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29 julio 2010 4 29 /07 /julio /2010 18:35

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       A esa hora, en un torreón cercano a la muralla Oeste de Drakenstadt, el joven Calímaco de Antilonia, tímido y taciturno, comparecía ante el Gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes, quien lo había hecho llamar y lo recibía ahora con semblante gélido y acusador.

 

      -¿Sabéis por qué estáis aquí?-preguntó el Gran Maestre con sequedad.

 

      -No, señor-contestó Calímaco, pese a que sí sabía y de antemano deseaba que se lo tragara la tierra antes que verse obligado a afrontar aquel supremo y adicional bochorno.

 

      -No lo sabéis...-murmuró Tancredo de Cernes Mortes, sonriendo con ironía y ninguna alegría verdadera-. Pues os lo vos a decir, aunque poca gracia me hace. Hoy trajisteis deshonra a nuestra Orden y a toda la Caballería. Me considero tolerante con las flaquezas de mis hombres, pero la exhibición de cobardía que protagonizasteis hoy nos convertirá en el hazmerreír de Drakenstadt. Ya ese gran asno de Cipriano de Hestondrig ha dicho con sarcasmo, refiriéndose a vos, que hoy hasta Santa María Magdalena estuvo luchando contra los Wurms. Sí, así os llamó: María Magdalena. Pronto la ciudad entera os llamará así.

 

      Se paseaba amenazante, cual fiera en torno a la presa, en torno al desventurado Calímaco, quien intentaba mantenerse tan hierático como le era posible, tratando de persuadirse a sí mismo de que estaba hecho de piedra, aunque sentía la humillación corroyéndolo como la más maligna de las lepras.

 

      -Seré breve: la ignominia que por vuestra culpa pesa sobre nuestra Orden, no la olvidaré así como así-continuó Tancredo de Cernes Mortes-. Si erais miedoso, debiste haceros clérigo y no Caballero. Tened por seguro que, gracias a vos, esos buitres advenedizos del Viento Negro dormirán hoy hartos de carroña.

 

      -Tenéis toda la razón, señor-murmuró sombríamente Calímaco, deseando, casi, que se lo condenara a muerte antes que atormentarlo de esa manera.

 

       -No os autoricé a hablar...-gritó Tancredo de Cernes Mortes-...ni toleraré de vos que, para colmo, os arroguéis el derecho de interrumpirme mientras hablo... Nada menos que vos, que tenéis tan depreciado vuestro orgullo de casta, que dejasteis que ese palurdo medio ogro, Hjalmarson, os pusiera las manos encima y hasta os sacudiera como se sacude un perro las pulgas.

 

      Calímaco sintió la sangre afluyéndole hacia el rostro mientras recordaba su propio llanto aterrado, el semblante horrible de Hreithmar Dunnarswrad llamándolo cobarde, el enorme puño agitándose amenazante ante él mientras otra mano gigantesca lo sostenía en vilo, las miradas de todo el mundo fijas en ellos... Por más que viviera una eternidad, Calímaco jamás olvidaría aquel bochorno. Si había en verdad un Infierno, estando allí debía sentirse uno como él se sentía ahora; pues no hay mayor suplicio que el de saberse una criatura entre grotesca y patética, que existe sólo por crueles caprichos de la Naturaleza.

 

      El Gran Maestre no cumplió con la brevedad prometida. Más de media hora llevaba torturando así a Calímaco, increpándolo, a gritos por momentos, por no haber sabido vencer su miedo, cuando se oyó a alguien subir la escalinata a la carrera y abrir intempestivamente la puerta de aquel cuarto. El antilonio permaneció con la vista al frente, sin volverse, agradecido por aquel respiro en medio del suplicio.

 

      -¿Vos?-oyó que preguntaba el Gran Maestre al recién llegado, fuera quien fuere éste-. ¿Qué ocurre?

 

      Por toda respuesta sobrevino un silencio muy corto y que sin embargo pareció eterno; un silencio cargador de arrollador, intenso odio. Y el mismo sentimiento, pero mezclado ahora con un impulso justiciero y protector, saturó las palabras que siguieron:

 

      -Ven, compañero. Te sacaré de aquí.

