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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 00:53

            A la mañana siguiente, y bajo la influencia de su consejero, Arn todavía recelaba de Balduino, puesto que no le dio permiso para hacer personalmente ciertas indagaciones. No se lo negó expresamente, pero con sospechosa amabilidad insistió en enviar a sus ujieres y secretarios a hacer las averiguaciones necesarias. Así no tendrás que molestarte tú, dijo a Balduino; pero éste ádvirtió que previamente el consejero había cuchicheado algo al oído de Arn. No le importó.    


       -Necesito datos acerca de una persona. Un cierto Thorstein Sigurdson-explicó.      Arn escuchó  os detalles, asintió y despachó a varias personas a reunir la información solicitada, lo que exigiría revisar archivos y hablar con ciertas personas, algunas de ellas de cierto rango. Probablemente su temor radicara en la posibilidad de que Balduino hiciese algo más que reunir la información que decía necesitar: quizás tantease a las personas entrevistadas en busca de aliados para una posible conspiración.


     Por lo demás, con Balduino se mostraba un anfitrión impecable, muy considerado. Tuvo que darse cuenta de que Hansi no era un mero sirviente, puesto que Balduino lo llevó consigo a la mesa para el desayuno. El día anterior, el niño se había salteado la cena, puesto que sólo quería reponerse de la cabalgata.


      No obstante, Arn no hizo comentarios y se limitó a ordenar que trajeran comida también Hansi.


       -Cuéntame de ti-dijo a Balduino, luego de impartir las órdenes necesarias para reunir la información que se le solicitaba.


       Era la primera vez que tuteaba a Balduino, quien se sentía cada vez más incómodo. Su presencia en aquel palacio se justificaba por aquella vieja política de Divide et impera de la que no tenía más remedio que valerse si pretendía liberar prontamente a Tarian. Presentándose ante Arn como fiel defensor de los intereses de éste y acusando a Einar y a su camarilla de negligencia e ineptitud, esperaba conseguir que se pusiera a Kvissensborg en sus manos de manera oficial. A obtener eso y a ninguna otra cosa había venido, y la creciente confianza que le dispensaba Arn a pesar de que su consejero, sabiamente, tiraba en sentido contrario, lo hacía sentirse un canalla por engatusar en cierto modo a su cortés anfitrión. Intentaba consolarse pensando que éste era sin duda responsable de villanías mayores, pero las faltas ajenas no constituyen consuelo eficaz para quienes son celosos guardianes de sus propias conciencias.


       Más aún, cuando Arn olvidaba su estúpido orgullo de casta, podía ser una persona muy agradable. El problema venía cuando su elevada cuna se le subía a la cabeza y le nublaba el entendimiento; ahí afloraba su flanco nefasto, el del Arn que ponía a todos sus vasallos en pos de una mujer que lo rechazaba y que, igual que una serpiente en su nido, se enroscaba en torno a sus feudos y su linaje para defenderlos de enemigos imaginarios.


      A su favor había que admitir que este Arn parecía avergonzado del trato que aquel otro Conde Arn, su padre, había cerrado con Sundeneschrackt y los sobrevivientes de las huestes piráticas de éste, ya once años atrás. No mencionó el hecho pero, como al pasar, dijo algo de que en todo árbol genealógico había raíces y ramas podridas a las que sólo la fuerza de la sangre evitaba ser pasadas por el hacha, pero que traían vergüenza a sus descendientes.


       Hacia el mediodía empezaron a regresar algunas de las personas enviadas a recabar los informes que Balduino necesitaba. Antes de llegar a manos de éste, dichos informes pasaban primero por las manos de Arn y de su consejero, evidentemente para cerciorarse de la fidelidad de algunos datos aportados por el pelirrojo respecto a la naturaleza y los motivos de aquella extraña búsqueda. Arn meneó la cabeza, persuadido sin duda de la inutilidad de la misma; pero fue entregando uno a uno los informes a Balduino. Los resultados eran dispares, hasta que Arn advirtió que el pelirrojo parecía quedar satisfecho.


      -Os doy las gracias, señor. Sin vuestra ayuda, quizás habría tardado mucho en dar con este dato-dijo Balduino.


