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7 junio 2010 1 07 /06 /junio /2010 19:49

CCI

      Vaya que duerme como un bebé el idiota... ¡Y qué manera de roncar!, pensó Edgardo esa noche, viendo y oyendo a Calímaco en su lecho.

 

      No por los ronquidos del antilonio, pero sabía que sería inútil tratar de dormir: en realidad no tenía sueño. Sin embargo, Ignacio tampoco estaba despierto, y en su rostro había una expresión de beatitud. En toda la cuadra, sólo Edgardo estaba en pie. ¿Qué otra cosa podía hacer, sino acostarse él también? Pero por si más tarde seguía insomne y quería dar un paseo (aunque la fría noche no se prestaba para ello), se tendió simplemente sobre la cama, sin deshacerla y sin desvestirse ni quitarse las botas, pésima costumbre esta última que dejaba las colchas en estado inenarrable. Estuvo a punto de hacer buena letra y descalzarse, pero lo había acometido un acceso de absoluta holgazanería, pecado capital al que, esta vez, se negaba a cerrarle la puerta en las narices. Por el contrario, quería darle una calurosa bienvenida. Tenía derecho.

 

      Mientras sus pensamientos peregrinaban de aquí para allá, fueron llegando otros Caballeros para acostarse también ellos, en primer lugar Abelardo de Hallustig, a quien reconoció porque lo vio agacharse y saludarlo con la mano. Aquel hombre ahora afeitado por motivos prácticos antes tenía una barba puntiaguda que le daba un desagradable aspecto de falsedad, realzado por la expresión huidiza y aduladora de sus ojos. A Edgardo seguía sin caerle del todo bien, pero lo prefería ahora que la reciente guerra lo había cambiado, como a todos, inyectando algo de franqueza en su mirada.

 

      ¿Qué hora será? ¿Habrá logrado Maarten atrapar a Hodbrod Christianson y su banda?, se preguntó Edgardo. En eso, la puerta de la cuadra se abrió nuevamente.

 

       -...una falta de organización deplorable. Podrían habernos avisado por el camino que la guerra había terminado y ya no éramos necesarios-decía una voz irritada, obviamente perteneciente a uno de los Caballeros venidos ese día.

 

       -Termina de una vez con eso-exigió una voz grave, poderosa, que recordaba los acentos tronadores de Hreithmar Dunnarswrad-. Nosotros cumplimos órdenes, no consideraron pertinente avisarnos, y sus razones tendrían. Y se acabó.

 

      Esta vez, nadie se agachó para saludar a Edgardo, aunque tres figuras pasaron frente al lecho de éste, una de ellas precedida por una sombra inmensa, como si de un heraldo de la inmensa mole correspondiente se tratase.

 

      -A vos os conozco de algún lado-dijo alguien.

 

      -Sí, mi nombre es Abelardo de Hallustig. Alguna vez nos vimos cuando fuisteis allí a combatir a los Caballeros del Viento Negro.

 

      -Debe ser humillante tener ahora que luchar junto a los mismos que asolaron vuestra tierra, ¿no?

 

       -No. Vos no lo sabíais, pero yo militaba en sus filas. Fui armado en la Orden del Viento Negro casi al mismo tiempo que en la de la Doble Rosa.

 

      Siguió a aquello un silencio tenso y reprobatorio; luego preguntó el interlocutor de Abelardo:

 

      -¿Y para qué nos llamasteis fingiendo combatirla, en su momento? ¿Por qué nos hicisteis representar el papel de idiotas?

 

      -Yo no os llamé, me fuisteis impuestos por otros. Pero tampoco podía rechazar vuestra... ayuda, y revelar así que yo era uno de los forajidos que veníais a perseguir, para que luego me arrojarais a prisión, engrillado, hasta que me pudriese ahí.

 

      -¡Y os hacéis llamar Caballeros!... ¡Unos cobardes que manteníais siempre vuestros rostros bajo los cascos, unos traidores que preferíais las más sucias emboscadas antes que el golpe leal, franco y valiente!

 

      -Dime-intervino la voz tonante-: si perteneces a la Orden del Viento Negro, debes saber quién soy y quizás sepas, además, cuál de tus compañeros fue el que me derribó de la montura. ¿Lo sabes?

