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2 agosto 2010 1 02 /08 /agosto /2010 19:41

    Al día siguiente amaneció nublado en Drakenstadt, y a mediodía cayó la primera de una serie de neviscas que se prolongó a lo largo de todo el día; pero era de vital importancia reparar la muralla Sur cuanto antes, de modo que ni el mal tiempo, ni la fecha (veinticuatro de diciembre), ni el luto detuvieron la tarea, en la que colaboraron codo a codo Caballeros, soldados villanos y no combatientes, éstos últimos habitantes del Zodarsweick en su mayoría.

      Edgardo durmió casi veinticuatro horas corridas sin que nadie pensara siquiera en despertarlo, ya que había dado mucho de sí mismo el día anterior, y en este momento no era imprescindible tenerlo de pie. Al despertar por sí solo notó, con cierta extrañeza, que ahora era objeto de mayor deferencia. No podía adivinar, por supuesto, el terrorífico saludo de buenos días dedicado por Dunnarswrad a sus tropas:

      -¡Raciones de vino extra!..-había explotado-. ¡Ha habido un exceso de confianza de parte vuestra! ¡Y además, si un oficial os da una orden que contradice las mías, primero debéis obedecer, y luego hacerme llegar vuestras quejas, pero jamás contrariar esa orden, y menos si ese oficial es además un Caballero!... No obstante, quien crea estar por encima incluso de un Caballero, allí estará, ¡vaya si lo estará! ¡Muy por encima!

      Y así diciendo, señaló la cabeza cercenada del teniente Erik Person, dispuesta en en lo alto de una pica muy larga. Los soldados tragaron saliva ante este horrendo adorno navideño, muy especialmente quienes, la noche del veintidós, habían tomado guardia en estado de ebriedad. Estos comprendieron que sólo de milagro la sacaban tan barata esta vez.  A Dunnarswrad se lo había despertado con el primer canto del gallo para presidir la corte marcial y, apenas ocupado su sitio en la misma, declaró culpable a Person y lo sentenció a muerte, sentencia ejecutada en el acto, sin atender a los llorosos y patéticos ruegos del condenado que, para salvarse, trató de echar culpas sobre otros, consiguiendo sólo encolerizar todavía más al irascible medio ogro.

      Este se hallaba también colaborando en la reparación de la muralla cuando Edgardo despertó, y allí fue el pelirrojo a buscarlo y, de paso, a dar una mano. Se asombró ante la gran cantidad de gente que participaba de la tarea. Reinaba un clima extraño, una mezcolanza de pena, miedo, esperanza, coraje y mil emociones más pero, por sobre todas ellas, primaba el compañerismo, como si el horror de la guerra fuese una piedra filosofal capaz de convertir las emociones primarias en algo infinitamente más puro y valioso.

      -¡Qué Hannukka pasarás!, ¿eh, David?-decía Hreithmar, de excelente humor, recibiendo él solo, desde lo alto de un andamio, una piedra enorme que David Ben Najmani, un Caballero judío, le izaba valiéndose de una polea, y que había requerido de tres hombres para cargarla.

      -Hannukka ya pasó, grandote-contestó David.

      -¿Qué celebráis en Hannukka, David?-preguntó Hreithmar, mientras colocaba la piedra en su sitio.

      -La victoria de los Macabeos.

      -¿Sí?-preguntó Hreithmar Dunnarswrad, perplejo-. ¿Los que se llevaron a Sansón al templo de no sé quién y le arrancaron los ojos?

      -Si serás animal...-murmuró con espanto un Caballero de alrededor de veintisiete o veintiocho años, mílite también él, como David, de las huestes del Viento Negro-. Esos eran los filisteos, Hreithmar; ¡los filisteos!

      En ese momento se hizo una pausa, porque acababa de llegar Edgardo y se puso a saludar a todo el mundo; luego, Hreithmar siguió intentando sacarse dudas de encima:

      -Entonces, ¿quiénes eran esos Macaneos, David?

      -Macabeos-corrigió David; y explicó pacientemente:-.Los cinco hijos de Matatías. Hannukka significa, en hebreo, inauguración; y en este caso la palabra se refiere a una inauguración en especial, la del Templo de Jerusalén, luego de la victoria de Judas Macabeo, sus hermanos y sus tropas sobre Antíoco.