 

      Calímaco se volvió por fin, sorprendido, y vio a Edgardo de Rabenland. Este miró al novato y recordó escenas de su propia infancia y faltas propias y lejanas que hoy pesaban profundamente en su alma como una cruz que se lleva a cuestas: imágenes de un hermano menor hostigado por extraños y abandonado por motivos mezquinos y cobardes aunque comprensibles en un niño. Más allá de los ojos de Calímaco, ese hermano menor parecía implorar desesperadamente por ayuda. Aquí estoy. No te fallaré esta vez, pensó Edgardo, quien seguía viendo en cada desamparado a ese hermano al que había dado la espalda cuando, tal vez, lo necesitaba más.

 

      De repente advirtió que el Gran Maestre le estaba diciendo quién sabía qué, y que tampoco le importaba qué decía. Súbitamente descubría que ya ni odio sentía por él, sino simplemente una profunda repulsión, que no podría haber sido peor si hubiera tenido ante él, no a Tancredo de Cernes Mortes, sino un balde lleno de babosas.

      -¿No os cansáis de siempre rebuznar?-le gruñó.

 

      -¿Cómo decís?...-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, sorprendido por tamaña insolencia y a la vez amenazante-. Os advierto que...

 

      -No, yo os advertiré a vos-lo interrumpió Edgardo; y trató en vano de hacerse oir, pero el Gran Maestre hablaba a la par de él, de modo que ninguno de los dos escuchaba lo que decía el otro.

 

      Así duró esta situación, hasta que los últimos jirones de paciencia que aún reservaba Edgardo para aquel hombre desaparecieron, y ya no pudo soportarlo más. Entonces, de repente, su puño impactó contra la mandíbula del gran Maestre con la fuerza de un mazazo descargado contra una estatua largo tiempo aborrecida y tolerada a la fuerza. Era algo inesperado, porque los nobles no luchaban a puñetazos, excepto como mucho en su más temprana y alocada juventud: se lo consideraba un estilo de lucha villanesco y despreciable. Edgardo mismo no peleaba así desde los trece o catorce años y no dominaba bien la técnica, aunque sí la teoría, por haber visto en más de una ocasión, con curiosidad a hombres de Dunnarswrad boxeando por puro placer; de modo que los nudillos le quedaron tan colorados como sus cabellos o como su semblante enrojecido de furor. Pero su acción le brindó una satisfacción personal, y un placer mayúsculo.

 

      Tancredo de Cernes Mortes hizo un pobre y ridículo intento por conservar el equilibrio tras el golpe. Acabó desplomándose cuan largo era, sin poder aceptar que aquello estuviera sucediendo.

 

      -Escúchame bien, desgraciado: tú y ese otro imbécil de Cipriano de Hestondrig, compitiendo por veros cada uno en primer plano respecto al otro en todas y cada una de las escenas de esta guerra, no hacéis más que ir de ridículo en ridículo, mientras de fondo estamos los demás, luchando-apostrofó Edgardo con desdén, cólérico y terrible como el también pelirrojo Thor; y cada una de sus palabras era como un escupitajo y un cachetazo al rostro de Tancredo-. Hasta ahora, sin embargo, erais en general sólo bufonescos y lamentables; ahora empezáis a resultar también dañinos. Por mí, mataos mutuamente, pero dejadnos en paz a los demás. Si vuelvo a sorprenderte maltratando a uno de mis compañeros, te mato a golpes antes de que te des cuenta de ello.

 

      -Vais a pagar por esto...-susurró el Gran Maestre en tono lúgubre.

 

      -No, no creo-contestó Edgardo, sonriendo con burla-. No eres muy querido, pero te toleramos porque algún Gran Maestre tenemos que tener y no es momento de elegir otro. Pero todos tus hombres sabrán lo que ocurrirá aquí, aunque nada saldrá del secreto de nuestra Orden. Pero vuelve a ensañarte con alguien más, y el siguiente en saberlo será Cipriano de Hestondrig, quien tendrá mucho placer en hacer que hasta los Wurms se enteren del poco respeto que te tenemos.

 

      -Os arrepentiréis-jadeó Tancredo de Cernes Mortes-. Os arrepentiréis.

 

      Pero Edgardo ya no le prestaba atención.

 

      -Vamos, Calímaco-dijo, apremiante.

