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20 mayo 2010 4 20 /05 /mayo /2010 23:12

      Hacer el amor con Gudrun no traería de vuelta a Tarian, pero al menos lo relajó, permitiéndole cambiar el enfoque de la situación. En efecto, mientras cabalgaba de vuelta hacia Vindsborg se le ocurrió que en su ausencia Tarian posiblemente hubiera regresado. Si no lo había hecho, él, Balduino, tendría que olvidar sus planes de liberar a Kehlensneiter, quien podría volverse incontrolable sin Tarian para sosegarlo y dominarlo. Incluso esto era lo de menos: lamentaba más que nada la partida del muchacho... Suponiendo que de verdad no se hubiera ahogado en su intento por regresar a las aguas.

 

      De cualquier modo, si Tarian, de una forma u otra, había desaparecido en la inescrutable inmensidad del océano, probablemente jamás volvieran a tenerse noticias de él; en cuyo caso nada podría hacerse, excepto desear que tuviera suerte. Resultaba estremecedora la idea de que tal vez la otra parte de su linaje, las sirenas y los tritones, estuviera definitivamente extinta; que tal vez, si allá abajo enfermaba o sufría un accidente, no tendría quien lo socorriese, acompañase o asistiese. Pero nada de eso podía cambiarse; si habría de suceder, sucedería, y sólo cabía esperar que, después de todo, no sucediera.

 

      Más allá de todo eso, Balduino tenía veneno acumulado contra Ulvgang, cuya incomprensible conducta hacia Tarian provocara la partida de éste. Al llegar a Vindsborg se enteró de que el muchacho no había vuelto y que Ulvgang estaba de guardia en el torreón. Por lo tanto, también Balduino fue hacia allí, y reprendió duramente al Kveisung.

 

      -Mira, señor Cabellos de Fuego, estoy a tus órdenes para muchas cosas-replicó Ulvgang, sin inmutarse-; Tarian, sin embargo, es mi hijo, y lo que haga con él no te concierne.

 

      -Tarian estaba mis órdenes tanto como tú, cosa que, según he oído, le echaste en cara como si de un crimen se tratase; de modo que me concierne-le recriminó Balduino-. Y lo que hagas con Tarian es cosa de él, también. Eso de que un padre, por su sola condición de tal, puede hacer lo que se le antoje con sus hijos, es uno de los pensamientos más detestables que hay.

 

       -Bueno, pues yo soy detestable, entonces-ladró Ulvgang, quien, cosa rara en él, se veía de muy mal humor.

 

        -Haces que me siente idiota. Si era para que lo trataras así, podía haberlo dejado en la mazmorra.

 

      -No te sientas idiota. De todos modos, está mejor libre. Pareces olvidar que en la prisión lo torturaban.

 

       -No hables en pasado-concluyó Balduino, disponiéndose a bajar de nuevo, en vista de que al parecer perdía su tiempo allí-. Ahora es su alma la que tal vez padezca torturas. Quizás seas para él peor que los carceleros que lo maltrataban antes.

 

      Era dificilísimo encolerizar a Ulvgang, mas su ira, una vez desatada, resultaba temible; y ahora, dominado por un furor que duplicaba sus fuerzas y reflejos, acometió contra Balduino célere como un rayo, sin darle tiempo a reaccionar. Lo aferró por la ropa y lo alzó en vilo, observándolo con algo parecido al odio pero que, a la vez, no lo era.

 

      Fue toda una sorpresa para Balduino, quien había empezado a imaginar que Ulvgang era insensible a cuanto tuviera que ver con su paternidad. No hizo el menor intento por liberarse, ni mostró temor. Habría podido asustarse ante Ulvgang ante un ataque semejante, de no mediar que estaba seguro de sí mismo. Defendía principios nobles y auténticos y lo sabía y eso le daba coraje. Así debía ser en un Caballero, pero en este momento le importaba un rábano. Había hablado en él, no el Caballero, sino el hijo malquerido, un hijo que hacía severos reproches a un padre que no era el suyo, pero que igualmente estaba cometiendo graves faltas a su condición de tal.

 

       Durante unos segundos, las miradas de ambos se enfrentaron fieramente. Acaso admirado del valor o la fuerza de las convicciones de Balduino, Ulvgang se reblandeció en forma sutil, y finalmente depositó al pelirrojo en el suelo.

 

      -Vete-ordenó.

 

       Balduino mandaba en Vindsborg, pero no vio motivos para no obedecer esta orden de Ulvgang. Ya había dicho cuanto tenía que decir, y por otra parte, ¿no se disponía a bajar antes de que se lo detuviera tan bruscamente? Y si por mero capricho no acataba la orden que acababa de darle El Terror de los Estrechos, estaría socavando su propia autoridad. Estaba seguro de haber herido a la bestia, aunque no supiera dónde ni cómo, y era lógico que la bestia quisiera estar a solas para relamerse las heridas. Había que respetarle ese derecho.

