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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 00:35

CIX

       Tres, tal vez cuatro meses habían transcurrido desde aquella ahora lejana inspección a Kvissensborg;  Balduino no lograba recordarlo bien.

 

        Paseaba por la playa, bajo las últimas luces del crepúsculo, con una intensa amargura royéndole el corazón, y recordando cuántas esperanzas había puesto en aquel inútil intento de hacerse con el mando en Kvissensborg. No lograba entender aún qué había salido mal.

 

        Hacía días que en Vindsborg se vivía un clima de pesadilla. En breve tiempo Ulvgang, persuadido de que Balduino en realidad jamás había hecho el menor esfuerzo por liberar a Tarian, había minado con palabras subversivas las reservas de confianza de los demás. Por primera vez desde su llegada enfrentaba Balduino algo similar a un motín: fuera de Anders, Thorvald, Karl y Ursula, nadie acataba una sola de sus órdenes.

 

      En este momento, Ulvgang y sus hombres debían estar intrigando en el interior de Vindsborg. Cansadamente, Balduino decidió enfrentarlos, para lo que comenzó a subir sin ganas la escalinata de piedra.

 

      Hubo reproche y rencor en todas las miradas que se volvieron hacia él cuando entró en Vindsborg, y un silencio glacial se desplomó entre los presentes. Fue Ulvgang el primero en romperlo:

 

      -Nos vamos. Nunca más volverás a engatusarnos con tus mentiras-dijo.

 

       -Ninguna mentira, pero haced lo que queráis. Tal vez era inevitable que esto terminara así-repuso Balduino, demasiado triste, demasiado derrotado para responder con más energía-. No puedo culparte del todo. La muerte de Tarian seguramente fue para ti un golpe más duro de lo que yo mismo imagino.

 

       Ulvgang sonrió con burla y desprecio.

 

       -¿Y quién ha dicho que Tarian esté muerto?-preguntó-. La última vez que lo vi, hace apenas unos segundos, estaba bien vivo. Mira, ahí lo tienes.

 

      Balduino siguió con la vista la dirección indicada por Ulvgang y halló, mezclada entre los Kveisunger, una cara que jamás antes había visto: un rostro de ojos azules, sucios y malignos, incrustados en un rostro porcino y de sonrisa ladina y desagradable.

 

       ¿Aquel sujeto bajo y rechoncho, de apariencia tan poco natátil, era el hijo de una sirena?

 

        ¿Este individuo que resumaba vileza y vicio era el inocente Tarian, por quien Balduino se había preocupado tanto, llegando a veces a la angustia?

 

       -Un momento-razonó en voz alta-. Este no es Tarian. Yo lo vi en la mazmorra. Hace mucho tiempo, pero igual sé que éste no es él.

 

        -Pues no sé qué o a quién viste, pero éste es Tarian; de modo que te equivocaste de recluso-respondió Ulvgang.

 

       -¿Y cómo es que está en libertad?

 

      -Hice un trato con Einar y con Arn.

 

      Por un momento Balduino quedó helado, sin poder creer lo que oía. Luego, comprendiendo que ya nada era increíble y mucho menos imposible, preguntó:

 

      -¿Con esos dos que ya te traicionaron antes?

 

      -Bueno, admito que he tenido aliados mejores-respondió Ulvgang, sonriendo con sarcasmo, y se oyeron varias risitas malvadas y espeluznantes-. Pero así es la vida después de todo, pecoso: los amigos de ayer son los enemigos de hoy, mucho mejores amigos mañana y tal vez de nuevo enemigos mortales pasado mañana. Por lo demás, bueno estás tú para hablar de traiciones... Nada menos que tú, en quien confiamos y que nos engañó más que nadie... Así es como ahora te quedas solo. Pero hemos querido dejarte algún obsequio para que no nos olvides y para demostrarte que, a pesar de todo, nos separamos de ti sin rencores.

 

      Chasqueó los dedos y, ante esta señal,  otra figura se apartó del grupo, la de un hombre de nariz y orejas cortadas y horrendos ojos violáceos en los que, salvo el odio y la maldad, no se distinguía emoción alguna. Balduino se sobresaltó al reconocer a Kehlensneiter; pero más se sobresaltó al advertir que traía en su mano derecha una bolsa de arpillera que resumaba sangre.

 

      -Por cierto, señor Cabellos de Fuego-rió Ulvgang-: más te valdrá a ti también irte por tu cuenta. Con Einar hemos arreglado las cosas para que parezca que tú ordenaste liberar a nuestros compañeros para unirlos a una banda criminal que estabas organizando. La Orden del Viento Negro, supuestamente por tu culpa, verá mancillada para siempre su reputación, y además se demostrará, con pruebas falsas, que actuabas siguiendo órdenes de su Gran Maestre, Thorstein Eyjolvson. El Viento Negro quedará proscrito nuevamente; tus compañeros en la Orden serán arrestados y, bajo tortura, confesarán varios cargos, conspirar contra el Reino entre ellos, y serán enjuiciados y sentenciados a muerte... Pero algunos escaparán  a esta suerte y continuarán vivos en libertad, y buscarán vengarse de quien trajo tanta desgracia sobre la Orden... O sea, tú.