       -No sé quién sería ése, pero es lindo nombre para un Wurm-observó Hreithmar.

      -Bueno, para el pueblo judío, Antíoco era más o menos eso-contestó David-. Bajo Antíoco, el Templo fue profanado, y a los judíos se los obligó a rendir culto a los dioses griegos... Fue la herencia que dejó en la Tierra Prometida el ancestro de Hipólito...-añadió, refiriéndose a Alejandro Magno, de quien se decía descendiente Hipólito Aléxida, Caballero del Viento Negro.

      -Hreithmar, ¡todo eso está en la Biblia!-gimió, cada vez más horrorizado y dolido, el mismo Caballero que previamente se había espantado tanto al confundir Dunnarswrad a los Macabeos con los filisteos.

      El medio ogro frunció el ceño, lanzó un gruñido e indicó al otro, con un ademán, que no fastidiara.

      -Tal vez en tu Biblia, Juan, pero no en la nuestra-observó Edgardo; porque Juan de Acrobón profesaba una de las tantas creencias heréticas que prosperaban en el centro del Reino.

      -¡Ja!-exclamó Dunnarswrad, triunfante, apuntando a Juan con un índice que más que un dedo parecía un grueso embutido-. ¡Toma, sabihondo!

      -¿Y como iba yo  saber que no tenéis en vuestra Biblia los dos libros de los Macabeos?-preguntó Juan, con sorpresa; y tamaño desconocimiento respecto a la Biblia ortodoxa hizo que muchos se preguntaran si los herejes nacerían herejes en vez de abrazar primero la fe generalmente aceptada y desviarse luego; sólo así se explicaba tal ignorancia.

      -De todos modos, ni mi nombre sé leer, y apenas los curas empiezan a rezar en su bendito latín, me duermo como un tronco-dijo Hreithmar-. Sospecho que, si los judíos vais al Infierno, me tendrás allí para hacerte compañía-dijo, dirigiéndose de nuevo a David-. Pero sigue contando, hombre, que esto se ha puesto interesante. Ese Hannukka, entonces, fue hace poco, ¿no?, porque tu amigo Shlomo, hace unos días, estaba buscando un candelabro para usar en Hannukka. Le conseguí uno, pero con mucho trabajo; y a él no le gustó, y yo le dije que entonces se lo metiera en...

      -Ese candelabro probablemente no tendría siete brazos-cortó David-, y si así era, no servía para Hannukka.

      -¿Algo que ver, entonces, con ese extraño armatoste que fabricasteis con ocho costillas de Thröllwurm hace unos días y sobre el que colocasteis velas no hace tanto?-preguntó Juan.

      -Sí. Se dice que Judas Macabeo, al entrar en el Templo, halló profanada la Menorá, esto es, el candelabro; pero en un rincón del templo encontró, olvidadas por el enemigo, ocho lanzas de las que se valió para sustituirla. A... bueno... a Mordecai...-hizo una pausa, sonriendo a la vez con tristeza y cierta ternura ante esta evocación de un compañero caído en combate el Día de la Gehenna-...se le ocurrió que usáramos costillas de Thröllwurm en vez de lanzas, ya que los Wurms son tan enemigos de Dios como lo fue Antíoco...

      -No me hables de enemigos de Dios, por favor-dijo Juan, con expresión y tono de lamento-. Me recuerdas que dentro de poco, personas como tú o como yo tendremos pocas ganas y motivos para celebrar nada...

      -¿Qué quieres decir?-preguntó David, intrigado.

      -Hreithmar tal vez pueda responder mejor que yo a esa pregunta.

      Todas las cabezas se volvieron hacia el aludido, quien se sintió molesto.

      -¿De qué estás hablando?-preguntó, frunciendo el ceño.

      -¿Acaso no estás al tanto de quien asumirá el mando en la defensa de Drakenstadt?-preguntó Juan, a su vez.

      -¡Nadie me informó de que se hubieran proyectado cambios al respecto!

      -¿Ni siquiera extraoficialmente?

      -¡No! ¡Ni una palabra!

      -Supongo, Juan, por tu poco entusiasmo-intervino Edgardo, entre gruñidos y con voz irónica-, que nuestro nuevo y brillante mandamás será Tancredo de Cernes Mortes...

      -No me hagas reír. Ojalá fuese él...-respondió Juan.

