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4 mayo 2010 2 04 /05 /mayo /2010 20:23

CLI

      Durante lo que pareció una eternidad, Balduino permaneció mudo de horror ante la macabra revelación, la espeluznante tragedia que tan inimaginable parecía en una aldehuela minúscula, provinciana y usualmente calma como Freyrstrand. Se sentía como si se hubiera descorrido un bello cortinado tras el cual se ocultase un cadáver corrupto y lleno de repugnantes gusanos.

 

      -Pero, ¿y todos los que vieron irse a tu padre en plena tormenta de nieve?-preguntó, azorado; porque varios aseguraban haber sido testigos presenciales de aquella partida.

 

      -Mienten-replicó Gudrun-. Sucede a veces que alguien dice un embuste y otros lo repiten para no ser menos.

      -¿Y alguien más sabe de esto?

 

       -Estoy casi segura de que Kurt. Sólo casi. Y a veces me parece que todos los demás sospechan, también-contestó Gudrun; y empezó a temblar como una hoja, al tiempo que se ocultaba el rostro entre las manos.

 

      Balduino volvió junto a ella y la abrazó, todavía helado por la confesión de Gudrun, pero sin pensar ni por un instante en dejar de apoyarla. Recordó con amarga ironía cuánto había deseado por momentos que ella necesitase de su protección para poder lucirse como héroe ante ella... He aquí que ahora la tenía bastante desvalida, pero no en la forma en que él había imaginado. Habría dado todo en ese momento para no verla así.

 

      -Calma, Gudrun, querida-dijo-. Sé lo que es cuando tus padres y hermanos te parecen extraños... Y tu padre ni siquiera era para ti un extraño, como el mío lo fue para mí. El tuyo era un enemigo, no un extraño. E hiciste con él lo que a veces estamos obligados a hacer con nuestros enemigos... Dices que crees que Kurt algo sabe de todo este asunto. ¿Qué te hace pensar eso? 

 

       Algo más tranquilizada por el apoyo que le ofrecía Balduino, Gudrun respondió:

 

      -Ya sabéis lo entrometido que es él, que anda por todos lados sin pedir permiso, mirando todo. Una vez se le dio por husmear en mi pozo, que yo había clausurado con tablones, y yo me puse como loca...

 

      -¿En el pozo? ¿Ahí arrojaste el cadáver?

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego: en pedazos, pues luego del primer hachazo ya no me pude contener. Nunca odié a nadie como lo odié a él, y espero nunca más volver a odiar tanto. Kurt no me lo dijo, pero estoy segura de que se dio cuenta...

 

      -Pero no dijo nada.

 

      -Sólo porque es un buen hombre.

 

       -Estamos de acuerdo en eso. Entendió que no tuviste opción, que también tú querías sólo sobrevivir. ¿Y nunca se te ocurrió comentar abiertamente este asunto con él?

 

      -No, señor Cabellos de Fuego, ni con él ni con nadie. Creo que Thorvald y Karl también imaginan qué ocurrió realmente. Vinieron a verme poco después de aquello, para ofrecernos protección si regresaba mi padre. Se horrorizaron al ver cómo había dejado a mi madre, quien después de varios días tenía aún el rostro hinchado y lleno de moretones; pero no fue lo único que vieron. El hacha había dejado marcas sanguinolientas en la pared y en el piso, y ellos las notaron; pero aunque las miraron mucho, no hicieron preguntas.

 

      -Entonces, ¿debo entender que soy el primero con quien hablas de esto? ¿Tampoco Fray Bartolomeo lo sabe?

 

      -No, señor Cabellos de Fuego, sois la primera persona con quien me animo a hablar de esto. Hubiera querido revelarlo en confesión, pero no tuve coraje. Por eso es que ya ni me acerco a comulgar.

 

       Balduino ya había notado ese detalle en la única misa compartida con los aldeanos en Vindsborg. En ese momento había creído que Gudrun, igual que él, tal vez no fuese muy devota, y se había alegrado.

 

      -A Fray Bartolomeo a veces se le escapan secretos de confesión, aunque supongo que, tratándose de algo tan grave, sería más cuidadoso-comentó-. Pero igual entiendo que, por las dudas, prefirieras no decírselo.

 

       -No es por eso que no le dije, señor Cabellos de Fuego. Temo la ira de Dios.

 

        En otras circunstancias, tal vez  Balduino se habría revelado ante la simple mención de Dios. Pero había aprendido que la gente de Freyrstrande era devota hasta lo indecible, y que tratar de cambiar eso era como tratar de juntar todas las estrellas del cielo y guardarlas en un morral. Así que dejó su ateísmo de lado. Era obvio que Gudrun se sentía sucia y condenada por su crimen, y en ese momento, para él, lo único que contaba era lograr que ella dejara de verse de ese modo a sí misma.