 

      Pareció, en los días que siguieron, que la intuición de Balduino era correcta. Sólo Anders, Hansi y él mismo, como el primer día de la desaparición de Tarian, iban hacia el crepúsculo a otear hacia el horizonte, como prosternándose ante la majestad del mar para pedirle que devolviera vivo al joven; pero muchos otros miraban en esa dirección en otros momentos del día. Algunos de ellos, entre los que se contaba Ulvgang, lo hacían de reojo y con disimulo. Se advertía entonces un fugaz reflejo de dolor en los saltones ojos verdiazules, reemplazado enseguida por una expresión dura, como si aborreciera delatar ese costado emocional suyo.

 

       Entonces, de improviso, Tarian regresó al término de aquella semana. En las primeras horas del domingo, cuando todavía faltaba para levantarse, entró en Vindsborg chorreando agua, aunque el viento lo había secado un poco. Alguien que despertó al oírlo entrar soltó una horrorizada exclamación al verlo en ese estado, y dicha exclamación, a su vez, despertó a prácticamente todos los demás, salvo por supuesto a Snarki, quien siguió roncando con el mismo estrépito de siempre, ignorante del suceso.

 

       -Tarian, muchacho, ¡por Dios!-exclamó Balduino. Tal vez Tarian no sintiera frío, pero el pelirrojo sentía que se congelaba nada más de verlo. Se puso de pie de un salto y a toda velocidad buscó unas toallas-. Sécate, antes de que me dé un patatús-añadió, arrojándole las toallas en cuestión. Tarian las capturó al vuelo, las miró intrigado y se las puso bajo el brazo. Era evidente que no entendía qué debía hacer con ellas.

 

       Ursula meneó la cabeza. A su manera, Tarian la enternecía, pero también tenía pocas dudas de que era medio idiota, y el presente comportamiento del joven venía a confirmar esta opinión.

 

       -No, hombre, no. Que te seques. Así, mira-dijo Balduino, arrebatándole las toallas y mostrándole. Entonces Tarian hizo un gesto para denotar que entendía, y empezó a secarse sin ayuda.

 

      Tal vez el problema en este caso radicara en que palabras como estar mojado o estar seco no fueran muy usadas por Tarian, ni le parecieran importantes. No había forma de estar seco bajo la superficie del mar, y sobre ella tarde o temprano se lo estaba; y en este caso no entendía la importancia de acelerar el proceso mediante las dichosas toallas. Como tampoco entendía la pasión del género humano por aquel elemento que tan destructor parecía, el fuego. Ahora mismo los gemelos Björnson, que fueron de los primeros en acercarse al hogar, le ofrecían un lugar junto a las llamas. Lo rechazó sin vacilaciones.

 

      -Es bueno tenerte de vuelta, Tarian-dijo Balduino, sonriendo al joven que le devolvía las toallas.

 

       -Bribón, fuiste por ahí a arponear una que otra sirena, ¿eh?-preguntó Anders a Tarian, guiñándole un ojo y dándole una palmadita afectuosa en el hombro-. ¡Ya nos lo contarás todo! Si yo pudiera respirar bajo el agua, ¡la de juergas que correríamos juntos!...

 

      Tarian sonrió. Habia dudado mucho antes de volver, y había vuelto al fin, sin estar del todo convencido, sólo por la promesa hecha a Balduino de ayudarlo a mantener bajo control a Kehlensneiter, o intentarlo al menos, hasta asegurarse de que no fuera peligroso en Vindsborg. Pero daba la sensación de que algunos lo habían extrañado aquí. Tal vez, más allá de cualquier promesa, valiera la pena quedarse para intentar una vez más una convivencia con seres humanos, aunque aún le doliera la forma en que su padre lo trataba y que no podía entender. Dicho sea de paso, Ulvgang ahora ni lo miraba.

 

      Si las cosas salieran mal, siempre podría volver al océano. Mejor solo que mal acompañado; e incluso era probable que no estuviera totalmente solo. Entre las razas inteligentes que poblaban los mares, los delfines eran la más amistosa. Conocía su habla, que no requería de lengua sino sólo de cuerdas vocales bien entrenadas, y sabía que entre ellos sería bienvenido, aunque por temporadas le conviniera alejarse un tanto de ellos. Sólo quería vivir tranquilo, sin complicaciones, y menos si éstas eran meros absurdos y no problemas reales.

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Published by EKELEDUDU
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