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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 23:54

       Balduino decidió que a partir del siguiente domingo, semanalmente, dedicaría el día de descanso, o parte de él, a visitar Kvissensborg en compañía de Tarian. Inicialmente no dio explicaciones sobre la razón de tales visitas, lo que, desde luego, enfadó mucho a Anders. Este, ya desde el primer domingo, sometió a Balduino a un estrecho interrogatorio cuando lo vio ensillar a Svartwulk; pero el pelirrojo se negó a contestar.

 

      -A su debido tiempo lo sabrás, Anders-replicó-. Si te dijera ahora qué me propongo, responderías que estoy loco.

 

        -Como si ahora confiase mucho en tu cordura-bromeó Anders; pero su curiosidad quedó insatisfecha. Molesto, decidió averiguar por su cuenta qué tramaba Balduino.

 

       La cosa era de verdad intrigante, porque el pelirrojo odiaba ir a Kvissensborg, y hasta ese momento lo había evitado siempre que pudo. No le quedaba más remedio que ir cada tanto porque, al fin y al cabo, Kvissensborg estaba ahora bajo su mando; pero lo sacaba de quicio el rígido ceremonial militar que Hildert Karstenson imponía a sus hombres y al que él no estaba acostumbrado. Cuando iba lo soportaba como podía, sin hacer críticas en voz alta ni dar contraórdenes que restaran autoridad a Hildert. Pero habituado como estaba a la salvaje e informal camaradería de los Kveisunger, ver a la guardia de Kvissensborg en firmes y en inmovilidad estatuaria, atreviéndose apenas a respirar, le resultaba chocante. Hildert Karstenson parecía privar de alma a sus subalternos con nada más una mirada de sus insondables ojos azules, convirtiéndolos en frías y eficientes máquinas de mortal y matemática precisión. Pero Thorstein Thorsteinson el Joven no se dejaba transformar del todo, puesto que seguía mascando su adorada resina de abedul, como lo atestiguaban los restos esparcidos a su alrededor. Algunos de estos restos eran meros vestigios firmemente adheridos al muro y tenaces a todo rasqueteo posterior; y en base a su número y antigüedad, para fastidio de Hildert, era posible calcular en qué puestos y cuántas veces había estado de guardia Thorstein el Joven.

 

      -Dadme tiempo, señor, y ya le quitaré esa mala costumbre de mascar resina de abedul, como le he quitado ya, al menos, la de pegar la resina mascada a muebles y muros cercanos-había dicho Karstenson a Balduino.

 

       El pelirrojo, recordando comentarios enojados de la familia de Thorstein, revisó bajo las mesas del comedor, y observó divertido que el reverso de las mismas ostentaba una muy poco higiénica colección de restos de bolas de resina de abedul masticadas y en diverso grado de petrificación.

 

        -Oh, déjalo-sugirió-. Si en todo lo demás guarda buena conducta...

 

        Hildert no contestó, pero era evidente, por su expresión, que la buena conducta de Thorstein el Joven le tenía sin cuidado, y que lucharía contra viento y marea para quitarle aquel vicio. Tenía tan a raya a todo el mundo y era tan fanático de la disciplina, que asombraba que sus hombres no se amotinasen contra él. Pero no sólo no se amotinaban sino que, por el contrario, parecían orgullosos de aquel superior tan estricto que tan tiránicamente les exigía que dieran lo mejor de sí mismos; de modo que Balduino no encontraba motivos para instigar a Hildert a ser más blando y flexible. Aun así le gustó muy poco, mientras pasaba revista a las tropas, encontrarse con Thorstein también en inamovible posición de firmes y mirada pétrea y glacial, aunque lo consolaba haber visto de reojo, segundos antes de pasar frente a él, que tragaba apresuradamente algo que apenas y con enorme dificultad lograba atravesar su garguero, y que durante unos segundos confirió a su semblante una coloración cianótica: obviamente, una bola de resina de abedul de considerable tamaño. Pese a los esfuerzos de Hildert por evitarlo, Thorstein conservaba aún algo de individualismo, de humanidad.

