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26 julio 2010 1 26 /07 /julio /2010 01:35

      El duelo entre Talorcan y Maarten proseguía. El Caballero había intentado con éxito trasladar el campo de batalla a la zona más devastada del Zodarsweick, adonde los habitantes, o habrían huido o yacerían muertos entre las ruinas o estarían vivos y atrapados entre ellas, pero en ambos casos, poco o nada podría hacerse por ellos; lo importante era que no siguieran produciéndose daños de enorme magnitud.

 

      No lejos de aquel duelo, los otros dos Jarlewurms lidiaban también con varios jinetes que los hostigaban como podían para estorbar su avance.

 

      La primer arma escogida por Talorcan fue su musculosa cola. La blandió a diestra y siniestra, sin jamás tener éxito en su propósito de dañar a su rival, que supo mantenerse bien lejos de tan temible látigo. No obstante, sólo un milagro salvó a Maarten de un peligro no menor que aquel: los trozos de roca, madera ardiendo y otros objetos que el furor asesino de la cola de Talorcan levantaba y arrojaba a modo de proyectil, intencionadamente o no. A unos cuantos, es cierto, los eludió; de otros se guareció tras su escudo revestido de madera. Pero por momentos venían en cantidades tan grandes, que resultaba difícil no concluir que la mano de Dios, o un ángel de la guarda, protegía al osado Maarten.

 

       Seguidamente vomitó Talorcan un chorro de fuego y brea candente. Previendo el ataque, Maarten desmontó, temiendo que el caballo cediera al pánico y se hiciera ingobernable, todavía con su jinete sobre la montura; lo que enseguida demostró ser una decisión sabia, porque de inmediato el animal, aterrorizado, huyó del reptil gigante. También Maarten estaba aterrorizado. ¿Tal vez eso hacía a sus piernas más céleres que nunca? Quizás. Una primera bocanada flamígera, guiada adrede por el dragón hacia su enemigo, dejó una larga estela de fuego y humo, pero a Maarten no lo tocó ni por casualidad. Siguió otra bocanada más dispersa, que cayó como una lluvia de lo que hoy conocemos como fuegos de artificio, cubriendo un área en abanico. Esta vez, Maarten sí fue alcanzado; no con la suficiente fuerza para herirlo de gravedad o ponerlo fuera de combate, pero sí para provocarle algunas quemaduras dolorosas. El apagó las llamas en silencio y lo mejor que pudo, sorprendido de todavía seguir vivo, y sabiendo que la posibilidad de seguir estándolo dependía en gran medida de no emitir ni un gemido. Porque, para desconcierto del Jarlwurm, su propia arma se volvía contra él: una cortina de humo provocada por los fuegos del reptil había permitido a Maarten ocultarse. Eso le permitió intentar exitosamente un ardid muy viejo, pero que funcionó con Talorcan: el de arrojar piedras en distintas direcciones para que el ruido de las mismas, al caer, despistaran al Wurmhaciendo creer a éste que su antagonista revelaba por accidente su posición. La primera vez, el monstruo cayó en el engaño, y dirigió uno de sus horribles chorros de fuego y brea en llamas hacia donde, erróneamente, creyó que se ocultaba Maarten. La segunda vez fue algo más cauto, y prefirió economizar sus fuegos; pero se quedó revolviendo entre las ruinas, ora con sus garras, ora con sus dientes, siempre en busca de Maarten. En eso, un resto de escombros se vino abajo, sobresaltando al reptil, quien se volvió rugiendo y empleando de nuevo su mortal vómito incandescente.

 

      Está nervioso, pensó Maarten, complacido. Iba a morir, pero al menos moriría con la satisfacción de haber imbuido miedo en aquella criatura gigantesca y sanguinaria que era Talorcan el Negro. Sonreía con la ferocidad de tal idea, que le infundía coraje, cuando escuchó un grito de desafío, proferida por una juvenil voz masculina:

 

       -¡Aquí, monstruo! ¡Atrápame...si puedes!

 

      Maarten sintió un nudo en la garganta: ése era Hodbrod Christianson, estaba seguro. Talorcan alzó la cabeza hacia él, con frío y despiadado interés.