      -Entonces será el otro asno, Cipriano de Hestondrig-dijo tentativamente Edgardo.

      -Te hizo bien dormir tanto. Te noto optimista y de buen humor; la verdad es que nuestra suerte es mucho más negra de lo que te imaginas...

      -¿Tanto? ¿Pero quién podría ser peor que cualquiera de esos dos? Me rindo. ¿De quién se trata?

      Juan sonrió amargamente.

      -De Monseñor Georg Larson, obispo de Drakenstadt...-replicó.

      -¿QUÉ?-exclamaron al unísono Edgardo, Hreithmar y David.

      Juan asintió.

      -Es lo que se rumorea-confirmó sombríamente-. El veintiséis se dará lectura al testamento del difunto Duque Olav, que designa heredero a su hijo Dagmar bajo la regencia, en razón de la minoría de edad de de aquél, del actual canciller, Radurwulf Leifson; y éste, como primera medida, pondrá a las tropas bajo el mando del obispo.

      -¡Pero ése es un disparate!-exclamó Hreithmar, indignado.

      -No tanto-terció Edgardo.

      -¿Cómo que no tanto?-bramó Dunnarswrad-. Edgardo, ¿qué sabe él de asuntos de guerra? ¡Si hasta mejor me vería yo de sotana y dando misa, que él con una espada al cinto!

       Hubo inevitables risas al imaginar al gigantesco y furibundo medio ogro en el papel de clérigo. Acalladas las mismas, aclaró Edgardo:

       -Hreithmar, el canciller es un beato, y últimamente se lo ha visto mucho en compañía del obispo, quien por otra parte hace rato que quiere inmiscuirse en asuntos militares. Ya sabes, por eso de que, según dice, los Wurms son la estirpe de Satán.

      -¿Y cómo espera combatirlos? ¿Haciendo la señal de la Cruz?-gruñó hoscamente Dunnarswrad.

      -Y si el obispo de Drakenstadt asume el mando, judíos, herejes y paganos la pasaremos muy mal-dijo David-. No quiero pensar mal, pero puede que incluso nos use de forraje para los Wurms.

      -No, hombre-intentó tranquilizarlo Hreithmar-. Es un sacerdote, no un verdugo ni un carnicero; de hecho, vino a interceder por la vida de Person. Igual nos puede causar muchos dolores de cabeza, pero...

      -Hreithmar, Person era católico, y por eso el obispo trató de interceder por su vida. La de personas como David o yo mismo, a sus  ojos, carece de valor. Para gente como él o para Miguel de Orimor, somos criaturas del diablo-explicó Juan-. ¿Qué cosa más natural, entonces, sino que busque el modo de mandarnos, y no literalmente, al Infierno?

      El horrible semblante de Dunnarswrad quedó con expresión rara, casi de niño por la inocencia reflejada en él. Daba la impresión de lidiar con ideas imposibles de asimilar para su cerebro. En ese momento se veía tierno y querible, como al pronunciar el improvisado discurso de despedida ante los muchachos del Leitz Korp.

       Se volvió hacia Edgardo, con quien le era difícil llevarse bien, pero a quien consideraba más inteligente que él en muchos aspectos, y lo consultó con la mirada.

      -Puede ser, Hreithmar-dijo el pelirrojo-. A mí me educaron en la creencia de que judíos y herejes eran poco menos que monstruos. Sé lo que vas a decir-añadió rápidamente, al ver que Hreithmar iba a poner objeciones-: la sangre que corre por las venas humanas es siempre roja, los católicos no morimos menos que los judíos, los herejes o los paganos, en el frente de batalla nos hacemos todos hermanos e igualmente valiosos... Pero todo eso lo descubrí aquí.

      -De acuerdo; ¡pero tú no eras ni eres cura! ¡Un sacerdote debe ser más piadoso y humanitario que los hombres comunes!

      -El obispo tal vez no tenga malas intenciones, como no las tenía yo; pero la ignorancia puede mover a errores gravísimos, incluso a verdaderas atrocidades, sin que uno se lo proponga.

      -¡El obispo no e ignorante! ¡Se dice que tiene la biblioteca más inmensa de Drakenstadt!

