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17 mayo 2010 1 17 /05 /mayo /2010 17:42

      Días mas tarde, Balduino cumplía con su promesa e invitaba a Thomen a compartir con él la sauna. En esta ocasión no tuvo que hacerse atar de pies y manos, aunque su arrojo sufrió duras pruebas al atravesar cada una de las etapas; pero el resultado final había sido tan agradable y benéfico la primera vez, que con sólo recordarlo desaparecía su vacilación. Tal y como Fray Bartolomeo había predicho, más tarde hubo otros que quisieron compartir con él una sauna; de modo que para él, lo mismo que para Anders, acabó convirtiéndose en una sana y placentera costumbre.

 

      Nada de ello sucedía aún cuando Ulvgang y sus Kveisunger comenzaron a inquietarse mucho, por razones sólo por ellos conocidas. Balduino los notó secreteando mucho entre ellos, pero no intervino: creía tenerlos bajo control desde hacía bastante tiempo y suponía que tarde o temprano se enteraría de qué les estaba ocurriendo. Ello sucedió, por fin, una mañana en que se daría inicio a la construcción de otra catapulta. Balduino había reunido a todos para impartir las instrucciones pertinentes, cuando Ulvgang pidió la palabra.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, antes debemos tratar otro asunto importante-dijo-: sabemos a qué vais Tarian y tú a Kvissensborg los domingos.

 

       ¿Cómo lo habrá averiguado?, pensó Anders, perplejo. Sus intentos de indagar sobre el tema habían ido de fracaso en fracaso.

 

       -Supongo que os enterasteis a través de Kehlensneiter y Hendryk-dedujo Balduino-. A ellos no los obligué al silencio, y se me informó que cuando ibais allí a entrenar a los muchachos, a veces bajabais a las mazmorras para visitarlos.

 

       -Efectivamente, fueron ellos-confirmó Ulvgang-. He conversado mucho con mis hombres, y tenemos que pedirte que desistas de tu proyecto; que dejes las cosas como están.

 

       -¿Por qué? Son vuestros compañeros. Pensé que estaríais contentos de tenerlos libres y junto a vosotros.

 

       Anders quedó boquiabierto de espanto.  ¿Kehlensneiter libre? ¿El siniestro pirata que disfrutaba cercenando las cabezas de sus enemigos y arrojándolas al aire? ¿El mismo del que incluso sus propios camaradas consideraban mejor precaverse y a quien trataban de no irritar?

 

       ¿A ese sujeto quería liberar Balduino? Parecía cosa de locos.

 

       Súbitamente, Anders sintió que el día se volvía más frío y negro de lo habitual. Su mirada se desvió hacia el viejo Karl, cuyo rostro lucía una palidez de muerte. Sin duda estaba secretamente aterrado por la posible liberación de Kehlensneiter; pero no pondría la menor objeción, a pesar de que su vida correría peligro desde el mismo instante en que aquel temible asesino quedara suelto. En Svartblotbukten, Karl había dado muerte a Engel, el compinche de Kehlensneiter... Y éste había jurado vengar al amigo muerto. Mas para Karl nada de esto contaba. Muchos años de disciplina y férrea subordinación le impedían cuestionar las órdenes de un superior, aun las que, como ésta, fueran peligrosas para su integridad física. ¿Tendría Balduino en cuenta todo esto?

 

      -Señor Cabellos de Fuego, estás tentando al Diablo, mucho más de lo que imaginas-dijo Ulvgang con dureza-. Hicimos un pacto tú y yo, has cumplido tu parte; no vayas más allá de lo prometido. Lo que pretendes es peligroso por varias razones. Para empezar, Kehlensneiter es incontrolable hasta para nosotros mismos. Seguimos considerándolo nuestro compañero, pero él no nos corresponde el sentimiento; al contrario, nos considera traidores y nos odia. Esto es así desde aquella famosa ocasión en que torturaban a Tarian con más crueldad que nunca y él atacó a los carceleros, en cuya defensa intervenimos muy a pesar nuestro. Tuvimos que hacerlo porque, aunque él quería ayudar a Tarian, sólo hubiera logrado que lo asesinaran; de modo que lo sujetamos entre todos para dominarlo. En castigo por su atrevimiento, a él le cortaron la nariz y las orejas, como ya has visto. Su frustración y su resentimiento lo arrastraron al odio; el problema es que, para mí, él sigue siendo uno de los más leales camaradas que jamás tuve. Nos unió el amor por Margyzer y la desolación de haberla perdido; luego nos unieron... Otras cosas, tú sabes...

