Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
7 junio 2010 1 07 /06 /junio /2010 19:34

CC

      El grueso de los Caballeros venidos en auxilio de Drakenstadt se aposentaban en el Rökkersbjorg, un castillo situado aproximadamente en el centro de la mitad oriental de Drakenstadt, donde normalmente se acuartelaban tropas villanas ahora desplazadas hacia otros castillos a a barracones.

 

      Calímaco de Antilonia bajó la cabeza, desolado. No le molestaban las tiendas de campaña, pero aquella cuadra era horrorosa.

 

      -Eh, sí, mañana podríamos poner un poco de orden aquí, ¿verdad?-sugirió ignacio, riendo por no llorar. Si en algo echaban de menos los Caballeros la falta de escuderos era en eso, en la pulcritud de sus equipos. Mal que bien habían logrado mantener cierta coherencia, obligadamente, hasta que los Wurms habían dejado de atacar. Y a partir de allí, caos absoluto. Sin contar, claro, las hediondeces típicas de un sitio carente de adecuada ventilación y que, para colmo, servía de madriguera a toda una horda de energúmenos que retornaban a ella todas las noches sucios y sudorosos.

 

      Casi me está cayendo simpático el idiota... Pobrecito, pensó Edgardo, viendo en Calímaco a un Adán que descubre que ha de ganarse el pan con el sudor de su frente y no sólo no tiene la menor gana de hacerlo, sino que, además, no sabe cómo se hace. Tal vez valga la pena cuidarlo un poco... Quién sabe, quizás Dios me vea y me lo agradezca poniendo a Balduino al cuidado de alguien.

 

      -Las camas son piojeras, pero son camas, que es más de lo que muchos pueden decir-lo consoló-. Estará bien, Maese Ulrikson.

 

      El tal Maese Ulrikson era un viejecillo, un criado encargado de alojar a los Caballeros y proveerles de lo necesario. Debía tener más años que Matusalén y era tan diminuto y escuálido que cabía preguntarse quién pesaría más en una balanza, si una pluma o él. Hacía las cosas con una lentitud lógica en alguien de sus años, pero exasperante para jóvenes hombres de acción, y para colmo altaneros como águilas. Al principio, los Caballeros no lo habían querido. Le pedían cosas o formulaban quejas a los gritos, llamándolo Maldito Viejo Inútil. Tampoco él les había tenido cariño. A la inmensa mayoría de sus reclamos él respondía antes con silenciosos gestos de mal humor (porque además era tan callado que algunos hasta lo habían creído mudo al principio) y una inacción total.

 

      -Vamos, vamos, Maese Ulrikson, ¡no es para tanto!-exclamó Edgardo, sonriendo con ternura, al ver al anciano sumamente mortificado por no poder ofrecer nada mejor-. ¿Cuánto tiempo permanecerá este muchacho aquí, antes de volver a irse? Una semana, diez días como mucho. Supongamos que un mes. Pues bien, no es la muerte de nadie-y abrazó al viejo y le dio un beso en la frente. Suerte que cuando le pedimos al señor Diego de Cernes Mortes que presentara sus quejas al Duque por la persona que había puesto a nuestro servicio, él respondió que estábamos aquí para combatir y no para divertirnos, y que dichosos podíamos considerarnos de estar bajo techo y tener cama. Tenía razón. Tenía toda la razón, pensó, y miró a Ignacio.

 

      Pudimos pedir que reemplazaran a maese Ulrikson cuando asumió el nuevo Gran maestre a la muerte del señor Diego de Cernes Mortes, recordó el aralusio. Pero no era ético, ya que junto con él había muerto el Príncipe Gudjon y preferimos respetar al menos el duelo. Paseó las miradas por los toscos catres, recordando cómo, en los días iniciales de la Guerra, algunos iban quedando disponibles a medida que morían sus ocupantes, y todos los miraban de soslayo, como temerosos de ver en ellos a los desaparecidos compañeros bajo siniestra y fantasmal apariencia. Hablaban de los caídos en combate en cualquier parte, menos allí, en la cuadra. Y nadie lloraba todavía. Se sentían en la obligación de ser machos y duros. Hasta que murió Fede. Era ya la cuarta o quinta baja que sufríamos, y esa noche, cuando los que no teníamos guardia íbamos a acostarnos, no nos decidíamos. Nos quedábamos sentados cada uno en el borde de la cama y no nos decíamos nada. Encima, todavía nos considerábamos miembro de una u otra Orden, y no compañeros a secas. Ese había sido el caso de Leandro y Fede. No podían ni verse, y sus camas eran contiguas.

