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9 agosto 2010 1 09 /08 /agosto /2010 18:32

      Más tarde vinieron también otras personas a Vindsborg a saludar en ocasión del Yule; entre ellos Hrumwald, Kurt y Heidi. Kurt aprovechó la ocasión para recordar a Balduino que había dado su palabra de apadrinarlo en ocasión de su boda con Heidi la próxima primavera.

 

      -¡A él no tienes que recordarle nada, a él no tienes que recordarle nada!-exclamó el viejo Lambert entre involuntarios guiños de ojo-. Tú eres el que debe tener en mente que una promesa es una promesa, no sea que recobres la cordura antes de la boda y te eches para atrás-y Kurt y Heidi lo tomaron a broma y rieron con ganas, pero daba la impresión de que el viejo hablaba muy en serio.

 

      Esa noche, como si a tono con la celebración se hubiera producido un milagro, Varg no dejó el habitual tendal de comensales medio moribundos merced a su cena y, de hecho, fue aquella una de las raras ocasiones en que se lució como cocinero. El menú había despertado expectativas en Balduino porque, excepcionalmente, los Kveisunger lo comentaban con mucho entusiasmo.

 

      -Skärpikjöt. Varg tiene muy buena mano para eso-había gritado el sordo Gilbert, relamiéndose con cara de guia.

 

      -Muy buena mano...-se burló Andrusier, pensativo-. La mano de Varg casi no interviene, por eso se luce. Faenar un carnero, despellejarlo, condimentarlo y ponerlo a estacionar unos meses no requiere grandes habilidades de nadie.

 

      -¿Unos meses?-gimió Anders, consternado.. ¿Vamos a comer carnero podrido?

 

      -Añejado. No es lo mismo-resaltó el tuerto Gröhelle.

 

      -Además, no sé a qué viene tanto asco...-comenzó Per.

 

      -...si en general, cuando Varg cocina, las sobras podridas que dejan los grifos después de comer resultarían más apetitosas-concluyó Wilhelm.

 

      -Allá vosotros. Creo que esta noche ayunaré-dijo Anders.

 

      -Entonces trata de dejarnos algo a los demás...-intervino sarcásticamente Adler, mirando a Anders con su rostro picado de viruelas en el que tanto destacaba la nariz aguileña. Anders con frecuencia aseguraba que por la noche y por el bien de su estómago se abstendría de probar bocado, y luego era mejor que los demás le cedieran parte de sus propias raciones para evitar que los devorara a ellos.

 

      -¿Y puede saberse de dónde sacamos un carnero?-preguntó Balduino a Thorvald.

 

      -Lo trajo Oivind de Vallasköpping, un día que tú estabas no recuerdo dónde. Regalo de la gente de Freyrstrand para ti-contestó el viejo gigante, dedicando a Balduino una mirada glacial, advirtiéndole con ella que tuviera cuidado con lo que pensaba decir.

 

      Aceptar regalos de gente que sin duda debía vérselas negras en épocas de carestía había resultado especialmente difícil para Balduino, salvo la primera vez, cuando Kurt le había traído una piel de reno, pero sólo porque la sorpresa le impidió reaccionar y porque no quería discutir con él. Mas recientemente, había rechazado tres huevos que la vieja Herminia había tratado de obsequiarle y que Thorvald aceptó en nombre de él a sus espaldas.

 

      -¡BALDUINO!... Ven aquí, quiero hablar contigo!-había vociferado el viejo acto seguido; y el pelirrojo ya sabía que aquello era el prólogo de un sermón harto colérico, pero se preguntaba qué podía haber hecho mal. Y fue entonces que se enteró de que raramente la gente de Freyrstrande hacía regalos pero, cuando los hacían, a menudo se ofendían  si éstos eran rechazados.

 

      -Pero no podemos dejar que estas personas se mueran de hambre por...

 

      -Aquí nadie deja que nadie muera de hambre-cortó Thorvald-. Tú mismo puedes regalarle algo que tengamos de reserva en la despensa. Pero igual se soporta mejor un dolor de estómago que un dolor en el corazón... Ya sabes cómo te quiere esta gente.

 

      -Sí, creo que me quieren...

