisa. Ello les haría demorar en alejarse de tierra firme.

 

      El bote se mecía en general con un suave vaivén. Ocasionalmente pegaba un sacudón un tanto más brusco que los otros, sobresaltando a sus inexpertos tripulantes, que luego de dos o tres experiencias de ese tipo se encontraron de pronto riendo nerviosamente y obligados a rendirse ante la evidencia: estaban ambos muertos de miedo. Claro que, por supuesto, no iban a confesárselo mutuamente con tanta franqueza...

 

      Anders asomó su cabeza por la borda y vio lo que parecía un abismo submarino interminable.

 

      -Asusta un poco-dijo, sonriendo avergonzado.

 

      -Creo que estamos algo sugestionados por los relatos de anoche-replicó Balduino, sin que tal deducción fuese muy meritoria de su parte-. Pero no debemos darles el gusto a esos desgraciados, Anders. Se reirán de nosotros si no controlamos nuestro temor. Ya verás cómo en poco tiempo nos acostum...

 

      En ese momento una ola de procedencia tal vez perfectamente explicable por causas que nada tuvieran que ver con monstruos marinos golpeó desde babor con inusitada fuerza teniendo en cuenta la notable calma del mar. Y entonces, aquellos jóvenes atléticos y saludables, Caballero uno  que insistía en ser capaz de asustar y vencer a los temibles Wurms,  aspirante a la Caballería y eterno adorador de sus propios músculos el otro, se incorporaron de un brinco y cayeron cobardemente uno en brazos del otro, temblorosos y chillando como mujeres, y cenicientos de pavor sus rostros.

 

      De inmediato tomaron conciencia de aquel instante de supremo ridículo, y se separaron riendo, ya sin necesidad de confesarse mutuamente el miedo que los embargaba, ¡acababan de verlo en acción!

 

       -Por suerte nadie nos vio-dijo Balduino, más esperanzado que persuadido de lo que estaba diciendo-. ¿Qué quieres que hagamos?

 

      -No te hagas el inocente-fue la sarcástica réplica-. Tú eres bravo Caballero; yo, sólo tu fiel y obediente escudero; de modo que tanto en el avance como en la retirada, tuya será la responsabilidad. No sea cosa que después digas: Yo me habría quedado, pero Anders tenía miedo, de modo que me compadecí de él y por eso volvimos.

 

       Ser pescado in fraganti en tan desleal maniobra suele resultar terriblemente incómodo, en especial si se es Caballero, noble defensor de elevados ideales y presunto dechado de virtuosismo y rectitud; así que el rostro de Balduino se puso de un color como para que sus cabellos, por comparación, parecieran blancos.

 

      -Es lo que yo trataría de hacer, en tu lugar-prosiguió Anders, en respuesta a la pregunta que no formulaban las palabras de Balduino, pero sí las facciones de su rostro.

 

       -Bueno... En ese caso, nos quedamos-gruñó desganadamente Balduino.

 

      -Así me gusta-dijo insinceramente Anders-. Sin embargo, mira que, si quisieras volver, yo...

 

       -Si quisiera volver, tú dispondrías de un excelente pretexto: ¿Qué otra cosa podía hacer, sino lo que ordena mi señor?... Porque entonces ya no sería Balduino a secas... Si mi señor ordena volver, no puedo sino cumplir con sus deseos. A mí el peligro no me parecía tan grande.

 

        -¡Humpf!-gruñó Anders-. Qué bueno sería si existiera un medio mágico de dividir el bote al medio de modo que cada mitad  continuase a flote y con su carga intacta una vez separada de la otra. Así cada uno sería responsable de sus propias decisiones.

 

      -Y si  existiese un bote así, ¿qué decidirías hacer, una vez estuvieras en tu propia mitad independiente de la otra?

 

       -Lo que tú escogieras, Balduino. No tendría corazón, si optaras por regresar, para dejarte solo en la vergüenza, a merced de las burlas de nuestros Kveisunger.

 

      -Con sólo diecisiete años tienes ya un tufo a zorro viejo que apesta.

 

      Anders no alcanzó a contestar, porque en ese momento una violenta remezón, todavía más intensa que la anterior, alcanzó al bote. Los remos golpearon contra ambos flancos.

 

      -¡Jormungand!-exclamó Anders, horrorizado, señalando una difusa sombra en las profundidades.

 

       -Oh, Dios, ¡es enorme!-murmuró Balduino, con el corazón en la boca.

 

      Y se precipitó sobre los remos; pero no con tanta celeridad como Anders, quien se apoderó de ellos y empezó a bogar de regreso al punto de partida a una velocidad prodigiosa. Luego de un rato lo sustituyó Balduino, sin que a ninguno de los dos se le ocurriera (tan atemorizados se hallaban) desplegar la vela para aprovechar la brisa a favor. Ni falta que les hacía. El miedo redoblaba el vigor de sus brazos.

