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12 agosto 2010 4 12 /08 /agosto /2010 20:13

       Aún se hallaban despiertos faltando pocos minutos para la medianoche, acostados juntos frente al hogar mientras contemplaban fascinados los leños que allí crepitaban chisporroteando con mucho brío. Balduino rodeaba a Gudrun con su brazo y, cada tanto, la besaba en distintas partes del cuerpo, sobre todo en el nacimiento del cuello. Este último contacto ponía a Gudrun al borde del delirio, y se quedó preguntando si él lo hacía a sabiendas de la reacción de ella o si obedecía a preferencias propias. Ni siquiera estaba muy segura de que le gustara la caricia en sí misma o por ser la más recurrente en el hombre que tenía a su lado, al que ella tanto amaba. Sólo sabía que rodeada por aquel fuerte brazo masculino se sentía feliz, protegida y en paz; sentía que en esos instantes le estaba permitido relajarse, dejar de lado su voluntad, olvidarse de sus necesidades y deshacerse de la obligación de ser dura para resistir los embates de la adversidad.

 

      -Lamento no tener la necesaria confianza y valor para expresaros con franqueza lo que siento-se disculpó de pronto en un murmullo.

 

      -Sé que no me traicionarías, así que no me molesta adivinar. El misterio te favorece, te hace más excitante. Uno no puede evitar sentir algo de riesgo a tu alrededor; pensar que si uno da un paso en falso en su conducta lo perderá todo y...

 

      Y allí terminó el diálogo, porque entonces se oyeron afuera relinchos y golpeteos de caballos que venían al galope y se detenían junto a la cabaña; a lo que siguió la voz de Anders llamando a gritos a Balduino.

 

      -Siempre tan oportuno...-rezongó éste, incorporándose y vistiéndose a toda prisa-. ¡Ya va, ya va!-exclamó, en vista de que Anders no paraba de llamarlo a voces. Más vale que tenga una buena razón para venir aquí, pensó.

 

      Otro jinete acompañaba a Anders. La noche estaba demasiado oscura para reconocerlo de inmediato, pero se trataba de uno de los habituales correos que pasaban por Freyrstrande haciendo el trayecto de Drakenstadt a Danzig y viceversa; lo identificó por la voz:

 

      -Creo que entenderéis que no me apee-se excusó el joven mensajero-. Llevo prisa, traigo malas noticias pero ningún mensaje escrito, sino sólo un recado verbal, y vuestro escudero insistió en que os lo transmitiera personalmente.

 

      El tono era lúgubre, pesimista.

 

      -Te escucho-dijo Balduino.

 

      -Drakenstadt ha caído bajo los Wurms-dijo entonces el mensajero, y las palabras dolieron más que el fúnebre ulular del viento o su cruel e incesante fustigar en los rostros; y antes de que Balduino pudiera asimilar la increíble noticia, el mensajero prosiguió:-. La ruina no era total cuando se despacharon los correos para difundir la noticia, pero tampoco quedaban esperanzas, pues habían entrado Jarlewurms en la ciudad,  y siempre se estimó que , llegadas las cosas a ese punto, nada podría hacerse.

 

      Sobrevino un silencio tétrico, como en señal de duelo por el más poderoso baluarte de Andrusia; un silencio brevísimo pero intenso, durante el cual mil imágenes a la vez pesadillescas y heroicas acudieron a la mente de Balduino, como calcos de otras tantas que realmente habían tenido lugar en Drakenstadt el día de la Gehenna... Sólo que con el final cambiado. La noticia derrotista de la caída de Drakenstadt se había difundido demasiado prematuramente, y su desmentida no avanzaría con la misma celeridad.

 

      -Dispensadme, señor, pero debo proseguir mi camino-dijo el mensajero, cortés pero firmemente.

 

       -Sólo dos preguntas más-repuso Balduino, todavía aturdido-. La primera: ¿qué órdenes tenemos?

 

      -Ninguna nueva por el momento, señor, como no sea manteneros alertas y con el coraje en alto... ¿Y vuestra segunda pregunta?

 

      -Uno de mis hermanos estaba luchando en Drakenstadt, no sé cuál de ellos. Tal vez puedas decírmelo.

 

      No era el primer familiar o amigo por el que le preguntaban al mensajero desde el inicio de la guerra, pero sí el primero por el que no podía brindar siquiera una sola palabra de esperanza o aliento, tan absoluto parecía el desastre. Se sintió mísero e insignificante.

 

      -Sí, nos vimos en una ocasión. Me preguntó por vos-contestó.

 

      -¿Preguntó por mí?...-inquirió Balduino, estupefacto. De ninguno de sus hermanos hubiera esperado tal deferencia.

 

      -Sí, señor. Un muchacho algo mayor que vos y pelirrojo igual que vos, pero de ojos verdes. Tenía el rostro desfigurado por el fuego de los Jarlewurms; aun así, conservaba un resto de apostura...

 

      -Edgardo-murmuró Balduino, inexpresivamente.

 

      Anders se sobresaltó ante aquella voz. Era la de alguien que de golpe ha recibido en su alma todo el impacto de una montaña de hielo desplomada. No entendía el por qué de aquella reacción, si Balduino jamás había manifestado el menor afecto por sus hermanos; pero comprendía que estaba afectado por lo oído. De inmediato desmontó y ocupó el puesto que le correspondía junto a su amigo, colocándole una mano en el hombro en silencioso apoyo moral.