      -Puede ser. Pero que los tenga, es una cosa; que los haya leído, otra; y que los haya interpretado correctamente, otra muy diferente. Y además, queda por demostrar que los autores de todos esos libros sean todos sabios. Dicen que muchas de las personas más instruidas son en el fondo ignorantes adulterados, asnos disfrazados de eruditos.

      -El obispo tiene una mentalidad abiertamente antijudía-terció Juan-, y se olvida de que el propio Jesús era judío. ¿Qué hacía, si no, predicando en las sinagogas?

      David meneó la cabeza con amargura.

      -Un judío, para la mayoría de los cristianos, no tiene derecho a ser siquiera un hombre común, no hablemos ya de un Mesías-señaló-; sólo puede ser un deicida.

      -Lo fueron, sin duda, los que crucificaron a Jesús; pero hasta a ésos El los perdonó-opinó Juan-. Por lo tanto, la raza está exonerada de toda culpa.

      -Además, puesto que Nuestro Señor resucitó de entre los muertos, ¡el daño no fue permanente, después de todo!-razonó Edgardo-. Supongo que ésa fue para El una buena razón para perdonarlos. Ahora, quien se crea superior al Señor...

      -Quien se crea más que el Altísimo, bien alto estará; pero no más que Person-gruñó Dunnarswrad; y agregó, de nuevo medio ogro:-. ¡A la mierda con tanto palabrerío inútil!... ¿Vamos a achicarnos ante un mequetrefe blandengue y santurrón? ¿Nosotros, que medimos fuerzas con los dragones más poderosos que hayan existimos jamás, y seguimos invictos?

      -Hablo por mí-replicó-, pero creo que David coincidirá conmigo que no es el obispo a quien más tememos.

      -No, claro que no-apoyó David-. Lo peor que podría pasarnos, lo que más tememos, es que nuestros propios compañeros se pongan de su parte.

       -¡Pero no digas idioteces!-bramó Dunnarswrad, echando espumarajos de rabia ante la indignante sugerencia-. ¿Por quiénes mierda nos tomas?

      El sincero arrebato de furor del medio ogro sosegó un poco las inquietudes de David y Juan; pero Edgardo se sentía más tenso a cada instante. No temía defender abiertamente a sus amigos, pero sí dejar de ver a éstos como tales debido  a eventuales argumentos capciosos pero lógicos en apariencia, y traicionarlos. Hasta la mente más firme y racional se vuelve inconsistente como hielo medio derretido bajo el temible sol de una peligrosa necedad.

       Continuaron trabajando. De tanto en tanto, cuando se detenían a descansar (lo que en Hreithmar no parecía necesidad), surgía entre ellos algún tema de converación... Sí, se habían despachado exploradores en busca de los jóvenes Jarlewurms que acompañaran a Talorcan el Negro en la última malandanza de éste... No, no se había descubierto aún el paradero de Bermudo...

       ¿Quién reemplazaría al Segundo Maestre de la Doble Rosa, Guido de Flaurania, caído durante la reciente batalla?... Edgardo meneó la cabeza: no lo sabía. Los Estatutos de la Orden facultaban sólo al Gran Maestre o a Su Majestad para tomar tal decisión. Seguramente, el elegido sería alguien tan ganso como Tancredo de Cernes Mortes. Ciertamente, a Guido de Flaurania, que escapaba a tal molde, lo había nombrado el propio Tancredo... Pero había que entender también un poco a éste. Hasta los idiotas más entusiastas y de más larga trayectoria tienen derecho, de vez en cuando, a tomar decisiones sensatas por error...

      ¿Y qué había de cierto en esa historia, traída por un explorador, acerca de una niñita a la que, según se decía, un Thröllwurm había salvado de las fauces de sus congéneres?... Hreithmar casi estalla de ira al oir la pregunta.

       -¡Salvada por un Thröllwurm!-tronó, burlándose-. ¿Y tú me tratabas de ignorante por no saber quiénes eran los Magaleos? ¿Nada meno que tú, que todavía no te has dado cuenta de que los Wurms nos comen cuando nos tienen inermes y a su alcance?... ¡Salvada por un Thröllwurm!... ¡Me parece que el fuego de los Jarlewurms te achicharró el cerebro!

      -Yo también creí que la historia podía ser cierta-murmuró tímidamente David.