 

      -No, señor. Afrontaré mi castigo; lo merezco-murmuró el antilonio, sombrío, nervioso y obstinado.

 

      -¡Ahí tenéis!... Hasta él lo admite-dijo triunfalmente Tancredo de Cernes Mortes, señalando a Calímaco con su índice.

 

      -Vamos, he dicho-repitió Edgardo con voz dura; y se volvió hacia el Gran Maestre-. Y tú cállate, si no quieres quedar deforme e irreconocible a fuerza de golpes-lo increpó Edgardo; y la mitad de su rostro alcanzada tiempo atrás por el fuego y la brea de Talorcan se veía tan malévola y monstruosa que a su lado, el semblante de Dunnarswrad habría parecido el de un monaguillo.

 

      -Asumiré mi culpa, y entonces el señor Tancredo perdone lo que acabáis de hacer. No quiero que tengáis problemas por mi causa-dijo Calímaco.

 

      Edgardo lo miró escéptico y atónito.

 

      -Te juro que si te atreves a interceder por mí ante esta babosa, te sacudo a ti también-dijo por fin-. Como si después de enfrentarme a los Wurms precisara de la misericordia de este infeliz... Y ahora, te dejas de estupideces y vienes conmigo, que hay mucho de qué hablar, y quiero terminar cuanto antes e irme por fin a dormir.

 

      Nunca supo Calímaco por qué obedeció a Edgardo. No fue por miedo: coincidía con Edgardo en que, después de enfrentarse a los Wurms (y a Dunnarswrad), era difícil hallar algo más intimidante. Por otra parte, el pelirrojo demostraba mucha autoridad, pero el Gran Maestre seguía siendo Tancredo de Cernes Mortes.

 

      De cualquier manera, bajaron juntos la escalinata del torreón, dejando a Tancredo sorprendido, indignado y todavía postrado en el suelo, preguntándose sin duda cómo castigaría a Edgardo.

 

      -Compañero, hay tantas cosas que quisiera decirte, y no sé cómo decirlas-murmuró Edgardo, mientras descendían aún la escalinata-. Las resumiré en dos palabras: Perdóname... Gracias.

 

      -¿Gracias? ¿Gracias por qué?-preguntó Calímaco, encogiéndose de hombros con amargura-. Ahora sé que soy un cobarde y un inútil, aunque no pueda sentir el menor afecto por quien me lo hace saber gritándomelo en la cara y humillándome frente a todo el mundo.

 

      -Calímaco, Hreithmar no me agrada mucho, ni yo a él; pero no lo juzgues tan de prisa a él ni seas tan duro contigo mismo. Déjame que te explique-propuso Edgardo con suavidad; y aferrando a Calímaco por el brazo, lo detuvo cuando estaban a la mitad del descenso de la escalinata y allí, en la penumbra, tuvo lugar casi todo el resto de la charla-. Te aterraste en el frente de batalla, al estar por primera vez frente a los Wurms, porque sólo un tonto en tu lugar no habría sentido miedo. Todos pasamos por eso. Pero en el caso de la mayoría, los aterrados éramos muchos al mismo tiempo, y  cada uno hallaba consuelo en la certeza de que no era el único. Nos sabíamos total y absolutamente aterrados, aunque nadie lo confesara abiertamente. Además, tuvimos tiempo de luchar con nuestro terror antes de vérnoslas con los Wurms, suerte con la que tú no contaste: fuiste arrancado del lecho en medio del sueño para ir a enfrentar a un enemigo al que no conocías y al que no tuviste tiempo de acostumbrarte. Y en ese momento eras el único en ese estado. ¿Tan difícil de entender es que lloraras de miedo y desesperación? Creo que no.

 

      -Habláis así por lástima. Agradezco vuestra piedad, pero dejadme conservar al menos una pizca de honra asumiendo mi bochorno-contestó Calímaco.

 

      Edgardo se impacientó.