      Arn asintió en silencio y luego de un rato ordenó al consejero retirarse, indicio de que luego de revisar los informes en busca de algo que apuntase a Balduino en dirección sospechosa y no encontrarlo, su confianza en él era absoluta. Esto se confirmó después del almuerzo, cuando lo llevó aparte para discutir con él algunos detalles de cierto documento, precisamente el que Balduino había venido a buscar a Helmberg, y que iba dictando frase por frase a un secretario.


      -El señor Einar tal vez se haya mostrado descuidado-comentó en voz alta-; pero... No sé... Fue buen servidor de mi padre y luego también mío... 


      ¿O tal vez quieras tenerlo contento para que no ventile más detalles ignominiosos acerca del escandaloso trato que ayudó a cerrar entre Sundeneschrackt y tu ilustre padre?, pensó Balduino.


      -No hace falta removerlo o sustituírlo, ni despojarlo de sus títulos. Bastará con privarlo durante un tiempo del mando sobre sus hombres, excepto de un pequeño séquito que podrá conservar para custodia personal. Por otra parte, será una medida provisoria, hasta haber tomado las precauciones para que la fuga no se repita-contestó, reflexionando que, después de todo, si aquel bufón que era Einar se sentía feliz con sus tontos y casi grotescos títulos, no era menester privarlo de ellos. Con que ya no pudiera hacer daño sería suficiente.


      Como ése, debatieron otros dos o tres puntos del texto hasta que el documento  quedó al fin redactado, firmado y sellado por Arn, quien lo entregó a Balduino.


       -Mañana podrás regresar a Kvissensborg-dijo Arn, cuando ambos quedaron a solas-; sin embargo, me halagarías aceptando mi hospitalidad unos días más.


      -Sería para mí un honor-contestó Balduino, sonriendo amable aunque insinceramente-, pero tengo deberes a los que no puedo faltar.


       Arn asintió.


       -Ya había notado la importancia que das al deber-comentó-. Así era yo a los dieciséis o diecisiete años.


        Y el hermoso y normalmente insulso rostro se tiñó de cierta nostalgia.


     Aquel sujeto era indirectamente responsable de la golpiza que en Kvissensborg recibiera Balduino; y aun así, éste no pudo evitar tenerle lástima en ese momento. En Arn confluían lo mismo cualidades valiosas que despreciables, y las primeras parecían sepultadas por las otras. No obstante, allí estaban.


      Balduino decidió jugarse por esas cualidades olvidadas.


      -Arn, el joven que dices sigue vivo en algún lugar de tu corazón, estoy seguro-dijo, devolviendo el tuteo por primera vez-. Déjalo salir más a menudo. Estoy seguro de que es un muchacho espléndido, admirado y amado.


       -Bah. Cuando tengas mi edad, sabrás que el populacho no merece que uno se sacrifique por ellos.


      Aun sin haber mirado mucho a los habitantes de Helmberg, y por lo que había visto en otras ciudades, Balduino pensaba que probablemente Arn tuviera algo de razón. No supo precisar en ese momento cuál era la diferencia; y sin embargo, le constaba que hasta la gente más humilde de la ciudad era muy distinta de Kurt Ingmarson, Thomen el Chiflado e incluso de Oivind Oivindson.


      -Quizás-admitió-, pero tal vez tú sí merezcas ocuparte de ellos. El destino te bendijo con la dignidad de Caballero, la más noble a la que pueda aspirar un mortal. Honra tu condición, Arn. El tiempo no respeta la juventud ni la belleza física de nadie, las riquezas van y vienen y puede que alguna vez a nadie le importe un bledo tu sangre noble o tu linaje. El bien que hagamos en el mundo, no obstante, prevalecerá de un modo u otro.


      -Un soñador, eso es lo que eres... Un idealista. Demasiado idealista, diría yo-replicó Arn, en tono irónico no exento de cierto matiz amargo.


