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27 julio 2010 2 27 /07 /julio /2010 18:45

      Los Wurms continuaron atacando sin tregua a Drakenstadt a lo largo del día siguiente, veintitrés de diciembre, hasta casi tocar el crepúsculo, cuando se replegaron de vuelta hacia las Andrusias, tan exhaustos ellos como sus enemigos; y durante varios días no retornarían. Durante aquella extenuante jornada, un gran Jarlwurm dotado de la capacidad de cambiar de color, de tal manera que su figura se confundía con el medio que lo rodeaba, se apoderó del islote en medio del Kronungalv donde se alzaba el patíbulo. Este islote era conocido, por esa razón, como Justizesholmele, el Islote de la Justicia. Desde los inicios de la guerra, dicho patíbulo estaba en desuso, y las ejecuciones se efectuaban en la plaza pública de Drakenstadt. El reptil que tomó el islote fue identificado como el pacifista Bermudo, porque se sabía que el don mimético era una facultad rarísima entre los Wurms y, hasta donde se conocía, en este momento era exclusiva de él. No hizo mucha gracia que el único Jarlwurm partidario de la paz, el cual hasta entonces no se había inmiscuido en los ataques, tomara ahora parte en ellos. No obstante, Bermudo se contentó con derribar el patíbulo, incendiar un poco el islote deshabitado y permanecer en él, sin  que la furia de las catapultas pudiera desalojarlo, sobre todo porque su capacidad de camuflaje volvía más difícil la de por sí ardua tarea de vulnerar a un Jarlwurm. En ningún momento amagó atacar la ciudad, aunque cada tanto, abandonando su mimetismo, se dejaba ver, rugiendo con ferocidad y sin moverse del islote del que había tomado posesión.

 

      La ambigua actitud de Bermudo resultó tan misteriosa en el tiempo inmediatamente posterior al Día de la Gehenna como su paradero, ya que en determinado momento hubo que concluir que ya no se hallaba en el islote, ni siquiera mimetizado. Cuándo se había ido, nadie lo sabía y a nadie importaba; pero a dónde, era otro cantar. Eso sí importaba, y mucho, porque se sabía que la menos dos Jarlewurms, los compañeros de Talorcan en la última aventura de éste, no habían vuelto con el resto, tal vez por temor a atravesar el tramo del río incesantemente bombardeado por las catapultas. Con toda seguridad habían remontado el Kronungalv, pero hasta qué punto de su curso, imposible saberlo. Bermudo tal vez hubiera hecho lo mismo, cosa tanto más inquietante cuanto que su habilidad mimética podía volverlo un enemigo mucho más formidable aún que el abatido Talorcan o cualquier otro que se hubiera visto hasta ese momento.

 

      Durante el Día de la Gehenna, también algunos Thröllewurms remontaron el río. Prevenidos acerca de este tipo de peligros durante su entrenamiento, la mayoría de los jóvenes del Leitz Korp, en su regreso hacia sus hogares, viajaron por zonas inaccesibles para los Wurms en la medida en que pudieron; pero no faltaron imprudentes que eligieron otras rutas y se vieron inmersos en situaciones terroríficas. Fue el caso de un joven que se internó, sin que él mismo supiera bien cómo, en una zona baja y semipantanosa que, para su consternación, estaba infestada de Thröllewurms. El muchacho vio primero una gran figura cocodriliana que por suerte no lo vio a él y que flotaba semioculta en el cenagal, los malignos ojillos asomando vigilantes por encima de las aguas. Supo entonces que se había metido en un horror inimaginable, pero se obstinó en seguir adelante marchando muy lentamente; y cuando quiso retroceder era ya muy tarde para hacerlo. Durante días estuvo alimentándose mal, con lo poco que podía hallar, paralizado por el terror a moverse, durmiendo con temor a que sus ronquidos lo delataran, despertando en medio de horrendas pesadillas y entreviendo, entre las sombras de la noche, las siluetas carniceras de los Thröllewurms. El joven salió vivo de su aventura y más tarde volvió a Drakenstadt por su propia voluntad, guiando a un Caballero que venía a sumarse a los defensores; pero otros no fueron tan afortunados.

 

      Pero de todas aquellas historias, ninguna pareció en aquel entonces tan extraña como la vivida por otro muchacho en situación similar, que vio a una niñita acosada por cuatro Thröllewurms y presenció cómo uno, más joven que el resto, se imponía sobre los otros y atrapaba a la víctima después de breve pero tenaz y rabiosa lucha con sus congéneres. El muchacho, horrorizado, tuvo que ser testigo de la escena sin poder arriesgarse a intervenir, lo que hubiera sido por demás inútil, y aprovechando en cambio para él mismo ponerse a salvo, por mucho que los alaridos de la desventurada víctima entre las mandíbulas de su captor le hicieran añicos el alma. Hasta aquí, todo era apenas un amargo y sangriento episodio más de aquella guerra; pero el joven, para su sorpresa, volvió a hallar más tarde a la misma niñita río arriba, viva e ilesa aparte de algunos raspones, aunque todavía medio muerta de espanto. Mientras la ayudaba a encontrar de nuevo a su familia, escuchó de sus labios una increíble versión de lo sucedido, según la cual el Thröllwurm, tras apartarla de los otros tres y llevarla a buena distancia con las mandíbulas en alto para evitar que se ahogase, la había dejado ir. Por supuesto, la historia sonaba a disparate total; pero entonces, ¿cómo explicar que, tras ser capturada por semejante monstruo, de fauces tan poderosas que parecían capaces de triturar hasta un árbol joven, la niña no hubiera resultado muerta ni siquiera mutilada, ni tuviera más daños físicos que una magulladura aquí y otra allá?

      En lo sucesivo, el rumor de que un Thröllwurm aún joven, contra todos sus instintos, se ocupaba de salvar de sus congéneres a los niños pequeños durante los ataques a Andrusia Occidental, iría esparciéndose poco a poco, y tomando forma al fusionarse con otros procedentes del Lilledahl, y los cuales daban a tan benévolo monstruo el nombre de Nuestro, Vaurt en lengua Bersik.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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