 

      Se acercó a uno de los catres, mientras Edgardo, Calímaco y Maese Ulrikson seguían en lo suyo. Fede dormía aquí. Qué raro es ver de nuevo aquí sábanas, mantas y almohada, una cama perfectamente hecha. Allí dormiría ahora algún otro de los Caballeros llegados ese día. La prolija cama contrastaba horriblemente con el colchón pelado de la cama de la izquierda. El de Leandro era otro de los lechos que habían quedado desocupados. A la izquierda del de Leandro se hallaba el del propio Ignacio.

 

      Acarició en silencio uno de los esquineros de madera labrada que en ese catre, como en los otros, sostenían un techo también de madera. Aquellos muebles eran viejísimos, pero de excelente calidad; casi seguramente habían pertenecido a los ancestros del Duque actual, siendo reemplazados más tarde por otros más de moda.

 

      Si lo que ocurrió luego fue producto de un embrujo, un divague de la imaginación provocado por el aura de antigüedad del mobiliario o qué, Ignacio nunca lo supo; pero lo cierto fue que cuando su mirada, detenida un largo rato en la cama que había ocupado Fede, pasó a la de Leandro, de repente no sólo la halló perfectamente hecha sino que además, con un sobresalto, vio sentado al borde de la misma al propio leandro. Pestañó. Aquello era imposible.

 

      Y sin embargo, allí estaba: un Leandro incorpóreo, como hecho de luz y volutas de humo, pero perfectamente reconocible con sus bucles castaños y sus ojos almendrados, y su cuerpo joven y atlético.

 

       -Leandro...-llamó Ignacio, en un susurro.

 

      La aparición, o lo que fuera, no respondió, ni pareció notar la presencia de Ignacio. Continuó allí, pensativo, mordisqueándose nerviosamente las uñas.

 

      Luego, Ignacio advirtió que otra figura se movía en la cama situada a la izquierda de la de Leandro, una silueta tan inmaterial como la de éste. Superado el sobresalto inicial, no había temido al espectro de Leandro, pero ahora sí tenía miedo, ese miedo opresivo resultante de la sospecha de que se está perdiendo la razón, más la renuencia a confesar tal sospecha a otros; porque aquélla era su propia cama, y la silueta que se hallaba cabizbaja, sentada en el borde y haciendo de tanto en tanto leves movimientos al cambiar ligeramente de posición, pertenecía ni más ni menos que a él mismo.

 

      Horrorizado, se preguntó si estaría soñando, si en realidad Leandro estaría vivo y él muerto, o qué significaba todo aquel absurdo; pero se tranquilizó pensando que, en tanto no cediera al miedo, saldría de aquella situación incomprensible igual que había sobrevivido a los Wurms. Si en verdad había sobrevivido; porque ya nada era seguro.

 

      Y sin embargo, bastó infundirse valor a sí mismo para entender, aunque más no fuera parcialmente, qué estaba ocurriendo. En primer lugar, miró hacia donde habían estado Calímaco, Edgardo y Maese Ulrikson. Seguían allí, aunque sus voces sonaban extrañas ahora, como si se tratara de ecos muy lejanos.

 

      Pero alrededor de las camas se desarrollaba una sutil actividad a la que sólo cabía calificar de espectral, pero sólo porque no había allí seres vivos materiales y palpables, sino sólo siluetas etéreas de caballeros de ambas Ordenes, varios de los cuales estaban actualmente muertos, aunque muchos otros, gracias a Dios, seguían vivos, y ojalá lo estuvieran por mucho tiempo más. Acertadamente dedujo que, por alguna causa desconocida, se hallaba a medio camino entre el presente y algún punto del pasado; si sólo en su mente o en alguna realidad arcana, no lo sabía ni le importaba, y buscando elementos que le ayudaran a fijarlo vio a los pies de la cama de Fede el equipo completo de éste, prolijamente embalado en dos baúles y un arcón de madera. Ese detalle, más la atmósfera funérea que imperaba en la cuadra, le hicieron volver la cabeza hacia la puerta de la misma, que no tardó en abrirse.

 

      Entró un segundo Maese Ulrikson, tan inmaterial éste como las siluetas de torvos Caballeros que se veían entre las camas. Se movía tan lentamente como el de carne y hueso. Lo seguían, resoplando impacientes, tres fornidos jóvenes de consistencia igualmente espectral y modos groseros y antipáticos.