      -O a lo mejor es que tú no lo eres ni un poquito-dijo Balduino-. El hombre que me entrenó para ser Caballero, sabes, concedía enorme importancia a la formación moral de quienes estaban a su cargo. El me contó que, en latín, la palabra virtus, virtud, está relacionada con viris, hombre. Conforme a esto, la virtud es inherente al varón, y en tanto menos virtudes posea un hombre, más dudas cabrán acerca de su virilidad. Siendo esto así, y si todos los demás renuncian a sus virtudes haciéndose de alguna manera eunucos, ¿hemos  de hacer lo mismo? ¿Nada menos que nosotros, que somos Caballeros y, supuestamente, más hombres que la mayoría? ¿Que cuando fuimos armados contrajimos el compromiso de ser, no sólo más valientes, sino mucho más virtuosos que los demás? ¿Qué hay de aquello de cumplir con la palabra dada, de respetar y proteger al débil, de ser en todo tiempo y lugar paladines enfrentándonos a la injusticia y el Mal?


      Arn, se sabe, no era un dechado de virtudes ni mucho menos. Licencioso, abusivo, soberbio y frívolo, distaba mucho, no obstante, de ser un monstruo; y quienes no son monstruos, por cerca que estén de serlo, alguna vez han anhelado alcanzar precisamente el polo opuesto.


      Sin poder contenerse, Balduino le había hablado en un tono áspero y duro, muy poco en consonancia con el respeto exhibido hasta entonces. Ahora Arn creía estar seguro de que le ocultaba algo, aunque no imaginaba qué; pero instintivamente comprendió también que el pelirrojo no era su enemigo. Y en este momento, le era absolutamente franco.


      Hacía rato que Arn no oía una voz de verdad sincera en su entorno. Quizás porque normalmente él prefería la adulación, y esto era sabido. Lo que quizás se ignorara era que, aun prefiriendo la adulación, no la amaba. Había paladeado la lisonja artificial y calculada, tal como Balduino le dijera a Anders, igual que los pobres se alimentan de sopa de alforfón sólo por no tener otra cosa que comer.


      Ahora, en las palabras de Balduino, Arn degustaba un alimento distinto y tentador, pero a la vez condimentado en exceso. Podía dejarle la boca en llamas... Y sin embargo, esas palabras no eran agresivas. Balduino no reprochaba a Arn actos concretos, no lo insultaba ni ofendía. Pero habiendo hallado en él un costado querible, luchaba por hacerlo prevalecer. Por fastidioso que fuera para Arn, al menos ahora sabía que Balduino quería mantenerse de su lado, aunque entre ambos existieran discrepancias respecto al camino a seguir.


       -Me hablaste de muchas cosas, pero no de que hayas participado en torneos. Supongo que tu Orden no los organizaba, lo que se entiende dado el libelo de proscripción que pesaba sobre ella-dijo-. Tienes que participar de alguno cuando puedas. En el momento en que triunfes en uno por primera vez, sentirás que alcanzaste la gloria y, lo que es mejor, el pueblo te hará sentir que la has conquistado. Ahí sabrás que es eso lo que ellos quieren en realidad: abuchearte cuando los gobiernes y amarte y vitorearte cuando venzas en un torneo. En efecto, no importarán tus esfuerzos: en tanto no tengas, igual que Nuestro Señor Jesucristo, el poder de resucitar muertos, sanar leprosos y multiplicar panes, jamás serás amado como gobernante o como brazo armado del poder. Te culparán de hambre y de impunidad criminal, de epidemias y granizadas violentas, de plagas y sequías, de todo. Sacrificarse por gente así es una tontería, por más Caballero que se sea. La gente de bajo nacimiento normalmente estará siempre dispuesta a odiarte, tal vez por envidia; de modo que tanto da proporcionarles motivos de odio que no hacerlo. Pero en los torneos todos te aclamarán como uno solo, ¿y sabes por qué?: porque los harás soñar. A través de ti olvidarán sus estúpidas e insignificantes vidas, cerrarán los ojos e imaginarán que han sido ellos quienes, enfundados en su armadura, derribaron al adversario. Por eso en ese momento te amarán y vivarán tu nombre... Vencer en un torneo es una experiencia única: no debes perdértela.


