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10 mayo 2010 1 10 /05 /mayo /2010 17:26

CLX

      Balduino y Tarian regresaron de Kvissensborg a mediodía, como harían todos los domingos en lo sucesivo; y a cierta hora de la tarde fue el primero, según su costumbre, a encender el hogar de Gudrun para que ella, a su regreso del pastoreo, hallara el ambiente más confortable y no sintiera tanto el tormento de la soledad y los malos recuerdos. Para su sorpresa, sin embargo, alguien se le había adelantado, porque salía humo de la chimenea. Celoso, se preguntó si le habría salido un rival y, en caso afirmativo, quién sería. ¿Tal vez Thorstein el Joven, quien un tiempo había cortejado a Gudrun con descarada duplicidad, pues entonces estaba de novio con otra muchacha? Pero incluso cuando Gudrun estuviera dispuesto a aceptarlo, cosa discutible, ¿qué oportunidad tenía Thorstein de galantearla, si prácticamente no salía de Kvissensborg salvo eventualmente para cumplir con cualquier encargo que se le hiciera? Y no había ningún otro hombre disponible en Freyrstrand, excepto...

 

       Excepto Hrumwald Erikson.

 

      Balduino no podía creerlo. ¡Pero es todavía más feo que yo!, pensó, atónito. Sin embargo, se calmó en seguida: Hrumwald tal vez pretendiera conquistar a Gudrun copiando las atenciones que Balduino le dedicaba a ella, pero esto no necesariamente significaba que fuera más exitoso que él en el galanteo.

 

      Sonrió ferozmente. Hrumwald hasta entonces le había caído bien, pero en este momento sentía que lo odiaba con toda su alma, y se deleitaba adornándolo en su imaginación con cualidades viles. Gudrun rechazaría al prognato, y entonces éste trataría de tomarla por la fuerza. Maldito bastardo, desgraciado, hijo de puta, pensó, como si Hrumwald ya estuviera cometiendo ante sus mismos ojos tan abominable acto. Que se atreva a hacerle el menor daño, y lo mato. Daría al villano su merecido; lo molería a trompadas y le quitaría las ganas de abusar de mujeres indefensas (porque en ese momento ni se acordaba Balduino, por ejemplo, del célebre hondazo, aun sin estar curado del todo). Acto seguido Gudrun, ebria de amor y de agradecimiento, se le entregaría con encendida pasión...

 

      Aún sentía la sangre hirviendo en sus venas bajo el imperio de los celos y el furor, cuando lo sobresaltó un balido. Recién entonces advirtió que la majada estaba en el redil... Y por lo tanto Gudrun había llegado a casa más temprano de lo habitual. Para reunirse con su amante, sin duda.

 

       Balduino sintió un dolor sin nombre devorándole las entrañas y el corazón. Ingrata, ladina, pensó, despechado. Lo acometieron ganas de entrar en la cabaña y dejarles, a Gudrun y a su desconocido amante, al menos la vergüenza de haber sido descubiertos in fraganti. Pero ¿qué derecho tenía de hacerlo? Gudrun nunca me prometió nada. Fue muy sincera conmigo-pensó, con la amarga frustración de quien necesita alguien sobre quien cargar culpas y no encuentra a nadie a mano para ello-. Precisa un hombre que la quiera. ¿Me asisten realmente motivos para reprocharle que elija a Hrumwald y no a mí? Si fui yo mismo quien le sugirió no dejarse intimidar por las malas experiencias vividas por otras mujeres de su familia y que le han hecho creer que sobre ésta pesa una especie de maldición; que cuando encontrara a un hombre, aun cuando ese hombre no fuera yo, abatiera a sus miedos como a los lobos con su honda. Y ha encontrado a ese hombre. Sintió un nudo en la garganta. Recordó haber oído lamentarse a un Caballero, alguna vez, de que a menudo una conducta recta no valía de nada, porque la gente en general y las mujeres en particular terminaban admirando y prefiriendo a los villanos. Tal vez fuera estúpido ser tan recto, después de todo... Pero renunciar a los principios en los que uno cree y adoptar otros que le son ajenos es aun más estúpido, reflexionó.

 

      Nada más tenía que hacer allí. Acababa de llegar a esta conclusión cuando escuchó alelado, a sus espaldas, la voz de Gudrun:

 

      -Sed bienvenido a mi humilde morada, señor Cabellos de Fuego; y si fuerais tan amable de ayudarme con esto, os lo agradecería. Pesa un poco; podría arreglarme sola en caso de ser necesario, pero siempre se agradece un par de fuertes brazos de hombre.

