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8 junio 2010 2 08 /06 /junio /2010 20:13

      Los ataques de los Wurms habían provocado ya escenas de histeria colectiva y locura entre la población de Drakenstadt, pero nada comparable a lo que se vio aquella noche. Había empezado lo que más tarde se conocería como el Día  de la Gehenna, la más inesperada y violenta acometida Wurm en Drakenstadt en mucho tiempo.  La reacción de la gente, ya desde  el principio, fue de indescriptible pánico, porque hasta entonces era creencia general que la Guerra había terminado. Ese pánico fue luego in crescendo, y cuando Edgardo y Calímaco montaron con intenciones de dirigirse hacia la muralla Oeste, hallaron las calles casi intransitables. Grupos enloquecidos se atropellaban unos a otros. Había niños llorando solitarios y llamando a sus padres, y adultos que clamaban por ellos en medio de multitudes sin control. Algunos embalaban sus cosas, pero Edgardo vio, con asco y odio, que por la furtividad que otros ponían al ingresar en ciertas viviendas, eran las pertenencias del prójimo lo que pretendían llevarse. De éstos, algunos pusieron pies en polvorosa a la vista de los dos Caballeros, pero otros, mucho más desfachatados, siguieron con lo suyo, tal vez sabiendo que sus latrocinios quedarían impunes. En efecto, no podía perderse el tiempo en pequeñeces cuando la crisis parecía tan grave.

 

      Los caballos de Edgardo y Calímaco tenían que avanzar prácticamente a paso de caracol para no arrollar a nadie a su paso.

 

      -¡Derribaron las murallas! ¡Entraron en la ciudad! ¡Hay que huir!-se oía por todas partes; y aunque Calímaco había intentado ir en socorro de un niño arrasado en llanto, Edgardo se lo había impedido.

 

      -No podemos-dijo.

 

      Calímaco lo miró con cara de sorpresa, reproche,angustia y espanto.

 

      -Pero es que...-balbuceó.

 

      -Lo entiendo, lo entiendo perfectamente. No podemos-porfió Edgardo.

 

      Calímaco volteó una vez más la mirada hacia el niño que lloraba sin consuelo. Se sentía sucio y ruin; un ser despreciable que pasaba de largo ante el desvalido que requería su protección. Edgardo prefirió no mirar. Había pasado por esa situación muchas veces antes, y sabía que a Calímaco el corazón debía estar haciéndosele añicos. En ese instante lamentó cuanto había pensado y dicho de él antes.

 

      -Tendremos que dejar que esta gente se arregle sola-dijo entonces. Pero el avance se dificultaba cada vez más y más-. ¡Escuchad!-gritó a la turba enloquecida-. ¡Los reptiles siguen fuera de Drakenstadt! ¡Y allí seguirán, si nos dejáis salirles al combate!-pero nadie lo escuchaba.

 

      Desviarse por esa calle o esta otra demostraba ser cosa poco útil. La gente estaba tan dominada por el pánico que no veía por dónde iba y se cruzaba al paso de los jinetes sin precaución alguna; por lo que en cualquier parte se corría el riesgo de que a último momento alguien se atravesara y fuera pisoteado bajo los cascos de los caballos. Como además había una fina película de nieve en las calles empedradas, algunos patinaban y caían al piso. A veces eran atropellados por otras personas que intentaban huir sin ponerse de acuerdo en la dirección.

 

      -Parece que viene tormenta...-murmuró Calímaco.

 

      -¿Estás loco? El cielo está estrellado casi por completo-contestó Edgardo.

 

      -¡Si está tronando!

 

      -Rugidos de Wurm y disparos de catapulta...

 

      -Pero... ¡Hasta vi relámpagos!

 

      -Sí. En la misma dirección hacia la que se supone deberíamos avanzar si no estuviéramos así de estáticos, ¿no?... No seas iluso, Calímaco, y mantente tan lejos como pueda mantenerse un Caballero de tus supuestos relámpagos, a menos que te guste bañarte en fuego y brea candente.

 

      Calímaco tragó saliva, pero en ningún momento amagó retroceder. En ese momento comprendió Edgardo que Ignacio había tenido razón; que el joven antilonio era simplemente un Caballero recién salido del horno. Lástima que que él hubiera tardado tanto en entenderlo. Lástima que ya no tuviesen tiempo para decirse nada...