 

      -Sí, fue Balduino de Rabenland-contestó Abelardo de Hallustig.

 

      Tendido en su lecho, Edgardo sufrió un sacudón de asombro y luego sonrió, con orgullo y cierta malignidad. Por lo visto, no debía preocuparse mucho por su hermano: ¡sabía defenderse bastante bien solo!...

 

      -Ya veo cuán solapadas y cobardes son las embestidas de los Caballeros del Viento Negro-se burló, alzando la voz para que todos los presentes lo oyeran.

 

      -Y ese Balduino, ¿se encuentra en Drakenstadt?-preguntó la voz grave, ignorando el comentario de Edgardo.

 

      -No. Lo vi por última vez en Ramtala, hasta donde viajamos juntos. No sé a ciencia cierta qué fue de él después, pero hace un tiempo corrió el rumor de que estaba en un sitio llamado Fristrande. Ni idea de dónde es eso-contestó Abelardo de Hallustig-. Os gustaría dar con él, ¿eh? ¿Qué haríais si lo encontrarais?

 

      -Eso no es de tu incumbencia. Y además, ni yo mismo lo sé.

 

      -Si precisáis que alguien os arroje de la montura por segunda vez, yo estoy dispuesto a ello-volvió a intervenir Edgardo-. Soy hermano de Balduino.

 

      -Gracias, pero prefiero tratar personalmente con él y no a través de hermanos u otros allegados-contestó la voz tonante-. Con vos trataré cuando así algún asunto lo demande. Claro que dudo que ello ocurra.

 

      Fea forma aquélla de decir a Edgardo que lo consideraba insignificante. Fea, sobre todo, porque por educada y sutil creaba todo un dilema. Si Edgardo respondía con violencia, quedaría como un patán que buscaba pelea porque sí. Si trataba de justificarse respaldándose en el insulto velado, el otro pondría cara de inocente y negaría la existencia de tal insulto. Por lo que la conclusión lógica de todo el mundo sería que Edgardo creía que lo habían llamado insignificante porque en realidad lo era o se sentía tal. Pero si, por el contrario, aceptaba sin más aquella respuesta, el culgar bravucón que, como en todo Caballero, yacía en él bajo el barniz de hidalguía, nobleza y buenos modales, se sentiría sumamente frustrado. Mala suerte, Ed, linda te la han hecho-pensó-. Se podrá decir cualquier cosa de este tipo, menos que es tonto. Ya que esta noche todos habían hecho gala de su  más lucida estupidez, ponderó por un momento la idea de hacer otro tanto para no ser menos, y ponerse de pie, erguido y sacando pecho, bramando furioso frases altisonantes acerca del honor mancillado, de afrentas que exigían ser lavadas con sangre y cosas por el estilo; pero aparte de que por respuesta recibiría quizás un manotazo que lo dejaría sentado de culo en el suelo y convertido en el hazmerreír de Drakenstadt (y complicando el tema con la necesidad de vengar también este segundo ultraje), aparte de eso, ¡estaba tan cómoda la posición horizontal!... Sonrió con sumo deleite, pensando que la Humanidad debería vérselas negras más a menudo para aprender a apreciar los placeres sencillos y las ventajas de la convivencia pacífica. Ya verán mis hermanos cuando regrese a Rabenland y cada uno me invite a su palacio para requerirme como aliado y conspirar contra los otros dos en sus ruines y buitrescas querellas. Les prometeré mucho, no les daré nada, llorarán de horror y de tacañería cuan do el mayordomo les muestre la cuenta de lo que consuma en la cena, y engordaré a sus expensas. Como un cerdo, sí señor, pensó.

 

      Otros Caballeros iban llegando a la Cuadra. Edgardo los veía en la medida en que lo permitía su posición bajo el techo de la cama. A algunos los reconocía por sus voces. Muchos llegaban chispeados o directamente ebrios. Se veía que tras el banquete a la mesa del Duque, habían seguido la parranda en alguna taberna.

 

      Aquí y allá escuchaba diálogos que se iban apagando de a poco, vacilantes:

 

       -¿Qué son esos Lanskveisunger?

 

      -Algo así como salteadores... Pero peores que éstos. Normalmente exterminan a todos los que asaltan. Pero no creo que nos movilicen contra ellos. La mejor arma contra los Landskveisunger es el sigilo; una poderosa fuerza armada sólo lograría alertarlos y hacerlos cautelosos para pasar inadvertidos.

