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24 julio 2010 6 24 /07 /julio /2010 21:48

     La muerte de Radurwulf repercutió también en la ejecución del plan para atrapar a Hodbrod y su banda. En efecto, se había convenido que el primero precedería a los demás en la huida, y que saldría de las alcantarillas voceando que había Thröllewurms en las mismas, lo que sería la señal para que actuaran Maarten y el resto de los hombres. Estos, apostados todos ellos en un radio cercano al túnel por el que emergerían los fugitivos, se mantenían ocultos para dar tiempo a que la escurridiza banda hubiera salido completa, y no actuarían más que al oir la señal de Radurwulf. Por consiguiente, con la muerte de éste la eficacia de la captura se frustró: Hodbrod y su pandilla se encontraron de súbito cara a cara con quienes venían a aprehenderlos, tan sorprendidos éstos como aquéllos. Para cuando se intimó a los malhechores a rendirse, ellos tenían ya muy en claro que eso era exactamente lo que jamás harían, y decidieron tratar de escapar o, en su defecto, de luchar, siempre arengados por Hodbrod. Las flechas surcaron los aires, pero el inesperado caos en que se había convertido la celada hizo que la mayoría de tales proyectiles errara el blanco. Para gusto de Hodbrod Christianson, sin embargo, las certeras fueron demasiadas. Viendo a tantos de sus compañeros muertos o malheridos, interrumpió su huida; y así fue que Maarten Sygfriedson llegó por fin junto a él, y lo derribó de un puñetazo en el mentón.

 

      -Se terminó, desgraciado. Me admira que hayas llegado tan lejos, pero tu carrera criminal termina aquí, igual que, quizás, termine tu vida misma en la horca-dijo Maarten con cansancio. Y lo acometió un acceso de furia y tristeza; porque ya fuera de miedo, impotencia, rabia o lástima de sí mismo, su presa, vencida, se había echado a llorar sin levantarse del suelo-. ¿Por qué has hecho esto?-gritó, frustrado-. ¡Tenías energía y carisma suficientes para conducir a tus chicos hacia un camino recto que hubiera enorgullecido a Drakenstadt... y en lugar de eso, los guiaste a ellos hacia su ruina, y a nosotros mismos a la necesidad de exterminaros!

 

      -Es el destino. No hay nada que pueda hacerse cuando se ha empezado a andar con el pie izquierdo en la vida-contestó Hodbrod Christianson, entre sollozos ya muy resignados. Alzó levemente el rostro en el que destacaban la larga cicatriz y la nariz de tabique partido, y vio a varios de sus cómplices como petrificados, incrédulos ante la imagen de su líder entre la miseria y la derrota-. Os lo ruego, señor, dejad ir a mis amigos. Haced de mí lo que queráis, pero perdonadlos a ellos. Vos lo dijisteis, no ha sido culpa de ellos, sino mía. Yo y sólo yo hice esto.  Ellos nada hicieron, más que seguirme hacia el fracaso. No es culpa elegir mal.

 

      -De elecciones se trata, sí, no de destino, como bien dices-repuso Maarten con sequedad y cierta lástima-. Pero no serían menos culpables si te hubieran seguido hacia el éxito; no si el triunfo era en una mala causa. Sus culpas quedarían impunes, pero eso es otra cosa. La única manera de no ser culpable es no inclinándose hacia el mal, aunque otros alrededor de uno lo hagan. Yo mismo tuve esa opción tanto como tú o tus amigos. Cuando todo el mundo te humilla y se burla de ti, cuando sólo te sientes un montón de mierda, la tentación de hacer el mal es muy fuerte. Pero resistí, como pudisteis hacerlo también vosotros. Hoy soy Caballero. Tuve suerte, es cierto; pero ahora sé que la ceremonia del espaldarazo es sólo un trámite que no hace Caballero a un hombre, sino sólo reconoce que lo es. Habría sido Caballero aun sin esa ceremonia. Si para ti eso nada significa, para mí sí.

 

      -Pero mis amigos ya no harán daño, os doy mi palabra. Dejadlos ir, por favor, señor-suplicó Hodbrod, desesperado, y su llanto redobló.

