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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 18:47

       Al día siguiente Osmund, de acuerdo a instrucciones de Balduino, vino muy temprano en la carreta, bien abrigado y trayendo a Ljod con él. Ambos traían sus jabalinas y estaban muy intrigados, porque Balduino había dicho que necesitaba que faltasen de sus hogares dos días con la aprobación de sus padres. Esa curiosidad debía ser muy grande, o al menos la de Ljod, puesto que ese día, al principio, miró al pelirrojo con menos embelesamiento del acostumbrado.

 

       -Necesito de vosotros un favor-dijo Balduino, colocando una mano en un hombro de Osmund y otra en uno de Ljod, quien ante el contacto recobró su habitual cara de adoración-. No sé cómo pagároslo, como no sea con otro favor; ya me diréis cuál cuando necesitéis de mí. Más al sur hay una mina de ocre, enclavada en unos cerros. Oivind me dijo cómo llegar allí. Os daré las instrucciones y me traeréis una buena cantidad de ocre. llevaréis vuestras jabalinas y una razonable cantidad de provisiones que os entregarán en seguida.

 

       La cara de arrobamiento desapareció del rostro de Ljod, mientras Osmund ponía también cara de pocos amigos.

 

      -¿Hace falta que vayamos los dos?-preguntó Ljod con desagrado. No simpatizaba con Osmund, ni éste con ella.

 

      -Sí. Podría haber peligro, y cuatro ojos siempre ven más que dos. Además, os elegí a vosotros justamente porque creo que es hora de que dejéis de ser rivales, para trabajar juntos como deben hacerlo dos compañeros de armas.

 

       Osmund y Ljod se miraron de reojo, muy poco amistosamente. Quienes les impartían lecciones de jabalina, enérgicamente, se habían encargado de quitarles las ganas de exhibir, durante dichas lecciones, la animosidad que los enfrentaba; pero lejos de Vindsborg, se decía que eran peor que perro y gato.

 

       -Considerad esto una aventura, una ocasión para poner a prueba, una vez más, vuestras habilidades-dijo Balduino; y estas palabras resultaron lo bastante seductoras para que los dos muchachitos depusieran las hostilidades, aunque se veía bien a las claras que lo suyo era una simple tregua forzada y no una paz duradera.

 

       Balduino les dio instrucciones y víveres, y ellos partieron sin dilación; y el pelirrojo iba a impartir a sus hombres las tareas del día, cuando lo detuvieron comentarios de Per y Wilhelm Björnson, quienes habían presenciado la mayor parte de la charla con Osmund y Ljod.

 

      -Gran confianza tienes en tu suerte, señor Cabellos de Fuego-dijo Per.

 

      -Y también mucho valor, diría yo-añadió Wilhelm.

 

       -¿Y a qué viene eso?-preguntó Balduino con extrañeza.

 

        -Mandas a esos chicos solos, a un  lugar que ni tú mismo conoces personalmente..

.

        -...¡Sin siquiera avisar a sus padres a dónde los envías, ni pedirles su opinión!

 

       -Sus padres confían en mí-dijo Balduino-, y yo confío en Osmund y en Ljod. Están capacitados para defenderse; estarán bien.

 

       -Sí, saben defenderse...

 

       -...pero eso no los hace invulnerables.

 

      -Allá, en los cerros, podrían caer a un abismo o perecer bajo un alud; en la mina de ocre, podrían perecer bajo un derrumbe...

 

       -...ser devorados por lobos, por osos u otras bestias...

 

       -¡Les enseñamos a precaverse de todas esas situaciones!-exclamó Balduino, como quien se defiende de un abominable cargo que se le imputa.

 

      -La precaución no basta...

 

       -...el destino suele ser caprichoso...

 

      -...ocurren múltiples accidentes... 

 

       -...y mira qué situación, si Ljod pereciera en lo alto del cerro.

 

       -Tal vez jamás se recuperaría el cadáver...

 

       -...y ¡qué situación entonces la tuya, teniendo que explicárselo a Thomen y a Thora...!

 

        -...¡Quienes, para colmo, ya perdieron tres hijos antes!

 

      -¡No sería mi culpa!-exclamó Balduino, sudando frío, aterrado-. ¡Sería un accidente! ¡El destino!

