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28 julio 2010 3 28 /07 /julio /2010 18:43

      Durante aquella extenuante jornada, hubo que permitir a los guerreros dormir por turnos, aunque no más de dos horas antes de despertarlos de nuevo para regresarlos al frente de batalla. Desde ya que no iban al cuartel para descansar, sino que se tendían a dormir en el suelo y tan cerca de la zona de combate como pudieran, a fin de poder relevar con mayor presteza a sus compañeros cuando fuera la ocasión. Muchos incluso durmieron a descubierto. Hubo quienes se tendieron a dormir en la nieve, cansados y sudorosos como estaban, y así enfermaron de gravedad y hasta murieron algunos de ellos; todo lo cual traería consecuencias más tarde.

 

      La mayoría de los oficiales se resistió a descansar mientras duró el ataque. A Ignacio de Aralusia, quien cayó desmayado de agotamiento, hubo que apartarlo a la rastra de los muros de la ciudad. Para envidia de muchos, sin embargo, cuando la lucha tocaba a su fin, Hreithmar Dunnarswrad recién parecía estar entrando en calor.

 

      Por último, los Wurms tuvieron que reconocer que también esta tentativa de remontar el Kronungalv y tomar Drakenstadt, increíblemente, había fracasado, salvo para tres o cuatro de ellos, y mucho mayor habría sido su pesimismo de haber conocido en ese momento el destino de Talorcan el Negro, que quizás sólo llegarían a intuir. Probablemente especulaban que esos tres o cuatro atacarían la próxima vez desde otro frente, ayudando a debilitar la ciudad. Además, el viento había vuelto a virar, soplando hacia el Norte, por lo que ya no servía a los propósitos de los Jarlewurms, que lo tenían en contra en caso de querer avanzar más, y estarían, en tal sentido, poco menos que inmovilizados en sus sitios. De hecho, tan estáticos habían estado en cierto momento que, por primera vez desde el inicio de la Guerra, las catapultas habían causado entre ellos estregos de relevancia, matando a dos e hiriendo al menos a diez, aunque de éstos, no todos debían hallarse graves. Al parecer, la causa de que sufrieran tantos daños poco frecuentes había sido su amuchamiento en el avance: al creer que remontar el Kronungalv sería esta vez cosa fácil, todos se habían apresurado para figurar entre los primeros, lo que redundó en una menor maniobrabilidad al tener que esquivar el bombardeo de las catapultas. En lo sucesivo, los Wurms parecieron aprender esta lección y preservar mucho espacio libre entre ellos cuando atacaban. Sólo una vez olvidarían tomar tal precaución... Y cuando lo hicieran, sufrirían la más humillante y amarga derrota que pudieran concebir.

 

      Edgardo de Rabenland fue el primero en encaramarse en lo alto de la muralla a investigar, cuando del otro lado de ésta las cosas parecieron demasiado calmas. Era un gesto habitual en él, y que siempre echaba a correr todo tipo de murmullos acerca de su temeridad; pero la costumbre le había quedado desde poco después de los inicios de la guerra, cuando todavía tenía ánimos para fingir un valor que no sentía; y era producto del cálculo de que mucho tiempo batallando, viento soplando del Sur y un alto en el fuego por parte de los Wurms eran síntoma de la retirada de los monstruos y que, por lo tanto, ya casi no había peligro. Ahora no se atrevía a revelar la verdad ni a sus amigos; pero su sentido del honor le impulsaba al menos a buscar otras formas de merecer el mando obtenido en recompensa (dudosa recompensa, solía pensar) a tan inexistente heroísmo.

 

      -¡Se retiran! ¡Los Wurms se retiran!-tronó triunfalmente, viendo desaparecer en la lejanía las familiares y siniestras figuras en forma de drakkars de los Jarlewurms, entremezcladas con las achaparradas y natátiles formas de sus siervos, los Thröllewurms.

