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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 16:47

        Por desfachatado que fuera el viejo Oivind, había que admirar la energía que aún le quedaba pese a sus años, y la extraordinaria memoria para recordar qué cosas debía cambiar por qué otras cosas en Vallasköpping. Desafortunadamente, sólo en un detalle la lucidez parecía fallarle siempre.

 

      -Maese Oivind, ése no es el precio correcto-objetó una vez el joven Osmund con timidez, mientras Oivind exponía unos precios que Balduino le había encargado averiguar.

 

       -Tú cállate, muchacho del diablo-gruñó Oivind.

 

      -Por el contrario, ha sido muy oportuno-dijo Balduino, sonriendo con ironía-. No tienes remedio, viejo, ¿será posible que siempre acabes volviendo a las andadas?

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¡no iréis a dar crédito a las tonterías de este chiquillo imberbe contra la palabra de vuestro viejo Oivind!... De sobra sabéis que mi memoria es excelente. Este muchacho quiere destacar, lo que no está mal; pero se lo debe refrenar como a un potro indómito para que emplee debidamente sus energías.

 

       -Tratas ahora de convencerme de que Osmund y Svartwulk están emparentados, viejo charlatán?... A ver, explícame ese tan especial árbol genealógico.

 

      -No, no, señor Cabellos de Fuego, hablo en sentido figurado. Imaginaos, este mozalbete desea atraer vuestra atención y fuestro favor; pero no sabe cómo, pues siempre es Oivind quien trata los temas importantes con el señor Cabellos de Fuego, y él queda siempre como espectador. Pero se sale de la vaina por ganar notoriedad; así que, cuando cree detectar un error en lo que Oivind está diciendo, se apresura a corregirlo. Hay que excusarlo, señor Cabellos de Fuego, la juventud es así; pero al mismo tiempo hay que meterlo en cintura con un enérgico regaño o, si no fuera suficiente, con un buen soplamoco. Pues cuando los mayores hablan, los menores callan: la voz de la sabiduría y la experiencia ante todo. Esto un joven debe aprenderlo cuanto antes, para no pasar vergüenza creyendo, fatuamente, que tiene autoridad para corregir a quienes lo superan tanto en años como en conocimientos... ¡Qué no habrán visto mis ojos desde mi más temprana niñez, señor Cabellos de Fuego!... Cuando este mocito tenga mi edad, si se lo instruye combinando al mismo tiempo la palabra bondadosa con el rigor bien empleado para que su mente no se encierre en una posición de sabelotodo, podrá decir lo mismo. Y en esto se asemeja, señor Cabellos de Fuego, la educación de los jóvenes a la doma de caballos, en la que se conjugan con eficacia las caricias con el aguijoneo de las espuelas.

 

       -Quién lo hubiera dicho: Maese Oivind Oivindson, preceptor de jóvenes y domador de potros cerriles. ¡Y por cierto, qué lenguaje más culto!...-dijo sarcásticamente Balduino-. No obstante, mejor ni te digo, viejo, qué hubiera hecho Svartwulk conmigo, de haber seguido yo tus métodos de soplamocos y espuelas. ¡LIndo zorro estás hecho!... Tantos años en los mercados te han permitido recoger aquí y allá el vocabulario y los argumentos de gente de posición elevada. Y así, pasas por sabio a quien te oye y no te conoce. Pero volvamos a lo que nos incumbe: el tema de los precios.

 

       Oivind puso cara de asombro.

 

      -Pero me parece que ése es tema cerrado, señor Cabellos de Fuego-dijo.

 

       -No tan cerrado, señor Cabellos de Fuego-contestó Balduino-. Aquí estamos ante una situación que ameritaría que yo vaya personalmente a Vallasköpping a averiguar cómo son realmente las cosas. Tú me dices un precio y tu ayudante otro, ¿a quién he de creerle? Aquí hay algo raro, señor Cabellos de Fuego. O miente uno para sisar a su antojo según viejas costumbres, o miente el otro para, como tú dices, ganar notoriedad. Uno de los dos debe ser castigado, señor Cabellos de Fuego.

 

      Muy inquieto, Oivind se volvió hacia Osmund.

 

       -¿Qué precio dijiste tú?-preguntó, aparentando afabilidad, pero sin poder disimular un matiz gruñón; y luego de que Osmund hubiera respondido, exclamó con fingido asombro:-. ¡Pero si es exactamente el precio que decía yo!... ¿A qué viene entonces tanta discusión?

