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12 agosto 2010 4 12 /08 /agosto /2010 18:50

      De verdad había resultado bueno aquel ciervo asado de Hrumwald, y ahora Balduino, recordándolo, sentía añoranzas y pensaba con temor en ese tan mentado y esperado Skärpikjöt de Varg. Teniendo en cuenta las habilidades del cocinero de Vindsborg, cabía preguntarse si aquella no sería la última cena de los comensales.

 

      Pero no. El Skärpikjöt fue servido y consumido con voracidad por todos los presentes. Tenía el sabor acre de los quesos fuertes, y dejó con ganas de más. Hundi, por una vez, se resistió a convidarles a sus perros de lo mismo que él comía, y repartió entre ellos una liebre abatida esa misma tarde. Estaba arrojando al aire los trozos de carne para que sus mascotas los atraparan al vuelo, cuando uno de ellos dio un salto excepcionalmente ágil, y ocurrió entonces algo extraño: sin motivo aparente, Varg se echó a reir, al principio de manera comedida; y la suya era una risa siniestra, desagradable, que ponía los pelos de  punta a Balduino, aunque el resto de los Kveisunger no hicieran otra cosa que mirar con interés e intentar descubrir la causa de aquella jocosidad.

 

      -Me estaba acordando-explicó Varg, sonriendo cruelmente-de cómo estaba Skazar cuando arrastramos a Henk a la Schulternsgrabe.

 

      Lambert y Adam se mantuvieron indiferentes; Thorvald, expectante; Balduino, Anders, Karl, Adler y Snarki se miraron entre sí con cierto espanto. Tarian había ido a montar guardia en el torreón, de modo que ni se enteró del suceso; y los demás (los gemelos Björnson, los Kveisunger y Ursula) parecían ahora contagiados de la macabra hilaridad del antiguo verdugo de Broddervarsholm.

 

      -¡Viejo hijo de puta!-exclamó Gröhelle, riendo también-. ¡Ved lo feliz que lo pone recordar cómo su mascota devoraba a aquel puerco traidor!

 

      Entonces se completó la transformación de Varg, como la de una gigantesca y fea pero inofensiva oruga que, tras encerrarse en un capullo, emergiera de él convertido en una monstruosidad inenarrable, sanguinaria y malvada. Su rostro era en este momento el de un asesino. El súbito y horripilante cambio heló la sangre a varios de los presentes.

 

      -¡Es que tú no lo viste!-exclamó-. Lo recordé viendo a ese pulguiento saltar con tanto brío... ¡Así saltaba Skazar tratando de capturar a Henk, que había quedado colgando!-volvió a reír, y sus carcajadas sonaban ahora diabólicas. En cuanto se repuso, prosiguió:-. El tipo que en ese momento era el verdugo, yo todavía era sólo ayudante, me explicó que había dejado a Skazar dos días sin comer, para que tuviera buen apetito cuando le tiraran toda esa escoria desleal. Cagado de hambre como estaba, apenas vio Skazar que se abría la puerta-trampa de la Schulternsgrabe se puso a saltar como loco en el fondo; pero eso no hubiese sido nada. El bastardo de Gröte...-tuvo que interrumpirse de nuevo a causa de otro acceso de cruel y pesadillesca risa-...El bastardo de Gröte ató una cuerda al tobillo de aquel traidor. No te perdonamos la vida, le dijo a Henk, pero como una vez dijiste sentir curiosidad por saber cómo era Skazar, la satisfarás ahora, y antes de morir verás bien de cerca y con todo detalle al que te va a devorar... Y Gröte, valiéndose de una polea, empezó a subir y bajar por la Fosa a Henk quien, inmovilizado igual que en un embutido, chillaba como el cerdo que era. Skazar saltaba, queriendo atraparlo entre sus fauces; pero nosotros jugábamos con él, poniendo a Henk fuera de su alcance cuando parecía que iba a tener éxito. En eso el imbécil de Ratt, que estaba con nosotros, se pone a tocar la cuerda, que estaba tensa y vibraba. Hermoso sonido para una cuerda, como la de un arpa..., dijo. Igual, henk, tú no vas a necesitarla, vas para arriba sólo porque nosotros te subimos, pero terminarás primero abajo, con Skazar, y luego más abajo, con el Diablo. Henk gritaba tanto, que creo que no lo oyó... ¡Pero lo más gracioso fue-añadió Varg entre nuevos y más espantosos accesos de risa-que en ese momento cedió la cuerda hacia la Fosa, y el bobo de Ratt, que estaba aferrándola, también estuvo a punto de caer! ¡Casi muere cuando, en el silencio que siguió, escuchó el ruido de las mandíbulas de Skazar masticando a Henk!

