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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 19:52

      Balduino, naturalmente, retornó primero, con las últimas luces del día siguiente. Guardó a Svartwulk en la caballeriza y durante un buen rato no volvió a salir de allí. Aunque, según él, todo había ido bien, a algunos les llamó la atención que se mostrara tan lacónico, tan reservado, y que luego se estuviera tanto tiempo encerrado con su caballo. Karl bajó a verlo y al regresar dijo que todo estaba en orden y que, al parecer, el señor Cabellos de Fuego simplemente quería estar solo. Todos respetaron esta decisión, y los Kveisunger más que nadie; pero Anders lo hizo muy a disgusto. No era exactamente un correveidile, pero tampoco muy respetuoso de la intimidad ajena, y menos de la de Balduino; le indignaba que éste tuviera secretos para él ahora que eran amigos.

 

      -Como si no me tuviera confianza...-gruñó, descontento.

 

      -Pichón, no se trata deconfianza o no, sino de introversión. Un hombre necesita a veces guardarse una porción de su alma para él solo-dijo Thorvald-. Es más, a veces es sabio y es bueno hacerlo, aunque no se trate de secretos escabrosos. Una dosis razonable de reserva y misterio hace interesantes a las personas; nada más aburrido que lo que ya se conoce hasta el hartazgo. Además, Balduino tiende a la introversión, lo que no es nada extraño teniendo en cuenta lo que fue su vida hasta ahora. En primer lugar, vivió una niñez en la peor de las soledad, ésa en la que uno está rodeado de mucha gente a la que no le importa. En segundo, abandonó su hogar y durante varios meses pasó a estar solo también físicamente. En tercero, ingresó en una Orden de Caballería clandestina y estuvo obligado, por ello, al secretismo; sin duda en ese punto nadie cumplió como él. Y en cuarto, durante años dijo de sí mismo sólo mentiras de las que él mismo se habáia persuadido. Fueron veinte años guardándose en su interior lo mejor de su persona; estáte contento de todas las confidencias que te hace ahora, en vez de protestar porque al año número veintiuno sigues sin conocer algunos rincones de su alma que desea disfrutar privadamente. Además, si estás atento y usas la lógica y la imaginación, puedes adivinar lo que ocurrió, si no en detalle, al menos en esencia.

 

      Anders era un muchacho apuesto, básicamente bueno, simpático y divertido, pero que nada más se le pidiera o no mucho más, al menos. La lógica y la imaginación no eran su fuerte, y ante aquellas palabras de Thorvald miró en derredor de él, como consultando a los demás con los ojos, frustrado como un niño al que sólo se narra la mitad inicial de un cuento y desespera por saber el final.

 

      -Esperemos el regreso de Osmund y Ljod, que muy lejos no deben estar, puesto que Balduino ya llegó. Habrá querido adelantárseles por otro camino en cuanto se persuadió de que ya se hallaban seguros, por si no lo veían al regresar y desconfiaban-dijo Thorvald-. Pero creo, pichón, que si tienes en cuenta aquello a lo que se dedica Balduino y a qué hizo estos dos días que estuvo ausente, podrás deducir incluso ahora, con bastante acierto, qué es aquello que Balduino no te cuenta.

 

      Anders reflexionó: Balduino era Caballero y había estado siguiendo y espiando a Osmund y Ljod. Y ahora quería estar solo. ¿De qué horrible secreto se habría enterado para necesitar meditarlo a solas? En cualquier otro sitio que no fuera Freyrstrande y tratándose de cualquier persona que no fueran dos aldeanos tan jóvenes, Anders habría pensado, como mínimo, en una conspiración para matar al Rey. Pero un secreto de tal envergadura era desproporcionadísimo en relación al tamaño diminuto de Freyrstrand. Sin embargo, Anders creyó enseguida encontrar la solución del acertijo.

 

      -¡Ya sé: un complot para matar a Arn!-exclamó.

 

      -¿Cómo dices?-preguntó Thorvald, estupefacto.

 

      -La gente de Freyrstrand se ha encariñado mucho con Balduino. Seguramente Osmund y Ljod están al tanto de una revuelta urdida por el resto de los aldeanos. Traman deponer a Arn, instalar en su lugar a Balduino y... y...

 

       Las risas a su alrededor obligaron a Anders a interrumpirse.