 

      -¡Vamos, Balduino!... ¿Sólo lo crees?... ¡Te tienen adoración! Y está muy bien que te la tengan. Procura, eso sí, ser siempre merecedor de ella. A Herminia le he dicho que no era tu intención ofenderla, que allí de donde vienes las costumbres son diferentes de las de aquí. Será mejor que un día de estos vayas a verla y se lo digas tú mismo; porque no sé si a mí me creyó. Herminia tiene un carácter muy difícil, ya sabes; lo contrario sería raro, teniendo en cuenta cómo ha sufrido. Pero ella probablemente te quiera más que nadie aquí.

 

       -¿Sí?-Balduino estaba irónico.

 

      -Sí... Y si vuelves a emplear conmigo ese tonito burlón, te parto la jeta de un  sopapo. Además, tú más que nadie deberías recordar que la gente a menudo se encierra en un cascarón, sin atreverse a querer por miedo a sufrir; ¿o acaso no te ocurrió a ti?... Contigo, Herminia fue más agria que con ningún otro, un auténtico puercoespín con todas las púas erizadas; y eso porque eras quien mayores posibilidades tenía de llegar a lo más profundo de su corazón.

 

      -Yo no creo eso. Cuando Tarian había salido de la mazmorra, Herminia le tuvo cierta compasión, y también la tuvo con Gabriel, cuando le vio el rostro vendado y se enteró de que, al menos oficialmente, tiene lepra. Con ellos sí fue amable; pero nunca conmigo.

 

      -Entiende que, entre otras cosas, Herminia es ante todo una madre que aún guarda luto por su único hijo, muerto cuando aún era muy niño. Es muy natural que se apiade de cada joven que sufre: en cada uno de ellos verá un poco de ese hijo perdido. Pero, ¿por qué habría de compadecerte a ti? ¡Si eres vigoroso, guapo y feliz!

 

       -Hombre, guapo... Anders es guapo, no yo, y no menos vigoroso y feliz. Y sin embargo Herminia no se ensaña con él como conmigo; y eso que creo ser con ella más amable de lo que Anders jamás fue ni será. Ya que no soy guapo sino en realidad bastante feo, no me vendría mal que me tuviera lástima también a mí, así al menos me trataría un poco mejor.

 

      -Muchacho, la apostura es algo que va mucho mucho más allá de una cara bonita, y a veces tiene que ver más con la actitud. Debido a que aun sabiéndote, digamos, de rostro poco agraciado, no lloras todo el día por ello ni permites que el detalle menoscabe el resto de tus cualidades, no es difícil olvidar tu fealdad, ya que así quieres llamarla. Lo que queda es un muchacho noble, bueno, valiente y sagaz. Supongo que en eso estamos de acuerdo.

 

      -Hago lo que puedo para ser todo eso, pero, ¿y?...

 

       -Una madre que ha perdido a su único hijo mirará a cada niño, joven u hombre cuya edad alcance la que podría tener en ese momento el retoño muerto, de seguir con vida. Así sería él ahora, pensará, si lo que ve le complace. No verá en él a su hijo tal como éste en realidad hubiera sido, sino como ella hubiera querido que fuese. Yo no sé si eres el mejor muchacho que hay en Freyrstrande, pero sin duda tienes grandes cualidades y descuellas mucho y, lo más importante, te interesaste por Herminia. ¿Qué cosa más natural, sino que ésta piense, viéndote, que su hijo podría haber sido como tú, caso de seguir con vida? ¿Qué cosa más natural, sino que empiece a sentir afecto por  ti? Y en vista de la magnitud de su pérdida, ¿tan raro es que trate de resistirse a ese sentimiento?

 

      Thorvald calló y miró a Balduino. En el rostro de éste, superado el desconcierto inicial, un huérfano bregaba por asimilar la idea de que todos esos años su madre en cierta forma no había estado muerta, sino viva, en un lugar muy alejado de su hogar, y era una mujer muy pobre que se había privado de tres huevos por obsequiárselos a él.

