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7 mayo 2010 5 07 /05 /mayo /2010 16:37

      A su debido turno, Varg despertó al pelirrojo para que éste tomara guardia en el torreón, en tanto Adam hacía lo propio con Gilbert para que éste lo relevara. Balduino, medio adormilado, se abrigó y fue a tomar el puesto, luchando contra la modorra.

 

      En el torreón, Varg había dejado encendido un brasero cuya llama podía el centinela alimentar con excremento de grifo a extraer de un costal que había al lado. Balduino avivó un poco los rescoldos, añadió excremento y las llamas levantaron cabeza. Extendió las manos hacia ellas para calentarse. Lamentaba no haber cenado, porque empezaba a sentir hambre.

 

      A Balduino le gustaban las guardias en el torreón. Por un lado le recordaban otras épocas en que no era Caballero aún, sino sólo un adolescente hambriento de gloria y  a cargo de velar el sueño de otros. Por otro lado, si bien la escalinata estaba iluminada por antorchas cada tantos peldaños, en lo alto del torreón no había ninguna, porque era la idea que ningún eventual enemigo pudiese detectar la presencia del centinela que lo observaba. La escasa luz de aquel puesto de guardia venía de las ascuas del brasero y de la antorcha del tramo de escalera más próximo. Era un ambiente de oscuridad casi total, muy propicio para la meditación. Eso sí, era necesario aclimatarse primero. A nadie le gustaba ser despertado en medio de la noche, ni salir al frío y luego arrastrarse penosamiente quién sabía por cuántos escalones arriba, todo para vigilar un sitio apacible donde lo más vandálico que solía verse era una disputa entre vecinas al estilo de aquélla entre Ulrike y Thora.

 

       Cuando precisamente estaba terminando de aclimatarse, escuchó con asombro pasos furtivos, casi inaudibles, que venían de la escalera. En otro tiempo, algunos de sus hombres, especialmente Snarki, tenían la costumbre de subir haciendo el menor ruido posible, hasta que los regaños de Balduino los habían obligado a variar sus hábitos. Otros, los Kveisunger sobre todo, siempre habían sido especialmente ruidosos al acercarse a un puesto de guardia, pues un avance en silencio podía hacer que uno fuese confundido con un enemigo.

 

      Qué enemigos podía haber allí, era casi imposible de responder; pero Balduino no olvidaba la famosa fuga de prisioneros en Kvissensborg, y que a un fugitivo no lo habían podido encontrar vivo ni muerto. No era lógico pensar que tal individuo se hallara en las cercanías; lo más factible era que hubiese interpuesto muchas leguas entre él y la antigua prisión donde había estado encerrado. Pero si no se trataba de él, ¿quién ascendía la escalinata con esa furtividad tan propia de los que apuñalan a traición? ¿Algún secuaz de Einar, tal vez?

 

      Tomó su cuchillo de mango de ámbarm aunque sentía más curiosidad que verdadera cautela. Al fin y al cabo, Wjoland había llegado a Freyrstrande con apariencias de ladrona y resultado luego inofensiva, salvo por los consabidos puñetazos en la nariz de quienes tuviesen la malhadada idea de besarle cortésmente la mano al saludarla.

 

      Tras una aburrida espera de varios minutos, Balduino empezó a preguntarse si no lo había imaginado todo, puesto que no continuó oyendo pasos. Decidido a quitarse la duda, empezó a descender la escalinata de a poco, adoptando a veces posiciones inverosímiles conforme a la ubicación de las antorchas, intentando que su sombra no lo precediese y traicionase.

 

      No cabía duda, peldaños abajo había alguien. De vez en cuando, el oído atento e instruido de Balduino captaba algún ruido mínimo que le hacía imaginar un cambio de postura por parte del intruso. También escuchaba algo parecido a un rasgar o arañar de piedras. Además, próximo a doblar una curva del torreón, distinguió la sombra del sospechoso visitante proyectándose escalones arriba. Quienquiera que fuese, se había detenido en cierto punto de la escalinata, pero ¿con qué fin?

