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4 mayo 2010 2 04 /05 /mayo /2010 19:01

CL

      En aquel momento, una parte de Balduino amaba a Gudrun como nunca antes, porque por un momento ella dejaba de lado a sus ovejas, de las que sin embargo dependía su subsistencia, por explicar su comportamiento y evitar que él la malinterpretara. Pero otra mitad de Balduino se hallaba a la defensiva, preguntándose si de verdad Gudrun no habaía estado jugando con él y si no se propondría seguir haciéndolo. Sin embargo, logró mandar de paseo a esta otra parte suya, lo suficiente, al menos, para componer una máscara de afabilidad que animara a la joven a hablar, aunque tras aquella máscara siguiera existiendo una cuota de recelo.

 

      -Habéis dicho que soy dura-comenzó Gudrun, con cierta dificultad-. Bien, ante todo permitidme aclararos que no elegí serlo, pero hay cosas que no pueden evitarse... No sé cómo explicar...

 

       -¿Tratas de decir, tal vez, que tuviste que hacerte dura para sobrevivir? Eso lo imagino. Contra ello nada tengo, al contrario: creo que es precisamentelo que me atrae de ti. Lo que sucede es que me convendría que no lo fueses tanto. Un hombre se siente inútil a tu lado. El impulso sel varón es proteger a la mujer, pero ¿qué protección se te puede ofrecer a ti?...

 

      Balduino iba a decir algo más, pero ella le pidió silencio colocándole una mano delante de los labios.

 

      -No sé si hay mujer tan dura como eso-dijo, mirándolo con sus ojos de color celeste lavado-. Yo no lo soy, y menos desde que murió mi madre, el invierno pasado. Odio el frío, siempre lo he odiado; pero mientras ella vivía me resultaba más llevadero. Cuando volvía a casa, el hogar estaba siempre encendido. Desde que ella murió permanece apagado, porque no soporto hachar leña...

 

      -¿No?-preguntó Balduino, con asombro-. Es raro. Supuse que serías capaz de arreglártelas sola.

 

       -No es por el esfuerzo físico, simplemente odio hachar; prefiero, y eso que es algo que también detesto, morirme de frío. Durante el resto de aquel invierno, una corriente helada entraba por la abertura del hogar. Como además me sentía sola, en cierto momento creí que enloquecería. Fue entonces que recurrí a Erika-Gudrun enrojeció, avergonzada-; pero imagino que ya alguien, o todos, os habrán referido esa parte de la historia...

 

      Balduino asintió, aun preguntándose si lo que le habían contado coincidiría con la versión de Gudrun. Esta, se decía, había ido a visitar a la vieja Erika para que le adivinara el futuro a través de las cartas. La vieja ni su propia fecha de nacimiento, que tal vez se remontara a varios milenios atrás, habría podido adivinar; pero ya fuera para complacer a su ocasional e inesperada clienta o para consolarla de esa soledad que tan mal sobrellevaba, le había "vaticinado" que un apuesto Caballero se enamoraría perdidamente de ella; es decir, la misma tontería edulcorada que cientos de adivinas y zahoríes de todo el Reino repetían a sus clientas más jóvenes... Pero daba la casualidad de que, por ese entonces, corría el persistente rumor de que se enviaría a un Caballero a Freyrstrande, para protegerlos de los grifos y también de los Wurms, caso de que éstos se presentaran por aquellas costas.

 

      -A veces, para seguir adelante, una necesita creer en lo que sea, incluso en el disparate más absurdo-prosiguió Gudrun, así que me tomé en serio la "predicción" de Erika. Para cuando caí en la cuenta de que estaba creyendo en una gansada, el invierno, lo más duro de soportar, ya había quedado atrás. Seguía viva... Y había tomado la costumbre, cuando iba a apacentar a mis ovejas o volvía de hacerlo, de desviarme con la majada hasta la playa, para esperar al Caballero anunciado por Erika. Ya sé que me portaba como una estúpida, pero ser mujer y estar sola puede ser terrible a veces. Una necesita del pecho de un hombre para apoyarse en él y relajarse, un hombro fuerte sobre el que echarse a llorar cuando todo es un desastre. Aquí en la aldea no tenía nada. Kurt y yo siempre nos quisimos, pero como hermanos; no se nos habría ocurrido relacionarnos de otra manera, y además él ya tiene novia. Quedaba sólo el idiota de Thorstein el Joven, que era un zángano y al que me alegro que hayáis enviado a Kvissensborg para enderezarlo, aunque será un milagro que lo logréis. Cuando más desesperada estuve, creo que hasta a él hubiera aceptado; pero también tenía novia, por lo que me indignó que tratase de seducirme sin al menos romper primero con Gerd. Luego fue ella quien lo dejó, pero ya era tarde, yo ya nada hubiera querido saber de él. Y no había nadie más. ¿Qué iba a hacer, irme a otra parte... No habría tenido con qué empezar de nuevo, ni entiendo nada de dinero. Y me daba miedo y vergüenza vender mi cuerpo para subsistir.

