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21 mayo 2010 5 21 /05 /mayo /2010 00:36

      En los días subsiguientes, Balduino advirtió que, en su deseo de que Tarian no se marchara, había una buena dosis de egoísmo. La cercanía del joven tenía sobre él un efecto tranquilizador, relajante, como el de la caricia de una ola cargada de espuma. A juzgar por cómo se transformaban las expresiones ceñudas de otras personas al tenerlo cerca, ejercía la misma influencia benéfica sobre todos lo demás, o casi todos, al menos. Sin embargo, Balduino estaba seguro de que Tarian no siempre estaba contento con esas personas sobre las que tenía tan extraño poder sedante. En  general parecía indiferente hacia quienes lo rodeaban, pero otras veces se lo veía directamente molesto, sobre todo tratándose de los Kveisunger. Obviamente no podía olvidar que todos ellos habían hecho causa común con Ulvgang en el incomprensible rechazo de que había sido objeto días atrás; incidente que el mismo Balduino seguía sin entender y que lamentaba conocer sólo de oídas, ya que -pensaba- siendo testigo presencial tal vez hubiese comprendido mejor el hecho. Las relaciones de Tarian con los Kveisunger seguían frías desde entonces, especialmente porque seguían mostrándose distantes con él, y sin dar razones.

 

      Como Balduino deseaba que Tarian se quedase, al principio puso todo de su parte para que el muchacho se sintiera bien en su compañía. Le parecía que la amistad del hijo de Ulvgang era una rara joya que había que ganarse con mucho esfuerzo y mérito. Sin embargo, casi enseguida puso en tela de juicio la validez de sus intenciones. Era, tal vez, el colmo del egoísmo pedirle a Tarian que se quedase, sólo, por amistad, en un sitio en donde no encajaba. En definitiva, ¿qué haría Tarian cuando Balduino estuviera con Gudrun? Tal vez hiciera buenas migas con Anders y encontraran juntos alguna actividad, o tal vez jugara un rato con Hansi, al que adoraba. Pero no podría estar todo el tiempo con uno ni con el otro, y si no se interesaba por algo se aburriría soberanamente.

 

      Por su parte, Tarian acostumbró zambullirse en el océano al menos una vez por día, mientras los demás almorzaban. Posteriormente se enteraría Balduino, aunque no fue muy difícil intuir que se estaba nutriendo por su cuenta, que se había hartado de ingerir alimentos poco aptos para su organismo, especialmente porque venían cocidos. Lo había tolerado por no tener más remedio que hacerlo o como concesión a cambio de integrarse en un grupo; pero a decir verdad, ya no estaba muy inclinado a seguir haciendo concesiones. Que lo aceptasen tal como era, o que no lo aceptasen. Después de todo, ya se había visto que tratar de amoldarse le traía pobres resultados.

 

      Por cierto, era un contrasentido imaginar a un joven tan bello buceando en las profundidades para capturar un pez con la boca y devorarlo luego bárbaramente. Daba la impresión, sin embargo, de que eso era más o menos lo que hacía, aunque en el caso de los moluscos se tomaba el trabajo de abrir las valvas con las manos para saborear su contenido. De cualquier manera, siempre los comía crudos. Daba un poco de asco; pero había que concordar en que jóvenes igualmente apuestos eran capaces de realizar actos mucho peores, por lo que Balduino prefirió apreciar el asunto desde ese punto de vista, aunque a Anders le era más difícil superar su propia repugnancia.

 

      -Bueno, Anders, ya que sueñas con seducir sirenas, debes saber cómo, ¿no?-rio Balduino-. Por lo pronto, ya sabes con qué manjares agasajar a tu hipotética novia de las profundidades... Qué mas da, después de todo. Cuando me marché de casa y estuve errante por los bosques, hubo veces que tuvo que alimentarme a base de ciempiés y bichos de humedad.

 

      -¡Ciempiés y bichos de humedad!-exclamó Anders, cada vez más asqueado.

 

      -Dichoso tú. Sabroso manjar-se burló Adler-. Mejor, en todo caso, que las porquerías con que Varg intenta eliminarnos.

 

      Y nunca se supo si Balduino hablaba en serio, o sólo bromeaba al hacer referencia a tan poco apetitoso banquete. Por cierto que Anders no quiso ser muy curioso al respecto.

 

      Había en Eldersholme, desde hace tiempo, un esqueleto de ballena. El animal había varado cerca de la colonia de focas y muerto de una manera espantosa, prácticamente devorado vivo por los grifos. Balduino hizo aserrar algunos de los huesos para traerlos en el bote y de inmediato puso a trabajar en ellos a Lambert, que era muy buen tallista. Al mismo tiempo hizo encender la fragua de la herrería y envió allí a Per y a Wilhelm Björnson, a los que luego se sumó Anders.

 

      Días más tarde, cuando Tarian se disponía a zambullirse en busca de alimento, Balduino, Anders y Hansi lo retuvieron unos minutos. Enseguida aparecieron Lambert y los gemelos Björnson, el primero trayendo un par de arpones de hueso de ballena, los segundos portando un recio tridente, liviano y puntiagudo.