 

      Edgardo, tras pensarlo un momento, eligió una calle ancha, calculando acertadamente que por allí conduciría Ignacio a las tropas hacia la muralla Oeste, y volvió grupas como para regresar a la cuadra. Calímaco lo siguió sin hacer preguntas. Seguía admirando a Edgardo, una admiración que iba en aumento, ya que le parecía el genio militar que salvaría a la ciudad y al Reino, y no quería estorbar sus reflexiones con interrogatorios inútiles.

 

       Ignacio y los demás Caballeros estaban todavía más embretados de lo que habían estado Edgardo y Calímaco. Así se hallaban cuando los alcanzaron estos últimos.

 

      -¿Qué pasa? ¡Esta gente está chiflada!-exclamó Ignacio.

 

      -Me irritan. Me pregunto si valen la pena y las molestias que nos tomamos por ellos-resopló Edgardo-. Y además, les están haciendo el trabajo fácil a los Wurms. Olvídate de tratar de llegar a la muralla Oeste; toma en cambio a los Caballeros y pon un poco de Orden entre estos gallinas. Y que vengan luego a hablarme de los valientes hombres de Drakenstadt...

 

      -Les diré eso. Trataré de trabajarles la moral y avergonzarlos un poco.

 

      Buena idea. Y diles que las murallas no han cedido y que necesitamos que mantengan la calma para sacarlos ordenadamente de la ciudad y cubrirles las espaldas mientras ellos salen; que nada les ocurrirá si se quedan tranquilos y nos dejan actuar.

 

       -Ah, ¿las murallas siguen en pie? ¿Cómo lo sabes?

 

       -Lo sé, eso es todo.

 

       Y por esta respuesta que nada aclaraba y la larga, eterna mirada que la acompañó, supo Ignacio que nada sabía Edgardo; que una de las recurrentes pesadillas que venían obsesionándolo quizás estuviera volviéndose realidad en ese mismo instante. No dijo nada. En su pesadilla él solía resignarse y sentarse a esperar el fin, pero en la vida real no podía permitirse tal lujo.

 

       Una horrible y simultánea opresión había caído sobre Ignacio y Edgardo, pero la urgencia por hacer algo les impidió notarlo hasta que ya se habían separado. Hubieran querido poder tomarse un respiro para despedirse, para decirse que había sido un honor combatir juntos aunque todo concluyera entre tristeza y horror esa misma noche. Edgardo se sintió atormentado por ese anhelo a medida que él y Calímaco, con la exasperante lentitud de momentos atrás, se acercaban a la muralla Oeste.

 

      Fue mejor así. Las despedidas son al final, y nosotros debemos esforzarnos por pensar que estaremos en pie mucho tiempo más todavía, en lugar de vernos como inminentes cadáveres- pensó-. Al fin y al cabo, ignoramos cuál es nuestra situación cabal. Pero cada vez era más difícil conservar siquiera una pizca de entereza, porque en la muralla Oeste imperaba un clima de absoluto pesimismo. Alguien transmitió a Edgardo las últimas nuevas, y éstas eran en verdad espeluznantes, aunque él rehusó aceptarlas hasta no haberlas confirmado a través de Dunnarswrad; pero por desgracia, eran totalmente plausibles.

 

      Cabalgó a lo largo de la muralla intentando dar con Hreithmar.

 

      -Regresa junto a Ignacio. Ayúdalo a controlar a la gente-ordenó a Calímaco.

 

      El joven antilonio de buen grado hubiera obedecido. Allí, al pie de las murallas de Drakenstadt, se desplomaban sus últimos sueños de gloria, igual que, imaginaba, estaban próximos a desplomarse los propios muros de la ciudad. Había visto salir volando hacia adentro del perímetro una piedra grande, desprendida de lo alto, como arrojada por una catapulta, que de milagro no mató a nadie al caer.

 

       -Los muros cederán y esos monstruos entrarán aquí-. Dijo. Acompañadme.

 

       -No puedo. Y no subestimes el poder defensivo de los muros de La Inexpugnable-replicó Edgardo, deteniendo su caballo para hablar cara a cara a Calímaco y así lograr persuadirlo-. Son más fuertes de lo que creees, y te aseguro que fue con más tretas que fuerza que el famoso Sundeneschrackt logró doblegarla más de una década atrás, según he oído decir. Una piedra suelta aquí y otra más allá nada significan. Obedéceme, o te aseguro que haré que lo lamentes más tarde.

