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25 marzo 2010 4 25 /03 /marzo /2010 18:55

CII

       Incluso las personas más inteligentes se asombran a veces al descubrir puntos acerca de los que no han reflexionado, y que le parecen obviedades que no entienden cómo han podido pasar por alto.

 

      Aun sin conocer a Balduino, y por militar éste en el Viento Negro, y por lo tanto un advenedizo, el Conde Arn de Thorhavok sin duda no simpatizaba con él: temía que la Orden de la Doble Rosa, a la que él pertenecía, se viera suplantada y desposeída por la extraña y hasta hace poco clandestina cofradía caballeresca. Esto ya era sabido. Pero Balduino se reprochaba a sí mismo no haber advertido sino hacía poco cuán precaria era la situación de Arn, y cuán inseguro debía sentirse.

 

      Había pocas dudas de que hasta Tancredo de Cernes Mortes, Gran Maestre de la Doble Rosa -quien hasta donde sabía Balduino no veía con buenos ojos a los Caballeros del Viento Negro- detestaba a Arn y a quienes, como él, no habían tomado en serio la invasión y subsiguiente guerra contra los Wurms. Por culpa de ellos había sido necesario aceptar la ayuda de los advenedizos, de los forajidos: las huestes del Viento Negro comandadas por Thorstein Eyjolvson.

 

       Pero Arn, específicamente, tenía que haber terminado dándose cuenta del descomunal error que había sido reírse de la invasión Wurm y descreer de ella, porque al Este de Thorhavok se hallaba Christendom, aquella baronía especialmente desprotegida en la que las Milicias de San Leonardo debían estar trabajando frenéticamente para fortificar y guarnecer el Delta del Rattapahl en previsión de eventuales aunque todavía impensables ataques de los Wurms. El Gran Maestre de las Milicias de San Leonardo mantenía una fluida correspondencia con sus pares de la Doble Rosa y el Viento Negro, que estaban en Drakenstadt y Ramtala respectivamente. La ruta de los mensajes pasaba obligatoriamente por Thorhavok, señorío de Arn. Así que, a menos que sus asesores  fueran unos consumados imbéciles, luego de tanto tiempo de observar movimiento de tropas y de mensajeros, Arn debía estar al tanto de que la guerra era una realidad y de que se hallaba sin efecto el libelo de proscripción sobre la Orden del Viento Negro. Le gustara o no -y sin duda no le gustaba-, Balduino era ahora tan Caballero como él; pero a diferencia de él, Balduino se había apresurado a cumplir con su deber. Esto sin duda lo incomodaba mucho, y la reciente evasión ocurrida en Kvissensborg proporcionaba a Balduino una forma de incomodarlo todavía más; de modo que le escribió la siguiente misiva:

 

      Acerca de la reciente fuga ocurrida en Kvissensborg, ni qué deciros tengo de la gravedad que entraña, ni de la necesidad de mantener este asunto en el mayor secreto para salvaguardar el honor y el prestigio de la Caballería. Me veo obligado a resaltar la incompetencia de vuestro vasallo Einar de Kvissensborg, quien no me alertó sobre el particular, siendo así que me enteré del mismo por boca del cura local y no a través de una notificación oficial, como habría correspondido.

 

      La fuga de dos Landskveisunger es en estos momentos algo que podría desatar un escándalo de grandes proporciones, con muy mal resultado para vos, a pesar de que vuestra culpa consista sólo en haber depositado vuestra confianza y vuestra lealtad en un felón que no las merecía. De Caballero a Caballero os escribo, pues, para haceros saber que he tomado medidas para salvaguardaros de tal humillación, poniendo en conocimiento de lo sucedido a los señores Thorstein Eyjolvson, Gran Maestre del Viento Negro, y Tancredo de Cernes Mortes, Gran Maestre de la Doble Rosa, quienes manejarán esta situación mejor que nosotros y nos impartirán las órdenes que crean pertinentes. Asimismo les he informado, como os informo a vos con el solo objeto de tranquilizaros, que los reclusos que en Vindsborg se hallan bajo mi mando se mantienen tranquilos y por completo sometidos a mi autoridad; por lo que no debéis temer que también aquí ocurran evasiones. Continuaré manteniendoos al tanto y en poco tiempo me tendréis ante vos para testimoniaros mi lealtad.

