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12 mayo 2010 3 12 /05 /mayo /2010 17:30

      Practicar lo que predicaba no parecía ser la especialidad de Anders, quien tenía el descaro de rezongar porque Balduino no le contaba ciertas cosas, pero al mismo tiempo mantenía en secreto su relación con Lyngheid Einarsdutter. Esta se había aficionado mucho a él, al punto de cortar tajantemente una relación previa e igualmente clandestina con otro hombre, Thorkill Rolfson, uno de los guardias personales de su padre. Se trataba de un individuo irascible, celoso y violento, y Lyngheid temía que descargara su venganza sobre Anders, quien inevitablemente miraba a Thorkill con cierto temor. Pero Thorkill no sabía quién lo había desplazado del corazón de Lyngheid, y por una charla anterior con ésta sospechaba más bien de Balduino. La joven, en efecto, había tenido un brevísimo encaprichamiento con éste antes de conocer a Anders, aunque sólo por despecho, porque el pelirrojo no le prestaba la menor atención; y como Thorkill no olvidaba el incidente, ella procuraba que sus sospechas continuaran en esa dirección, aunque sin admitir nada abiertamente. Además, habían entrado en una especie de guerra los dos ex-amantes, llegando sin embargo a un punto muerto en tal sentido. Thorkill había amenazado a Lyngheid con denunciar ante Einar, el padre de ésta, aquel idilio secreto; pero ella replicó que, en tal caso, lo delataría a su vez a él como amante anterior suyo. Para desgracia de Thorkill, había en su cuerpo algunas marcas que sólo podía conocer quien lo hubiese visto desnudo; de modo que la joven estaba en condiciones de aportar pruebas.

 

      Lyngheid mantenía cerradas determinadas bocas mediante el dinero, pero éste empezaba a escasearle. La progresiva recuddión de su peculio le habría importado poco, de no mediar el hecho de que carecía de otros medios para comprar el necesario silencio.

 

      Anders sabía que debía cuidarse deThorkill, pero ignoraba hasta qué punto se esforzaba ella por protegerlo, o se hubiera asustado aun más del cariz que estaba tomando la relación entre ambos. El joven había comenzado siendo un capricho más en la vida de Lyngheid y creía, ingenuamente, que seguía siendo exactamente eso. Pero la frivolidad y el aburrimiento de Lyngheid, en otros días, la había llevado a seducir  a varios hombres al mismo tiempo para enfrentarlos unos con otros; y para aceptar a Thorkill como amante le había exigid o que sorteara una serie de pruebas riesgosas en las que bien habría podido perder la vida. Que en cambio no reparara en gastos para proteger la de Anders demostraba que éste era ya en el corazón de la muchacha mucho más que un capricho; pero él no se daba cuenta, y saberlo lo hubiera preocupado, ya que no deseaba nada formal, amén de que ni por asomo hubiera pensado que una hija de la nobleza lo quisiera para algo más que un pasatiempo.

 

      La verdad era que por esos días Anders estaba más interesado en otras cosas que su amorío con Lyngheid. Lo acicateaba la curiosidad por descubrir a qué iban Balduino y Tarian a Kvissensborg los domingos, y a tal fin encaró primero a Thorstein el Joven en cierta ocasión en que lo encontró de guardia en uno de los adarves del castillo, yendo de aquí para allá. A los ojos de Thorstein, Anders era el lugarteniente de Balduino; de modo que se puso en firmes y presentó armas ante él. Además, su nuez de Adán delató el paso de una bola de resina de abedul por su garguero.

 

       -Descansa, hombre, descansa-dijo Anders, sorprendido ante tan militar recepción, aunque satisfecho, puesto que si Thorstein lo consideraba un superior suyo, la pesquisa se facilitaría mucho-. Sólo he venido a hacerte una pregunta.

      -¡A vuestras órdenes, señor!

 

      -Dime: los domingos, Balduino... el señor Cabellos de Fuego, tú sabes... viene aquí con un joven llamado Tarian... El muchacho de ojos azules rasgados y melena rubia hasta la cintura... ¿A qué vienen aquí, exactamente?