 

      -Eso si hay un más tarde para nosotros, lo que parece dudoso, ¿no? Haced lo que queráis. No os dejaré solo; no podría.

 

      -¡No estaré solo! ¡Hay mucha gente aquí!

 

      -No es como venir acompañado de alguien que os abandona ante el peligro. ¡No me iré!

 

      No había más que hacer. Calímaco se había obstinado, y no podía perderse tiempo en hacerlo entrar en razones, así que Edgardo siguió adelante, siempre seguido por el bisoño. El pelirrojo estaba a medio camino entre la gratitud hacia un Compañero que no lo abandonaba en el peligro y la angustia por un joven que recién empezaba a sospechar en qué se estaba metiendo y por quien no podría demorarse en protegerlo.

 

      En cuanto a Calímaco, siguió adelante tal vez sólo por designios de Dios. Su caballo y el de Edgardo, bravos corceles de guerra, piafaban nerviosos, presintiendo la aterradora cercanía de los crueles Jarlewurms. Todo a lo largo de la muralla, los hombres de Dunnarswrad hormigueaban velozmente acarreando piedras, cargando catapultas y disparándolas. En algunos sectores, la defensa humana se rendía al desaliento, y Edgardo tuvo que hacer uso de toda su autoridad para que recobraran energías y voluntad. De vez en cuando, volaba por encima de la muralla una lluvia de fuego y alquitrán en llamas, y era preciso escapar sin pérdida de tiempo. Semejantes imágenes en medio de la noche parecían más dignas del mismísimo Infierno que de una simple batalla. Para peor, Calímaco había oído que los Wurms estaban atacando de a miles, y que incluso habían forzado su entrada a la ciudad; y todo esto mellaba velozmente las últimas reservas de coraje del antilonio.

 

      Al fin apareció ante la vista de los dos Caballeros la figura descomunal, anormalmente musculosa y horrible de Hreithmar Dunnarswrad, el reputado medio ogro, rugiendo a algunos subordinados suyos con una violencia que asustó todavía más al pobre Calímaco. Entre las víctimas de la furia de Dunnarswrad estaba el teniente Person, y Edgardo intuyó que las raciones de vino extra distribuidas por aquel tenían algo que ver en ello.

 

      Los dos Caballeros desmontaron.

 

      -Quédate aquí y cuida de nuestros Caballos-ordenó Edgardo a Calímaco; y acto seguido salvó en pocas zancadas la distancia que lo separaban de Dunnarswrad-. A tus órdenes, Hreithmar. Dime en qué puedo serte útil, y lo haré.

 

      -Cuánto me alegro de verte-suspiró Dunnarswrad, quien rara vez se alegraba de ver a Edgardo, y como desinflándose, dejando de bramar para momentáneo alivio de sus sufridas víctimas-. Haz algo, no importa qué. Yo volveré en cuanto me sea posible. Tengo que dar instrucciones al Leitz Korp, y preferiría hacerlo personalmente esta vez.

      -Resume nuestra situación.

 

      -Nuestra situación es que se acabó. La muralla Sur ha caído; los Jarlewurms han invadido el Zodarsweick-dijo sepulcralmente Dunnarswrad; y como Edgardo, ensombrecido, quiso aportar alguna luz de esperanza, el gigante añadió:-. Edgardo, lo sé de buena fuente. No olvides que Maarten se hallaba allá. El me envió un mensajero urgiéndome a dar ya sabes tú qué instrucciones al Leitz Korp.

 

      Edgardo asintió en silencio, con sombría resignación y un enorme peso en el alma.

 

      -¿Qué fue de Maarten?-preguntó.

 

      -No sé. Vivía aún cuando el mensajero partió hacia aquí-contestó el coloso-. Tal vez algo haya podido hacer, porque tenía hombres bajo su mando. Desde lo alto de las torres vimos incendios en el Sur del Zodarsweick. Al principio de propagaban rápidamente, pero ahora permanecen relativamente localizados. Por desgracia, tú y yo sabemos que eso no significa mucho, y que tal vez a los Jarlewurms simplemente se les hayan acabado sus fuegos por el momento.