 

      Ya a punto de tocar tierra, sin embargo, los asaltó una súbita vergüenza. Porque la hipotética serpiente marina avistada desde el bote en ningún momento se había visto claramente o movido. Ahora que se sentían a salvo y la analizaban en retrospectiva, la difusa forma parecía más bien un juego de luces y sombras que nada tenía que ver con Jormungand ni con cualquier otro monstruo de los abismos oceánicos.

 

      Pero ya era tarde: habían llegado al malecón y estaban amarrando el bote al noray. A continuación, consternados de su propia pusilanimidad, anduvieron un rato de un pie en otro por la playa.

 

      -¿Qué diremos a los otros?-preguntó Balduino-. ¿Cómo justificaremos tan pronto regreso a tierra firme?

 

      -No sé, pero más vale que se te ocurra algo. Es culpa tuya que haya ocurrido todo esto-contestó Anders en tono gravemente acusador.

 

      Balduino se volvió hacia él, indignado. Su expresión fue demasiado para Anders, cuyos esfuerzos por mantenerse serio naufragaron tan irremisiblemente como ambos habían imaginado naufragaría el bote. Estalló en carcajadas y se arrojó sobre Balduino, derribándolo sobre la arena.

 

      -¡Eres un cobarde! ¡Un maldito cobarde!-dijo.

 

      -¡Tantas agallas que demostraste tú!... ¿Y encima ahora atacas a traición, villano?-replicó Balduino, riendo también.

 

      Durante unos minutos rodaron los dos por la arena, trabados en combate amistoso e intercambiando pullas y floridos insultos. Muy ocupados en lo suyo, tardaron en darse cuenta de que, de a poco, se les había acercado un nutrido público, un montón de caras burlonas. Cuando lo hicieron, se sintieron confusos. El temido momento de decir algo había llegado.

 

       -Volvisteis muy pronto-dijo Ulvgang, rezumando ironía en su voz, en sus saltones ojos verdiazules y en su sonrisa de dientes podridos-. ¿Tuvisteis algún percance?

 

       Balduino, sin salir de su azoramiento, soltó a Anders, a quien acababa de inmovilizar merced a una llave de lucha aprendida recientemente, y se puso de pie.

 

 

      -Bueno... No fuimos los únicos en volver temprano, parece-dijo, mirando su entorno y viendo allí a todos integrantes de la partida de caza programada para ese día y que ahora se revelaba falsa. Porque Balduino recordaba la cabeza melenuda que había visto asomarse por el ventanuco del torreón, y ahora estaba seguro de que había sido la de Ursula. Esta no se perdía ninguna cacería, a menos que hubiese algo más interesante que ver o hacer en otra parte. Nunca lo había habido hasta entonces; sin embargo, si no es digno de verse un superior haciendo el ridículo, ¿qué puede serlo?

 

      Andrusier jugueteaba con su oreja mutilada, como buscando el pedazo de carne y el arete faltantes. Seguidamente se llevó esa misma mano a su desprolija melena y extrajo de ella un piojo, al que dio muerte entre las uñas de sus dedos pulgar e índice. Esta imagen recordó a Balduino el zoológico que él mismo llevaba entre sus cabellos, y lo asaltó una picazón por lo general inatendida.

 

      -Es que...-murmuró, rascándose la cabellera con la mano izquierda-. Tal vez todavía no estemos preparados para salir solos.

 

       Se le ocurrió de repente que tal vez eso no fuera falso, después de todo. Eso le infundió más seguridad, a pesar de que las sonrisas y las risistas reprimidas y malévolas iban en aumento.

 

      -Pero no nos dejaremos vencer por el mar-añadió, envalentonado-. Volveremos. La última palabra no está dicha.

 

      -Te creo, te creo...-dijo Ulvgang, en tono que parecía sincero; pero enseguida volvió a desbordarlo la ironía:-. Por cierto, señor Cabellos de Fuego... No habrá sido, supongo, el temor a Jormungand lo que os hizo volver tan rápido, ¿no?

 

       -Pues...

 

      -Porque Jormungand es perfectamente inofensiva-añadió Ulvgang enseguida.

 

       Balduino se quedó de una pieza, y su expresión boquiabierta hizo que algunos ya no pudieran aguantarse más y estallaran de risa.

 

         -¿Cómo que es inofensiva?-preguntó.

 

       -De las cinco especies conocidas de serpientes marinas, la más peligrosa, dicen, es la Goliath, pero es dudoso que exista, porque yo jamás vi ninguna en todos los años que llevo navegando. Le sigue la reidora-explicó Ulvgang-, que es además la única que ondula horizontalmente. Luego hay otras dos que ya no son tan feroces. Y por último está la serpiente marina de crin. Puede hacer volcar accidentalmente una barca, tal vez se robe la pesca, pero no devora seres humanos. Y yo nunca he visto a Jormungand pero, por descripciones, no hay duda de que es una serpiente marina de crin.