 

      Muy intrigado, salvó la distancia que lo separaba del misterioso visitante, sin preocuparse ya de que su sombra lo precediese y sin prisa ni temor: quienquiera que estuviese allá abajo, no pensaba atacarlo, o ya lo habría intentado. Aun así, la aparición de Balduino tomó por sorpresa al merodeador. El pelirrojo se halló frente a frente con un joven de larguísimo cabello rubio y ojos oblicuos y verdiazules, ahora muy asustados.

 

       -Tarian, muchacho, ¿qué haces aquí? ¿No puedes dormir?-preguntó Balduino-. Tienes que saber cuándo y dónde puedes ser silencioso y cuándo y dónde serlo menos. Un centinela nervioso ataca primero e indaga después, ¿sabes?

 

       La suave reprimenda no tenía más énfasis que una descripción de lo ingerido en un desayuno, pero Tarian pareció asustarse más de lo que ya estaba. Empezó a temblar pese a sus esfuerzos por dominarse, y su mano soltó un trozo de piedra caliza que aferraba hasta ese momento y que rebotó y se partió al dar contra el suelo. Balduino advirtió que de ese fragmento de piedra caliza se había valido Tarian para hacer unos dibujos en la pared: el roce de la piedra contra la piedra había producido el arañar escuchado momentos antes.

 

      -No tengas miedo, Tarian-dijo Balduino.

 

       Por alguna razón, sus pensamientos divagaron hacia un momento del pasado reciente, cuando él recién llegaba a Freyrstrande y estaba muy deprimido. Recordó a dos aldeanos venidos a examinar la escalinata del torreón para repararla. Uno había venido muy formal y protocolar ante Balduino. El otro no tenía la más mínima noción de etiqueta: un muchacho de rasgos toscos, desbordante de simpatía, que le había apretado la diestra con gran efusividad: ¡Hola, amigo!..

.

      El pelirrojo sonrió como si de nuevo tuviera allí a Kurt estrechándole la mano por primera vez.

 

       -Ven, Tarian, amigo-reclamó con suavidad, estirando su diestra para invitar al joven a confiar en él y acercársele.

 

       Tarian miró aquella mano con recelo, un  comprensible recelo nacido de casi once años de prisión y torturas en las horrendas mazmorras de Kvissensborg. Además, no le gustaban la oscuridad ni las penumbras, algo entendible teniendo en cuenta que durante su prolongado cautiverio no había visto más luz que la muy tenue de las antorchas.

 

      Pero Balduino sonreía con afabilidad, y Tarian recordaba vagamente, como si hubiera sucedido ya hace muchos años, que aquel joven lo había liberado de la prisión; que lo había alzado en brazos sin importarle emporcarse con mierda y orina, y lo había sacado del calabozo. Con tal recuerdo en mente, se agachó y recogió algo que traía envuelto en trapos y había dejado momentáneamente en el escalón más próximo al ponerse a dibujar en la pared. Subió los escalones que lo apartaban de Balduino y ofreció a éste el envoltorio. Este lo tomó y vio unas grandes galletas envueltas entre los trapos.

 

       -Bueno... No sé cómo se te ocurrió traerme esto, pero gracias. La verdad es que tengo hambre-dijo-. Ven, vamos-añadió; y se asombró, al tomar la mano de Tarian para invitarlo a que lo siguiera, de la tibieza de la misma-. ¿Cómo haces para no sentir frío? A veces me pregunto cuántas cosas extrañas podrías contarnos si pudieras hablar.

 

       Tarian se dejó guiar hasta lo alto del torreón, aunque vaciló al sumirse en la casi total oscuridad que tanto fascinaba a Balduino. Para él, las tinieblas eran miedo y sufrimiento. En días no muy lejanos, Fray Bartolomeo le impartiría catequesis y, entre otras cosas, le hablaría del Infierno. Cuando tal cosa sucediera, Tarian imaginaría un lugar de fuego y oscuridad: el ardor insoportable de la piel en carne viva, las tinieblas de la celda donde se lo torturaba una y otra vez. Tarian jamás lograría desprenderse de la sensación de que él ya había pasado por el Infierno.