      -¡Otro! ¡Judíos, judíos!... Mejor ve a festejar Hannukka, así no estarás pensando zonceras! ¡Salvada por un Thröllwurm!... ¡Otra perla de sabiduría como ésta y me suicido!

      -Eh...Hannukka ya pasó... Si no te molesta recordarlo-murmuró David, todavía achicado.

      -¿Cuándo fue?-gruñó Dunnarswrad, para cambiar de tema.

      -El veinticinco de...

      -¡Diciembre!-exclamó Dunnarswrad, sonriendo como la fiera que tiene a la presa entre sus fauces.

      -...Kislev-concluyó David-. Se celebra durante ocho días a partir del veinticinco de Kislev.

      -¿y cuándo cayó esa fecha en nuestro calendario?-preguntó Juan.

      -El veinticinco de diciembre-porfió Hreithmar, componiendo una muy convincente máscara de erudición y seriedad-. Kislev es el mes que nosotros llamamos  diciembre.

       David no tenía la menor noción acerca del calendario cristiano, y en su cara se revelaba el desconcierto que le merecía la pretendida sapiencia de Dunnarswrad, quien sabía que dos más dos no eran tres, pero tampoco estaba del todo seguro de que sumaran cuatro. Juan y Edgardo intercambiaron miradas jocosas. Después de todo, si la fe mueve montañas, ¿por qué no habría de mover festividades?

      Siguieron trabajando, y en la siguiente pausa, ya muy avanzada la noche y a la luz de las antorchas y fogatas, Edgardo abordó con Dunnarswrad el espinoso tema de Hodbrod Christianson y sus secuaces, temiendo que dicho tema se convirtiese en un nuevo punto de feroz disenso entre ambos; pero, para su sorpresa, el coloso escuchó todo hasta el final, y luego quedó pensativo.

       -Podría ser-dijo-. Los chicos del Leitz Korp ya no están, y precisamos gente que se ocupe de las tareas de zapa.

       En su cara de bruto se leía la añoranza de un padre por hijos ya crecidos y alejados del hogar. Edgardo nunca se había llevado bien con él, jamás había pasado de tenerle un obligado y necesario respeto para marchar medianamente al únísono; pero en ese momento se sorprendió al descubrir en su corazón un extraño y naciente afecto por el medio ogro.

      -Pero te advierto-añadió éste, con una sombra de cólera en sus pupilas- que tendrán que sudar sangre para expiar sus culpas, y como se rezaguen siquiera un segundo, los muelo a golpes.

      -Desde luego, grandote, desde luego... Son todos tuyos-dijo Edgardo, sonriendo-. Otra cosa: ¿hasta cuándo nos tendrás aquí? ¡Es tardísimo!

      -¡Oh, tú haz tu voluntad! Eres Caballero; no necesitas mi permiso para irte cuando quieras y adonde se te venga en gana.

      -Hreithmar, ésa no es la cuestión. Esta gente precisa descansar. Además, ya sólo quedamos cuatro gatos locos. No sé por qué retienes aquí a estos pobres infelices, y sólo a ellos. Algunos están que ya no dan más de cansados. Unos pocos bloques que podamos añadir esta noche no harán más fuerte a Drakenstadt.

      -Ya lo sé, y no retengo a nadie. Estos que ves aquí se quedan por su propia voluntad. Todos perdieron familiares o amigos por causa de los Wurms; ¿cómo quieres que los deje solos?... En tanto ellos no se retiren, no me retiraré yo, así me esté muriendo.

      -Ah-dijo simplemente Edgardo, y siguió trabajando.

      Hacía rato que había dejado de nevar, pero se sentía un frío intenso si se estaba quieto. Aun así, pocos se arrimaban a los fuegos durante los descansos, y los combatientes menos que nadie, ya que no podían menos que recordar los vómitos ígneos de los Jarlewurms y estremecerse de horror. En el cielo, los nubarrones se desplazaban en silencio y en masa compacta, como si también ellos fueran un ejército avanzando en sombría formación hacia una guerra. De tanto en tanto se abrían un poco, permitiendo ver algún trozo de cielo despejado y tachonado de estrellas.