 

       Balduino quedó unos instantes boquiabierto ante la increíble desfachatez del viejo, quien sonreía muy complacido; en lo que sin duda era sincero, ya que olvidando muy oportunamente el precio que había dicho primero, para nada concordante con la versión de Osmund, encontraba una muy elegante manera de salir bien parado del aprieto. Cuando el pelirrojo logró salir de su asombro y recuperó el habla, dijo a Oivind:

 

       -Mal dije yo que eras un zorro; pues un zorro se avergonzaría de una conducta como la tuya. ¿Ahora pretendes hacernos creer que estamos todos más sordos que Gilbert? ¿Que todos, absolutamente todos, escuchamos mal tus palabras?

 

       -¡Ah, señor Cabellos de Fuego!-suspiró dramáticamente Oivind-. El tiempo, como el río, fluye en una sola dirección...

 

       -¡Déjate de filosofar, y responde!

 

      -...avanzamos siempre hacia el siguiente momento, y nunca nos es posible volver hacia el que nos precedió. Ahora bien, tres hombres, en una barca que navega río abajo, pueden observar todo lo que haya ante sus ojos y discrepar luego acerca de lo visto, pues a nadie dejan de escapársele detalles. Si uno cree haber visto una cosa, el segundo otra y el tercero otra, ¿cómo sabrán quién tiene razón, sin volver al sitio por el que acaban de pasar y observar bien para zanjar la discusión?... Pero el tiempo no nos permite ir hacia atrás, señor Cabellos de Fuego. Si las piedras de esta playa o incluso el mismo arenal pudieran hablar, testificarían a mi favor. Como no pueden, y tratándose de algo tan banal, sugiero poner fin ya mismo a tan penoso debate. Lamento que la apresurada intromisión de mi joven y quizás demasiado entusiasta ayudante nos hiciera perder tanto tiempo; pero a la vez me alegra que, creyendo corregirme, todo el tiempo estuviera confirmando mis palabras. Pues nada deploraría yo tanto como que él causara en vos mala impresión interrumpiendo para decir una necedad.

 

       Y compuso una sonrisa desdentada digna de un comerciante que lleva un negocio a feliz término.

 

         -Oivind, peroras como  leguleyo cruzado con poeta y con filósofo-lo reprendió Balduino, quien empezaba a temer que la desvergüenza del viejo no pararía nunca de sorprenderlo-; pero coincido contigo en que no vale la pena dar a este asunto más importancia de la que tiene, de modo que creeré en tu buena fe si me prestas por uno o dos días tu carreta arrastrada por bueyes.

 

        La sonrisa desapareció del rostro de Oivind, quien alzó su índice derecho para recalcar sus palabras y sacó a relucir su frase de cabecera:

 

       -Es fundamental que entendáis algo, señor Cabellos de Fuego.

 

       -Y ya lo tengo más que entendido, no te preocupes.

 

       -Pero...

 

      -Oivind, no tengo ganas de seguir oyendo embustes. Dame un respiro.

 

       -Es que...

 

      -Oivind, se terminó. Me prestas tu carreta tirada por bueyes, olvidamos este incidente y quedamos amigos, ¿eh?... Muchas gracias.

 

       El viejo puso cara de desolación y sacó a relucir otra de sus frases favoritas:

 

        -El infortunio me acosa sin cesar.

 

       -Sí, sí, de acuerdo, viejo mañoso, y qué de baladas tristes se compondrán en tu honor, y qué renombre ganarás. Tu tragedia será llorada en todo el Reino. Pero me prestas tus bueyes-dijo Balduino.

 

       Oivind, a sabiendas de que ya no lograría conmover, dio media vuelta, resignado, mientras el pelirrojo sonreía a Osmund y le guiñaba un  ojo. El chico esbozó una sonrisa tímida, sorprendido por el gesto cómplice.

 

        -¡Mañana enviaré a tu ayudante para que traiga la carreta!-gritó aún Balduino al viejo para que éste, que se disponía ya a partir en la carreta en cuestión, pudiera oírlo; y añadió en voz baja:-. Qué viejo tramposo. Cuando no me vienen ganas de matarlo, me hace reír. Hoy ambas me parecieron buenas opciones, francamente...

 

       Oivind partió entre lloriqueos propios y abucheos de la dotación de Vindsborg.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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