 

      -Desde luego, señor Cabellos de Fuego, cálmate...

 

      -...Nadie te está acusando de nada.

 

      Per se arremangó el brazo derecho y Wilhelm el izquierdo, dejando al descubierto a la mujer tatuada mitad en el bíceps de uno y mitad en el del otro, ahora integrada al ponerse los gemelos hombro con hombro.

 

      -A ver, Frida...

 

       -...¡anima un poco al señor Cabellos de Fuego.

 

      ¿Y voy a hacer caso a estos dos locos que le hablan a un tatuaje?, pensó Balduino. ¡No! Alejaré de mi mente las preocupaciones. Osmund y Ljod estarán bien.

 

      Cinco minutos más tarde sacaba a Svartwulk de la caballeriza y sin pérdida de tiempo le ponía los arreos ante las miradas atónitas de sus hombres.

 

      -Pero Balduino-gimió Anders, sin terminar de entender lo que para él era una gran tontería-, ¿para qué los enviaste a ellos, si ahora temes que les suceda alguna desgracia?

 

       -Sólo pretendía que afrontaran un desafío diferente que reforzara su confianza en sí mismos y que, quizás, les daría tema de conversación y un buen recuerdo para días venideros.

 

      -¡Pues déjalos que vayan, entonces!

 

      -Sí, pero los seguiré desde la distancia. No quiero que nada les pase. No me gustaría tener que llevar malas nuevas a sus padres y explicarles que todo sucedió porque los envié solos,

 

       -Balduino, por favor. Manda a otro en busca de tu dichoso ocre, que no entiendo para qué quieres.

 

       -No puedo. Creo que los ha enorgullecido que los eligiera a ellos, aunque no disfruten de su mutua compañía; no tendría valor para reemplazarlos por otro a último momento. Además, la idea es también un poco que Ljod se fije en Osmund y se olvide de, en fin, de otras atracciones.

 

      -Ahora ya sabes qué cosa terrible es poseer un gran magnetismo sexual y ser irresistible, ¿eh?-bromeó Anders.

 

      -La verdad, Balduino, es buena cosa que vayas tras ellos-intervino Thorvald-; pero siendo ésa la intención al elegirlos, podrías ahorrarte la molestia. Ya se le ensancharán los hombros a Osmund, se engrosará su voz, se volverá un mocetón apuesto y entonces Ljod, derretida por él, ni te mirará.

 

       Balduino fulminó a Thorvald con la mirada. ¿Era necesario que le dijera así que ninguna chica le prestaría atención, pecoso y feo como era, habiendo cerca un muchacho guapo? ¡Ni te mirará!... ¿No podía el viejo ser más sutil?

 

       -¿Y qué hacemos mientras tú estés ausente?-preguntó Thorvald.

 

       -Algo útil, lo que sea-contestó Balduino, quien tenía prisa por partir-. Anders: reemplázame en casa de Gudrun.

 

        -Qué magnífico ojo para elegir suplente en artes amatorias, Balduino, te felicito y me honras, pero Gudrun no es mi tipo aunque, si no hay otra chica en los alrededores, pensándolo bien...-y cuando el pelirrojo lo miró como queriendo asesinarlo, añadió Anders:-. Tranquilo, hombre, sólo bromeaba. Iré en tu nombre cuando ella esté ausente, encenderé el hogar y me iré antes de que ella regrese-porque desde la última vez que viera a Gudrun, ni una tarde había transcurrido sin que Balduino dejara las tareas antes que los otros para encender el hogar de la cabaña de la joven-. Igual, Balduino, ten en cuenta que tú tenías más o menos la edad de Osmund cuando te fuiste de tu casa, y sobreviviste...

 

      -¿Puedo ir contigo, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Hansi, ansioso-. Malo-gruñó ante la inevitable negativa.

 

       Tras aquella interrupción, Balduino miró a Anders:

 

      -Sobreviví, Anders, pero eso no implica que no fueran momentos duros. Y si hubiera muerto allí, nadie me habría llorado-dijo, y le costó pronmunciar la última frase. Sus enemigos más temibles, los que más lo acoberdaban, seguían estando en su pasado, y eran los fantasmas del desamor.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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