      Rayando la medianoche, sorteando escombros y ruinas dejados aquí y allá por la acometida de los Jarlewurms, apareció una carreta por las calles redondas del Zodarsweick. A las riendas iba Maarten Sygfriedson; a la diestra de éste estaba otro muchacho desconocido para la mayoría de los presentes, pero ya muy familiar para Edgardo: Calímaco de Antilonia. Este último cruzó una mirada con el pelirrojo, quien comprendió que el bisoño Caballero bregaba por superar sus malos sentimientos hacia Dunnarswrad y por olvidar cómo éste lo había humillado ante todo el mundo. Con qué éxito, sólo él lo sabía.

      En la caja, sentado junto a dos barriles, venía Ignacio de Aralusia.

      -Pero qué hombres tan trabajadores-bromeó Maaarten-. Hemos pensado que, antes de enviaros a descansar, merecíais una pequeña recompensa.

      -No descansaremos-gruñó Hreithmar, testarudo.

      Maarten bajó de la carreta, meneando la cabeza, y se acercó al coloso.

      -Creo que sí, viejo-dijo, poniéndole una mano en el hombro-. Sabes, podemos reconstruir esa muralla; pero hacerla más firme que antes demorará bastante tiempo. Restaurada en muy breve lapso, puede no resultar lo bastante maciza. Dos poderosos enemigos nuestros han ido río arriba, como sabes, y aguardan el momento adecuado para atacar. Y puede que eso ocurra antes de que el muro esté reparado... En resumen, no tiene sentido apurarse tanto para levantarlo de nuevo.

      -Entonces al menos debemos encontrar a esos dos Jarlewurms... Y al tercero, Bermudo... Y con su habilidad para confundirse entre el paisaje que lo rodea, no será fácil hallarlo, no hablemos ya de matarlo...

     -De acuerdo; pero todo eso quedará para mañana. Nos hemos olvidado de enviar mensajeros desmintiendo la noticia de la caída de Drakenstadt, que en Ramtala provocó un susto de muerte. Es más, el señor Thorstein Eyjolvson ha cabalgado hasta aquí para ver qué podía salvarse del desastre, y le dio mucho gusto ver que no había tal desastre, aunque no dejó de amonestarme por no avisarle de ese detalle. Lo he puesto al tanto de nuestra actual situación. Con su ayuda, estoy seguro de que saldremos de este mal trance... Y por cierto, te felicito por tu idea de poner hombres a desollar y cortar en pedazos el cadáver de Talorcan, aunque más se desuellan y se cortan las manos ellos mismos en el intento, de tan duro que es ese cuero... Los vi mientras venía aquí. Te felicito de veras: mejor ni imaginar el hedor que habría echado esa mole al descomponerse.

      -Yo no puse a nadie a despellejar y cortar en trozos el cadáver de Talorcan. No siguen órdenes mías... Por cierto, ¿qué haces levantado? Tú tendrías que estar en cama... ¿Y esto?-preguntó Dunnarswrad, luego de que Ignacio le pusiera en la diestra un cuerno lleno de una bebida a la que, oliéndola, identificó con aquavit.

      -Me siento un poco mejor-contestó Maarten-. Ahora vamos a brindar. Todos juntos.

      -¿Aquí?

      -Aquí.

      Calímaco llenaba con un cucharón los cuernos que Ignacio tomaba de una bolsa en el fondo de la carreta y le iba pasando para tal fin antes de distribuirlos, ya llenos, entre la gente. Algunos meneaban la cabeza con terquedad, sobre todo algunas mujeres de rostro tosco venidas espontáneamente a ayudar. Estos reticentes nada querían saber de festejos, porque eran las primeras Navidades que pasarían sin tal o cual ser querido, arrebatado de este mundo por el furor asesino y la malevolencia de los Wurms. Pero Ignacio sabía ser persuasivo usando pocas palabras: Por favor. Necesitamos de vos en las buenas lo mismo que en las malas... Y acompañaba el ruego con un sonrisa algo triste y un abrazo, una caricia o un apretón de manos según el caso. Era, en ese momento, lo mismo un mendigo implorando una limosna de unión y afecto, que un hombre rico en dichos valores y dispuesto a prodigarlos indistintamente entre cuantos se le acercaran...    Y entonces la gente se daba cuenta de lo atrozmente necesitada de calor humano que se hallaba, y se iba acercando a Maarten, Hreithmar y los demás, con los ojos arrasados en lágrimas, apoyándose unos en otros.

      -¿Por qué brindaremos?-preguntó Edgardo.

      Hubo un breve silencio.