 

      -Vamos, vamos, viejo, no tenemos todo el día... ¿Esas son las cosas?-preguntó uno de ellos; y él y los otros dos, sin esperar respuesta, con la prisa indiferente de aquéllos para quienes la muerte solo significa trámites y papeles, cargaron cada uno con un bulto, para llevarlos a un depósito desde donde oportunamente, quién sabía cuándo, serían remitidos adonde correspondiese... Los bultos, o lo que la rapiña de los buitres de siempre dejara de ellos, pensaba con asco el Ignacio de carne y hueso, quien recordaba que varios de sus compañeros muertos habían sido despojados, por manos anónimas y post mortem, de unos cuantos objetos de valor.

 

      Empezaba a sentirse mal, a verse invadido por negros y amorfos presagios, cuando recordó perplejo que, si la escena se repetía hasta en sus ínfimos detalles, estaba por ocurrir algo de verdad increíble, que superaba en mucho a lo visto hasta ahora, porque al observarse desde otra perspectiva que la primera vez, adquiriría otro significado. Dudaba de que sucediera como él lo recordaba pero, por las dudas, permaneció silencioso e inmóvil en su sitio.

 

      Y sucedió: con sus movimientos tardos, el Maese Ulrikson etéreo pasó junto al Ignacio de carne y hueso y, deteniéndose a su lado, lo miró, salvando también él los meses de distancia que lo separaban del joven. Conmovido, el Ignacio material sonrió y se señaló a sí mismo, mientras el Maese Ulrikson espectral sonreía a su vez, cerraba con fuerza un puño como para dar ánimos y guiñaba un ojo.

 

      Y venía ahora la parte que Ignacio más estaba esperando: el Maese Ulrikson etéreo estiró la diestra hacia él. La mano inmaterial pasó a través de la carne de Ignacio, quien no sintió nada al tacto, pero sí algo indefinible, una sensación de calidez sobrenatural que llegó hasta las más recónditas fibras de su alma. Al mismo tiempo miró de soslayo hacia su cama para constatar si... Sí, estaba ocurriendo: el Ignacio inmaterial observaba al no menos inmaterial Maese Ulrikson acariciar el aire y sonreír aparentemente a nadie, como un loco. Pobre viejo-pensaba-, está chocheando...

 

      Luego, la fantasmal figura del viejecillo volvió a adentrarse en su mundo meramente inmaterial, caminando hacia la cama de Fede, para deshacerla por última vez. Allí se detuvo y miró hacia su siniestra, hacia Leandro, que le salió al encuentro como en respuesta a una invocación, o porque así debía ser, igual que busca el tallo verde al sol. Y al contacto con esas manos rugosas y viejas que tanto amarían los Caballeros necesitados de alivio espiritual, Leandro rompió en llanto, un llanto espástico y atroz, el llanto de quien ya no cree posible seguir adelante y sin embargo precisa sacar fuerzas de donde sea para continuar. Y minutos más tarde, todos en la cuadra lloraban también, por primera vez desde el comienzo de la Guerra.

 

      El Ignacio de carne y hueso desvió la vista hacia la cama de Fede; al volver a mirar hacia la de Leandro, las figuras etéreas habían desaparecido, y él estaba de vuelta en el presente, oyendo las voces de Calímaco y Edgardo con absoluta normalidad. En él, el recuerdo del incidente triste pero dulce pujaba con la chocante, dura visión del colchón sin cobijas de la cama que otrora fuera de Leandro: una de muchas ausencias ofrendadas por los Wurms a modo de tétrico legado. No importa. Al menos ya se fueron, pensó.

 

      De vez en cuando, seguía viéndolos en sus pesadillas. Por lo general, las reptilescas y horripilantes siluetas de los gigantescos Jarlewurms simplemente reaparecían en el horizonte cuando ya nadie lo creía posible, y entonces Ignacio tragaba saliva con miedo y amargura, y se preguntaba si saldría vivo esa vez, o cuánto tiempo más resistiría antes de desertar o perder la cordura. Esa pesadilla era muy realista porque, hasta meses atrás, él y sus compañeros la habían vividos demasiadas veces estando bien despiertos.

 

      Otras veces se veía de nuevo liderando el rescate de los hombres de Vestwardsbjörg y Östwardsbjorg en los treinta botes... Sólo que, en el mundo onírico, siempre algo salía mal, y los Wurms hundían los botes, o devoraban a los hombres, o incendiaban todo, o todo ello a la vez. En ciertas ocasiones, los Thröllewurms capturaban a los rescatadores entre sus fauces para devorarlos, como lo habían hecho con las infortunadas víctimas de la Noche del mar en Sangre, mirando burlones a Ignacio, testigo de la misma hasta en sus más crueles detalles. Aunque nada de esto había sucedido durante el verdadero rescate, Ignacio lo había temido, y todavía agradecía a Dios por permitirle mantenerse calmo en cierto momento en que los Jarlewurms habían pasado a ridícula distancia de la flotilla, afortunadamente sin verla. Y era lógico que tales temores lo persiguieran de tanto en tanto en tanto en sus sueños; pero hasta aquí, las pesadillas eran relativamente soportables.