 

      Balduino advirtió esa extraña reticencia de Ulvgang a mencionar a Tarian. Se preguntó si admitir que amaba a su hijo menoscabaría su reputación de macho, o qué. Era cosa extraña, porque antes no tenía el menor reparo en confesarlo, al menos a solas con Balduino. De cualquier manera, esa actitud molestaba al pelirrojo, hijo malquerido que veía a su propio padre en todo mal padre.

 

      -¿Qué otras cosas?-preguntó, molesto.

 

      -Tarian-confesó Ulvgang, como a regañadientes. El aludido alzó la cabeza. También él notaba frío y distante a su padre; no lograba entender que éste hubiese abogado tanto por su liberación, si no sentía más que indiferencia por él-. Kehlensneiter podría haberlo odiado por ser un recuerdo de que Margyzer me prefirió a mí y no a él. Pero no. Tarian tiene un rostro muy parecido al de Margyzer, a quien Kehlensneiter amó tan desesperadamente como yo; y por esa semejanza amó también a Tarian como si fuera hijo suyo en vez de mío. Y me fue extraordinariamente leal. Si se conspiraba contra mí, si estallaba un motín entre la tripulación, Kehlensneiter era de los primeros en ponerse de mi lado...

 

      Se interrumpió. Nunca antes había admitido tan abiertamente y frente a todos que Tarian fuera hijo suyo, aunque por lo bajo circularan al respecto rumores conocidos por todos. Varias cabezas se habían vuelto hacia Tarian, quien trataba de entender, sin lograrlo, a ese padre que tanto le mendigaba un afecto del que antes solía ser pródigo; y se preguntaba, apenado, si habría hecho algo malo que justificara aquel cambio.

 

      Otras cabezas se habían vuelto hacia Honney quien, junto a su compinche Mälermann, luego muerto en prisión, alguna vez se había amotinado contra Sundeneschrackt, y no le hacía ninguna gracia que de un modo u otro le recordaran tal desliz.

 

      -¿Y así quieres hacerme desistir?-preguntó Balduino; y su voz, como antes la de Ulvgang, sonaba a la vez apasionada e irritada-. ¿Con historias de amor, camaradería y lealtad? Qué errado estás, Ulvgang, debiste tener en cuenta que, como Caballero, apostaré una y otra vez por cuanto de noble haya en este mundo, y lo defenderé a muerte. Debiste hacer hincapié en el costado más siniestro de Kehlensneiter, el del Kveisung rayano en la barbarie; el mismo que cortaba las cabezas de sus enemigos y las lanzaba al aire.

 

      -Trato de decirte, por si no te has dado cuenta-contestó Ulvgang, exasperado-, que me sería imposible no tomar partido por Kehlensneiter teniendo que elegir entre tú y él; por lo que es mejor procurar que jamás se dé ese caso.

 

       -¿Y no se te ha ocurrido que, tal vez, ponerte de mi lado sería ponerte de su lado, y actuar en mi contra equivalga a actuar contra él?

 

       -Secundariamente, hay otra cuestión. Con Hendryk y Kehlensneiter en Kvissensborg, tienes garantizada nuestra lealtad, pues nunca abandonaríamos a nuestros compañeros, ni haríamos nada que pudiera ponerlos en peligro. Es cierto que ahora también tú tienes nuestra amistad y nuestro respeto, y queremos serte fieles. pero te repito, señor Cabellos de Fuego, no tientes al Diablo. ¿Cómo nos harás regresar a prisión cuando todo esto termine, si nada nos obliga a ello? ¿Y crees que retornaríamos dócilmente llegado el momento? La mazmorra es el mismo Infierno, señor Cabellos de Fuego, para sobrevivir tienes que ser duro como el acero o tener una suerte increíble. Varios de nuestros compañeros murieron allí: Kratzer, Mälermann, Gröte... Por citar sólo a algunos de los mas bravos. Nosotros sobrevivimos, pero no estaríamos dispuestos a volver a la mazmorra, pudiéndolo evitar. Y no podremos evitarlo, si dos de nuestros compañeros siguen encerrados.

 

      -Pero si murieran en prisión, la situación sería la misma, si vamos al caso-contraatacó Balduino-. Además, como confío en vosotros, las mazmorras están abiertas para que visitéis a vuestro antojo lo mismo a Hendryk que a Kehlensneiter, como habéis comprobado. He ahí una oportunidad de traicionarme. Ahí la tenéis, servida en bandeja. Podríais liberar a vuestros camaradas y fugaros todos juntos.