 

      -Pichón, piensa un poco-dijo Thorvald, sonriendo-; ¿por qué querría la gente de aquí arrebatarle el condado a Arn para dárselo a Balduino? En este momento, Arn es para ellos un Don Nadie; el señor feudal de una tierra lejana. Consideran que aquí manda Balduino y sólo él, o a lo sumo alguien a quien él designe. ¿Por qué entonces perder el tiempo en revueltas? Bastante ocupados están ya con sus propios asuntos. Por supuesto que si Arn recordara que aquí la autoridad es él y pretendiera imponerla por encima de la de Balduino, encontraría gran oposición. El propio Balduino tiene más interés en Freyrstrande que en el Condado de Thorshavok, y quizás eso te dé otra pista de adónde debes dirigir tu imaginación.

 

      Anders renunció de momento a adivinar nada, pero una hora después del regreso de Balduino volvieron también Ljod y Osmund en la carreta de Oivind. En cuanto Anders se enteró, bajó so pretexto de ayudar a descargar las bolsas de ocre, pero en un nuevo intento por descubrir qué ocultaba Balduino. Sin embargo, una vez más tuvo que darse por vencido. En el rostro del pelirrojo había una sonrisa ultraterrena en la que había mucho de aquella otra sonrisa, enigmática pero cálida y reconfortante, de Gabriel de Caudix. En cuanto a Osmund y Ljod, volvían radiantes de entusiasmo. Se atropellaban al hablar, relatando a Balduino las peripecias del viaje que, por supuesto, él ya conocía por haberlos vigilado desde la distancia sin que ellos supieran. La sonrisa del pelirrojo, al oírlos, se hacía por momentos más pronunciada y misteriosa; y en determinado momento Ljod, efusivamente, se le abalanzó al cuello y lo besó en la mejilla, pero quedaba claro que su embobamiento por él había concluido y que aquello era un simple impulso eufórico: lo probaba el hecho de que ella y Osmund ya no sólo no se gruñeran sino que, muy por el contrario, se tomaran afectuosamente de la mano. Daba la impresión de que juntos habían hecho frente, con mucho éxito, a riesgos medidos, y que eso hubiera terminado uniéndolos. Anders se preguntaba si tras tal éxito o tras lo medido del riesgo había estado involucrado directamente Balduino.

 

      -Muy bien, chicos-dijo por fin el pelirrojo-. Id a vuestras casas... Ah, y hay que devolver la carreta a ese viejo llorón de Oivind. Anders, escóltalos, ¿quieres? Que Ljod regrese primero a su hogar; luego acompañas a Osmund para que éste devuelva la carreta y por último lo llevas en la grupa hasta su casa.

 

       Así lo hizo Anders y a su regreso, cuando llevó a Slav a la caballeriza, observó con asombro que Balduino aún seguía allí, acariciando a Svartwulk.

 

        -Te imaginaba durmiendo. Pensé que el viaje te habría cansado-dijo, desensillando a Slav.

 

       -Estoy cansado, sí; pero se me ocurrió que podíamos cenar juntos.

 

      Anders quedó sorprendido y desarmado ante aquel gesto de buen compañero. Miró de reojo a Balduino. Había algo de místico en la expresión de éste, como si durante su corto viaje hubiese hallado el Santo Grial.

 

      A lo largo de toda su vida, Anders había conquistado sin dificultades el afecto de casi todos cuantos lo habían conocido. Por lo mismo, también él había querido mucho. Familia, amigos y novias a granel eran cosa muy corriente para él. No era que no los valorara, pero sabía que el cariño era moneda que ajmás escasearía en sus arcas. Tenía linda cara y un torrente de simpatía que le aseguraban un sólido porvenir al respecto. Pero todo esto era panorama conocido para él, y ya desde los doce años había anhelado nuevos horizontes y desafíos para su vida. Buscaba probarse a sí mismo, ganar prestigio, correr muchas aventuras y forjarse la inmortalidad perpetuándose como héroe de gesta en baladas e himnos marciales y en leyendas que, en los siglos venideros, se narrarían en los hogares en las noches de invierno y repetirían los guerreros en sus campamentos, en torno a los fogones, deslumbrados por las hazañas pretéritas de Anders de Onfahlster. Caso de haber tenido que custodiar a Osmund y Ljod, le habría encantado salvarlos de un peligro indecible y obtener por ello gran fama.