 

      -Calímaco, dentro de cada uno de nosotros hay un demonio que, en momentos como éste, sale a susurrarnos al oído que somos indignos, míseros e inútiles; por lo que más quieras, ¡no lo escuches!-replicó-. Además, no he terminado. Hoy, tal vez por primera vez en tu vida, sentiste miedo; pero te aseguro que no lo conoces realmente sino que, por el contrario, recién empiezas a sospechar lo que es. Cuando instintivamente te sobresaltes nada más que con ver una fogata, recordando las llamaradas de los Jarlewurms; cuando los Wurms te acechen en tus pesadillas y odies dormir por temor a encontrarlos en sueños; cuando otees el horizonte rezando con el corazón oprimido,  suplicando en tus plegarias para nunca más ver de nuevo a esos monstruos apareciendo en la lejanía, y te sientas desvanecer al divisarlos allí una vez más, entonces sabrás qué es tener miedo. Para cuando llegues a esa etapa, sin embargo, harás lo que tienes que hacer porque sabrás que lo tienes que hacer, pero sin pensar en lo que estás haciendo; de lo contrario, no tendrías valor para hacerlo. No obstante, el miedo estará aún allí, latente, y podrá ser más velozmente contagioso que la peor de las pestes. Por eso Hreithmar te zamarreó, te gritó y te amenazó: era imprescindible extirpar ese brote de miedo desde sus mismas raíces, antes de que se expandiera entre los demás. Todos queríamos ponernos a gritar y a llorar contigo; estamos hartos de esto, no aguantamos más y, pese a ello, vale más que aguantemos, o sobrevendrá un desastre como para dejar enanos los horrores del Apocalipsis. Pero si tú no eres más que nosotros, tampoco eres menos. Hreithmar exigió te exigió vencer tu miedo y pelear como los demás. ¿Eso no te dice nada? ¿No piensas que, si de verdad te hubiera creído cobarde e inútil, se habría contentado con aplastarte como a una cucaracha para que no anduvieras por ahí, molestando? A su lado todos somos cobardes, porque él no conoce el miedo; pero a la vez todos nos sabemos capaces de superarlo, como tú lo hiciste. No fue nada personal contigo. Ya verás que cuando se cruce contigo ni se acordará que eres el mismo al que zamarreó e insultó; así es él.

 

      -Tal vez no lo recuerde vuestro Hreithmar, pero sí lo haré yo, y no se lo perdonaré; no puedo.

 

      -Calímaco, ¿por qué eres tan terco? ¿No entiendes que Hreithmar no podía hacer otra cosa?

 

      -No soy terco. Lo entiende mi razón, pero no lo acepta mi corazón. No sabéis lo que es verse en una situación así... En este mismo momento siento crecer el rencor, carcomiéndome vivo. ¿Creeis que no quisiera perdonar? Pero, ¿cómo se hace para olvidar que fui puesto en exhibición ante tanta gente a causa de mi miedo y mi miseria? ¿Cómo se hace para olvidar tamaña humillación?

 

      -Tal vez tratando de recordar que tienes motivos para estar orgulloso de ti mismo. Es verdad lo que dijo Ignacio durante la cena: todos necesitamos modelos a los que imitar, pero no es obligación nuestra ser como ellos en todo. Cada uno tiene sus propias y valiosas cualidades.

 

      Se oyeron pasos que descendían la escalinata, y tuvieron que hacerse a un lado para dejar pasar al Gran Maestre del Viento Negro, Tancredo de Cernes Mortes. Este, tras evaluar su propia y reciente humillación, había decidido no castigar a Edgardo, al menos pública y ostensiblemente. De hacerlo, se sabría que el pelirrojo lo habría golpeado, y unos cuantos, Cipriano de Hestondrig entre ellos, hallarían en ello mucho regodeo; mientras que no haciendo nada, aunque Edgardo hablase, parecería que lo estaba inventando todo.

 

      Pasó junto a los dos subalternos sin mirarlos ni saludarlos, como si no existieran. Casi adivinó Edgardo sus planes, y pensó qué fácil sería para Tancredo, quien sólo buscaría guardar apariencias, superar su vergüenza, y cuán difícil lo sería para Calímaco, quien buscaría ennoblecerse y trascender por encima de su propia mediocridad porque, en el fondo, ya era mucho más noble de lo que imaginaba.