 

      Ahora reían todos los Kveisunger y también Ursula y los gemelos Björnson, estos tres últimos con menos regodeo. Balduino no cabía en sí de asombrado horror; los miraba a todos ellos como si no los conociera. Ese mismo día había estado pensando cómo obtener para sus hombres un indulto de Arn, y hete aquí que varios de esos mismos hombres ahora mismo festejaban el recuerdo de una truculenta, espantosa, bárbara ejecución.

 

      Miró de soslayo a Anders, quien estaba tan desagradablemente impresionado como él. Envuelto en lúgubre ropaje mortuorio, el Mal parecía haberse sentado a aquella mesa navideña.

 

      -¡Varg, eres un viejo morboso!...-exclamó Ulvgang; pero lo cierto era que él mismo hacía coro con estruendosas carcajadas.

 

      Finalmente, Balduino no pudo contenerse más.

 

      -¿Me arrojaríais a la Schulternsgrabe a mí? ¿O a Anders?-preguntó, poniéndose de pie muy serio, mirando ceñudo y desafiante a quienes así habían reído.

 

      Las risas fueron acallándose; pero mayormente era un silencio de niños pescados en una travesura que ni siquiera consideran merecedora de castigo alguno, no el de adultos que comprendían que habían festejado un hecho cruel y horrible, algo que no tenía la menor gracia.

 

      Balduino siguió allí, plantado con firmeza, a la espera de una respuesta que la mayoría no sabía darle. Todavía seguían oyéndose risas reprimidas, cuando intervino Ulvgang:

 

      -Por supuesto que no-dijo, aparentemente convencido de sus palabras-. A la Schulternsgrabe van sobre todo los traidores y cobardes. Tú eres nuestro compañero, y eres leal y valiente; y también el grumete.

 

      El pelirrojo quedó mirando a El Terror de los Estrechos, que a su vez lo observaba con sus ojos glaucos y saltones fijos en él. Parecía sincero. También lo parecía cuando advertía a Balduino, cada tanto, que ni en él debía confiar. Y también lo parecía cuando le decía que, por haber liberado a Tarian, lo seguiría a muerte. ¿Cuál de todos éstos era el verdadero Ulvgang Urlson?

 

      -Siéntate, por favor, señor Cabellos de Fuego-dijo apaciguadoramente Ulvgang; y Balduino obedeció, un tanto vacilante.

 

      La incómoda situación amenazaba prolongarse ad infinitum.

 

      -La gente que terminaba en la Schulternsgrabe de veras que no valía la pena-aseguró Ulvgang.

 

       -Sí, eso ya lo sé, pero...

 

       -¿Y entonces, señor Cabellos de Fuego? La gente supuestamente buena se regodea asistiendo a las ejecuciones en la plaza pública; ¿qué puedes esperar entonces de nosotros, los malos?

 

      -Precisamente eso iba yo a decir-intervino Thorvald, saliendo en apoyo, extrañamente, de su viejo enemigo-. A la gente no le interesa en lo más mínimo, en el fondo, si ése que está en el patíbulo y a quien van a ahorcar o decapitar (cuando no algo peor) ha hecho realmente aquello de lo que se le acusa.

 

      -De eso puedo dar fe-terció Snarki; y Andrusier, a su lado, le palmeó la espalda, solidario, como para dejar en claro que ésas eran cosas de gente perversa, y no de inocentes Kveisunger.

 

      -Bueno... -hubo de admitir Balduino, sonriendo resignado. No estaba del todo convencido, pero tampoco sabía qué más argüir-. La gente sólo quiere ver al condenado poniéndose azul en la horca y comentar luego que al muerto el cuello le quedó del largo de una serpiente. No permiten que detalles banales como la posible inocencia del condenado les arruinen la función.

 

      -Así es la gente-murmuró Karl.