 

      No hacía tanto, Balduino, a su manera, había tenido ilusiones similares a las de Anders. Esto nada tenía de raro. Cuando el hombre se vuelve consciente de su pequeñez frente al cosmos, a menudo desespera y se rebela, y busca trascender y alcanzar la grandeza. Lo malo es que esa grandeza, paradójicamente, es inherente a la misma pequeñez humana, y allí es donde se la debe buscar. Es inútil tratar de encontrarla en un horizonte lejano que en definitiva, como todo horizonte, es apenas una línea imaginaria que se va desplazando junto con quien marcha hacia ella. Es vano imaginarse como el centro del Universo, porque uno no lo es y nunca lo será. No tiene sentido imaginar que el mundo se desplomaría sin la ayuda de esa recie columna que creemos estar levantando, porque hay muchos otros pilares igualmente sólidos y, al mismo tiempo, igualmente quebradizos. Pero aunque un hombre no sea más que una mota de polvo en el Universo, éste no sería el mismo sin esa mota de polvo, y la columna que cada uno de nosotros legue a la posteridad ayudará a mantener firme al mundo, aunque se pierda en un bosque de muchas otras columnas.

 

       A diferencia de Anders, Balduino casi nada sabía, hasta su llegada a Freyrstrande, de amar y ser amado. Había sido insignificante incluso en su propio hogar y, tal vez por eso mismo, sus anhelos de grandeza habían sido muy superiores a los de Anders. En Freyrstrande, tales anhelos se habían estrellado miserablemente contra la prepotencia de Einar y el paisaje desolador; lo que a la postre no le había parecido tan importante, porque allí había encontrado gente a la que quería y por la que a su vez era querido.

 

        Y curiosamente, ahora que la grandeza le importaba un bledo, había tropezado con ella. No del modo que él habáia imaginado, ni siquiera era consciente, en ese momento, de que acababa de hallarla. Sí sabía que le había ocurrido algo trascendente en esos dos días de ausencia, pero sólo lo entendería cabalmente muchos años más tarde. Reflexionaría entonces que, tal vez, el resultado de la Batalla de Freyrstrande, que alrededor de dos años más tarde lo llevaría a enfrentarse exitosamente a los propios Wurms, se había decidido en el mismo momento en que fue en pos de Osmund y Ljod para protegerlos de eventuales riesgos que los sobrepasaban.

 

       Balduino había hecho de espía en ocasiones anteriores, pero siempre para sonsacar secretos al enemigo de turno. Era la primera vez que espiaba a gente común, y había sido, para él, como espiar a la Vida misma. Había visto a Osmund y a Ljod poniéndose cara de pocos amigos y sacándose chispas mutuamente al partir, y suavizarse progresivamente; los había visto aunar esfuerzos para salir de situaciones, si no de alto riesgo, al menos un tanto comprometidas; los había observado deponiendo las hostilidades a medida que un cariño silencioso avanzaba triunfal sobre sus corazones. Se había emocionado y enternecido ante aquella transformación progresiva; se había sentido orgulloso de aquellos chicos que tan buenos discípulos se se mostraban a la hora de rendir examen de supervivencia. Los había visto como a un par de personitas valiosas cuya protección valía la pena asegurar.

 

        Había aprendido que hacer de invisible ángel de la guardia puede ser más satisfactorio que ganar renombre y popularidad mediante impresionantes proezas; que tal vez valía más la pena estarse oculto y agazapado y con la espada pronta a salir de su vaina en defensa de quienes merecían ser protegidos, que vencer mil batallas al servicio de reyes poderosos y aburridos; que ser el siervo de los humildes ennoblecía más que cualquier título o blasón.

 

         No obstante, y aunque hizo el intento, no supo cómo explicar todo esto a Anders, quien al cabo concluyó encogiéndose de hombros y sonriendo resignado. Y es que el propio Balduino seguía sin comprender las emociones que lo asaltaban, aunque por la forma en que lo miró Thorvald, él sí las entendía.

 

        -No es justa la vida-bromeó Fray Bartolomeo al enterarse del hecho por boca del propio Balduino, pensando éste que siendo el cura una persona espiritual, podría explicarle eso que sentía y que él mismo no llegaba a entender del todo-. Los buenos cristianos nos desvivimos para complacer al Señor, y hete aquí que luego El prefiere a herejes descreídos como tú.

 

       -¿Es todo cuanto vais a decir?-preguntó Balduino-. No creo en Dios pero, aunque existiera, no le fui muy necesario, ¿no? Nada tuve que hacer. Ljod y Osmund se las arreglaron solos... O con ayuda de Dios, si preferís.

 

       -¡Pues justamente!-bramó Fray Bartolomeo, con fingida indignación-. No te necesitaba, pero igual decidió hacerte su cómplice. Y por lo visto, le importa un comino que no creas en El: El sí cree en ti.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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