 

      Y así fue como el siguiente domingo, Balduino cabalgó hacia el bosque y, pese a su renuencia a cazar, abatió un ciervo de buen tamaño, que llevó hasta la cabaña de Herminia valiéndose de una traílla. La anciana no estaba a la vista cuando el pelirrojo llegó y desmontó, pero sí el prognato y feo Hrumwald, quien cepillaba su caballo blanco. Sonrió melancólicamente al ver al visitante, y a la pregunta de cómo iban las cosas, contestó: Estoy aquí. Tal vez fuera una respuesta tonte; pero ¿quién podía enojarse con Hrumwald o burlarse de él? De Hrumwald, tan bueno, tan manso, tan inocentón...

 

      -¿Qué tal andan los cerdos? No, no me lo digas: mejor muéstrame-propuso Balduino-. De todos modos, tu caballo no precisa cepilladas, y si sigues refregándolo, harás que la gente se encandile al verlo.

 

      Mientras ambos iban hacia el chiquero, Balduino distinguió la mirada recelosa de la vieja Herminia, quien se había asomado discretamente por la ventana. El puercoespín se aprestaba a erizar bien erguidas las púas...

 

      -Al diablo, Hrumwald, lindos monstruos estás criando-dijo Balduino, admirado del tamaño de los cerdos-. Creo que no tiene sentido que sigamos preparándonos para una posible invasión: si vienen los Wurms, soltamos a estos animales para que les hagan frente, y no les quedarán ganas de volver.

 

      Hrumwald sonrió.

 

      -Lo bueno de los cerdos es que no es complicado alimentarlos: comen de todo-dijo.

 

      -¡Se parecen a cierto escudero que conozco!... Pero ellos no están exactamente esbeltos, como sí lo está Anders. ¿Y cómo se llaman?

 

      -¿Cómo se llaman quiénes, señor?

 

      -Pues los cerdos, hombre... ¿O de quiénes estamos hablando, si no?

 

      -Se llaman cerdos, señor. No es sabio ponerle nombre a un animal al que se va a carnear.

 

      -Balduino pegó un respingo. En ese mismo momento estaba acariciando a un puerco verdaderamente gigantesco que se le había acercado y parecía disfrutar de los mimos que el pelirrojo le hacía en el morro, puesto que entrecerraba los ojos de modo placentero y movía la nariz como olisqueando al humano que le brindaba semejante cortesía.

 

      -No se me había ocurrido-dijo-. La verdad, admiro tu entereza. Si yo fuera porquero y tuviera que matar a un cerdo que me mira con esos ojitos, pues, en fin, tú me entiendes...

 

      -Eso no es tener entereza, señor, sólo ser práctico. Hay que sobrevivir, y hago lo que me enseñaron. Por otra parte, vos mismo venís de cazar un ciervo, según veo.

 

      -Pero al menos al ciervo no lo conocía-alegó Balduino-. Si tuviera que matar a un ciervo que he alimentado durante meses y que me mira con esos ojitos, pues, en fin, ¡TÚ ME ENTIENDES!...-rió. Estos cerdos son igual de buenazos que su cuidador, dijo para sus adentros-. Ya que mencionaste al ciervo, ¿tienes algo importante que hacer? Porque si no es así, podrías ayudarme a despellejarlo y a poner a secar su carne. Luego montaremos guardia para que no vengan los depredadores... En Vindsborg, más de una vez un zorro, un armiño, un lince o cualquier otro animal se han dado opíparos atracones a costillas nuestras, por desatender la vigilancia. Pero una vez, Ursula descuidó la suya por ir al retrete y, cuando volvió, sorprendió in fraganti a un glotón. Tan furiosa se puso que lo mató, lo despellejó lo asó y se lo comió, ¡y con qué ganas!... Esa sí fue una venganza en toda la regla.

 

      -Yo lo desollaré y secaré la carne, señor-contestó Hrumwald, sonriendo.

      -No, lo haremos entre los dos. Ve a traer lo necesario, que mientras tanto buscaré un sitio donde trabajar cómodos, ¿eh?

      Hrumwald fue a cumplir con el encargo y, mientras tanto, Balduino desenganchó la traílla, cargó con el ciervo a hombros y estudió los alrededores hasta elegir un punto que le pareció adecuado para que él y el porquero se instalaran para trabajar, sobre todo porque hasta había unas rocas que podrían servir de asientos.