 

       Balduino se acercó a uno de los ventanucos tapiados con planchas de madera encajadas a presión en los huecos. Descubrió la abertura y miró hacia el océano. Era una noche particularmente tenebrosa; aun así, Balduino creía que la colosal silueta de un Jarlwurm sería visible, si un ser así se acercara a Freyrstrande aquella noche. Pero, ¿por qué habrían de acercarse?, pensó, con una ingenuidad desacostumbrada en él y que, sin embargo, por momentos parecía lógica, al punto de depararle una auténtica y descomunal sorpresa dos años más tarde.

 

       Tarian se acercó también al ventanuco y miró hacia el mar.

 

       -Me pregunto qué maravillas habrás visto allí, en lo profundo-murmuró Balduino-. Monstruos marinos, y hombres y mujeres con cola de pez, y ciudades sumergidas y restos de naufragios.... Tal vez rebaños de ovejas marinas... El Mundo Bajo las Olas-y pronunció estas palabras con auténtica fascinación, subyugado por los misterios de las profundidades oceánicas que lo seducían y a los que no tenía acceso.

 

       Tarian emitió algunos gruñidos guturales y gesticuló mucho, en un intento por decir quién sabía qué cosa prescindiendo del habla oral. Pero aparte de que sus ademanes no se veían bien en la oscuridad, la mímica era un lenguaje nuevo para él, y no lo dominaba siquiera de forma elemental. Por último hizo el único gesto que se pudo interpretar fácilmente, y que expresaba impotencia y frustración por su fracaso.

 

      Balduino sonrió comprensivamente y le colocó una mano en el hombro.

 

      -No te aflijas: ya encontrarás la manera de hacerte entender-lo consoló-. Pareces tener una mente despierta y el carácter manso y dulce que imagino poseía tu madre... Y tarde o temprano encontrarás también las agallas de tu padre, por muy temeroso que te sientas ahora. Será una hermosa combinación-recordó que alguna vez, antes de poder ver bien el aspecto de Tarian, lo había soñado rechoncho, bajo de estatura y con ojillos viciosos y taimados, y se echó a reír, en tanto Tarian sonreía por contagio-. Eres buen chico, Tarian, y te deseo que seas feliz. Esta noche quiero que todo el mundo sea feliz. Te contaré un secreto-susurró, y atrajo hacia él a Tarian para hablarle al oído, innecesariamente, porque nadie podía oírlos, pero en un agradable gesto de inocente complicidad-: Gudrun hoy no pasará frío, amigo, ni en el cuerpo ni en el alma... Y cuando pienso en ello, tampoco yo tengo frío. No sabía que cuando se hace un bien a quien se ama, uno mismo se siente tan inmensamente feliz... Y en realidad, hasta que vine aquí ni siquiera sabía lo que era amar...

 

      Tarian sonrió en la oscuridad. Pasar frío era algo que, en su sentido físico, no podía entender por no experimentar nada parecido; y no obstante, ahora creía saber que frío era eso que en las mazmorras de Kvissensborg le había estrangulado el corazón, haciéndolo sentirse mísero y abandonado. Y aun sin saber quién era Gudrun, comprendió que se trataba de alguien especial para Balduino y, en consecuencia, de alguien especial para él mismo. En cualquier caso, ahora que creía saber a qué llamaba frío el pueblo de la superficie, deseaba que nadie lo padeciera.

       Permanecieron allí los dos, juntos y en silencio, en tanto duró el turno de guardia de Balduino. Más tarde, cuando bajaban las escaleras,  el pelirrojo miró de soslayo el dibujo hecho por Tarian con piedra caliza en la pared: dos peces, uno debajo del otro, nadando en direcciones opuestas.

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Published by EKELEDUDU
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