 

      Balduino cruzó con Anders una mirada de desconcierto, que en el primero iba transformándose en indignación.

 

        -Un momento-dijo Anders-: vosotros mismos dijisteis que Friedrik, Thomen y los demás, el viernes, salvaron sus vidas por un pelo.

 

       La frase desató aún más carcajadas. Anders siempre había sido más crédulo que Balduino, y su ingenuidad ya era leyenda en Vindsborg; de modo que tomarle el pelo siempre era un inmenso y especial placer.

 

       -Son buenos marinos... Y fanfarrones y exagerados, como todo marino que se precie-contestó Ulvgang, quien sonreía apenas, pero con muchas ganas-. Tal vez hayan estado en peligro de zozobrar; pero soltando las redes para que Jormungand se las llevara junto con todo su contenido, creo que incluso de ese riesgo se hubieran librado fácilmente.

 

      -¿O sea-bramó Balduino, iracundo y sintiéndose un paradigma de estupidez- que todo el tiempo estuvimos temiendo de un monstruo marino que es inofensivo?

 

      Su explosión hizo que las carcajadas redoblaran, y que hasta el propio Ulvgang riera como si fuera la última vez. Anders apenas si podía asimilar la idea de que otra vez hubiera caído en un engaño, ahora para colmo en compañía de Balduino. Este, ofendido, estuvo a punto de dar media vuelta y rumiar su despecho en un lugar solitario. Pero no. Ya que todos estaban tan risueños, él no debía permanecer en sepulcral seriedad, ¿no? Por consiguiente, ¿qué mejor que imponerles un castigo que les hiciera recordar al menos durante mil años las funestas consecuencias de gastar bromas tan pesadas? Entonces sería su turno de reír.

 

       Tras arduos esfuerzos, Ulvgang consiguió a duras penas  recobrar la compostura. para entonces sus ojos, saltones y glaucos, estaban llenos de lágrimas de tanto reír.

 

      -No ha sido nada personal contigo ni con el grumete, señor Cabellos de Fuego-aseguró, acercándose al pelirrojo y rodeándole los hombros con su largo brazo, en gesto afectuoso y protector, extraño en un  individuo que otrora había sido El Terror de los Estrechos-. Simplemente, es tradición entre los marinos, y no sólo entre nosotros los Kveisunger, poner a prueba las agallas de los bisoños contándoles historias espeluznantes, ya sean verídicas, exageradas o inventadas-estrechó los hombros de Balduino con más fuerza-. ¿No creerás, me imagino, que os habríamos dejado ir solos, si hubiéramos creído que corríais peligro tan extraordinario, verdad?

 

       Balduino le lanzó una rencorosa mirada de soslayo. Su dignidad herida le exigía mantenerse en pie de guerra; la paternal caricia que le prodigaba Ulvgang tiraba en sentido contrario.

 

      Pensó en él, en Ulgang, a quien últimamente era muy raro ver sonreír. No lo decía, pero era obvio que lo corroía la angustia de no saber nada acerca de su hijo. Si de veras Tarian está muerto, ¿cómo haré para decírselo a Ulvgang?, pensó Balduino, afligido. ¿Y cómo quedarán las cosas entre nosotros luego de eso? Tal vez había motivos para temer las consecuencias de una probable muerte de Tarian en prisión pero, más que miedo, la idea, por muchas razones, lo llenaba de dolor.

 

      Después de todo, ¿qué importaba hacer el papel de bufón si Ulvgang había reído? Tal vez nunca más lo hiciera. ¿Qué importaba su dignidad vulnerada si aquel feroz Kveisung que en su tiempo había hecho temblar las costas de Andrusia estaba a su lado, acariciándolo a la vez con ternura y rudeza como lo haría un lobo con su cachorro, exigiéndole valentía pero a la vez presto a saltar en su defensa cuando el coraje le fuera insuficiente para enfrentarse al peligro y salir indemne? Como Thorvald, Ulvgang era a su modo, para Balduino, alguien muy parecido al padre que hubiera querido tener.

 

      Miró a Anders, quien sonrió forzadamente, encogiéndose de hombros.

 

       -Puercos bastardos, ésta me la vais a pagar...-gruñó al fin Balduino, con aire vengativo, antes de echarse a reír también él.

 

      Pero, por supuesto, jamás llevó a cabo el desquite prometido. En parte por falta de tiempo, en parte por  carecer de inventiva para vengarse cumplida pero inocentemente y mucho más por sentir que, de algún modo, se lo había bendecido con una rara e insospechada dádiva. En años venideros, recordaría muchas veces aquel día; y tal recuerdo lo haría sonreír incluso cuando tuviese más bien motivos para llorar, y le traerían felicidad incluso en las condiciones más adversas. De algún modo, intuyó que así sería... Pero ni él mismo imaginaba en ese momento que, algún día, anécdotas en apariencia triviales como aquella serían como milagrosos asideros que salvarían a muchos de precipitarse en los siniestros abismos de la locura.

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  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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