 

      Herminia seguía espiando desde la ventana.

 

      Una gallina que andaba suelta buscando quién sabía qué entre la nieve pasó cerca de Balduino y, cuando éste trató de acariciarla, lo picoteó con dedicación digna de mejor causa. Balduino retiró su dolida y ensangrentada mano. Si los cerdos tenían la mansedumbre del cuidador, aquella gallina tenía el mal carácter de su dueña.

 

      Hrumwald volvió trayendo un par de cuchillos; los dos pusieron manos a la obra en medio de un silencio interrumpido por breves diálogos de escasa trascendencia: No sabía que los glotones eran comestibles, señor... Si tu estómago soportó durante meses la cocina de Varg, soporta cualquier cosa, Hrumwald... Balduino sonreía feliz, pensando cómo había aprendido a apreciar el compañerismo que se creaba entre personas que trabajan juntas, cuando apareció Herminia, avanzando con los pasos cortos típicos de su andar. El viento jugueteaba con los mechones grises que afloraban debajo del pañuelo que envolvía sus cabellos.

 

      Sus también grises ojos estudiaban la escena con mucha desconfianza. El enemigo estaba a las puertas de su baluarte de hosquedad...

 

      -Esos cuchillos son míos-dijo en tono agresivo, como para dejar en claro que la resistencia sería enconada, y que nadie entraría en su corazón sino pasando por encima de su cadáver.

 

      Balduino se puso de pie, dejando el cuchillo a un lado y sonriendo con mucha amabilidad.

 

      -Por supuesto. Y también el ciervo-contestó suavemente.

 

      -No te lo he pedido-fue la agria respuesta.

 

      -¿Y?... Yo igual os lo traje. Estábamos de acuerdo con Hrumwald.

 

       El mentado se alarmó. ¿En qué líos lo estaba metiendo el señor Cabellos de Fuego sin al menos prevenirlo antes?... Mejor ni imaginar la reacción de la vieja vinagre.

 

      -¿De acuerdo en qué?-graznó Herminia, sin saber qué maliciar.

 

      -En daros una sorpresa. Hrumwald está en deuda con vos, después de todo, y yo también lo estoy; y además, quería agradeceros los huevos.

 

      -Te los llevé sólo porque tengo demasiados y ya no sé qué hacer con ellos-farfulló la vieja, iracunda.

 

      Pero era una mentira harto evidente porque, aunque había varias gallinas, casi todas ellas estaban tan viejas y maltrechas, que parecían hijas de aquella que Noé cargó en el Arca y por lo tanto, como ponedoras, eran un fiasco. El único argumento razonable para no enviarlas a la olla era que flacas y huesudas como estaban la mayoría de ellas, ni para hacer un buen caldo servirían. Mejor ni pensar en lo que debía tardar Herminia para completar la docena que reunía a veces, cuando llevaba huevos a Vindsborg para que Oivind los canjeara por velas. Además, muchos de esos huevos tenían últimamente la cáscara tan delgada, que se rompían mucho antes de llegar a Vallasköpping para ser canjeados por otra cosa. Balduino nunca le decía nada a la vieja y seguía dándole las velas requeridas, como si todo siguiera como siempre.

 

      -Aun así, me los llevasteis a mí, y si no los acepté en un primer momento fue porque no creí que os sobraran los huevos. Me alegro de haberme equivocado. De cualquier forma, con Hrumwald creímos que correspondía hacer algo por vos.

 

      Herminia miró alternativamente a Balduino y a Hrumwald, como si tramara acusarlos y hacerlos ejecutar bajo el cargo de alta traición.

 

      -Y ya que estoy, he pensado en quedarme a almorzar-añadió Balduino.

 

      -¡Yo no te invité!-protestó la vieja, indignada.

 

      Balduino abrió los brazos.

 

      -Si mis súbditos me negaran incluso un plato de la comida que yo mismo aporto, no sé cuál sería el negocio de ser el señor de Freyrstrande-replicó.

 

      -¡Tú no eres el señor de Freyrstrande! ¡Einar es!-gritó Herminia.