 

      Era difícil saber qué pensaría Arn de las intenciones pretendidamente amistosas y tranquilizadoras de Balduino, pero igual el contenido de aquella carta sin duda lo horrorizaría por varios motivos. Para empezar, era muy dudoso que Einar hubiera ya puesto al tanto a su señor acerca de la evasión, ocurrida hacía horas apenas, porque debía contar con atrapar a los fugitivos antes de que el asunto trascendiera. Aun suponiendo que lo consiguiese, había existido una falla de seguridad en Kvissensborg, y no agradaría a Arn que Balduino estuviese al tanto de ella y le hubiera informado antes que el propio Einar. En segundo lugar, lo último que querría Arn sería que todo el asunto llegara a oídos de Tancredo de Cernes Mortes, un superior suyo que probablemente no le guardaba simpatía y ahora se la tendría menos, o de Thorstein Eyjolvson, el Gran Maestre de los advenedizos, quien podría usar la evasión en desprestigio de la Orden de la Doble Rosa. Arn corría el riesgo de caer en desgracia, máxime teniendo en cuenta que para defender la Orden que lideraba y a sí mismo de cualquier ataque de Eyjolvson, Tancredo de Cernes Mortes hallaría en él un excelente chivo expiatorio. Por último, era un duro  golpe hacer tanto hincapié en el orden que reinaba en Vindsborg. Para Balduino era una buena forma de decirle que él sí sabía mantener disciplinados y sumisos a los presidiarios puestos bajo su mando, mientras que en Kvissensborg no era posible hacerlo ni aun contando con tantos guardias.

 

      Pero a la vez que subrayaba lo incómodo de la situación de Arn, Balduino se presentaba a sí mismo como posible aliado de éste y como si ya estuviera trabajando para cimentar dicha alianza. Había que ver si Arn la aceptaría; parecía muy probable que sí. En primer lugar, porque en su situación necesitaba aliados y no parecía tener muchos; en segundo lugar, porque casi seguramente era vanidoso, y el final de la carta tendía a la adulación.

 

      Seguidamente, Balduino escribió otro mensaje, destinado éste al Gran Maestre del Viento Negro, Thorstein Eyjolvson. He aquí su contenido: 

 

      Mucho deploro tener que informaros acerca de una reciente evasión en la prisión de Kvissensborg debido a la fogosa incompetencia del señor Einar Einarson, en quien cometió el señor Arn, Conde de Thorhavok, el error de confiar. He puesto al tanto de la misma al señor Tancredo de Cernes Mortes a fin de que tome medidas para salvaguardar el honor del señor Arn y de la Orden bajo su mando; pero los maliciosos de siempre, ésos que aseguran que los Caballeros del Viento Negro somos vulgares forajidos, sin duda intentarán achacarme a mí la responsabilidad por el suceso, cuando puedo juraros que nada tuve que ver con él.

 

       Debo añadir, sin embargo, que dado que Kvissensborg es para los reclusos lo que el colador para el agua, he decidido valerme de mi autoridad para liberar a dos prisioneros muy peligrosos: Hendryk Jurgenson y Kehlensneiter, cuya lealtad me aseguraré previamente. Se trata de dos de los tres rehenes que quedaron en Kvissensborg para segurarse de que mi actual dotación no se diera a la fuga, lo cual ocurriría sin duda si esos dos escaparan por su cuenta.

 

      Sé que es un paso osado el que me dispongo a dar, pero confío en que la medida cimente la confianza y la fidelidad que me prodigan estos presidiarios que tengo bajo mi mando, ya que lo verán como prueba de camaradería. El riesgo de que todos escapen, no lo niego, existe; pero hay que correrlo. La posibilidad es muy baja y la reduciré al mínimo.