 

       Ni el propio balduino hubiera sabido explicar por qué tenía tan sensación de bruscamente haber quedado trunco. ¿Y qué, después de todo, si Edgardo había preguntado por él? Tal vez había sido simple curiosidad y nada más. Y si vamos al caso, Anders es más hermano que cualquiera de mis verdaderos hermanos, Edgardo incluido, y tengo aquí a mucha gente que ha sido más familia que mi verdadera familia. ¿Seré un ingrato?, pensó. Así se reflexiona cuando no se comprende la fuerza de la sangre; cuando ésta busca, para una situación en apariencia absurda, respuestas que tal vez nunca obtenga. Alguna vez, había querido a Edgardo hasta la idolatría. En ese momento-suponía-, Edgardo le retribuía el afecto. ¿Por qué, entonces, se habían distanciado tanto espiritualmente, aun cuando la distancia física fuera en aquel entonces corta?

 

      Anders escuchó sollozos espásticos. Extrañamente, no eran de Balduino, sino del mensajero. No entendió ese llanto. El no, pero Balduino sí. Lo entendió mucho antes de oir la explicación del joven:

 

       -Lo siento, señor, no imaginaríais cuánto. Es como si vuestra pérdida fuera también mía. Desde que empezó esta guerra, odio este trabajo, que antes amaba, porque me permitía conocer otros lugares y otras gentes. Gentes que hoy están muriendo a montones entre las fauces de esos monstruos sin alma... No hay ciudad de Andrusia en la que no tenga conocidos y a la que no tema regresar, pensando que muchos de ellos habrán muerto de manera espantosa. Creedme: he quedado en ruinas junto con Drakenstadt.

 

      Balduino sonrió, agradecido, en medio de la noche y en medio de su melancolía, de aquel sentimiento empático.

 

      -Se nos ordenó mantener el coraje en alto-dijo. Hagamos eso. Sigue adelante, en todos los sentidos... Y que Dios te guíe y te acompañe-añadió, aun sin ser creyente.

 

      Todavía estremecido por sollozos, el mensajero intentó decir algo, pero las palabras se atoraron en la garganta; por lo que se contentó con hacer una inclinación de cabeza antes de volver grupas y desaparecer en la noche, transido de pena.

 

      -Regresa a Vindsborg. Yo estaré bien-dijo Balduino a Anders.

 

      -¿Estás seguro?...-preguntó Anders, indeciso. El rostro de Balduino contradecía sus palabras.

 

      -Completamente. Necesito tiempo para asimilar esto, nada más.

 

      Anders todavía vacilaba. Balduino, impulsivamente, lo abrazó.

 

      -Cómo podría no estar bien, contando con gente como tú sosteniéndome en momentos de dolor... Vé tranquilo.

 

      Anders asintió, aunque con cierta repugnancia a dejar a Balduino solo con su pena. Mientras montaba de nuevo sobre Slav, vio que Gudrun se había vestido también y salía de su cabaña, desconcertada sin duda por la demora del pelirrojo.

 

      -¡Cuídalo bien, por favor!-pidió en un grito, antes de partir al galope; y Balduino pensó en ese muchacho leal y alegre al que tan mal había tratado en otro tiempo y que, sin embargo tanto se preocupaba por él. Y por estar muy sensible o, quizás, muy tonto (elija cada uno lo que más le guste) no pudo evitar que sus ojos se anegaran de lágrimas emocionadas y agradecidas.

 

       Gudrun no sabía qué estaba pasando y prefirió no preguntar al respecto; ya se lo diría Balduino cuando deseara hacerlo. Pero se le puso ostensiblemente a su lado, como para aclarar tácitamente que allí estaba ella para cualquier cosa que necesitase. El la aferró por la cintura y atrajo el cuerpo de ella hacia el suyo. Lo invadió entonces una agradable tibieza, aunque la noche estaba helada; y en ese gesto instintivo en los hombres que de repente son conscientes de su pequeñez, alzó la vista hacia el firmamento estrellado.

 

       Y le pareció que, allí arriba, algo se movía. Como aquella noche de agosto..., pensó. Y el recuerdo vino a él, como si el hecho recién acabara de ocurrir: su hermano mayor pegado a la ventana y observando un cielo nocturno, y la asombrada exclamación:

 

      -¡Mira, Balduino! ¡La estrella de Belén!

 

      No puede ser. Lo estoy imaginando, pensó... Y sin embargo, muchas leguas al Oeste, en Drakenstadt, otro pelirrojo, en aquel preciso instante, mantenía la vista fija en el ciuelo, y porfiaba:

 

      -Se mueve, Ignacio. Te aseguro que se mueve.

 

       Y así, por una de esas inexplicables magias a las que llamamos coincidencias, aquellos dos hermanos que alguna vez habían estado físicamente próximos y espiritualmente distanciados, ahora que se hallaban separados entre sí por decenas de leguas y de su infancia por muchos años, se hallaban, con sus corazones, más juntos de lo que ellos mismos imaginaban, siguiendo con la vista una estrella similar a aquella que, según se dice, llevó a tres sabios hombres de Oriente hasta la cuna del Niño Dios.

 

      Cosas extrañas ocurren. Se crea en Dios o no. Se crea en el Destino o no. Se crea en las casualidades o no. Se haya visto realmente aquella noche una estrella moviéndose en los cielos, o no. Porque la vida es absurda, sorprendente y, por sobre todas las cosas, maravillosa.

 

      Y con este suceso, que sin duda no se mencionará en los libros de Historia, pero que tanto representó para sus protagonistas, se concluye aquí el relato del primer año que Balduino pasó en Freyrstrande. Llegó el momento de hacer un alto en nuestro camino... Pero sin perder de vista la estrella; será interesante descubrir adónde nos lleva.

 

 F I N   D E L  T O M O  I

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Published by EKELEDUDU
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