 

      -A qué grado de depreciación habré caído para que hasta a Einar lo prefiráis... Entonces, si os lo traigo, ¿a él sí le convidaréis ciervo, al menos?

 

      -¡NO! Es más: ¡no cocinaré el maldito ciervo!

 

      -Qué léxico, qué léxico... Pero nadie dice que lo cocinaréis vos. Hrumwald y yo nos encargaremos de todo.

 

      -Yo no presto mi caldero a nadie-aclaró la vieja, venenosa.

 

      -Y no lo necesitamos. Asaremos el ciervo a las brasas. 

 

      El bombardeo mutuo parecía haber llegado a un punto muerto. Herminia, agotado ya todo su arsenal de antipatía para doblegar a Balduino, veía rencorosa que éste seguía incólume, amparado tras un escudo de amabilidad y despreocupación. Meditaba la irreductible anciana qué otra cosa arrojarle cuando, de improviso, éste se acercó y le besó la mejilla y le tomó la diestra en gesto cariñoso.

 

      Herminia quedó unos instantes rígida como una tabla y, a la par de ella, quedó igualmente tieso e inmóvil Hrumwald, a quien la visión de un Jarlwurm no habría aterrado tanto como la posible e inminente reacción de la anciana.

 

      -Id a descansar; os llamaremos para comer-dijo Balduino, tomando la diestra de Herminia entre sus manos.

 

      -¡NO DESCANSARÉ!-rugió ella, recobrándose de su sorpresa y retirando con brusquedad su mano derecha-. ¡NO COMERÉ! ¡NO TENGO HAMBRE!

 

      -Señora, si en vez de ciervo os ofreciera yo un cofre lleno de oro, vos podríais igualmente rechazarlo. Ello no significaría que tuviera que llevarlo de regreso conmigo, ¿verdad? Quedaría ahí hasta que otro lo tomase.

 

      Herminia, belicosa, quedó un rato buscando una respuesta digna. Al no hallarla, dio media  vuelta y se alejó a pasos cortos hacia la casa, prefiriendo batirse en retirada antes que perder por paliza.

 

      -Yo terminaré de despellejar el ciervo.dijo Balduino a Hrumwald-. Necesito otra cosa de ti. Kurt dijo el otro día que había descubierto que tienes tal mano para la cocina, que harías que hasta un leño medio carbonizado parezca sabroso. Quiero que cortes unas tajadas de ciervo de modo que alcance para tres personas, y las ases como para un rey. Si Kurt no exageró, comeré con buen apetito; de modo que no escatimes en las porciones. Pero te pondrás a asar exactamente donde yo te diga.

 

      Hrumwald asintió, intrigado, y siguió a Balduino mientras éste elegía el lugar que mejor le pareció para asar el ciervo. En su elección pareció tener gran importancia la dirección del viento, ya que la estudió detenidamente antes de decidirse.

 

      -Aquí-dictaminó al fin.

 

      -Pero el humo le irá directamente a Herminia-observó Hrumwald, vacilante; porque como para ser un día de invierno aquel domingo se veía radiante, la gente abría todas las ventanas para orear las casas, y así lo había hecho también Herminia.

 

      -Y también lo más importante: el olor-respondió Balduino, sonriendo con aire maligno-. Así de malvado soy, que me propongo torturar a esa pobre indefensa anciana.

 

       Ante estas palabras, Hrumwald no supo qué decir, ni si debía tomarlas en serio; lo que se tradujo en una extraña expresión en su rostro prognato. Pero como el pelirrojo demostraba gran compañerismo y ahora sonreía cálidamente, optó por seguir con lo suyo sin hacer comentarios ni pedir explicaciones.

 

      Balduino terminó de despellejar al ciervo y extendió la piel para que se secase; luego cortó la carne en tiras e hizo otro tanto. La cornamenta la dejó aparte para dársela a Lambert a fin de que la convirtiese en puntas de flecha. Mientras tanto, Hrumwald preparó un buen fuego, tomó una buena cantidad de carne, la condimentó con sal y diversas hierbas y la puso a asar. El humo fue hacia la ventana más próxima, pero en dosis moderadas. Tal vez adentro el olor a humo permaneciese un tiempo, pero en aquellos días eso no era algo preocupante, como lo es ahora para la gente más quisquillosa; así que Herminia no se molestó en cerrar la ventana.