 

      'Una tarde, cuando volvía de pastorear a mis ovejas y, según mi costumbre de entonces, me había desviado con ellas hacia la playa, llegasteis vos. En ese momento fui capaz de ver sólo el color de vuestros cabellos, idéntico al resplandor rojizo de la lumbre del hogar. Amé de inmediato vuestros cabellos y, si bien más tarde me obligué a recobrar la cordura, en ese momento mi insensatez no conoció límites. Me pareció demasiada casualidad que vuestros cabellos tuvieran ese color que yo amaba... Y en ese momento creí ciegamente en la predicción de Erika.

 

      -Gudrun, no te entiendo, ¿por qué eres tan complicada?-preguntó Balduino, quien comprendía cada vez menos-. Me tienes prácticamente a tus pies.

 

      -En otra oportunidad ya hablamos un poco de eso, señor Cabellos de Fuego. Seré más explícita ahora, pero permitidme, ante todo, aclararos que mi familia no es de aquí. Mis padres vinieron de otro lugar, no importa ahora cuál. Mi madre me contó de mujeres de nuestra familia que conocieron a Caballeros que estaban de paso y que no eran nada de lo que la gente imagina de ellos. No eran amables, nobles ni refinados sino, por el contrario, desagradables, viles y toscos. Naturalmente, no recordé nada de ello cuando oí el supuesto vaticinio de Erika, ni tampoco después, al veros por vez primera. Lo recordé luego, tuve miedo y me forcé a poner de vuelta los pies sobre la tierra. Pero antes de que ello sucediera, cometí el error de contarle a Heidi acerca de vos, vuestros cabellos, lo mucho que me recordaban el resplandor del hogar y la profecía de Erika. No fue la mejor idea que pude tener. Al poco tiempo lo sabía todo Freyrstrand, Kurt en primer lugar, y ya habéis visto cómo es él... Y también lo sabía el sabandija de Hansi, esa peste, que, según me dijeron, no tuvo mejor ocurrencia que ventilar todo esto por Vindsborg...

 

      Balduino asintió en silencio.

 

      -Las mujeres de mi familia no fueron afortunadas en el amor, señor Cabellos de Fuego. A una de mis tatarabuelas la estranguló su esposo; mi bisabuela se enamoró de un buen hombre y quedó viuda nueve días después de la boda; a su hermana la violaron siendo muy joven y ya nadie la quiso por esposa; mi abuela creyó que se casaba con un hombre bueno y trabajador, pero éste, ya casado, cambió horriblemente de carácter, tornándose un borracho violento que acabó amatándola a golpes; una prima de ella se fugó con el hombre al que amaba, y éste la abandonó tras robarle sus ahorros. Hay más, pero creo que con esos ejemplos bastan. ¿Pesa una maldición sobre las mujeres de nuestra familia, como se llegó a decir en las últimas generaciones? Yo no sé; pero con semejantes precedentes, creo que entenderéis que intentamos protegernos a nosotras mismas del amor y sus trampas falaces. Yo crecí escuchando cosas horribles acerca de los hombres y el matrimonio, pero ni mi madre podía negar que aquí, en Freyrstrande, hay parejas felices, o tan felices como se puede ser en medio del infortunio; caso de Thom y Thora. Cuando comencé a conoceros bien, se me hizo particularmente difícil seguir creyendo en esas cosas horribles sobre las que tanto hablaba mi madre. Una de esas cosas, cierta o no, es que en su mayoría los hombres no aman más que a sí mismos, y que las virtudes que parecen aflorarles emergen sólo para seducir a la mujer que les gusta, y desaparecen luego de la boda. Traté de convencerme de que también vos erais así, pero por desgracia, y por mucho que os rehuyera, no podía evitar cruzarme con vos y observaros de tanto en tanto, o escuchar lo que de vos se contaba en Freyrstrand; y cuanto veía o escuchaba indicaba que no erais nada de eso, sino todo lo contrario. Erais tal cual os mostrabais: igual de protector con una mujer joven que con Herminia, Hrumwald o incluso grifos o lobos; con los cual, muy a mi pesar, terminé enamorándome de vos muy en serio. Yo quería mantenerlo en secreto, señor Cabellos de Fuego, porque no es mi intención seguir el mismo destino que las otras mujeres de mi familia. En el mejor de los casos, un día os iríais de aquí, y regresaríais a vuestro mundo, adonde yo no podría seguiros, porque sería extraña en él. Lloraré menos vuestra partida guardando distancias físicas y emocionales; pero es difícil tratar de sofocar un sentimiento tan potente. Si no he sabido ocultar el mío, os ruego que me disculpéis. Creedme, jamás fue mi intención decir una cosa con palabras y otra con gestos, como me reprochásteis.