 

       -¡Bastardo, asesino, ven por mí!-siguió gritando Hod, saltando ante la vista del reptil y a cierta distancia de él.

 

      -¡Aléjate, muchacho!-recomendó Maarten a gritos.

 

      Esta voz era más familiar para Talorcan. Buscó con la mirada a su oponente, pero en derredor no veía más que fuego y humo, y Maarten no era para él más que una voz desprovista de forma corpórea. El temor crecía en él, como siempre sucede a quienes detentan un poder inmenso, que usan para hacer el mal, y de pronto se sienten en jaque, Lanzó otro chorro de fuego y brea candente hacia donde creyó que, tal vez, Maarten se hallaba oculto. También eso es propio de quienes tienen mucho poder y se ven amenazados: lo abaten descomedidamente y a tontas y a locas sobre la amenaza en cuestión, dando por sentado que gozarán de ese poder eternamente.

 

      El reptil logró por fin distinguir una forma moviéndose con sigilo allá abajo, detrás de una ascendente cortina de humo. Se irguió regocijado, paladeando una victoria inminente. Pero un nuevo intento por abrasar vivo al enemigo abortó en su inicio mismo: Talorcan ya no tenía combustible con el que producir y arrojar fuego. Además advirtió, muy inquieto,  que Hodbrod Christianson se le había acercado osadamente y le arrojaba palos, piedras y otros proyectiles similares. Estos no le hacían el menor rasguño, pero la actitud valiente y belicosa del adolescente no dejaba de intimidarlo. Contra él esgrimió una vez más su tremenda cola, pero ni con el rabillo del ojo lo miró: era Maarten a quien más temía. El duelo estaba prolongándose demasiado.

 

      Hod se había echado cuerpo a tierra para esquivar los coletazos que le pasaban cerca, rozándolo, pulverizando las ruinas del entorno. Desde tal posición vio que el humo provocado por los fuegos de Talorcan comenzaba a disiparse a los cuatro vientos; porque el Wurm, harto de no ver a su adversario, batía las alas a modo de gigantescos abanicos. Llamas y humareda retrocedieron; en su escondite de turno, Maarten se echó hacia atrás también, para no sufrir quemaduras, y tosió semiasfixiado. Así delató su posición antes de literalmente volar hacia otra parte; las ansiosas garras de Talorcan arañaron el aire, y acaso si rozaron mínimamente al enemigo al que pretendían destruir.

 

      Entre tanto, los incendios se propagaban a velocidad pasmosa y alarmante. El Zodarsweick era un barrio de viviendas pobres, de planta triangular en su mayoría y unidas por un vértice en común en cada manzana. Por ese entonces, el ángulo que en cada caso se abría a partir de tal vértice no se conocía aún con el popular nombre de Veilledingensägte (literalmente, rincón de las muchas cosas) con que más tarde se haría tristemente célebre; pero existía ya la pésima, reprochable costumbre de usarlo como depósito de cachivaches. Entre las cosas que iban a parar más a menudo allí estaba el barril de turba, tradicional combustible de los pobres. También por esa época había ya en dicho barrio una notable cantidad de techos de paja, aunque su número sufriría incrementos atroces más tarde. El inevitable resultado de tan nefasta combinación no se hacía esperar. Chispas y pavesas encendidas, cual gérmenes de nuevos incendios, eran arrastrados por el viento, dando a veces con techos de paja, a cuyo resguardo prosperaban y se convertían en fuegos de diversas proporciones. En algunos casos, la nieve apagaba las chispas antes de que ello sucediera; pero desafortunadamente, la mayoría de los habitantes del Zodarsweick ponía mucho esmero en quitar la nieve de la techumbre de sus viviendas por temor a que la misma no resistiese el peso y se derrumbara. Cuando los fuegos alcanzaban los vértices de manzanas y devoraban barriles de turba amontonados negligentemente en torno al fatal vértice, éste se convertía en epicentro de un incontrolable desastre. Si los Wurms estaban a punto de destruir Drakenstadt, lo harían con la involuntaria ayuda de sus inconscientes habitantes; pero en medio de tanto caos, el negro humo de los barriles de turba en llamas, arrastrado por el viento, envolvía protectoramente a Maarten, ocultándolo de la vista del cruel Talorcan. El batir de alas del monstruo despejaba un poco la humareda, pero avivaba los incendios más próximos. Para colmo, el dorso de las alas del reptil carecía de las protectoras escamas ignífugas que revestían casi todo su poderoso cuerpo, y la blanda piel se le ampollaba y chamuscaba. Nada grave para un mortal consciente del carácter efímero y perecedero de la carne, nada grave para quien suple su extrema vulnerabilidad con abundantes reservas de coraje, nada grave para el que prioriza un riesgo por encima de otro, midiéndolos en una escala con patrones más o menos lógicos, y decidiendo que su propia muerte es el más leve; pero para quien se cree poco menos que un dios, para quien siempre se ha tenido por poco menos que invencible, hasta la más mínima flaqueza puede convertirse en una grieta de desgracia y ruina, a través de la cual cree entrever la sonrisa burlona de la Muerte.