 

      Además, retiro la petición que os hice anteriormente para poner en libertad al tercer rehén, Tarian Morv Muajalk, de probada inocencia en los crímenes de Sundeneschrackt, dado que me ocuparé yo mismo del asunto.

 

      Balduino no estaba muy seguro de la conveniencia de poner en libertad a Kehlensneiter, pero ya habría tiempo de ponderarla más adelante. De verdad lo preocupaba que los rehenes consiguieran fugarse por su cuenta, en especial porque, una vez libre Tarian (o cuando se comprobara que por desgracia su muerte en las mazmorras era un hecho), tal vez nada retuviera a Hendryk y a Kehlensneiter en sus celdas. Pero aquella carta tenía como principal finalidad asegurarse una respuesta por parte de Thorstein Eyjolvson. El terrorífico, imborrable recuerdo dejado por Kehlensneiter en los puertos andrusianos sería buen aliciente para obligar a Eyjolvson a responder oponiéndose a esa medida específica. Y si respondía a la misma, quizás respondiera también a lo demás.

 

       Lo que ignoraba era la corrección de una grafía en particular. ¿Tarian Morv qué?... Pero posiblemente nadie en todo el Reino supiera escribir correctamente aquel nombre que no obedecía a la regla de ningún idioma conocido por Balduino.

 

      Iba ya a escribir el pelirrojo una tercera carta, ésta a nombre de Tancredo de Cernes Mortes y en términos similares a los usados para dirigirse a Arn cuando, coincidentemente, se presentó Thorvald para anunciar la llegada de un mensajero. Balduino salió a atenderlo, y unos cuantos de sus hombres se arracimaron alrededor de él.

 

      -Es del Gran Maestre del Viento Negro, el señor Thorstein Eyjolvson-murmuró, tras desplegar el pergamino y leerlo velozmente-. Es curioso. Alude a un mensaje anterior suyo, pero yo no recibí ninguno.

 

       -Entre los grifos y los Landskveisunger, señor, los caminos se han vuelto peligrosísimos-explicó el mensajero, un joven alto, de anchas espaldas y buena presencia-. Unos cuantos correos están muertos o desaparecidos.

 

      -¡Hmmmm!...-gruñó Balduino. Era de desear que ni uno solo de los mensajes que estaba escribiendo dejara de llegar a su respectivo destinatario, o la cosa podría complicarse mucho.

 

       -¿Dice algo importante?-preguntó Anders.

 

       -No-contestó-. Asegura no poder hacer nada por Tarian, por ahora; aunque no olvida el asunto...

  

       El rostro de Ulvgang adquirió un tinte sombrío.

 

       -Entonces...-comenzó.

 

      -Entonces tendremos que arreglarnos solos. No te preocupes, que estoy en ello-cortó Balduino-. Ah, y por intermedio del señor Eyjolvson el Duque Olav, señor de Norcrest, me ofrece un puesto de mando en Drakenstadt.

  

      -¿En serio?-preguntó Anders, entre el asombro y la excitación.

 

      -Sí-contestó Balduino, mientras inadvertidamente se dejaba arrebatar el pergamino por Ursula-. Parece que cierta idea que sugerí para rescatar a los hombres de las fortalezas sitiadas por los Wurms tuvo éxito, y quieren agradecérmelo de alguna manera.

 

       -Y es cierto nomás. Increíble-confirmó Ursula, tras una lectura del mensaje. Seguía sin entender del todo los méritos militares de alguien que, como Balduino, era desde su punto de vista un enano.

 

       -Aceptarás, ¿no? Es una oferta importante-dijo Honney, haciendo el papel de serpiente tentadora, aunque la serpiente en cuestión tenía los colmillos cargados de veneno y listos para atacar en caso de que la respuesta no fuera de su gusto.