 

      -No me tomes por imbécil, señor Cabellos de Fuego. Es verdad que en Kvissensborg nunca hubo una guardia tan reducida como la que hay ahora, pero no es menos cierto que, a esa guardia reducida, Hildert Karstenson la ha convertido en una falange de hierro con ojos de lince y astucia de zorro. Estoy seguro de que, si intentáramos traicionarte, no viviríamos más que unos minutos. Te lo dije en otra ocasión: eres inteligente, y los hombres inteligentes no son los mejores para tener de amigos.

 

      -No me tomes por estúpido tú tampoco, entonces. Que no hayas intentado liberar a Hendryk y a Kehlensneiter no prueba que no vayas a intentarlo más adelante. Bien podríais simplemente estar aguardando el momento propicio.

 

      -Pero ahora te estoy ofreciendo pruebas de que quiero serte fiel. No te hablaría como lo hago si así no fuera. Prohíbenos tener contacto con Hendryk y Kehlensneiter, si quieres; pues es cierto, si siguiéramos visitándolos en las mazmorras, podríamos en algún momento ceder a la tentación de liberarnos. Pero no compliques las cosas soltándolos tú mismo.

 

      -No es inteligente que digas estas cosas, pues deberías pensar más en tus viejos camaradas en prisión antes que en mí. Y si tú no actúas inteligentemente, puedo permitirme hacer otro tanto... liberando a esos mismos camaradas tuyos.

 

      -¡Pero eres increíble!-bramó Ulvgang-. ¡Mierda! ¿Por qué eres tan terco?

 

      -¿Por qué lo eres tú?-estalló Balduino-. ¿Y qué crees, que llegado el caso tendría la sangre fría para ver, cruzado de brazos, cómo mis amigos regresan a morir a una mazmorra inhumana? ¿Que no haría nada para al menos mejorar vuestra situación, si por fuerza debierais volver a la cárcel?

 

     -¡No somos tus amigos!-rugió Ulvgang, cada vez más airado.

 

      Tras una pausa, dijo Balduino:

 

      -Llama a nuestra relación como quieras, si la palabra amistad no te place, si te parece que no encaja o si te avergüenza, como parece avergonzarte...-estuvo a punto de desviar el tema hacia Tarian, pero prefirió dejar eso, por el momento-...como parecen avergonzarte también otras cosas. Pero yo no encuentro otra palabra mejor.

 

       -Yo sí-replicó Ulvgang-. Enemigos es lo que somos, señor Cabellos de Fuego, aunque hayamos hecho un pacto de conveniencias. No es nada personal, y soy el primero en lamentar que las cosas se hayan dado de esta manera...

 

       -El segundo-interrumpió Balduino-. El primero soy yo. Sólo que no soy un mero observador pasivo. En ocasiones vale la pena jugarse, por grande que sea la posibilidad de perderlo todo. Esta es una de esas ocasiones. Tal vez fracase, no lo sé. De todos modos, Ulvgang, si vas a traicionarme, elige al menos el momento adecuado para ello, que por cierto no es éste, si tu idea fuese dedicarte de nuevo a la piratería. Broddervarsholm y los demás puertos piratas han caído bajo el poder de los Wurms, hasta donde sabemos. Los Kveisunger sobrevivientes casi seguramente se refugiaron en las cumbres más inaccesibles para los dragones, y de momento han debido renunciar a sus fechorías. Qué ha sido de los restos de la flota de Blotin Thorfinn, lo ignoramos, pero tal vez hayan sido pasto de los Wurms. No tienes posibilidad de sobrevivir si te haces a la mar. Iré aún más lejos y diré que no tienes posibilidad de apoderarte de una nave sin perder a unos cuantos hombres: la custodia portuaria es muy fuerte en razón de la guerra. Cuando ésta concluya, será otro cantar. Ahí tendrás una buena ocasión de traicionarme. hasta entonces, a ti y a tus hombres os conviene continuar bajo mi mando, que creo no es un yugo penoso ni mucho menos. En todo caso, es mejor que regresar a prisión o llevar una mísera vida de fugitivos.

 

       Los ojos marrones de Balduino sostenían todo el tiempo la mirada de Ulvgang. Parecía en ese momento que nada más existía, a excepción de las olas rompiendo contra la costa, el bramido del viento y los graznidos de las aves marinas, sonidos todos ellos que pasaron a primer plano en el largo silencio que siguió.

 

       Ulvgang volvió sus pupilas glaucas hacia sus hombres que, como casi todos los testigos de su diálogo con Balduino, habían tenido la sensación de ser meras figuras pintadas y nada más.

 

        -Debemos hablar-les dijo.