 

       Balduino permaneció silencioso y pensativo unos instantes.

 

      -No sé qué decirte-comentó; y tras otro silencio un poco más prolongado, durante el cual paseó la mirada por su entorno, como si el bosque pudiera proporcionarle respuestas, añadió:-. No quiero forzar a nadie y menos a ti. El solo hecho de que correspondas a mis sentimientos me honra y me emociona, aunque lamento que quedemos sólo en eso. Entiendo tu miedo. De hecho, porque sé lo que es sentir miedo es que no deseo forzarte a nada. No sé si serías extraña en mi mundo. Yo lo era en el tuyo, pero me habitué a él, aunque supongo que unos se adaptan mejor que otros a los cambios. De todos modos, te agradezco tu franqueza. Sólo te daré un consejo: puede que en algún momento conozcas a otro hombre, quizás uno mucho mejor de lo que yo jamás llegaría a serlo. Eres mujer de coraje si tienes que serlo. Hay ocasiones en que vale la pena luchar contra lo que sea. Llegado el momento, arremete contra tu temor con la misma decisión con que manejas la honda contra los depredadores que acechan tu rebaño.

 

      Iba a montar otra vez, con la melancolía agobiándole el alma, cuando nuevamente lo detuvo Gudrun:

 

       -Esperad, señor Cabellos de Fuego, que falta la parte más importante. A alguien tengo que contárselo, ocurra lo que ocurra luego, y si no puedo confiar en vos, no puedo confiar en nadie. Tiene que ver con mi padre. Tal vez hayáis oído algo al respecto.

 

      -Me contaron que era muy cruel con tu madre-contestó Balduino, mirándola de nuevo-, Un motivo más, supongo, para que temas relacionarte con hombres. Pero ahora tu madre está más allá de cualquier sufrimiento, y a tu padre no se lo volvió a ver luego de aquella fuerte nevada durante la que se fue de tu hogar. Lo dieron por muerto. Si volviera, yo no permitiría que te hiciera daño; de modo que si es éso lo que te preocupa, estáte tranquila.

 

         Gudrun pareció dudar mucho acerca de la conveniencia de seguir hablando, pero finalmente se decidió:

 

      -Era mucho peor que la bestia más salvaje que pueda caminar sobre la tierra, señor Cabellos de Fuego-dijo, muy nerviosa-. Se iba del hogar durante largas temporadas, pero eso era lo mejor que podía ocurrirnos a mi madre y a mí; cuando regresaba, nuestro hogar era un infierno. Gritaba, golpeaba a mi madre, se embriagaba. Si alguien intervenía para defendernos,  luego se desquitaba con nosotras, tratándonos peor que nunca.

 

        -No se atreverá a tal cosa estando yo aquí, Gudrun. Te repito, puedes quedarte tranquila-insistió Balduino, colocándole una mano en el hombro y hablándole con ternura-. No podrá hacerte daño.

 

      Pareció que Gudrun había quedado convencida, cuando en realidad luchaba ferozmente consigo misma. Antes de que Balduino, por tercera vez, se dispusiera a montar, comprendió ella que el momento de hablar era entonces o nunca; que jamás hallaría de nuevo valor para acercarse a él y abordar el horrible secreto que la atormentaba. Entonces, tensa y lívida como nunca, murmuró:

 

       -Sé mejor que vos que mi padre ya no podrá hacerme daño.

 

        Balduino la miró, intrigado por el tono de la frase, a la vez críptico y firme. Y entonces añadió Gudrun, en medio de una creciente atmósfera de espanto:

 

       -Y sé que no podrá hacérmelo, porque no es verdad que se lo vio por última vez cuando abandonaba Freyrstrande en medio de una tormenta de nieve. Maté a mi padre, señor Cabellos de Fuego. Lo asesiné a hachazos para evitar que matara a golpes a mi madre. 

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Published by EKELEDUDU
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