 

      -Si algo te atacara allá abajo, ni siquiera nos enteraríamos-dijo Balduino a Tarian-, pero al menos podemos darte armas con qué defenderte, para disminuir las posibilidades de que algo te ocurra. Tómalas; son tuyas. 

 

      Tarian abrió tamaños ojos ante los obsequios, y se estremeció un poco a la vista del tridente, símbolo del poder de los mares, pero también herramienta demoníaca, según había aprendido no hacía tanto tiempo. Sin embargo, se lo estaba regalando Balduino, quien había demostrado de muchas maneras ser su amigo; de modo que enseguida desaparecieron sus pruritos al respecto y, tomando el tridente con una mano y un arpón con la otra, los blandió alternativamente como para evaluar su calidad, aunque se notó que no pudo apreciarla debidamente, porque estaba más acostumbrado a manejarse en el agua.

 

      -¿Te gustan?-preguntó Balduino.

 

      Ni con un asentimiento de la cabeza fue capaz Tarian de responder; pero su expresión de niño rico en Navidades era harto elocuente. Lambert y los gemelos Björnson sonrieron satisfechos, con el orgullo propio de los artesanos natos cuyas obras alcanzan el debido reconocimiento.

 

       Hansi, en quien había nacido una creciente admiración por Tarian, observó a éste blandir sus nuevas armas y se forjó de él una imagen ciertamente pintoresca, pero muy alejada de la realidad: luchando contra monstruos marinos y siniestros poderes latentes en lo más profundo del océano; rescatando sirenas de las garras de malvados hechiceros de El Mundo Bajo las Olas.

 

      -Bueno, muy bien, campeón-aprobó Anders; y como su sentimentalismo acababa allí donde empezaban los intereses de su estómago, propuso:-. Vamos a comer, me muero de hambre.

 

      Y dio media vuelta y se retiró, seguido de los gemelos Björnson y de Lambert.

 

      En la playa sólo quedaron Balduino, Tarian y Hansi.

 

      -No me gustaría que te quedes aquí sólo por la promesa que me hiciste-dijo el pelirrojo a Tarian-. Sé por qué razón desapareciste por unos días. Si quieres irte de nuevo, eres libre de hacerlo, aunque personalmente lamentaría que te fueras. Tal vez lo mejor que hice en mi vida, hasta ahora al menos, fue sacarte de las mazmorras de Kvissensborg; porque otras cosas las hice de algún modo en interés propio o no sé si lograré llevarlas a buen término. Por lo tanto, sólo te pido, si decidieras irte, que vuelvas cada tanto aunque más no sea de visita. Además, sabes, no es sólo tu capacidad de respirar bajo el agua lo que te hace distinto.

 

      Tarian arrojó al suelo el arpón para dejar libre una mano y abrazó a Balduino. Luego se inclinó sobre Hansi, y también lo abrazó y hasta lo besó; no olvidaba que el niño había sido el primero en entrar a la mazmorra cuando fueron a liberarlo, y tal vez por eso le tenía un inmenso cariño.

 

      Por último se despojó de sus ropas, que siempre le resultaban incómodas y que abandonó en la playa cubierta de nieve, y se lanzó al agua, llevando consigo el tridente. Balduino y Hansi alcanzaron a divisarlo desplazándose con su peculiar estilo de natación, ondulando el cuerpo verticalmente a la manera de las serpientes marinas, con los brazos hacia atrás y a los costados del cuerpo; llevaba el tridente cruzado tras la espalda, con una mano aferrando el mango aprisionado bajo la axila del brazo opuesto.

 

      -Ahora sí que no volverá, ¿no?-preguntó Hansi, apenado.

 

      -No creas-contestó Balduino-. Tal vez no hoy, ni mañana. Puede que en unos meses o en un año, no sé, pero volverá... Aunque más no sea de visita, como le pedí.

 

      -¿Cómo puedes estar tan seguro?

 

      -Porque le concedí la libertad. Esta vez, en todo el sentido de la palabra. Siempre es difícil dar libertad a quienes queremos y de quienes tememos que nos abandonen, pero he oído decir que el amor es como el agua: lo tendrás en el hoyo de la palma de tu mano si la conservas abierta, y lo verás escurrirse entre los dedos si cierras el puño para aprisionarla.

 

      -No entiendo, señor Cabellos de Fuego.

 

      -Tú sí que sabes complicarme la vida, mocoso. Ven, vamos a cenar antes de que Anders acabe con cualquier cosa medianamente digerible que haya logrado hacer Varg... Si es que tal milagro puede suceder, claro. Luego trataré de explicarte esto de nuevo, a ver si entiendes...

 

      Pero no fue necesario. Poco después del almuerzo, Tarian estuvo de vuelta en la playa, chorreando agua ante las miradas de horror de los espectadores, que corrían de aquí para allá en busca de toallas.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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