 

       -Adam, ve a relevar a Gilbert en el torreón-ordenó Balduino.

 

      -No es hora del cambio de guardia todavía, y además hoy no me toca-gruñó hostilmente Adam.

 

      -Adam, por tu bien, más vale que sea la última vez que discutes una orden mía, y para que ello te quede claro cubrirás, no sólo el resto del turno de Gilbert, sino también todo el siguiente, aunque hoy no te corresponda-contestó Balduino, exasperado-. Ya me estás hartando de verdad. No tengo por qué darte explicaciones, pero igual te informo que te mando al torreón sólo porque me parece que Gilbert debe estar presente para escuchar, al menos tanto como su sordera se lo permita, cualquier cosa que Ulvgang tenga para decir. Y pensaba compensarte abreviando tu próxima guardia, cuando te tocara; pero ahora te jodes por bocón. Ve ya mismo al torreón, que tienes bastante sana la dentadura, y sería un crimen tener que bajártela a golpes.

 

      Renuente, cachazudo y malhumorado, Adam se puso en marcha mientras Ulvgang se iba aparte seguido por todos los Kveisunger, los gemelos Björnson y Adler. Tarian  estaba también en el grupo, pero Ulvgang lo señaló con un dedo acusador.

 

      -Tú nada tienes que hacer aquí-dijo con dureza y frialdad-. Ya no eres de los nuestros. Vete. Tal vez el señor Cabellos de Fuego te acepte con él, ya que te has hecho tan servil suyo, que haces con él cosas a nuestras espaldas.

 

      Tarian quedó petrificado de dolido asombro ante el áspero e inesperado reproche. Los gemelos Björnson, desconcertados, se miraron entre sí y, bajo una máscara de indiferencia, Adler sufrió y sintió vergüenza ajena por el trato que el joven recibía en ese momento de su padre. Pero los Kveisunger observaban a Tarian con evidente furia y desprecio; de modo que había que concluir que ellos compartían el punto de vista de su viejo capitán.

 

       -No es para tanto-dijo Wilhelm, conciliador.

 

      -Tarian sólo quería ayudar-agregó Per.

 

      -Es, o mejor dicho, era mi hijo, ¿queda claro?, y hago con él lo que me venga en gana-cortó Ulvgang con dureza.

 

       Y todo por ayudar al señor Cabellos de Fuego en su intento por liberar a aquellos dos malos sujetos, pensó Adler.

 

      Tarian se alejó unos pasos para luego volverse, como a la espera de que su padre fuera hacia él, riendo y diciéndole que todo había sido una broma. Su vista fue de Ulvgang a Gröhelle, de Gröhelle a Honney, de éste a Andrusier y así sucesivamente por todos los viejos compinches de su padre, hasta volver a Ulvgang. No había allí sino un muro de rechazo unánime, cuya causa él no llegaba a entender, como tampoco Per, Wilhelm y Adler. Entonces dio la espalda al grupo, dolido y humillado, apretando los dientes y sin poder evitar, no obstante, que los ojos se le llenaran de lágrimas.

 

      Mientras se alejaba, vio desde la distancia a Balduino conversando con el resto de la dotación de Vindsborg, pero no fue en esa dirección. No hay relato que nos cuente qué pensó en ese momento. Puede suponerse que temió que allí tampoco se lo quisiera. Era un mestizo de especies distintas y un poco extraño para ambas, y tal vez ya desde niño hubiera aprendido que a veces no hay peor crimen que el de ser diferente a los demás. O tal vez, habiendo decidido que pertenecía a ésta, la estirpe humana, se reprochara a sí mismo no ser capaz de adaptarse a ella, de no entender qué se pretendía de él. O quizás no hizo conjetura alguna. Pero sin duda la estaba pasando mal.  Diez, casi once años de palizas en Kvissensborg lo habían dejado muy sensible.

 

      Y no obstante, Adler, quien no le quitaba los ojos de encima y sólo a medias oyó cuanto Ulvgang decía a sus hombres, creyó advertir en él un veloz rebrote de entereza. Lo vio por última vez cerca de la orilla, erguido y con la frente alta, observando la vastedad del océano. El viento alborotaba su larguísima melena dorada, como queriendo convertirlo en un sustituto del sol ausente. El joven daba la impresión de haberse recobrado, por lo que Adler se despreocupó de él y se dedicó a escuchar a Ulvgang. Cuando minutos más tarde el rostro picado de viruelas volvió a mirar hacia la orilla, Tarian había desaparecido, dejando tras él un hatajo de ropa y un rastro de pisadas medio borradas por viento y agua, que llevaba hacia el mar.

 

     

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