 

      Hubo un estallido de júbilo entre las tropas, y varios subieron también a los muros, desde lo alto de los cuales lanzaron insultos y provocaciones a los Wurms, a pesar de que si éstos hubieran dado media vuelta y retomado la batalla se habrían descorazonado y acobardado, ya que no daban más.

 

      -Nos salvamos de milagro, ¿eh, señor?-preguntó a Edgardo un arquero plebeyo.

 

      -En parte. Y en parte, también, porque no nos rendimos-aunque ya es todo un milagro que siguiéramos resistiendo incluso creyéndonos derrotados de antemano, pensó Edgardo. Todavía no sé cómo lo hicimos. Palmeó con afecto la espalda del arquero-. El Duque Olav puede estar orgulloso de vosotros. Combatísteis bien.

 

      Se hizo un silencio sombrío, y por fin otro soldado dijo:

 

      -Señor, han llegado informes de que el Duque Olav murió durante la lucha.

 

      Edgardo tardó en asimilar la noticia.

 

      -Bueno... Se ha reunido por fin con su hijo Gudjon... El cual podrá, también, estar tan orgulloso de su padre como éste lo estuvo de él-murmuró, pensativo-. Nuestro Señor los guarde a ambos... Ahora, el pobre Dagmar será Duque... Pobre muchacho, heredar el título en estas circunstancias...-aunque ¡bella fiesta hubieran hecho en su lugar mis queridos hermanos mayores!, pensó, venenoso-. Habrá que darle la noticia... Pero, ¿quién lo hará? La verdad, no me siento valiente para este tipo de cosas.

 

      -Ya debe saberlo, señor. Vuestro Gran Maestre, el señor Tancredo de Cernes Mortes, dijo que se encargaría personalmente de informarle; que era menester respaldar al príncipe Dagmar en esta hora nefasta y reconfortarlo haciéndole saber que su padre al menos murió como un héroe-aclaró otro soldado que estaba cerca.

 

      -¿Sí? ¡Increíble!-exclamó Edgardo, admirado y orgulloso de su Gran Maestre por primera vez desde el ascenso de éste a aquel cargo-. Por fin ese hombre hará algo bueno y útil en vez de querellarse con el Segundo Maestre del Viento Negro.

 

      Tras ciertas vacilaciones, añadió el soldado:

 

      -Dijo el señor Tancredo de Cernes Mortes que, por doloroso que sea este momento, el Príncipe Dagmar debe sobreponerse a él y avalar a un regente que entienda de asuntos de milicia, y no a aficionados que improvisan sin tener la menor idea de nada.

 

       Todo lo cual, era apenas un largo eufemismo para decir que lo único que en realidad interesaba a Tancredo Cernes Mortes era proponerse él mismo como regente, o en su defecto a alguien a quien pudiera manejar como a una marioneta.

 

       Edgardo se apoyó sobre una almena y se cubrió el rostro, el cual era la imagen misma de la tempestad.

 

       -Me hubieras dejado con la ilusión...-gruñó, lleno de vergüenza ajena-. En momentos como éste me siento tan idiota que apenas si puedo soportarlo-se enderezó, resignado-. Me voy a dormir. Si los Wurms regresan aquí antes de que despierte, decidles de parte mía que les deseo suerte y que, si van a devorar a todo el mundo, al menos que lo hagan por riguroso orden jerárquico y comenzando por el señor Tancredo de Cernes Mortes.

 

      Pero cuando ya estaba por dar media vuelta, un tercer soldado avanzó hacia él.

 

       -Hay algo más que deberíais saber, señor-le dijo.

 

      Alguien que lleva más de veinticuatro horas sin dormir no puede interesarse mucho por nada, pero un  líder no puede desinteresarse de algo que es importante para cualquier subalterno; de modo que Edgardo, resignado, hizo un esfuerzo por hallar interés y miró al soldado, invitándolo a continuar.

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Published by EKELEDUDU
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