 

      Ulvgang vaticinaba estas cosas con tanto deleite, compartido por los otros Kveisunger, que Balduino comprendió que jamás se le había tenido el menor aprecio y que, dijeran lo que dijeran, en realidad el traicionado había sido él. Lágrimas de frustración y de rabia estuvieron a punto de aflorar a sus ojos, pero las contuvo valerosamente.

 

      -¿Y qué importa? Para entonces sin duda ya habré muerto-contestó sombríamente-, porque para escapar deberéis véroslas primero conmigo. No podré con todos vosotros, pero es seguro que el mío no será el único cadáver que quedará aquí.

 

      Hubo risotadas y aplausos, y Ulvgang compuso un gesto de fingida admiración, sus saltones ojos verdiazules rezumando ironía.

 

      -Qué bueno que en medio de tanta desgracia no pierdas la cabeza-observó.

 

      En ese momento sintió Balduino que algo caía a sus pies. Bajó la vista y vio algo que rodaba torpemente, y el pelirrojo se horrorizó al ver que se trataba de una cabeza cercenada, la de Ursula, a la que ahora se unía la de Thorvald. Se volvió para enfrentar los espeluznantes ojos violáceos de Kehlensneiter, quien una y otra vez introducía su mano izquierda en la bolsa ensangrentada y la sacaba arrastrando por la cabellera una nueva cabeza cortada de ojos desencajados para siempre. Pronto las cabezas de Kurt, Gudrun, Karl y Anders rodaban por el suelo junto con las otras dos.

 

       Ultima de todas cayó a los pies de Balduino la cabeza de Hansi, y entonces él ya no resistió más, y cayó de rodillas, deshecho en llanto. Tomó la cabecita del niño y la apretó contra su pecho, gimiendo entre las lágrimas.

 

      -Hansi... Hansi...

 

      -Calma, señor Cabellos de Fuego.

 

      Era la voz de Ulvgang, benévola y amable. Balduino abrió los ojos en la penumbra de Vindsborg, bañado en sudor y temblando aún, sin entender cabalmente qué estaba ocurriendo ni en dónde se hallaba. Miró por azar hacia su izquierda y lanzó un grito ahogado al ver allí la cabeza de Hansi, hasta que constató, separando las cobijas que cubrían el cuerpo del niño, que el cuello seguía intacto y que, de hecho, Hansi no tenía ni un rasguño.

 

      -¿Qué hace Hansi aquí?-preguntó mientras varios durmientes se revolvían molestos allí donde yacían acostados, preguntándose tal vez qué bicho le había picado a Balduino.

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¿no recuerdas que Thorvald le permitió quedarse con nosotros? Su padre estaba que trinaba de rabia porque otra vez Jormungand arruinó la pesca. Friedrik nunca es demasiado paciente con su hijo, pero cuando lo asaltan estos contratiempos lo es menos que nunca.

 

      -Pero eso fue... Eso ocurrió...-...hace muchos meses, pensó Balduino, confuso. ¿O no?

 

      No... Pero apenas podía creerlo, apenas si lograba entender que todo había sido nada más que una pesadilla espantosa y extremadamente realista. Lo que más le costaba aceptar era que desde su inspección a Kvissensborg no hubieran transcurrido ni siquiera veinticuatro horas completas, y que los sucesos de tres o cuatro meses que tan reales parecían fueran falsos recuerdos, simple producto de delirantes extravíos oníricos.

 

      Ulvgang lo miró y, pese a no saber qué había soñado Balduino, comprendió que éste padecía aún un terrible desfasaje entre la falsa realidad de su sueño y la verdadera a la que acababa de despertar.

 

        -Mejor ve a tomar un poco de aire fresco, compañero; te hará bien-sugirió. Balduino asintió en silencio, se incoirporó de inmediato y ya se encaminaba hacia la puerta, cuando Ulvgang lo detuvo aferrándolo por el brazo-. Así no. Abrígate más, que hace frío-le cubrió la espalda con un vellón de oso, y luego le dio una palmadita afectuosa en el hombro-. Ahora sí, señor Cabellos de Fuego.

 

      Aquel gesto paternal acabó de descolocar a Balduino, quien todavía tenía demasiado presente al Ulvgang cruel y burlón de su sueño.

 

      -¿Quién te relevó?-dijo.

 

      -Anders-contestó Ulvgang, disponiéndose a acomodarse para dormir.

 

      Todavía con ojos lagañososo, andar torpe e ideas poco coherentes, Balduino se dirigió hacia la puerta. Hacía frío afuera, como bien dijera Ulvgang, y el aliento formaba nubes vaporosas ante la boca, aunque al menos no soplaba viento.