 

      -¿Y no sospechaste lo que estaba pasando incluso antes de que llegara el mensajero?

 

      -No. Algunos imbéciles tomaron la guardia borrachos o medio borrachos y creyeron ver Wurms, pero creyeron alucinar bajo los efectos del vino. Por eso algunos Jarlewurms lograron remontar el río, y ahora están en la ciudad; cuántos, no sabemos. Person, el muy idiota, fue quien les permitió a los guardias tomar sus puestos estando ebrios, y yo todavía no había hecho mi ronda, que ya tuvo que admitir que era cierto, que los Wurms habían regresado, y fue a avisarme. Pero omitió informar de la borrachera de los hombres, de que ya era tarde para detener a algunos Wurms; y cuando lo descubrí y empecé a relevar a los que más borrachos estaban, vi incendios desde una atalaya; de lo que no se me había informado por miedo al castigo. Pero coincidió esto con la llegada del mensajero de Maarten... Lo siento, no puedo seguir hablando, debo irm...

 

       -¡CUIDADO!-bramó alguien, en señal de advertencia. Una nueva lluvia de fuego y alquitrán ardiendo caía como una maldición sobre los defensores, que huyeron en busca de sitios donde ponerse a salvo.

 

       Calímaco escapó llevando por la brida a alos caballos, lo suficiente para salvarse de la mortal y flamígera salpicadura; pero muy cerca de él -demasiado cerca de él-, a un desdichado lo alcanzó de lleno, y cayó al suelo profiriendo espantosos alaridos. Varios de sus compañeros se lanzaron sobre él y lo revolcaron en la nieve, apagando las llamas. Otros vinieron corriendo con una camilla, para auxiliar al herido.

 

      Calímaco echó un vistazo al infortunado. Al ver el pavoroso aspecto de la piel cubierta de brea negra y todavía humeante, se estremeció, y el valor que todavía le quedaba desapareció instantáneamente.

 

       -Vamos a morir. Vamos a morir todos-musitó-. Vamos a morir-repitió, y esta vez en voz más alta, de modo que muchos de los desalentados defensores lo oyeron. Fue palpable que un germen de creciente horror se extendía entre ellos tan fatalmente como las mortales llamaradas de los Jarlewurms.

 

      Por fin, el pobre Calímaco estalló en llanto, fuera de control.

 

      -¡VAMOS A MORIR!...-gritó, enloquecido-. ¡VAMOS A MORIR HORRIBLEMENTE!-y nada más llegó a decir, antes de darse cuenta, aterrado, de que algo lo asía del cuello de la ropa y lo levantaba con facilidad pasmosa, balanceándolo de un lado a otro como si de un muñeco de trapo se tratase. Abrió los ojos, y se aterró aún más al ver ante él una cara horripilante y colérica, y un  puño gigantesco agitándose como una maza hambrienta de destrucción.

 

      -¡MALDITO COBARDE, HARÁS ALGO ÚTIL AUNQUE TE CAGUES DE MIEDO! ¡LO HARÁS, PORQUE PREFERIRÁS MORIR BAJO EL FUEGO DE ESOS MONSTRUOS ANTES QUE DESINTEGRADO POR MIS PUÑOS Y BAÑADO EN SANGRE!-rugió Dunnarswrad, con esa ira de trueno que le había valido el apodo.

 

      Calímaco estaba ahora más aterrado ante aquel demonio titánico y duro como la roca que de los Wurms, y además se sentía cubierto de vergüenza y deshonra por haber cedido al miedo y hecho tal escena. El rostro le ardía al rojo vivo, sabiendo que era centro de la atención en derredor suyo, pero no captó los sentimientos íntimos de la mayoría de los testigos, que habían retrocedido un paso ante el arrebato de cólera de Hreithmar, tragando saliva, sintiéndose también ellos zamarreados como muñecos de trapo.

 

      -¿HAS ENTENDIDO, BASTARDO? ¿REALMENTE LO HAS ENTENDIDO, COBARDE?... ¡DEJARÁS DE LLORAR Y LUCHARÁS COMO EL RESTO, O TE TRITURARÉ VIVO USANDO SÓLO MIS MANOS!-y siguió zamarreando a Calímaco.