 

       -No-contestó Balduino-. En otro tiempo me hubiera parecido una gran oferta, sí; pero la verdad, entre ser en Drakenstadt uno más entre muchos que mandan y obligado a mi ve a obedecer órdenes que tal vez no me convenzan del todo, y la libertad absoluta que tengo aquí para disponer de todo, alijo esto último. Ya me acostumbre a Freyrstrande y a su gente. Además, si me marchase dejaría pendientes demasiadas cosas, entre ellas la liberación de Tarian, y no sé si quien me sustituyese les concedería la debida importancia. Incluso sería probable que quien viniera después tuviese ideas muy distintas de las mías, y pretendiese empezar de cero en vez de aprovechar lo que ya dejo hecho. No, yo me quedo aquí.

 

      Se le ocurrió que en caso de que Tarian de verdad estuviese muerto le convendría, por las dudas, poner buena distancia entre los Kveisunger y él, y tal pensamiento, por un instante, le hizo considerar la idea de aceptar el cargo ofrecido; pero de inmediato le repugnó su propia cobardía.

 

       -Sin embargo, Anders, no hay razón para que no vayas tú, si quieres-aclaró Balduino.

 

      -En parte me dan ganas de ir-admitió Anders-. Tal vez sea la única oportunidad que tendré de conocer la gloriosa y legendaria Drakenstadt... Pero ahora que estoy conforme contigo, no me gusta la idea de tener que pasar al servicio de otro Caballero-sonrió-. Parece que no tendrás más remedio que seguir soportándome...

 

      -Drakenstadt está llena de valientes. No os necesita-intervino agresivamente el mensajero, con expresión desafiante. Por lo visto había nacido en Drakenstadt y lo enorgullecía ser de allí; y ofendía a tal orgullo que Balduino desdeñase el honor que le había ofrecido el Duque.

 

      Balduino no escuchó el comentario porque estaba reflexionando; pero sí lo oyeron varios de los presentes, y quedaron indignados ante tamaña arrogancia.

 

      -Tengo un mensaje que enviarás a Helmberg, al conde Arn de Thorhavok-dijo el pelirrojo-. Iré a firmarlo y lacrarlo; espera aquí.

 

      En cuanto Balduino se retiró, los Kveisunger rodearon al mensajero, quien permanecía de pie, junto a su caballo.

 

       -Te recuerdo-le dijo Honney, apuntando al joven con su índice.

 

      El mensajero se volvió hacia él, y se sobresaltó ante aquel bigote erizado y aquellos fulgurantes y malignos ojos verdes traspasándolo como filosos puñales.

 

      -¿Cómo decís, señor?-preguntó.

 

      -Te recuerdo perfectamente-dijo Honney-. Huíste de mí llamando a tu mamá. Fue hace doce o trece años, tal vez lo recuerdes...

 

       Mentía con gran descaro, pero el muchacho no podía haber tenido más de siete años en el momento del ataque de Sundeneschrackt a Drakenstadt; y todos los niños de esa edad para abajo, en aquella ocasión, no habían hecho más que huir de aquí para allá, llamando a sus padres... Esos mismos padres que antes los amenazaban con que, si no se portaban bien, vendría a buscarlos Sundeneschrackt para llevárselos.

 

       El mensajero cayó en el engaño, y empalideció. No recordaba aquella cara, ni necesitaba recordarla para sentir miedo. Un viejo fantasma que creía haber dejado atrás volvía en busca de venganza.

 

      -Sí, muchachito, sí...-intervino Ulvgang, con suavidad, pero insinuando una sonrisa pesadillesca y diabólica-. Tuvimos el placer y el honor de conocer a tu amada Drakenstadt, armas en mano, hace unos años-la sonrisa se hizo más pronunciada, más escalofriante; los saltones y ahora malévolos ojos verdiazules no se despegaban de las pupilas del mensajero-. Eras entonces muy pequeño para presentarme debidamente ante ti. Permíteme que lo haga ahora-tendió la mano al joven, que trataba en vano de recobrar la compostura-: Sundeneschrackt, si es que te suena ese apodo... Para servirte-y estrechó la temblorosa diestra del mensajero.