 

     A las diez de la noche, cuando Edgardo, aún sin sueño, había tomado la decisión de acostarse e iba ya a quitarse las botas, escuchó indignado un griterío absolutamente descomedido en el patio, y creyó que también habría juerguistas en la guardia del Rökkersbjorg. Se puso de pie de un salto y ya iba a llegar a la puerta, cuando ésta se abrió de golpe, dando entrada a un agitado paje:

 

      -¡LOS WURMS! ¡VOLVIERON LOS WURMS!

  

      El grito, proferido con voz adolescente llena de gallos, paralizó momentáneamente a Edgardo y sus sueños de paz, holganza y gordura.

 

      -¡VOLVIERON LOS WURMS! ¡ESTÁN REMONTANDO EL KRONUNGALV!-volvió a gritar el paje, angustiado.

 

      -¡VOLVIERON LOS WURMS! ¡LEVANTAOS!-repitió Edgardo, con voz mucho más viril y marcial, una voz imperiosa y acostumbrada cómodamente al mando. Y corrió de cama en cama, zamarreando a cada uno de los durmientes, abandonando a algunos que hedían a embriaguez y con los que no valía la pena esforzarse.

 

      Ignacio despertó lagañoso y sonriente, persuadido de que se trataba de otra estúpida pesadilla; y cuando comprendió que no podía serlo, que había límites hasta para el más extremo realismo onírico, el horror se cerró sobre él como un nudo de horca en torno a un cuello, pero empezó a vestirse a toda prisa.

 

      -¡TODOS DE PIE! ¡LOS WURMS ESTÁN DE REGRESO!-vociferó el viejo Senescal Mayor, Justiniano de Charmalles, que daba al mismo tiempo el ejemplo, garboso a pesar de la edad.

 

      Calímaco de Antilonia, ansioso y hambriento de gloria y batalla, había sido de los primeros en obedecer a la voz de mando de Edgardo. Este le palmeó la espalda, pero exclamó con impaciencia:

 

      -¡Muy bien, pero vístete!

 

      -¿Quién me ayudará a ponerme la armadura?-preguntó Calímaco.

 

      -¿Armadura?... ¿Estás loco? ¡Nada de armadura!-Edgardo por poco no estalla en un acceso de grotesca y amarga risa al percatarse de que, después de todo, si Calímaco había querido lucir su armadura, sabio había sido al asistir enfundado en ella a la cena del Duque Olav-. ¡El peso de la armadura retardaría tus movimientos, haciendo que los Wurms te mataran más pronto!

 

     Todos los Caballeros y escuderos llegados ese día se miraban entre sí, con espanto e incredulidad.

 

      -¿Sin armadura?-preguntaban, renuentes a recibir respuesta.

 

      -Sin armadura, os han dicho. ¿Qué sois, sordos o estúpidos?-gruñó alguien.

 

      -¡Sin armadura! ¡A vestirse y armarse!-exclamó enérgicamente Justiniano de Charmalles, reponiéndose de la sorpresa.

 

      El desorden habitual de la cuadra no facilitaba mucho las cosas. Los Caballeros venidos en la jornada que estaba a punto de concluir habían mantenido un cierto orden en su equipo, mayormente gracias a sus escuderos; pero en la confusión provocada por la noticia, incluso esa isla de prolijidad se había hundido en un océano de caos.

 

      -¡Se requiere vuestra presencia en los muros del Norte y los del Oeste! ¡Los monstruos regresaron de a miles!-exclamaba el paje.

 

     -Oh, cállate. Jamás vinieron de a miles-exclamó Edgardo, molesto, reprimiendo un escalofrío. Nada era imposible; pero los no combatientes tenían tendencia a exagerar los detalles (cosa que los combatientes también hacían, pero sólo después de la batalla, para darse aires) y sembrar alarmismo. Vio una gigantesca bota en el suelo y, recogiéndola, preguntó:-. ¿De quién es esto?

 

      -Mío-replicó la misma voz de trueno que tanto había destacado un rato antes.