 

      Venía cargada con un caldero lleno de nieve. A su lado venía un joven cordero escuálido y malformado: Copito de Nieve, su consentido.

 

       Aturdido, sin entender nada de lo que ocurría, Balduino se precipitó en ayuda de la joven zagala.

 

       -Ahora que hay nieve por todos lados, la recojo y la derrito, en vez de ir a buscar agua al Duppelnalv-informó Gudrun-. Recursos que se utilizan cuando no se tiene pozo-dijo, estremeciéndose ligeramente. Ven, Copito de Nieve, vamos al corral-dijo, cargando con el animalito que por lo visto estaba muy interesado en el pelirrojo, al que se la había acercado balando y contra cuyas piernas se refregaba cariñosamente.

 

      No estaba lejos el pozo clausurado con tablas que ocultaban el macabro secreto familiar de la joven, pero Balduino no le prestó atención.

 

      -¿Y Hrumwald?-preguntó, sin poder reprimirse.

 

       La pregunta dejó perpleja a Gudrun. Se detuvo donde estaba, con Copito de Nieve en brazos.

 

       -¿Qué Hrumwald? ¿El primo de Kurt-preguntó; y cuando él asintió con la cabeza, ella quedó más confusa que antes, preguntándose tal vez si tan extraña duda sería todavía un saldo dejado por la pedrada en un cerebro maltratado-. No sé, no tengo forma de saberlo... En casa de Herminia, supongo, puesto que vos mismo lo pusisteis a trabajar allí. Si no está ahí, no sé dónde más podría estar.

 

        -¿Estás sola, entonces?

 

       Ahí Gudrun entendió que por algún motivo Balduino había esperado hallar a Hrumwald en su compañía. Más allá de que no fuera muy halagador que Balduino viniera buscando a otra persona y no a ella, la deducción de que en su cabaña pudiera estar Hrumwald, quien tal vez ni siquiera supiese dónde vivía Gudrun, resultó a ésta tirada de los pelos.

 

       -¿Os sentís bien, señor Cabellos de Fuego?-preguntó, algo preocupada. De veras era como para pensar si aquella incoherencia sería producto de la pedrada de días atrás. Balduino se comportaba como si estuviera perdiendo el juicio.

 

       -¿Estás sola?-insistió Balduino, mientras ella terminaba de encerrar a  Copito de Nieve en el redil, con el resto de la majada. Por lo visto el animalito, demasiado malcriado, no estaba conforme de que se lo encerrara con la plebe, puesto que se puso a balar en son de protesta.

 

       -¡Francamente, espero que no, señor Cabellos de Fuego!-exclamó Gudrun, algo impaciente, volviendo junto a él-. Es decir que no lo estaré, si aceptáis mi invitación a entrar en mi hogar. Tengo bastante que deciros.

 

      Balduino asintió con la cabeza y franqueó el umbral después de Gudrun. Ya en el interior de la cabaña, su estupor fue en aumento. Siempre había un gran desorden allí, y hasta mugre; pero ahora estaba todo mucho más prolijo y aseado. Y en el hogar había una marmita en la que se cocía un guiso de lentejas. 

 

       -Bueno...-murmuró tímidamente-. Veo que esperas a alguien a cenar, así que... Me voy.

 

       Gudrun, que tras lavarse un poco las manos había tomado un gran cucharón y revolvía en silencio el guiso de lentejas, de golpe se detuvo en seco.

 

       -Señor Cabellos de Fuego, no sé qué os sucede hoy, que estáis mucho más extraño que de costumbre-dijo, incorporándose y agitando el cucharón en forma intimidante para recalcar sus palabras-; pero si no queréis cenar conmigo, decídmelo directamente.

 

       Ante tal respuesta Balduino quedó, de ser posible, más confuso que ella misma.

 

      -No es que no quiera cenar contigo-balbuceó con torpeza-, pero es que... Quiero decir... Alguien ha tenido que encender este fuego...

 

       -¡Pues claro! ¡Yo misma, para variar!

 

      -Pero si tú no hachas leña...

 

       -¿Y qué necesidad tenía de hacerlo si la leñera está que revienta, cortesía de alguien? ¿No lo hicisteis vos mismo?