 

      -No insistas. Puedes responder por tus acciones futuras, tal vez; pero no por las ajenas. De todas maneras, es por acciones pasadas que iréis todos a juicio; no por acciones futuras.

 

      ¡Y encima, volvieron los Wurms!, pensó Maarten con amargura. Ignoraba todavía lo sucedido en las alcantarillas, pero escuchaba con desaliento, ya desde hacía un rato, el familiar estrépito del combate contra los gigantescos reptiles. No valía la pena, sólo por ir a ayudar en el frente, malograr la captura de aquellos fugitivos tan largamente acosados, pero habría que sumarse de inmediato a la lucha cuando Christianson y su banda estuvieran ya a buen resguardo en la Lumpenshaas.

 

      Con rabia, forzó a Hodbrod a ponerse de pie.

 

      -Levántate, que no eres tan víctima como tratas de hacer creer-ordenó-. Se te ofreció un indulto y lo desdeñaste.

 

      -¡Puerco hijo de puta, sabes mejor que yo que eso no era más que una trampa para que nosotros mismos nos entregáramos servidos en bandeja y pudierais ahorcarnos más fácilmente!-estalló Hodbrod Christianson, entre sollozos-. ¡Deja de burlarte de mí! ¿No soy tan idiota como crees!

 

      De súbito, algo pareció impactar de lleno en Maarten, algo que lo dejó a la vez helado y desanimado. ¿Así que por eso estos imbéciles no se entregaron cuando estaban a tiempo de hacerlo? ¿Porque temían una traición de parte nuestra?, pensó.

 

       -No era una trampa, ni me burlo...-respondió-. Pero sí, vaya si eres idiota. Más de lo que supones, más de lo que yo mismo habría sospechado... Por desgracia. Pon las manos tras tu espalda; te voy a atar. Lamento que no te hayas creído digno de un  indulto cuando te  ofrecimos de corazón la posibilidad de rendirte. Ahora es demasiado tarde.

 

       Y parece que sí era cosa del destino, después de todo... Pero cómo duele que éste sea tan injusto, añadió para sus adentros.

 

      Ya sin fuerzas para oponer resistencia alguna, Hodbrod obedeció. Los secuaces supervivientes fueron obligados a formar en fila india detrás de él e igualmente maniatados, salvo los heridos graves, que fueron apartados y transportados en improvisadas camillas hasta la iglesia más próxima para su atención.

 

      Pero cuando los prisioneros ilesos, inmovilizados de manos y atados uno al otro, iban a ser llevados a prisión, un agitado jinete se reportó ante Maarten.

 

      -Volvieron los Wurms, señor-informó innecesariamente; y agregó:-. Algunos Jarlewurms están atacando la muralla Sur, recorriéndola, al parecer en busca de un punto débil en la construcción.

 

      -¿Pero cómo diablos llegaron los monstruos hasta ahí? ¿Por qué no los detuvieron nuestras catapultas, como las veces anteriores? No importa, olvídalo-gruñó Maarten, preocupado-. ¡Hmmm!... Y hallarán ese punto débil que dices, si perseveran.  Los muros no son allí tan resistentes como podría desearse-añadió sombríamente-. ¿Son muchos?

 

      -Hasta donde sé, sólo tres... Pero un centinela dice estar seguro de que uno de ellos es nada menos que Talorcan el Negro. Y además, no podemos estar seguros de que no haya otros. En el frente de batalla todo es caos ahora.

 

      Maarten asintió.

 

      -¡A montar todo el mundo!-ordenó-. ¡A la muralla Sur!

 

      -¿Y ellos? ¿Qué haremos con ellos?-preguntó alguien, señalando a los prisioneros.

 

      -Olvidadlos. Ya los capturamos una vez, ¿no? O viviremos para atraparlos de nuevo, o nada importará ya, ni para ellos ni para nosotros.

 

      Y partieron al galope, dejan do a los prisioneros maniatados, pero sonrientes en su mayoría, como persuadidos de estar bajo el amparo de inescrutables hados. Alguno comentó que por lo visto habían nacido bajo una buena estrella; pero ante tal comentario reaccionó Hodbrod con desconcierto y disgusto.