 

      Edgardo devolvió la bota mirando apenas a quien la recibía, aunque advirtió unos ojos negros y siniestros y un bigote densamente poblado. Estaba más interesado en el viejo Justiniano de Charmalles. No quería pasar por encima de la autoridad de un Senescal Mayor, quien normalmente dirigía toda operación militar si estaba presente; pero en aquella guerra el mando lo asumía según la ocasión quien mantuviera mejor la calma, aunque por lo general se trataba siempre de un oficial. Justiniano de Charmalles no tenía la menor experiencia con los Wurms.

 

      Edgardo se le acercó.

 

      -Señor, yo ya estoy listo para entrar en combate y pido vuestro permiso para ir en auxilio de las tropas en el Oeste de la ciudad, adonde creo que seré más necesario si de verdad los Wurms están remontando el río-le dijo-; pero antes, si lo autorizáis a ello, dividiremos nuestras fuerzas en dos columnas, y os recomendaré a hombres de confianza para que las conduzcan, una al Oeste de la ciudad y otra al Norte.

 

      -Hacedlo así-replicó con firmeza el Senescal Mayor, como si fuera ocurrencia suya, y demostrando buen tino al delegar el mando en un momento como éste.

 

      Un pasillo separaba las dos hileras de camas de la cuadra. Edgardo se situó en medio.

 

      -Quienes dormís en esta hilera de camas, iréis hacia el Oeste-dijo, señalando su siniestra-, dirigidos por el señor Ignacio de Aralusia-y señaló al mentado-; y vosotros que estáis a mi diestra cabalgaréis hacia el Norte, conducidos por... Hmmm... Veamos...

 

      Su idea era designar a un Caballero de cada Orden, pero en su momento los Wurms habían diezmado atrozmente la oficialidad del Viento Negro, siendo reemplazada por una nueva camada que dejaba mucho que desear en materia de liderazgo. El único cuya competencia era indiscutible, Maarten Sygfriedson, se encontraba lamentablemente ausente en ese instante en que era tan necesario. Pero debía decidirse de inmediato. No sabía cuán grave era la situación de Drakenstadt, y no estaba para perder tiempo.

 

      -El señor Abelardo de Hallustig-decidió. Abelardo no era oficial, pero pertenecía a la Orden del Viento Negro, lo que convenía para que no quedaran dudas acerca de la igualdad de consideración que se tenía hacia las dos Ordenes de caballería. Además, era o parecía más apto para el mando que muchos oficiales, y como no caía bien a Edgardo, nadie podría acusar a éste de favoritismo, como se lo acusaba por su predilección por su amigo Maarten Sygfriedson.

 

      Alguien manifestó que no recibiría órdenes de uno de esos malhechores.

 

      -Lo harás porque no es un malhechor, sino un Caballero por disposición de Su Majestad, y porque yo lo digo. Ahora, si vas a indisciplinarte contra un Senescal Mayor, cuya autoridad represento, o incluso rebelarte contra el mismo Rey, me lo dices ahora y te hago arrojar a un calabozo, y te aseguro que no me detendré hasta lograr tu degradación y condena a muerte; porque no estoy para tonterías-y como nadie más se animó a quejarse, hizo un gesto de complacencia. Luego miró a Calímaco-. ¿Tú ya estás listo? Espléndido. Entonces vendrás conmigo-y tras ser autorizados por Justiniano de Charmalles, salió seguido de Calímaco.

 

      Este se hallaba excitado. El apetito de gloria seguía presente en él, pero ahora más equilibrado por un temor que se acrecentaba cada vez más.

 

      -¿A dónde vamos?-preguntó.

 

      -A la muralla Oeste.

 

      -¿No esperaremos a los otros?

 

      -No hay tiempo. Hreithmar debe estar en el Oeste, puesto que allí es más crítica la situación. Verás, si esos monstruos logran subir por el río en gran número, tal vez jamás logremos ya vencerlos, y afortunados seremos si barreras naturales les impiden seguir adelante. Tenemos que ponernos al tanto de cómo está la cosa, ver dónde somos más útiles, entrar en combate sin demora. Tal vez, casi seguramente,  nos veremos separados durante la batalla. Si jamás volviéramos a vernos... Fue un honor conocerte-y lo fue de verdad, después de todo, pensó Edgardo, mientras funestas ráfagas de pesimismo azotaban al desventurado Calímaco.

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Published by EKELEDUDU
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