 

      -¿Y tú qué haces aquí?-preguntó Anders, viendo al pelirrojo llegarse al pie de la escalinata adonde él montaba guardia-. Mejor vuelve a dormir. Si de veras quieres ir a Helmberg mañana, te conviene levantarte fresco.

 

      -No me enviaron aquí castigado-masculló Balduino-masculló Balduino, luchando por despertarse del todo.

 

      Anders lo miró como dudando de la cordura del pelirrojo.

 

      -No entiendo-confesó.

 

      -No me enviaron aquí castigado-repitió Balduino, pensando en el teniente Karstenson, a quien en mal momento se había querido castigar cuando era más útil para la búsqueda y captura de los dos prisioneros fugados-. Estamos en guerra. Hasta el último hombre es imprescindible. Dudo que el Gran Maestre pueda darse el lujo de impartir castigos en estas circunstancias.

 

       -¿Y has bajado sólo para decirme esto?-preguntó Anders. A juzgar por su expresión, a cada instante se persuadía más y más de que Balduino estaba completamente loco.

 

       Todavía aturdido, Balduino negó con la cabeza. No, no había bajado para eso. Pero medio dormido como estaba, por algún absurdo, los primeros engranajes de su cerebro que se ponían en marcha eran algunos que llevaban largo tiempo inutilizados y oxidados; de modo que su primera reflexión, algo descolgada, era ésta, producto de suponer a otra persona en una situación similar a la suya. No era sabio impartir castigos mediando un grave trance todavía solucionable. En Kvissensborg, Hildert Karstenson había estado a punto de ser castigado por su superior, pero Balduino le tenía más confianza a Thorstein Eyjolvson, el Gran Maestre del Viento Negro.

 

      -Me despertó una pesadilla... No importa-gruñó Balduino, sentándose en el primer peldaño-. Sabes, creo que mañana me llevaré a Hansi conmigo. Le gustará, y puede serme útil.

 

       -Ten cuidado, Balduino-dijo Anders, preocupado-. No entiendo qué buscas metiéndote en la boca del lobo. Primero vas a Kvissensborg, ahora a entrevistarte con Arn, quien tal vez te arroje a prisión o te humille de alguna otra manera.

 

      -No correré riesgos, Anders. No si, como sospecho, Arn es sólo un gran fatuo, vanidoso, prepotente e inútil. Ese tipo de hombres disfrutan sintiéndose grandes, tal vez porque son ridículamente pequeños. Gustan  rodearse de adulones y serviles porque junto a ellos se sienten importantes pero, a la vez, los desprecian. Son como esos pobres que se alimentan de sopa de alforfón porque es lo único que tienen, pero desearían degustar un magnífico pastel.

 

       -A veces hablas tan complicado que no te entiendo... Sólo espero que no pretendas convertirte tú también en un rastrero adulón.

 

       -Tanto como eso no, Anders. Tengo mi dignidad, después de todo. Pero ya te lo dije en alguna ocasión: los ardides más traicioneros y las estratagemas más sucias son las que ganan guerras.

 

      -No me gusta cómo hablas. No suenas como un Caballero-comentó Anders, sacudiendo la cabeza, apenado.

 

       -Es verdad, Anders, pero no siempre se puede contemplar el mundo desde lo alto de una montura... Y cuando uno se apea, a veces pisa donde no debe, y se llena la bota de mierda. La perfección no es cosa de este mundo. El señor Ben Jacob siempre hacía hincapié en la importancia de diferenciar lo que era justo de aquello que sólo lo parecía. A veces, aseguraba, uno cree que sus propias metas personales son justas, cuando no lo son. Se cree lo que se quiere creer, y la mayoría de las personas tiende a justificar sus propios actos porque no gusta de ser el malvado de la historia, y disfraza con bellos atavíos hasta los móviles más egoístas. No obstante, si se tiene la certeza de que se defiende una causa noble, es importante hacerla triunfar, a veces empleando métodos poco honrosos, aunque nunca por medios criminales. La honorabilidad se torna vileza cuando deriva en una inacción que permite el sufrimiento de los inocentes y al Mal salir vencedor. Por lo tanto, estoy dispuesto a resignar una parte de mi honorabilidad por el bien de Tarian, no mucha, por otra parte. No hacerlo me convertiría, según mi conciencia, en cómplice pasivo de quienes hacen el mal.  Tarian no resistiría mucho tiempo más en prisión... Pero descuida: seguiré siendo un Caballero. No tendrás por qué avergonzarte de mí.

 

         -Si al menos fueras más claro...

 

         -Ya te contaré a mi regreso. No sería prudente explayarme ahora, no antes de saber que todo ha sucedido según el cálculo previo y que he tenido éxito. Así no deberé tragarme mis palabras si algo saliera mal... Me voy a dormir. Buenas noches, Anders. Espero que ninguna pesadilla me traiga de nuevo aquí.

 

      No las hubo, y Balduino durmió como un bendito el resto de la noche. 

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Published by EKELEDUDU
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