      -Demos gracias al Señor porque aún estamos vivos y porque Drakenstadt aún resiste-propuso David-. Agradezcámosle que nos haya bendecido con la desdicha, sin la cual no valoraríamos este momento en que estamos juntos pese a ser tan diferentes. Alabémoslo por el coraje que puso en los valientes que ofrendaron sus vidas para proteger tantas otras. Agradezcámosle el honor de haberlos conocido aunque más no sea por poco tiempo... Y pidámosle que, ocurra lo que ocurra, no permita que ese valor flaquee.

      -Y que nos conceda un momento de paz esta noche tan especial-añadió Maarten.

      Edgardo se aproximó a Calímaco quien, tras terminar de llenar los cuernos y tomar uno para él, permanecía sombrío y aislado del resto, y lo llevó con suavidad junto a los demás. El antilonio observó de soslayo y con mucho resentimiento a Hreithmar, pero tuvo que reconocer que era cierto lo que había dicho Edgardo: el medio ogro parecía ni acordarse de él.

      Por las segundas oportunidades que El nos concede a todos, pensó Edgardo. Que nos conceda también el entendimiento necesario para saber aprovecharlas. Y en ese momento, desde la Catedral de Nuestra Señora de Drakenstadt, repicó la primera campanada de medianoche.

      -Cristianos: feliz Navidad. Judíos: feliz Hannukka-dijo Dunnarswrad-. Y a los demás... ¡que el diablo nos reserve en el Infierno el mejor lugar desde el cual ver a los Wurms caer aún más bajo que nosotros!

      Segundos más tarde, con el sonido de la última campanada vibrando aún en el aire helado de la noche, los cuernos se alzaban en un extraño y hermoso brindis que ninguno de los presentes olvidaría jamás mientras viviera. Como un símbolo de renacimiento, un grupo de sobrevientes erosionados por una guerra dura, despareja y cruel pero todavía invictos, al pie de murallas que volvían a levantarse y en medio de una oscura noche iluminada por antorchas vacilantes pero tenaces, se daban ánimos unos a otros, a la espera que tiempos mejores despuntaran en sus vidas, como el amanecer que se levanta desde el horizonte y derrota a las tinieblas.

      -¿Qué miras?-susurró Ignacio a Edgardo, cuya vista permanecía fija en el cielo.

      -Esa estrella-respondió Edgardo-. Se mueve.

      Ignacio miró hacia el punto señalado por el índice de Edgardo, un trozo de firmamento que sólo ocasionalmente ocultaban las nubes.

      -Me parece que la fecha te está sugestionando. No veo ninguna estrella moviéndose ahí arriba-opinó.

      -Se mueve, Ignacio. Te aseguro que se mueve.

      Por un momento se preguntó Edgardo si Ignacio no tendría razón; porque la verdad era que eso de escudriñar los cielos en busca de quién sabía qué, y creer que encontraba algo, no era nuevo para él. Una noche de agosto, en su infancia, había visto algo surcando el firmamento. También entonces, como ahora, había extendido su índice hacia el misterioso viajero cósmico; sólo que, en aquella oportunidad, su excitación había sido mucho mayor:

      -¡Mira, Balduino!... ¡La estrella de Belén!...

       -¿Dónde? ¿Dónde?

        -¡Allí! ¡Mira!

      -¡No veo!

      No alcanzaba la ventana. Era un enano, recordó Edgardo, con sonrisa nostálgica. Tuve que alzarlo... ¡Y cómo pesaba! Por ese entonces, me resultaba pesado de muchas formas, admitió con amargura. Más allá del espacio y el tiempo, un par de inmensos ojos de niño, desde un rostro atiborrado de pecas, lo miraba con admiración, angustia y reproche. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Balduino, hermano, si yo hubiera sabido qué se sentía al ser la última nuez del costal, habría pasado más tiempo contigo. No lo hice, y ahora llevo en el alma un peso mucho mayor del que tú podrías haber sido jamás. No entiendo por qué algo que para otros sería una tontería a mí me atormenta de esta manera, pero me gustaría verte al menos una sola vez más para decírtelo, aunque me cubrieras de insultos... ¿Dónde estarás, Balduino? ¿Te acordarás siquiera de mí?

      ¿Dónde estaba Balduino?

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Published by EKELEDUDU
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