 

       -¿Llamas a esto buena estrella?-preguntó-. ¿A pasarnos la vida refugiados en las cloacas, haciendo vida de fugitivos? ¿A rechazar un insulto ofrecido de buena fe, por creer que era carnada para atraparnos?

 

      Durante unos segundos, nadie contestó. Súbitamente se sentían perdedores e insignificantes, algo que tal vez era eterno en ellos, pero de lo que a veces lograban olvidarse; por ejemplo, cuando una y otra vez conseguían burlar a sus captores, o cuando sojuzgaban a otros habitantes del Zodarsweick.

 

      -El lo ha dicho: ya nos capturaron una vez-prosiguió Hod, cabizbajo, pesimista y amargado-. Volverán a hacerlo tarde o temprano... Si viven...-añadió con una sonrisa maliciosa. También en el horizonte de su alma asomaban los Wurms, crueles como siempre, aclamados por un niño que acababa de notar que no por estar sentado ante mucha gente de pie era rey; un niño caprichoso y egoísta que odiaba admitir que sólo era exactamente eso y cuya tontería no lo dejaba ver la posible consecuencia de su berrinche-. Si viven...-reiteró, regodeado en una para él gloriosa visión de sangre y fuego; y concluyó:-. Vamos a la muralla Sur. Veremos a nuestros enemigos perder su altivez y morir entre lágrimas de fracaso.

 

      -Hod, espera, ¿estás loco? ¡Desatémosnos primero!-exclamó uno de sus cómplices, viendo que, atados entre sí como estaban, nadie podría ir a ningún lado, si no era forzando a los otros a seguirlo.

 

      -Luego nos liberaremos, pero ahora es más importante no perdernos nada de lo que va a suceder. Ya me lo agradecerás-contestó Hodbrod Christianson; pero ni él mismo era consciente del nuevo temor que nacía en su corazón: el del abandono. Su fiel pandilla estaba planteándose hasta qué punto había sido juicioso seguir al líder por una senda que ahora se advertía tan incierta, y él no quería darles tiempo a que lo reemplazaran por otro jefe más sensato.

 

      Fue así que, por el mero deseo de paladear una venganza, sus cómplices se dejaron tentar, y accedieron a ir tras él una vez más, corriendo todos en forma coordinada y a un tiempo para ir a ritmo más veloz y llegar cuanto antes al área del desastre. Si alguien contempló la posibilidad de que Hodbrod los estuvierra arrastrando a todos a un desastre un poco más personal, pero para ellos igualmente nefasto, no lo dijo.

 

      Iban mucho más despacio de lo que ellos habrían querido, pero pronto eso dejó de ser importante. Nunca se sabrá en qué momento, pero hasta ellos llegó un estruendo farragoso, que no reconocieron como lo que era, el derrumbe de una porción de muro acompañada por gritos de alarma. Se había abierto una brecha, y el poderoso Talorcan el Negro avanzaba ciudad adentro como una descomunal y aterradora máquina de muerte y destrucción. Lo seguían dos jóvenes Jarlewurms, tan bisoños en la guerra como Calímaco de Antilonia pero,  a diferencia de él, enormes y malvados.

 

      Cundió el pánico ante el brutal avance de los tres monstruos. Nada los detenía. Las viviendas del Zodarsweick, construcciones rústicas, precarias y de planta triangular casi todas ellas, se derrumbaban hacia adentro a su paso, igual que castillos de naipes. Quienes se salvaban de sucumbir ante el paso de los tres Jarlewurms emprendían enloquecida fuga por las calles, hacia el Norte, aunque parecía dudoso que pudieran ir muy lejos; si así empezó el pánico que tanto asco produjo a Edgardo de Rabenland y que Ignacio de Aralusia y otros Caballeros, con bastante éxito, lucharon por controlar, o si en el Norte la locura estalló a raíz de una coincidente falsa alarma, nunca lo sabremos. Otros quedaban aplastados bajo las ruinas de sus mo5radas, malheridos y aterrados, si las zarpas de los reptiles no los aplastaban allí mismo como a cucarachas. También los había que en plena fuga eran capturados por las fauces ávidas de sangre de los tres gigantescos dragones. La noche parecía el mismísimo Infierno sobre la Tierra,;el más vívido, fiel retrato del Apocalipsis.