 

         -¿Eh? ¡Ah, sí! Claro... La leñera...-murmuró Balduino, tontamente-. Pero aquí está todo distinto de como está siempre... No creo que hayas podido hacerlo todo tú misma, de ayer a hoy, sin que te ayude alguien.

 

      -¡Desde luego que no! Me levanté más temprano que de costumbre y, como podéis ver, también regresé del pastoreo antes que de costumbre. Pero entre medio alguien me hizo la merced de cuidar un tiempo de mis ovejas, y gracias a su gentileza pude adelantar mucho la tarea de asear todo esto.

 

      -Hrumwald-dijo Balduino; y se sintió ridículo, pero ya era una idea fija muy enraizada en su cabeza y difícil de desterrar.

 

      Gudrun perdió la compostura.

 

      -¿Qué os pasa con Hrumwald hoy?-replicó, a gritos casi-. No, no fue él... A menos que haya tomado los hábitos sin que yo me enterase.

 

       -¿Fray Bartolomeo?-preguntó Balduino, escéptico-. Pero, ¿por qué?...

 

        Nada estaba desarrollándose según los previos planes de Gudrun. La joven señaló con el cucharón la silla más próxima.

 

       -Sentaos ahí-dijo. No sonaba a petición, más bien a orden, ya la muchacha parecía muy decidida a partirle a Balduino el cucharón en la cabeza si no obedecía. La tácita amenaza no lo intimidó, pero en cambio quedó fascinado por la apariencia de Gudrun, más magnífica y temperamental que nunca; de modo que se sentó, sumiso.

 

      Haciendo juego con su airada propietaria, la marmita bullía rabiosamente en el fuego. Tal vez para evitar que se pegoteara su contenido en el fondo o para no verse tentada a dar al cucharón otro uso que el que estaba mandado, Gudrun añadió agua y se puso a revolver.

 

      -Hoy he ido a misa-dijo-. Eso lo hago siempre los domingos, por supuesto; pero hoy fue distinto porque me he confesado con Fray Bartolomeo y le dije ya sabéis vos qué. Contestó que imaginaba algo así y que se alegraba de que por fin me hubiera decidido a revelarlo en confesión; que todos o casi todos en Freyrstrand tienen sospechas al respecto, pero que nadie piensa en lapidarme por lo que creí que debía hacer. Y si nadie te condena, tampoco yo te condeno; reza siete Padrenuestros y queda en paz. Ego te absolvo ab omni poena et culpa, dijo. Pero yo no había terminado, tenía algo más que confesar, aunque él ya me había impuesto penitencia. Le hablé de vos. Hija mía, dijo, ese hombre es un hereje sin Dios, y bien harías alejándote de él, como así de toda ocasión de pecado. Pero estás tan sola y has sufrido tanto, que sospecho que si el Señor ha puesto en tu camino a alguien como él, que no cree en el Todopoderoso y te arrastrará al pecado como si tampoco tú fueras creyente, El, para no ser menos, fingirá esa miopía que a veces parece aquejarlo y que le permite pasar por alto tantas fallas nuestras, no sea que por vergüenza de confesarlas o simplemente porque no nos parecen faltas, vayamos a acrecentar la ya muy nutrida población del  Infierno. Por lo tanto, el hereje no verá a Dios mientras peca, tú fingirás no verlo mientras pecas y El fingirá no ver vuestro pecado, y todos contentos. Le hablé entonces de esa especie de maldición que parece pesar sobre las mujeres de mi familia, impidiéndoles ser felices junto  a los hombres que eligen. Al menos espera a vivir en pecado junto a tu señor Cabellos de Fuego y reserva para después herejías como ésa, para estar a tono con él, refunfuñó. Contesté que tal peligro no existiría nunca, pues temo demasiado el momento de la separación para unirme a vos; que no quiero sufrir. ¿Y no es eso lo que haces ahora, sufrir, por tenerlo tan al alcance de la mano y privarte de él? Y cuando ya no lo veas, ¿crees que no te dolerá?, preguntó.

 

      Dejó de revolver la marmita, pensativa. A la luz del hogar sus facciones, toscas pero expresivas, adoptaron un tinte rojizo.

 

       -He tratado de hallaros mil defectos para así poder permanecer en mis trece-dijo, mirando al vacío-. Encontré alguno aquí y otro allá. Por desgracia, no son suficientes. No pueden competir contra el fuego que siempre encuentro encendido en el hogar cuando regreso del pastoreo.