 

      Y en efecto, la Muerte se burlaba de Talorcan el Negro. Silbaba en torno a él y le pasaba rozando bajo la forma de una andanada de flechas que Maarten disparaba al azar, rezando inexitosamente para que alguna hallara en el monstruo un punto vulnerable. Raras veces nuestras plegarias nos son respondidas como desearíamos; raras veces la respuesta es el fin abrupto y casi inexplicable de aquello que nos aterra o angustia.

 

      Si Talorcan sabía lo que era orar, cosa por demás discutible, o bien se abstuvo de hacerlo, a sabiendas de que ninguna clemencia hallaría un malvado titán culpable de tratar de enseñorearse del Olimpo, o su oración careció por completo de respuesta. Meses llevaban los Wurms aterrando a Andrusia Occidental nada más que con su mera aparición en la lejanía, envueltos en la bruma; y ahora uno de sus líderes, como para expiar él solo todos los crímenes de su maligna especie, pasaba por una experiencia similar, presa de un pánico sin límites ante un enemigo que ya hubiera debido estar achicharrado o hecho papilla y que, en cambio, se difuminaba entre cortinas de humo y le lanzaba flechas de impredecible trayectoria. Los Jarlewurms siempre habían temido las lluvias de flechas. habían temido, concretamente, que tales aguijones se les hundieran en sus puntos más vulnerables, sobre todo los ojos. Sus insinuantes susurros los ponían nerviosos, aun  cuando prácticamente nunca les causaron daños fíosicos de importancia. Y Talorcan las oía ahora hendir imprevistamente el aire, surgiendo de los lugares menos pensados. Para cuando se reponía y fijaba su atención en el sitio de donde venían las flechas, Maarten ya había tomado posición en otro lado. Ahora los incendios no sólo ocultaban al Caballero de la vista de su enemigo sino que, además, el crepitar de las llamas y el derrumbe de ruinas humeantes rodeaba de mayor sigilo sus movimientos.

 

      Aquí y allá, los secuaces de Hodbrod Christianson rescataban a gente herida, ayudándola a ponerla a salvo. Cuando no hallaban nadie a quien socorrer, paseaban su vista por los alrededores. No lejos del sitio donde Maarten y Talorcan se batían a duelo, vieron a los dos jóvenes Jarlewurms rodeados por grupos de hombres, pero ni unos ni otros se animaban a hacer mucho, habiendo llegado a un punto muerto. Los hombres no se atrevían a acercarse mucho a sus enemigos, ni éstos a avanzar o a descuidar mucho sus flancos o su retaguardia, puesto que se sabían rodeados.

 

      -¡Mirad!-gritó uno de los secuaces de Chistianson, señalando a Talorcan, cuyas fauces asesinas fueron durante un momento muy visibles en medio del fuego y el humo, y se veían aterradas.

 

      Lo que ahora había sobresaltado al gran reptil era una sombra agigantada, la de Hodbrod Christianson. Tanto como el mismo monstruo buscaba el joven a Maarten, para alejar de éste al Wurm; y por ello se había aproximado sin cautela. Talorcan sabía que Hod no era amenaza para él, pero se había llevado un susto de muerte, y la rabia lo cegó de tal manera, que no pensó más que en hacerle pagar el sobresalto... Y decidido a ello, lanzó un  rugido atronador y se volvió hacia él para devorarlo.