 

      -Pero Honney, mira que eres desalmado-dijo Andrusier, sonriendo burlonamente-. ¿Ibas a liquidar a un pobre y despreciable sabandija de menos de diez años?

 

      -¡No iba a hacerlo y no lo hice, como puedes ver, pero él pensó que sí!-contestó Honney-. ¡Y se ve que lo decepcionó mucho que no me ocupara debidamente de él, ya que acude a mí para que termine el trabajo, como puedes ver!...

 

       -Me parece, bigotón, que podrías por lo menos darle la oportunidad de defenderse...-intervino pérfidamente Ursula.

 

      -Si él quiere...-contestó Honney, encogiéndose de hombros con aire indiferente-. Mucho tiempo no me haría perder. Si no se defiende, finiquitaría este asunto en un segundo; si se defiende, más o menos en segundo y medio.

 

      -No seas aguafiestas. Tienes que hacerlo durar-recomendó Gröhelle-. Para que no sea tan aburrida la cosa.

 

        -O tal vez él preferiría ser atendido por Kehlensneiter-insinuó Hundi.

 

      Con estos y otros comentarios matizaban de negro los Kveisunger (y Ursula, cada día más compinche de ellos) la espera del desdichado correo de postas de turno, que para éste parecía prolongarse hasta lo insoportable. No había duda acerca de la valentía del joven, dado que se la exigía su mismo oficio. Todavía más, en cierto momento hizo acopio de ella, se llevó la mano a la empuñadura de la daga que llevaba al cinto y se enderezó para afrontar lo que fuera, aunque el terror lo hacía traspirar a mares. Pero aquella resolución no impresionó a los Kveisunger (ni a Ursula). Hacía pensar en un niño que se yergue y reprocha su maldad a los lobos que lo han rodeado para devorarlo. Y aunque Balduino y Anders ya estuvieran habituados a ellos, bien temibles eran las fauces de estos lobos...

 

      Karl estuvo a punto de intervenir, pero se lo impidió Thorvald, pues también a él le había molestado la altanería con que el mensajero se había dirigido a Balduino, y creía que no le vendría mal un escarmiento.

 

       Cuando regresó el pelirrojo, no entendió bién qué estaba ocurriendo, pero la palidez y los estremecimientos del mensajero y las siniestras carcajadas de los Kveisunger le informaron vagamente de la situación, aunque no el origen de la misma.

 

      -¡Al trabajo todo el mundo!-exclamó con firmeza.

 

       Ulvgang miró con sorna al mensajero.

 

      -Di en Drakenstadt que sus guerreros y esas cosas que construyeron sobre las roquitas a la entrada del Hrodsfjorde, continúan siendo inútiles contra Sundeneschrackt-el mensajero se apresuró a asentir con la cabeza-. Di que sólo el señor Cabellos de Fuego salva a la ciudad de que reclute fuerzas más numerosas que la primera vez y construya una flota mucho más poderosa que la anterior, y arrase a La Inconquistable pasando por encima de los mismos Wurms.

 

      -¡Basta!-exclamó Balduino.

 

      Ahí Ulvgang se apartó por fin y se fue a trabajar; pero los perros de Hundi andaban por ahí, y él les silbó para atraerlos, voceando el nombre de Gudjon como si alguno de ellos se llamara así. Como eran tontos, los seis acudieron como uno solo, y Ulvgang acarició al más feo y pulguiento, llamándolo Gudjon una y otra vez. Y ante aquella escena, el mensajero se atragantó de furor, y su rostro pasó del blanco al rojo.

 

      Balduino le entregó el mensaje para Arn y echó la anécdota al olvido. Ni se imaginaba el revuelo que días más tarde habría en Drakenstadt, cuando por boca de aquel mensajero cundiera la noticia de que Sundeneschrackt y los restos de su banda de malhechores estaban en libertad, que habían hablado de la ciudad en términos jactanciosos y desafiantes y que, para colmo, habían bautizado como Gudjon a un chucho pulguiento, en abierta  mofa al glorioso y difunto primogénito del Duque Olav. 

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Published by EKELEDUDU
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