 

       -Pero se supone que El todo lo ve, ¿no? Si hay un Dios, ya sabe lo que has hecho, ya sea que lo confieses o no. ¿Y no se supone también que la bondad de Dios supera a la de cualquier hombre? ¿Por qué, entonces, habría de ser menos misericordioso y comprensivo que Kurt, Thorvald o yo? Y si no es misericordioso ni comprensivo, ¿para qué rebajarse ante El como serviles ante un tirano?

 

       -Dios no es un tirano, señor Cabellos de Fuego, no blasfeméis...

 

        -¿Tan segura estás de que sea yo y no tú quien blasfema? ¿No es ofensivo, para alguien infinitamente bondadoso como El,  que se le atribuya una dureza y un afán de castigo más propios del Diablo?

 

       La verdad era que Balduino mismo había visto muchas veces a Dios como un cruel titiritero que tiraba de los hilos de los mortales, sus marionetas, jugueteando con ellos según su capricho. Su ateísmo hacía comenzado como un acto de rebelión contra un Dios en el que creía, pero que le era repugnante. Y sin embargo, como a menudo los hombres invocan el nombre de Dios para justificar sus propias maldadesy faltas, Benjamin Ben Jakob lo había forzado prácticamente a estudiarse las Sagradas Escrituras en busca de argumentos para rebatirlos.

 

      Ahora esos conocimientos podían tener otro uso. Podían servir para brindar paz y consuelo a Gudrun.

 

       -Una de las frases que más se repiten en la Biblia es No temas-dijo; y nada más agregó, pero sintió a Gudrun estremecerse entrre sus brazos, y que le humedecía el hombro con sus lágrimas-. No temas, Gudrun-repitió, aunque a nivel general consideraba prudente descreer de aquel consejo bíblico.

 

       Pero pensó que, después de todo, Gudrun estaba a salvo de aquella falacia que los hombres llamaban justicia. Páramos como Freyrstrande eran tierra de nadie; ni al Rey, ni a su administración, ni a sus vasallos les interesaría descubrir la verdad en torno a la desaparición de Heimrik, ni castigar éste o cualquier otro asesinato perpetrado en tan lejanas, ásperas y solitarias comarcas. No temas... Esa vez, era lícito creer.

 

      Permanecieron un rato más abrazados y en silencio, durante el cual Balduino volvió con su mente a los inicios de aquel último tramo de la conversación. Ahora sabía por qué Gudrun se rehusaba a tomar un hacha, aunque el precio fuera helarse.

 

       Luego, cuando Gudrun dejó de llorar, Balduino montó sobre Svartwulk y, subiéndola a la grupa, la llevó junto al rebaño, al que entre tanto había apacentado Heidi, la novia de Kurt. Allí se separaron con un lacónico cruce de saludos.

 

        Las horas de luz de aquellos meses, si luz podía llamarse a la tenebrosa negrura del firmamento invernal, eran contadas; y ya había anochecido cuando Gudrun volvió a su cabaña arreando a la reducida majada. Encerró a las ovejas en el redil, demorándose un poco en hacer mimos a alguna en especial; después, de mala gana, se dirigió hacia la rústica vivienda. Durante varios meses, desde la muerte de su madre, el regreso al hogar había sido, para ella, el momento más temido y aborrecido del día, máxime cuando hacía más frío: el instante en que, de golpe, caía sobre ella todo el peso de la soledad, asfixiante, deprimente y opresiva. Sin embargo, tal vez por instinto de supervivencia, el regreso a casa  ya no la llenaba tanto de miedo y congoja, pero se había convertido en una especie de fastidio insoportable. El alma de Gudrun encallecía tanto como sus manos; y sus sentidos, que durante el día estaban en constante alerta para vigilar a sus ovejas, parecían apagarse  hacia el crepúsculo junto con el sol, tal vez para haorrarle la percepción de fantasmas del pasado que acechaban desde todos los rincones de su cabaña. Tal vez por eso no advirtió que la leñera estaba llena; tal vez por eso, al entrar en la cabaña, a su cerebro se le dificultó entender qué había de distinto allí. En todos lados reinaba el desorden, pero eso nada tenía de raro: Mamá solía ocuparse del aseo, y desde su muerte Gudrun lo hacía sólo muy de cuando en cuando. No tenía ganas, no tenía tiempo, no tenía fuerzas y no le encontraba sentido a hacerlo.

 

       De pronto pegó un respingo sorprendido y se sintió muy estúpida por no advertir en seguida algo tan obvio; porque su sangre estaba entrando rápidamente en calor, y un resplandor rojizo bañaba el interior de la vivienda.

 

       Por primera vez después de muchos meses, el hogar estaba encendido. 

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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