 

      -¡Lo siento, señor, no estoy autorizado a responder a esa pregunta!

 

      -¡Ah, deja de jugar al soldadito conmigo, Thorstein!... Balduino y yo somos carne y uña. Bastaría con una mera sugerencia de mi parte, para que tú puedas regresar junto a tu familia.

 

      Anders creía que esta promesa era una maniobra muy astuta de parte suya. Como Balduino no hacía tanto había considerado la posibilidad de autorizar el regreso de Thorstein a su hogar, no sería muy difícil, pensaba, terminar de persuadirlo.

 

      -¡Señor: el señor Cabellos de Fuego ya me lo ofreció, pero yo respondí que no quiero irme!-exclamó Thorstein.

 

       Era toda una sorpresa que el mayor perezoso de la comarca le hubiera tomado el gusto a la profesión marcial.

 

       -Bueno... Si es tu decisión...-dijo Anders, asombrado-. Pero dime-insistió, volviendo a lo suyo, y con aire de amable complicidad-: ¿qué hacen esos dos los domingos, cuando vienen aquí?

 

       -¡Señor, no estoy autorizado a responder a esa pregunta!

 

      Anders empezaba a irritarse seriamente, y decidió jugar otro papel, el del favorito influyente y casi todopoderoso que tenía en sus manos los destinos de mucha gente:

 

      -Thorstein, más vale que contestes, si no quieres ser arrojado de este castillo como por una catapulta-dijo-. Vuelvo a repetir, bastaría para ello una sugerencia mía. No me hagas enojar.

 

      -¡No estoy autorizado a responder a esa pregunta, señor!

 

      Tamaña estolidez obligó a Anders a capitular y a desaparecer por donde había venido.

 

      -Ojalá te atragantes con la próxima bola de resina de abedul que te mandes a la garganta-farfulló rencoroso.

 

      Seguidamente recurrió a sus fervorosos admiradores, los muchachos reclutados en los muelles de Vallasköpping. Pero hete aquí que, aunque entre ellos no hubo negativas rotundas como la del joven Thorstein, todos ellos, unánimemente, manifestaron una más que sospechosa ignorancia respecto al tema sobre el que Anders los interrogaba.

 

      -Cáfila de desagradecidos, ya vendréis a mí de rodillas implorando por mi perdón y mi camaradería-rezongó por lo bajo Anders, tras darles la espalda también a ellos.

 

      El azar lo llevó a cruzarse en el patio con Lyngheid Einarsdutter a quien, por hallarla en público, saludó con mucha formalidad y distancia, besándole la diestra. Por encima del hombro de Anders, a lo lejos, la figura musculosa de Thorkill Rolfson observaba la escena.

 

        -Hoy no sería prudente...encontrarnos en privado-susurró Lyngheid.

 

        -Ya habrá ocasión; por el momento, tal vez vos podáis sacarme una duda que tengo-respondió Anders, sonriendo afectadamente, como aparentando estudiadas cortesías de gentilhombre; y expuso la duda en cuestión, que Lyngheid no supo evacuar-. Tal vez podríais averiguarlo-insinuó entonces Anders, frustrado y sin resignarse.

 

      Por encima del hombro de Anders, Lyngheid observó de reojo a Thorkill.

 

      -Veré qué puedo hacer; pero ahora debemos separarnos-murmuró nerviosamente; y Anders volvió a besarle la mano y continuó su recorrida por Kvissensborg, mientras que Lyngheid volvía a sus asuntos sin que le sorprendiera ser abordada casi inmediatamente por Thorkill.

 

      -No te basta con el pecoso, ¿eh?-espetó agresivamente el grandullón-. ¿Ahora coqueteas también con ese estúpido petimetre?

 

      Lyngheid se preguntó cómo demonios había soportado tanto tiempo a aquel individuo sexualmente fogoso pero brutal y desagradable.

 

      -¿Y no se te ha ocurrido, imbécil, que el petimetre haya venido simplemente a traerme un mensaje de ese pecoso?

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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