 

      Cuando Balduino hubo terminado su labor, calculó que ya estaría listo el asado de ciervo, o que al menos faltaría poco, y fue a investigar pese a que no quería dejar mucho tiempo sola la carne puesta a secar. Ya a cierta distancia le llegó el olor, y se le hizo agua la boca: er a un aroma como para que también un muerto se levantara de su tumba y se acercara a comer. Otro tanto debió pensar Herminia; pero ella no era un muerto, sino sólo una vieja testaruda y cascarrabias. Tal y como Balduino había calculado, el sugestivo aroma le llegaba a través de la ventana avierta, llamándola por su nombre e invitándola a almorzar. Pero ninguna tentadora fragancia la haría deponer las armas, y de inmediato cerró la ventana para que su estómago no la instara a rendirse.

 

      Balduino dejó instrucciones a Hrumwald y volvió a su puesto. En cuanto el asado estuvo a punto, el pelirrojo le alcanzó una porción a Herminia.

 

      -Imagino que alguien tan irascible y combativo debe tener excelente dentadura; pero igual la carne está tierna y jugosa-adelantó.

 

       -He dicho que no comeré-dijo avinagradamente la anciana.

 

      -Lo imaginaba, lo imaginaba... Pero veis, yo que no creía en Dios, empiezo a sospechar que tal vez estaba equivocado, porque ¿cómo, si no, explicar milagro como esta delicia que ha preparado Hrumwald?

 

      Balduino acercó la porción a su propio rostro para olerla mejor, y de inmediato cerró los ojos y pareció quedar en éxtasis.

 

      -Como la ambrosía que degustaban los dioses griegos... Y en su punto justo, conservando el calor, pero no tanto para no dejarse comer. El Infierno no sería suficiente castigo para quien dejara pasar de largo semejante manjar; a menos, claro, que el castigo consistiera en verlo, olerlo y no poder probarlo...

 

      Otro que no fuera Herminia habría estallado de risa ante las expresiones de gula y deleite de Balduino. Probablemente también ella rozó al menos la sonrisa pero, por lo visto, tenía intenciones de llevar la guerra hasta las últimas consecuencias. Victoria o muerte era la consigna.

 

      -Pero, en fin, vos sabréis qué hacer, y si incurrir o no en el mortal, imperdonable pecado de no hacer honores a esta maravilla de las artes culinarias. Yo no puedo menos que ofreceros la salvación para vuestra alma acercandoos una porción; de paso, casi veintiún años de acérrimo ateísmo me son perdonados gracias a la presente obra de misericordia. Así, pues,  yo iré derecho al Paraíso; vos, si os abstenéis de degustar este portento, al Infierno. Pensadlo. Mirad que allí abajo hay muchos como yo, dispuestos a no dejaros en paz ni por un segundo; en tanto que al Cielo es dudoso que hayan llegado siquiera diez personas. Nadie os molestará.

 

      Balduino colocó el plato con carne sobre la mesa, a cierta distancia de donde Herminia estaba sentada. La anciana contempló el manjar como quien contempla al más aborrecido de los enemigos. Ante tal mirada, el pelirrojo se inquietó al fin. Había sospechado que, en cuanto él se fuera, Herminia no aguantaría más y se pondría a comer; pero ahora ya no estaba tan seguro.

 

      -Si la arrojarais por la ventana con plato y todo, yo sería capaz de ponerme en cuatro patas para devorarlo en el suelo mismo; pero como es más sabroso así, os pido que no hagáis tal cosa-dijo con suavidad, poniéndole una mano en el hombro en gesto casi suplicante.

 

      No quedó muy claro si el ademán ablandó a la vieja, si había decidido que un enemigo que formulaba tal petición estaba ya medio derrotado y convenía ser condescendiente con él o si, simplemente, la doblegaban a ella misma el hambre y la tentadora fragancia; pero al salir, Balduino dejó la puerta entreabierta y fingió alejarse y, al acercarse de nuevo a hurtadillas, escuchó, en el interior de la cabaña, un inconfundible ruido a voraz masticación.

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