 

      Era, sin embargo, casi el único, a excepción de los jóvenes reclutados en el puerto de Vallasköpping y sus alrededores. Como éstos tenían un estilo de vida más anárquico por provenir de los bajos fondos, no habrían aceptado de buen grado el implacable régimen de disciplina a ultranza pretendido por Hildert. Para colmo, a veces venía alguno de los Kveisunger a entrenarlos, y en cuanto a disciplina, éstos eran pésimo ejemplo, y gozaban además de gran carisma sobre aquellos muchachos. Por lo tanto Hildert, quien no era tonto, moderaba sus exigencias para con ellos, y avanzaba de a poco; si bien en casos extremos en que habrían podido socavar su autoridad, había enviado a unos cuantos revoltosos en potencia al cepo. Anders, quien también iba cada tanto a entrenarlos y por quien sentían a la vez admiración y envidia y que los trataba de igual a igual, los había exhortado a demostrar menos rebeldía ante Hildert. Al fin y al cabo, dijo, Balduino había elevado a a éste a la posición que ahora ocupaba.

 

      Los jóvenes reclutas barriobajeros sentían por Balduino especial devoción. Era un Caballero, y a priori los Caballeros no les caían bien; pero los fascinaba que se hubiera metido en el bolsillo, no acertaban bien a saber cómo, a Sundeneschrackt y los restos de su siniestramente famosa banda pirata, con quienes se sentían más identificados. Además, Balduino iba a verlos revestido de su armadura, que Hansi, desde que aquél le anunciara que sucedería a Anders como escudero, se encargaba de bruñir y engrasar hasta dejarla reluciente como la negra majestad de la noche. Se veía espléndido y señorial, pero su trato hacia aquellos jóvenes era tan respetuoso y sencillo, que ellos olvidaban de inmediato que procedían de baja cuna y se sentían como elevados al honor de la Caballería. Nada tenía de sorprendente, por lo tanto, que se desvivieran por complacerlo, máxime teniendo en cuenta que nadie jamás los había tratado con tanta deferencia sino, más bien, desdeñosamente. Y como podían ver que Anders tenía razón al decir que Hildert gozaba de la confianza de Balduino, en el futuro se mostraron menos reacios a la disciplina. No obstante, y al menos por el momento, ni el menor esfuerzo por mostrarse inexpresivos hacían; y estando lejos de la presencia de Hildert, a veces se atrevían a las confidencias con Balduino, pese a que el primero exigía de ellos silencio glacial cuando el pelirrojo pasara revista, a menos que él les hablase primero.

 

         -¡Señor!-exclamó uno en cierta ocasión, muy emocionado. Y cuando Balduino, quien ya le había dado la espalda, se volvió para escucharlo, el muchacho dijo, al borde del llanto:-. Yo era sólo escoria. Ahora, gracias a vos, seré alguien digno... Quería daros las gracias por eso.

 

         -Yo también sé lo que es sentirse poca cosa-contestó balduino, casi tan emocionado como el joven-. Pero estás equivocado. No serás simplemente alguien, sino alguien valioso. Siempre lo fuiste. Si te ayudé a descubrirlo y a darte la oportunidad de demostrárselo a otros, no tienes de qué agradecerme. Para mí es un honor.

 

        Y lo había dicho de corazón; y ese día volvió a Vindsborg henchido de felicidad.

 

      -Y a ti quién te entiende-comentó Anders al oir la anécdota-. Vas a Kvissensborg como si te castigaran y quejándote mucho, y vuelves con cara de niño rico en Navidad. Además, ¿no fue justamente para que Thorstein se hiciera disciplinado y juicioso que lo enviaste allí?

 

       -Disciplinado y juicioso, pero nada más. No hace falta convertirlo en un Gólem sin voluntad. Pensar que lo envié allí hace tan poco y ya deberé sacarlo... Bueno, al menos Ulrike dejará de fastidiarme pidiéndome que le devuelva al hijo que al parecer cree que le secuestré. En cuanto a lo otro, la armadura está bien para el campo de batalla, pero en cualquier otro sitio se ve ridícula. Por desgracia, es ir a Kvissensborg de armadura, o con facha de pordiosero. Y obviamente, para la ocasión prefiero la armadura.

 

        -Vamos, hombre, vamos, ¡no seas rezongón! Tendrías que verte cómo luces con armadura, te sienta que ni que hubieras nacido con ella. Si halagaras un poco más la vista de tu Gudrun yendo a visitarla de armadura, en poco tiempo la tendrías rendida a tus pies.