 

      -S-s-sí, l-lo haré, ¡LO HARÉ!-gritó el Caballero novato. Entonces, y sólo entonces, Dunnarswrad se calmó.

 

      Edgardo meneó la cabeza. No le gustaba haber tenido que presenciar aquello, pero que también Cipriano de Hestondrig hubiera sido testigo, como acababa de constatar, le agradaba menos todavía. El Segundo Maestre del Viento Negro sonreía levemente, con burla y desdén y cierta expresión calculadora.

 

      -Los muros tal vez hayan cedido, pero nosotros todavía estamos de pie-oyó Edgardo decir a Dunnarswrad, mientras depositaba en el suelo a Calímaco-. Ayuda a los demás a cargar catapultas y dispararlas.

 

      Edgardo, quien había empezado a reclutar voluntarios al frente de los cuales cabalgar hacia el Zodarsweick en un desesperado intento por dar una mano a Maarten Sygfriedson y detener a los Jarlewurms que avanzaban por el Sur, vio a Calímaco y a los otros trabajando desesperadamente en la defensa. Vio también a un grupo de jóvenes del Leitz Korp llegando inesperadamente al trote, frescos pese a haber recorrido así una buena distancia. El muchacho que los dirigía, uno de los lugartenientes designados por Dunnarswrad, se plantó ante éste en firmes, pero no alcanzó a reportarse. Edgardo intuyó que tendría lugar otra escena triste aunque, tal vez, de tintes heroicos; y prefirió acelerar su partida y privarse de ella. Tales escenas hacían preferible, tal vez, hasta vérselas cuerpo a cuerpo con un Jarlwurm antes que contemplarlas.

 

      En algún punto de la ciudad, Tancredo de Cernes Mortes observaba a los Caballeros tratando de poner orden entre la población desbocada de pánico.

 

       -¡Ah, yo dije que esos muros del Sur debían ser reforzados, yo lo dije mil veces!-exclamaba el Gran maestre de la Doble Rosa.

 

      Su segundo al mando en la Orden, Guido de Flaurania, reprimió una sarta de palabrotas. , ya lo sabía; , era cierto; , Tancredo lo había dicho mil veces, y nadie le había hecho caso; pero ¿era preciso que machacara sobre ello en las presentes circunstancias?

 

      -¡Ah, señor!... Yo os escoltaré y protegeré-exclamó Tancredo, viendo que el Duque Olav, armado y a caballo, se aprestaba para, esta vez, tomar parte en el combate y al menos morir luchando; porque, la verdad, su físico débil y poca habilidad para la guerra hacían prever que, con o sin muros derribados, ése sería su final.

 

      Poco a poco, la gente iba atestando las iglesias de la ciudad, adonde Ignacio de Aralusia y los demás Caballeros les aconsejaban refugiarse, conservando el valor, para rogar a Dios por Drakenstadt y la victoria para sus defensores. Se les había dicho que, en caso de desastre, los propios Caballeros se ocuparían de escoltarlos para escapar de la ciudad, pero era mentira: probablemente para entonces no quedarían Caballeros vivos para escoltarlos. No había otra forma de mantenerlos calmos pero, de todos modos, repugnaba a Ignacio mentirles así.

 

      Y sin embargo, Dunnarswrad habría dado todo por hallarse en su lugar. El era otro de los que hasta luchando cuerpo a cuerpo con un Jarlwurm habría preferido estar antes que allí, frente a aquellos jóvenes a quienes tan bien conocía... No dio tiempo al lugarteniente a decir su nombre y rango, sabidos de sobra.

 

       -Romped filas y venid conmigo. Todos-dijo con desacostumbrada suavidad, algo que erizó la piel de los adolescentes todavía más que los habituales truenos del coloso. Algo iba mal-. Aquí, en semicírculo-añadió, en un rincón más o menos apartado-. Seré breve y crudo: pronto todo habrá terminado para Drakenstadt. A partir de ahora, quienes sigamos luchando lo haremos con un solo fin: daros todo el tiempo que podamos, para que consigáis regresar a las mismas aldeas de donde, por lo general entre llantos de vuestras madres y maldiciones de vuestros padres, fuisteis reclutados. Allí haréis lo que podáis para proteger de los Wurms a la población, y para impedir que aquéllos sigan avanzando río arriba. 