 

      Por fin, en determinado momento, Talorcan el Negro se detuvo por un momento, echó hacia atrás el largo cuello y luego lo propulsó de golpe hacia adelante, haciendo atroz exhibición del arma más temible que poseían los de su casta: el fuego. Cruzando una buena distancia, una espeluznante lluvia flamígera se precipitó siobre nuevas viviendas y sobre unas cuantas figuras que huían. También estuvo a punto de caer sobre Hodbrod Christianson y sus secuaces, quienes habían tenido que renunciar a seguir avanzando contra la riada humana, poniéndose a buen resguardo para no ser aplastados por ella. Acababan de apartarse de la compacta masa en fuga, cuando las cataratas de fuego y brea ardiente abrasaron cuanto hallaban a su paso; increíblemente, acababan de salvarse, por enésima vez, de una muerte que parecía inevitable.

 

       -¿Estás seguro de que no nacimos bajo una buena estrella, Hod?-preguntó uno de los jóvenes a su líder.

 

      El interrogado no contestó. Su increíble suerte lo había dejado aturdido. Podríamos habernos dejado llevar por todas esas personas, y entonces tal vez nosotros mismos estaríamos envueltos en llamas, reflexionó. Murieron mientras huían, pero tal vez eso no signifique nada; nosotros llevamos mucho tiempo huyendo de otras cosas, y sin embargo aquí estamos, todavía vivos. Entonces, ¿por qué ellos murieron, y nosotros vivimos aún? ¿Para seguir llevando la vida de persecución y miseria que llevamos hasta ahora? La idea lo rebeló. No puede ser. Esto tiene que tener otro objeto, pero ¿cuál es?

 

       Vio aquí y allá gente que gemía entre las ruinas de sus viviendas. En ese momento, Talorcan se puso también al alcance de su vista, erguido sobre una colina a las sombras de la noche y como posando para un aterrador monumento al Mal triunfante. El espanto estremeció a sus secuaces, pero la angustia de Hodbrod Christianson era de una naturaleza muy distinta. Yo también voy a morir, pensaba. Voy a morir sin saber para qué he vivido, sin haber hecho nada que realmente valga la pena o que justifique mi estúpida existencia. Se hacía estas reflexiones en el mismo momento en que Maarten Sygfriedson, a lomos de su magnífico caballo, se allegaba a aquella zona, último límite, hasta el momento, de la condena que  al parecer se cernía sobre  Drakenstadt. Hodbrod no notó su presencia, porque había acercado a un resto de brea en llamas, adherido a una pared, las ligaduras que lo mantenían maniatado. El fuego le ampolló un poco muñecas y manos, pero ahora estaba libre y podía soltar a sus compañeros para que éstos escaparan. Lo que fuera luego de él mismo, no le importaba mayormente. Había hecho de su propia vida una ruina tan lastimosa como las casas aplastadas por los Jarlewurms, y le quedaba sólo sentarse entre ellas a esperar la muerte.

 

      Entonces oyó el desafiante grito de Maarten, primer acto de un drama épico inolvidable para la Historia y mucho más para la leyenda:

 

      -¡Talorcan!... ¡Asesino!...

 

      Hodbrod, entretenido en liberar a sus compañeros, no pudo alzar la cabeza. Oyó los insultos, los relinchos del bravo corcel al que imaginó erguido osobre sus patas traseras, indómito y guerrero; oyó los gritos de fondo de la muchedumbre en estampida y el crepitar de incendios, y gemidos de víctimas removiéndose entre escombros, señal todo ello de que los dos enemigos, el Jarlwurm y el Caballero, se mantenían ahora en tenso silencio, tal vez estudiándose. 

 

      También entre las ruinas de su alma Hodbrod sentía removerse algo, no sabía qué.

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Published by EKELEDUDU
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