 

      -No te exijo nada a cambio de eso-aclaró Balduino.

 

      -Ya sé. Eso es lo peor. Lo hacéis desinteresadamente. No hay forma, entonces, de que evite enamorarme más y más, hasta quedar idiota.

 

      Balduino quedó boquiabierto. El efecto ponzoñoso de sus celos iniciales lo había tenido aturdido incluso ahora. Se puso de pie de un salto, como si se hubiera sentado sobre un hormiguero, mientras Gudrun retiraba del fuego la marmita y la llevaba a la mesa.

 

       -Pero es que... Yo pensé... Yo creí...-balbuceó tontamente.

 

      -¿Creísteis qué, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Gudrun con curiosidad.

 

      Balduino enrojeció de vergüenza.

 

      -Creí que tenías otro hombre. Hrumwald... Casi reviento de celos-admitió.

 

      -¡Hrumwald!... ¿Puede saberse de dónde sacasteis que estaba con otro hombre y precisamente con él?

 

       -Es que creo que no hay otro hombre libre aquí. Y además, Kurt comentó que a su primo le gustaría conocer a otra mujer que lo quiera.

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¡Kurt nos mataría a ambos, a Hrumwald y a mí!... ¡Si ya sabéis cómo es él y cuánto os aprecia! Si por él hubiera sido, me entregaba a vos  servida en bandeja. Bueno, poco faltó para que exactamente eso hiciera. El muy metiche cuida vuestros intereses como si le pagarais para ello; hermosos problemas tendría con él si eligiera yo a otro hombre que no fueseis vos, y más si ese hombre es un primo suyo.

 

      Hizo una pausa, durante la cual permaneció pensativa; luego preguntó:

 

        -¿De veras sentísteis celos?

 

        -Sí-contestó Balduino, lacónico, avergonzado de sí mismo.

 

        Gudrun se conmovió.

 

      -Pobrecito. Pobre señor Cabellos de Fuego-dijo, toda ella dulzura y suavidad-. Y pensar que yo sólo quería sorprenderos. Adelantarme a vos, encender el hogar, esperaros con una cena para dos y...

 

       No concluyó la frase. Se acercó a Balduino y apoyó la cabeza en su hombro. El le rodeó la cintura con los brazos.

 

       -Gudrun... Mira... Si te va a hacer mal, mejor no... No quiero hacerte daño, es lo último que querría...

 

       -Claro que me hará mal, pero eso ya no tiene remedio, así que me pondré a llorar ahora mismo, como si ya os hubierais ido-dijo Gudrun, y Balduino pensó que hablaba en broma hasta que, para su sorpresa, sintió que el cuerpo de la joven, pegado al suyo, se convulsionaba en sollozos. Estrechó aún más el abrazo, en gesto protector-. Y luego, cuando ya no me quede una sola lágrima, me dedicaré a ser feliz como si cada día fuera el último de mi vida-siguió otro sollozo, y añadió:-. Y cuando ya no estéis, el recuerdo del tiempo que hayamos pasado juntos me evitará llorar vuestra ausencia.

 

       Los ojos de Balduino se humedecieron ligeramente al sentir a Gudrun estremecerse, sollozante, entre sus brazos. Durante un rato luchó contra su torpe lengua, tan inútil para expresar amor. Por último se dio por vencido y se contestó con estrechar aún más el abrazo.

 

      Minutos más tarde, Gudrun dejó de llorar y alzó la cabeza, decidida. Una vez más era la pastora dura y curtida que Balduino conocía y que se había ganado su amor; la que arremetía a hondazos, sin la menor vacilación, contra cualquiera que osase atacar a su rebaño o a ella misma. En lo sucesivo, tal y como había dicho, demostraría una vez más su sentido práctico, dedicándose a disfrutar intensamente cada segundo que viviera junto a Balduino; y cuando le llegó el momento de verlo partir, alrededor de dos años más tarde, no derramó por él una sola lágrima.

 

       -Querida Gudrun-susurró Balduino, mirando con arrobamiento los ojos de color lavado con los que tantas veces había soñado despierto-, Gudrun mía...

 

      Parecía que el corazón se saldría de su pecho mientras acercaba sus labios a los de ella; y en el largo beso que siguió, encendido de pasión atemperada por ternura, Balduino sintiò que con Gudrun el destino le confiaba algo muy valioso, de cuya custodia debería encargarse.

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Published by EKELEDUDU
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