 

      -¡Una cagada! ¡Una mierda!-coincidieron Gröhelle, Honney, los gemelos Björnson y hasta Balduino, quien conociendo el clásico remate que este tipo de frases tenía en Vindsborg, decidió esta vez no quedar fuera del consenso general.

 

      Pero íntimamente se preguntaba si los verdaderos y más temibles monstruos marinos no serían aquellos piratas que oscilaban entre lo noble y lo siniestro. Con frecuencia, el trato cordial que cotidianamente le dispensaban le hacía olvidar quiénes eran aquellos individuos que convivían con él; algo llamativo, teniendo en cuenta que el recuerdo de Sundeneschrackt aún estremecía a media Andrusia. Nadie creería que Balduino había compartido con él almuerzos y cenas sin que la comida se atorase en su garganta ni seguir de soslayo los movimientos de El Terror de los Estrechos. El pelirrojo mismo se preguntaba en este momento si no obraba meramente como un niño tonto rodeado de peligrosas fieras próximas a devorarlo cuando menos lo imaginara. Cierto era que Thorvald parecía haber domado a esas fieras, pero por el camino había dejado su mano izquierda entre fauces tal vez muy dispuestas a devorar también el resto de su persona.

 

      No obstante, quien de verdad se veía sombrío era Snarki. La otrora fofa mole de éste se había reducido a la mitad, y lo que quedaba era sólido, macizo; y lo mismo ocurría con su temperamento. Sin embargo, Snarki no estaba tranquilo. El pasado dieciocho de diciembre, durante el duelo entre Anders y Thorkill, él había visto muy claramente una silueta fantasmagórica pasando a través del señor Cabellos de Fuego, en el momento exacto en que éste caía al suelo, desmayado. No quería insistir mucho en ese asunto para no asustar a los demás; demasiado había vivido esclavo de su propio miedo para desearle lo mismo a otros. Pero cuanto más lo pensaba, más se convencía de que la macabra figura vista entonces por él era la mismísima Muerte, y temía cualquier cosa que tal visión estuviera presagiando. De hecho, desde entonces a menudo lo tentaba la idea de abandonar Vindsborg y lo que revoloteara en derredor vaticinando desgracia. Cuando ello sucedía, el conflicto interior que estremecía a Snarki era tan feroz como la violenta guerra que se libraba en Andrusia Occidental.

 

      Porque si ante la ley era ahora un hombre libre e inocente, ante su propia conciencia la gratitud ponía otras cadenas a su alma, y las mismas lo mantenían atado a Balduino. Sabía que éste no lo retendría contra su voluntad, y hasta  le desearía que lo acompañara la suerte adonde quiera que fuese; con lo que los grilletes lo aprisionaban con mayor fuerza. Los Kveisunger, extraordinariamente valientes en combate, sentían aprensión ante lo ominoso; sólo Ulvgang y Gröhelle escapaban en parte a esta regla, rumoreándose que hasta habían luchado contra esqueléticos guerreros de una nave fantasma, el Holmenesheld. Pero nada garantizaba que el coraje de ambos resistiera asechanzas sobrenaturales todavía más siniestras y difusas, nada aseguraba que no desertaran incluso ellos, aunque Snarki intentara a veces engañarse a sí mismo al respecto. Y en este momento se preguntaba si, más que huir de vaticinios funestos, los Kveisunger no acabarían provocando la consumación de los mismos.

 

      Balduino no compartía tales temores; no desde el mismo momento en que Hendryk Jurgenson le había pronosticado la muerte violenta de un ser querido, poniéndole fecha, incluso, a su profecía. El nefasto dieciocho de diciembre iba quedando más y más atrás en el recuerdo y, aunque Ulvgang asegurara que Hendryk a veces se había equivocado sólo por unos pocos días en sus augurios, con cada nuevo amanecer decrecían las posibilidades de que los mismos se cumpliesen. Por supuesto, Balduino recordaba su desmayo en la fecha anunciada y la horrible y realista sensación experimentada entonces de estar inclinado sobre el cadáver de Anders; pero atribuía todo a un estado nervioso provocado por la tensión del momento. Empero, tal vez fuera prudente observar con mayor atención a Ulvgang y su pandilla. Quizás fueran mucho menos confiables de lo que parecían. 

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Published by EKELEDUDU
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