       -¿Una experiencia única, dices? Como beberse un buen vino saturado de arsénico, ¿no?-ironizó Balduino-. Ninguna de las dos cosas me atrae mucho que digamos. Vences en un torneo y todos te aclaman, dices. Ese joven idealista que, según tú, fuiste alguna vez, ¿te aclama también? Porque temo que su opinión es la única que de verdad importa. Si la gente de baja cuna es tan ruin y estúpida como la describes, me cago en sus vítores. ¿De veras necesitas de la aprobación de un coro de rebuznos? La aquiescencia de mil, diez mil, cien mil asnos, ¿te es más valiosa que la del joven valiente e idealista que fuiste en otro tiempo? Apenas puedo creer que tengas tan distorsionada tu escala de prioridades. No es lo mismo un simulacro de heroísmo que le verdadero heroísmo, no es lo mismo una apariencia de hombría que auténtica virilidad, y definitivamente ninguna de esas estúpidas y largas lanzas con las que los contendientes de los torneos anhelan, tal vez, compensar ciertas mezquindades de la Naturaleza en sus respectivas entrepiernas, suplirá jamás en gloria y esplendor al arma que se yergue en defensa de una causa noble. Alguien me dijo una vez que cuando la maldad y la depravación se abaten sobre el mundo con la potencia de una fuerza invasora, incluso los Caballeros somos inermes ante ella y debemos hacernos igualmente malos y depravados a fin de no ser arrollados por ella. Excusas, y nada más. Toda fuerza invasora puede ser vencida o al menos contenida temporalmente; sólo es cuestión de elegir el momento y el lugar apropiados para el combate. Un solo hombre apostado en un pasaje estrecho, como un desfiladero o un puente, puede causar grandes estragos en las huestes enemigas, si lucha bien... Pero para eso se necesitan pelotas muy bien puestas, y la mayoría de los hombres son en el fondo pésimos guardianes hasta de los pasajes estrechos del propio cuerpo.


      -Por duro que sea, todo hombre terminaría cayendo, más tarde o más temprano, en el ejemplo  que me das, ¡para qué desperdiciar tanto coraje!-reprobó Arn.


      -Su valor puede inspirar a otros-contestó Balduino-. De todos modos, se vería más gallardo y heroico caído en combate en causas nobles que triunfante en un frívolo torneo.


      -Son distintas proezas. No puedes compararlas-dijo Arn, algo molesto.


      Balduino juzgó prudente abandonar el tema. Arn había participado en muchos torneos, pero tal vez en ningún combate real; de modo que tan poco halagüeñas palabras hacia el deporte predilecto de la nobleza no le hacían gracia. Y a Balduino no le convenía malquistarse con él.


      Era evidente que Arn simplificaba lo que el pelirrojo trataba de decirle a una cuestión de valor y destreza en las armas, y que no comprendía nada de lo que él trataba de explicarle. Al parecer, también por un pasaje estrecho iban las nuevas ideas y nociones desde el exterior hasta el cerebro de Arn, y en dicho pasaje debía tener apostado a un guerrero muy recio cerrándoles firmemente el paso. Por lo tanto, la tontería se encontraba muy a salvo, bien atricherada en sus sesos. ¿Sería su alma igual de inexpugnable?


      -Ten mucho cuidado, Arn-sugirió Balduino, tomando una copa de una bandeja que le presentaba un siervo-. Te traicionaré cuando menos lo imagines.


      Arn abrió unos enormes ojos tan escandalizados como incrédulos; el siervo empalideció ante la afrentosa e inesperada confesión.


      -¡Sí, sí, así es!-confirmó Balduino, muy serio-. Sólo espero que te descuides. Cuando menos lo pienses, tomaré por asalto tu corazón y liberaré a ese joven de dieciséis o diecisiete años que debe seguir vivo en tu interior y al que te obstinas en mantener prisionero.


      Arn permaneció estupefacto unos segundos, antes de soltar la carcajada.


      -Buena me la has hecho-dijo, meneando la cabeza, sonriente aún-. Por un momento creí que hablabas en serio.


      Y no he dicho que hable en broma-pensó Balduino-. Ojalá algún día vuelva ante ti y encuentre un príncipe ante quien inclinarme respetuosamente y de corazón, en vez de un bufón al que adular.   

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Published by EKELEDUDU
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