 

      Y además, estarías protegido de nuevas pedradas, pensaba ahora Anders, sonriendo mientras recordaba el diálogo y revisando la reciente actividad de Balduino en Kvissensborg, en un estéril intento por descubrir para qué quería que Tarian lo acompañara.

 

       Mientras tanto Tarian había llegado. Se le había dicho que el señor Cabellos de Fuego quería que lo acompañara, pero no a dónde, y menos que el viaje sería a caballo, por lo que se vio desagradablemente sorprendido cuando Balduino, ya en lo alto de la montura, le tendió la mano para ayudarlo a subirse a la grupa. Miró con desconfianza a Svartwulk, quien le era decididamente antipático. Por el bufido que lanzó el animal, tampoco Tarian le era simpático a él.

 

      El muchacho-pez se fortalecía, pero si los muchachos a veces montan a caballo, no así los peces. Tal vez por eso a Tarian, pese a hallarse más ágil que al salir de la mazmorra, la tarea de montar se le hizo especialmente engorrosa.

 

       -Bueno, Tarian, ¿qué tal? ¿Cómo va?-preguntó amistosamente Balduino, en cuanto su acompañante se hubo afirmado más o menos sobre la grupa.

 

         La cara de Tarian lo decía todo. Ni un minuto hacía que estaba allí arriba, y ya odiaba aquel medio de locomoción para él horroroso, y al que jamás lograría habituarse en toda su vida. Años más tarde, en algún pasaje de su libro, echaría pestes sobre la monta y  los caballos en general y sobre Svartwulk en especial. Pero a pesar del dolor de asentaderas que le producía viajar a caballo y de la desconfianza que le inspiraba la especie equina, con el tiempo logró disimular bastante bien tales sentimientos, al punto que Balduino quedaría perplejo al enterarse de los mismos, precisamente tras la lectura del libro de Tarian. Este poco a poco retomaba cada vez más el gusto por la vida, y su gratitud hacia Balduino por liberarlo de las mazmorras no haría sino aumentar, y por eso soportaba estoicamente esas cabalgatas dominicales que, aunque cortas, a él se le hacían eternas.

 

       Pero aquel primer domingo, las cosas no pudieron salirle más enrevesadas al pobre Tarian, a quien al parecer nadie había advertido a dónde irían Balduino y él. Se enteró cuando ya estaban en marcha, y reaccionó con espanto, pensando irracionalmente que la idea era devolverlo a la mazmorra. Antes de que el pelirrojo pudiera evitarlo, Tarian ya había saltado de la grupa, tan de prisa, que no se rompió algo sólo de milagro. Seguidamente corrió como una exhalación a la playa, con Balduino por detrás, sin entender nada, siempre montado sobre Svartulk y tratando de cerrarle el paso una y otra vez, forzándolo a desviarse por sitios de difícil acceso para un jinete. Ya en la playa, Tarian, sin dejar de correr como loco, se fue desnudando con intenciones de refugiarse en el único lugar donde creía que estaría seguro: el mar. Pero si el joven tenía branquias además de pulmones, como se decía, las mismas al parecer se habían atrofiado por la falta de uso durante el prolongado cautiverio en las mazmorras. Tras una veloz inmersión allí donde todavía hacía pie, emergió de nuevo, tosiendo tanto como si tuviera pulmonía.

 

        Todos los miembros de la dotación de Vindsborg habían sido atónitos testigos del aterrado escape de Tarian, la persecución por parte del jinete y el frustrado primer intento del primero por regresar a su hábitat natural. Nadie entendía nada, pero Ulvgang fue a buscar a su hijo y lo condujo de nuevo hacia la playa, adonde lo esperaba Balduino.

 

      -Pero Tarian, muchacho, ¿no pensarás que te llevo a Kvissensborg para encerrarte allí de nuevo, no? ¿Tienes idea de lo que me costó liberarte? Lo que necesito es que hagas allí algo que sólo tú puedes hacer.

 

      Recién tras esta aclaración Tarian advirtió que se había comportado como un tonto y soportó cual silencioso mártir las cabalgatas en la grupa de Svartwulk y el posterior dolor de nalgas que ellas le acarreaban.

 

      En cuanto a Anders, no entendía qué podía ser aquello que Tarian y sólo Tarian era capaz de hacer en Kvissensborg a pedido de Balduino, pero estaba resuelto a averiguarlo.

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Published by EKELEDUDU
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