 

      Los muchachos permanecieron inmóviles y en tétrico silencio ante la funesta noticia.

 

      -Os obligué a entrenar duramente. Me tuvisteis miedo y algunos, o todos, quizás hasta odio. Pero siempre dije que os quería bien, y lo repetiré aquí por última vez. Fuisteis mis hijos, mi creación, y yo fui... Un monstruo. Para qué usar otra palabra, ¿no? Fui monstruo porque necesitaba haceros monstruos a vosotros. Monstruos capaces de sobrevivir a todo y hacerles morder el polvo a los Wurms... Y ahora ha llegado el momento de que me hagáis orgulloso, porque de ello dependen muchas vidas. No podéis permitiros fracasar. Ya se han despachado varios correos para avisar, incluso a Cernes Mortes, que Drakenstadt ha dejado de existir. Los últimos restos de niñez que guardéis con vosotros, dejadlos aquí, para que ardan junto con Drakenstadt. Será lo mejor.

 

       Los chicos del Leitz Korp, algo aturdidos todavía, aprovecharon la breve pausa que seguidamente hizo Dunnarswrad para mirar su entorno. Todo estaba medio envuelto en tinieblas, salvo las luces de las antorchas y de los fuegos que aún les quedaban a los Jarlewurms; aun así, reconocían porciones de la ciudad donde habían vivido desde hacía algunos meses y a la que, mal que bien, habían comenzado a sentir un segundo hogar y a querer casi tanto como el propio.

 

      Y pronto, de ese segundo hogar quedarían sólo cenizas y escombros humeantes, todo por capricho de unos monstruos incapaces de la menos piedad. De repente, alguien en el grupo estalló en lágrimas de rabia impotente ante tal pensamiento. Pronto, varios eran quienes lloraban en el Leitz Korp. Ni uno solo dejaba de preguntarse que les depararía a ellos el futuro. También Dunnarswrad se lo preguntaba por ellos. Se preguntaba también otras cosas como, por ejemplo, si aquellos chicos le guardarían algún afecto, si lo recordarían bien cuando él ya no existiese, pero no quiso preguntárselo; no era momento para emotividades ni cursilerías.

 

      -Y ahora, escuchadme con atención, pues no hay tiempo para más despedida que ésta que ya tuvimos-prosiguió Dunnarswrad-. Gylvson quedará a cargo, al menos hasta alejaros lo bastante de la ciudad-señaló al joven lugarteniente, que se secó las lágrimas con la manga-. Obedecedle como a mí. Buscaréis al resto de vuestros compaleros y abandonaréis Drakenstadt por las puertas del Este, puesto que no han llegado reportes de avistamientos de Wurms que vengan de allí. De todos modos, andaos con cuidado. Si vierais Wurms en vuestro camino, avanzad sigilosamente, de dos en dos o de tres en tres, por turnos y sin prisas; pero una vez que hayáis dejado atrás a los reptiles, corred como alma que se lleva el Diablo. Recordad los pantanos del Sur; allí estarán esperandoos los Thröllewurms, deseosos de darse un banquete con vosotros-lanzó a los adolescentes y cuasi adolescentes una última mirada de tosco y duro cariño, y concluyó:-. Es todo. Hasta siempre, guerreros del Leitz Korp. Haced aquello para lo que fuisteis entrenados.

 

      Como un solo hombre, los muchachos hicieron una respetuosa inclinación de cabeza. Luego Gylvson, el lugarteniente, exclamó con la voz más poderosa que era capaz de dar su garganta:

 

       -¡Leitz Korp!  ¡Atención! ¡Formar!-y era como si ningún llanto hubiera jamás arrasado sus ojos. Veloz y disciplinadamente, el resto de los adolescentes obedecieron, hombres prematuros forjados por la necesidad y la guerra-. ¡En marcha!

 

      El juvenil grupo liderado por Gylvson se alejó a trote rápido. Tal vez en los pantanos del Sur los Thröllewurms, previendo la llegada de carne fresca, sonrieron burlonamente bajo las oscuras aguas.

 

      Ninguna historia nos cuenta si Hreithmar Dunnarswrad derramó lágrimas en alguna oportunidad pero, si lo hizo, fue sin duda aquella noche en que vio alejarse a sus cachorros de monstruo hacia una incertidumbre atroz y hacia responsabilidades que los superaban.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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