 

       Una que también era muy frecuente era que los poderosos muros de Drakenstadt terminaban cediendo al fin, y los reptiles se adueñaban de la ciudad. Toda defensa se hacía inútil, los Jarlewurms avanzaban victoriosos provocando incendios y devorando a su paso a cuantos iban de aquí para allá tratando vanamente de huir. Entonces Ignacio, solo y pesimista, se sentaba a esperar su propio fin cerrándose los ojos para no ver la destrucción y muerte alrededor, y tapándose los oídos para no escuchar los alaridos de terror ni los gemidos agónicos. La posibilidad de que tal cosa ocurriera siempre había existido; para algunos había parecido, incluso, muy fuerte. Mucho más improbable, aunque tampoco del todo imposible, habría sido que otra pesadilla se volviera realidad: aquélla en la que Ignacio recibía un mensaje en el que se le informaba que Aralusia ya no existía como baronía, que las tierras habían sido devastadas, los castillos incendiados o derribados, y todos los seres queridos de Ignacio, muertos. Entre el Mar de Nerdel y Aralusia había demasiadas leguas de continente para que ello fuera posible en poco tiempo, pero con el paso de los años y una buena tasa de reproducción, tal vez hasta allí habrían logrado llegar los Wurms.

 

      Pero se fueron. Debo concentrarme en ello todas las noches, antes de irme a dormir, así dejaré de soñar esas cosas horribles, se dijo.

 

      -Eh, hombre, ¡qué pensativo estás!

 

      Era un sonriente Edgardo quien hablaba, rodeando los hombros de Maese Ulrikson con su brazo derecho, el cual debía encoger bastante, ya que había mucho más brazo que hombros. El viejecillo estaba serio, como sumido en recuerdos de mucho tiempo atrás. Entre eso y su mutismo, uno se preguntaba a veces si la mente del viejo no se estaría extraviando y si, en ciertos momentos, reconocería a alguien; ahora, por ejemplo.

 

      Edgardo separó sus brazos de los hombros de maese Ulrikson y colocó la mano sobre la espalda de éste, guiándolo hacia Ignacio, a quien sonrió como confiándole un valioso tesoro. Por un momento, Ignacio trató de sondear los pequeños ojitos del anciano; porque lo acababa de asaltar la extraña idea de que éste era una especie de mago, o ángel de la guarda, o espíritu protector venido de incógnito a conferir a los Caballeros que luchaban contra los Wurms alguna especie de protección ultraterrena. No logró sacarse la duda, y el pensamiento siempre volvería de tanto en tanto a él. Pero Maese Ulrikson lo miró y le sonrió, e Ignacio besó su frente y lo abrazó con sincero afecto.

 

      La insólita experiencia vivida esa noche por el joven aralusio fue muy famosa y todavía provoca encendidos debates cada vez que sale a relucir en congresos de psicología o en círculos paraspsicológicos u ocultistas. El la recordó siempre como un bello episodio del que dejó testimonio sin analizarlo.

 

      Y es lo que también se hará aquí.

Compartir este post

Repost 0
Published by EKELEDUDU
Comenta este artículo

Comentarios

Presentación

  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
  • Contacto

Texto Libre

<td width="44" align="left"><a href="http://www.argentino.com.ar/" rel="nofollow" target="_blank"><img alt="argentino.com.ar" width="43" height="40" border="0"></a></td>

   <td><a href="http://www.argentino.com.ar/" title="directorio argentino" rel="nofollow" style="font-family:Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:10px;color:#1E4F81;text-decoration:none;line-height:12px" target="_blank">estamos en<br><span style="font-family:Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:13px"><strong>Argentino</strong>.com.ar</span></a><br>
     <div style="margin-top:2px;margin-bottom:3px"><a href="http://www.argentino.com.ar/" title="directorio argentino" style="font-family:Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:10px;color:#999999;text-decoration:none;line-height:10px" target="_blank">directorio argentino</a></div></td>
    </tr>
   </table>
 </td>
  </tr>
</table>

<iframe src="http://www.thob.org/barra.php?blog=fch7qg3kmpd9w5nv" name="voto" id="voto" width="55" height="200" scrolling="no" frameborder="0" framespacing="0" border="0"></iframe>

Enlaces