 

      -Hasta este imbécil se da cuenta de que tienes méritos-susurró Edgardo, cuando quedó de nuevo a solas con Calímaco-. Por ahora estará muy ocupado tratando de justificarse de la muerte del Duque Olav, de quien aseguraba ser su gran protector; pero ya verás que cuando le sobre tiempo tampoco hará nada contra mí ni contra ti, aunque también podría deberse a que lo tengo agarrado del pescuezo con eso de ventilar ante Cipriano de Hestondrig lo que pasó hace un rato.

      -No os gastéis tratando de convencerme; no vais a lograrlo-dijo Calímaco-. A la primera oportunidad que se me presente, desertaré, me iré de aquí. Cuando me halle solo en los bosques, donde nadie sepa de mi miedo y mi deshonra, quedaré en paz hasta donde me sea posible. Denunciadme si queréis. Una condena a muerte también me sentará mejor que vivir con este recuerdo horrible-e hizo ademán de proseguir su camino, cuando Edgardo lo detuvo de nuevo y lo abrazó como a un hermano.

 

      El gesto sorprendió, no sólo a Calímaco, sino también al propio Edgardo. En otro tiempo, jamás habría sido tan audaz o tan efusivo con alguien a quien recién conociera; habría temido lo que pudieran pensar de él. Pero ahora, cualquiera que combatiese a su lado contra los Wurms era un hermano más, y Edgardo prefería derrochar afecto antes que mezquinarlo y no tener tiempo de prodigarlo más tarde.

 

      Pensó en los compañeros que habían muerto así, en sus brazos o en los de otros hombres. El recuerdo a la vez triste y dulce le arrancó lágrimas silenciosas.

 

      -No te denunciaré. ¿Cómo podría?-dijo-. A través de ti entiendo ahora a otros que desertaron, como tú planeas hacerlo. Además, merecería que lo hicieras. Anoche fui grosero contigo. Ignacio tenía razón, mi gesto merecía que te levantaras de la mesa y no movieras un dedo para ayudar a nadie. Esta noche estuviste con nosotros todavía. Más aun, tuviste excusa para retroceder, pues te ordené que lo hicieras, pero me seguiste para estar a mi lado y protegerme si fuera necesario. Nunca olvidaré eso. Es mucho más de lo que merece un asno como yo... Pero piensa bien eso de marcharte. Es, por supuesto, el camino más fácil; dudo que también sea el mejor, incluso para ti. Y nosotros te necesitamos. Sólo con saber que hay uno más peleando con nosotros, aunque tan deseoso de huir y ponerse a salvo como los demás, nos reconfortas.

 

       También Calímaco se preguntaba si desertar sería lo mejor para él. Su humillación y su miedo habían hecho las valijas mucho antes que él, y estaban listos para seguirlo adonde quiera que él fuese.

 

       -Sólo propónte quedar con nosotros hasta el próximo combate, siempre hasta el próximo combate-concluyó Edgardo.

 

       Separaron el abrazo y, tácitamente, supieron que ya nada más tenían que decirse. Reemprendieron el descenso de la escalinata, silenciosos y taciturnos.

 

      Un grupo de soldados aguardaba ante la puerta del torreón. Calímaco se sintió horriblemente incómodo al reconocer entre ellos a algunos testigos del episodio que ahora abría una brecha entre él y Dunnarswrad y que lo cubría de ignominia y escándalo. Todos sabían que Tancredo de Cernes Mortes lo había hecho comparecer ante él para mortificarlo por ese asunto, y venían a asegurarse de que Edgardo hubiera podido rescatarlo y a solidarizarse con él; porque les era imposible no sentir empatía con el bisoño Caballero.

 

       -Dejadme solo, por favor-pidió Calímaco, antes de que nadie pudiera hablarle.

 

       -Te dejaremos solo, pero nos dolerá hacerlo; pues sabemos que no estarás realmente solo, sino en la peor de las compañías, la de pensamientos aciagos y dañinos-dijo Edgardo-. No estés mucho tiempo así, por favor. Vuelve con nosotros tan pronto como puedas.

 

      Y lo dejaron ir, aunque no sin antes palmearle la espalda, el brazo o el hombro, comprensiva y afectuosamente.

 

      Edgardo lo vio alejarse e hizo lo propio. Ya había hecho cuanto podía hacer por Calímaco... Y ahora no tenía otro deseo que el de, por fin, arrastrarse hasta la cama y dormir un año corrido.

 

 

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