 

      Maarten, entre tanto, había aprovechado para encomendarse a Dios, poniendo en orden su conciencia, muy aliviado de que no pesaran sobre ella grandes culpas. Se sentía en paz, casi feliz. Sucediera lo que sucediera, en la vida o en la muerte, el Señor estaría con él.

 

      Viendo las intenciones de Talorcan, abandonó su escondite.

 

      -¡Aquí estoy, Talorcan!-vociferó; pero el Wurm no lo oía. Entre sus rugidos, los de sus dos jóvenes congéneres, el ruido de los incendios y demás, era casi imposible que Talorcan oyera nada más-. ¡Asesino, monstruo cobarde, ven y lucha conmigo!-insistió Maarten, con rabia y alarma.

 

      Pero era demasiado tarde; y la distancia que mediaba entre Talorcan y Hod, demasiado corta para dar tiempo a que el último lograra escapar. Aun así, Maarten desenvainó su espada, última de sus armas que aún tenía consigo, y corrió a hacer lo que pudiera hacerse, sin duda no mucho. Horripilado, vio a Hod resbalar en restos de mugre y nieve semiderretida, al dragón precipitándose sobre él para devorarlo... Y luego ya no entendió nada. Hod desapareció de la vista como por arte de magia, burlando a Talorcan, quien se puso a buscarlo revolviendo escombros con garras y mandíbulas, frustrado, nervioso e irritado. Maarten dejó las preguntas para otra ocasión y, sin pensar en lo que hacía, contionuó corriendo hacia el Jarlwurm, quien mantenía en ese momento su cabeza casi a ras del suelo. Entonces el Caballero llenó de aire sus pulmones para no respirar el ofistón, la hipotética emanación venenosa que se suponía exhalaban los Jarlewurms, y avanzó, con ojos enrojecidos y lagrimeantes por el humo, hacia la cabeza de Talorcan; y haciendo un  supremo esfuerzo, dio un gran brinco, y empuñando con todas sus fuerzas la espada Grönsunna, hundió la hoja en la garganta de la criatura: uno de sus pocos puntos fácilmente vulnerables.

 

      Luego, como si aquel acto hubiera consumido todas sus energías, se desplomó entre restos entremezclados de nieve, barro, cenizas y ruinas humeantes. Allí permaneció, aguardando su propio fin, sin ser siquiera mínimamente consciente de lo que acababa de hacer, aunque empezó a sospecharlo a los pocos segundos, atónito.

 

      Talorcan, tras recibir el tajo, había alzado súbitamente su cabeza, como tocado por un rayo. No sentía excesivo dolor, pero advertía el fluir de la sangre que le llenaba la boca a borbotones y caía al suelo mezclada con saliva.

 

      Por un momento, el mundo pareció detenerse en torno a tal escena. Los combates cesaron, el rescate de personas se interrumpió. Los dos jóvenes Jarlewurms, los guerreros, los secuaces de Hodbrod Christianson, todos contemplaban azorados aquel increíble desenlace, no menos increíble para sus protagonistas que para los testigos. Talorcan y Maarten, temblorosos por igual aunque por distintos motivos, intercambiaron miradas de sorpresa y escepticismo, como preguntándose mutuamente si aquello podía estar sucediendo; y fue Talorcan el primero en advertir que sí. La sangre en su boca dificultaba su respiración. tambaleó peligrosamente, debilitado y mareado; y ante aquella inmensa mole en vías de derrumbe, hubo gritos de alarma mientras todo el mundo, y nadie más velozmente que Maarten (gateando primero, corriendo luego) buscaba un sitio donde guarecerse.

 

      Por último cayó Talorcan, estruendosamente; y su colosal cuerpo, al desplomarse, levantó nieve, escombros y ceniza. ¿Qué hice... y cómo lo hice?, se preguntó Maarten, aturdido ante aquella escena imposible. A su alrededor, la gente lo miraba, muda, incapaz de reaccionar, como si él fuera un héroe legendario acudido portentosamente en ayuda de Drakenstadt desde los abismos de alguna oscura y olvidada era mítica; pero eran incapaces de vitorearlo. ¿Cómo podían hacerlo, si su razón les indicaba que acababan de presenciar algo que no era concebible ni lógico ni en las fantasías de un trasnochado?

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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