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22 mayo 2010 6 22 /05 /mayo /2010 19:58

      A pesar de que habitualmente Hansi seguía a Balduino a sol y a sombra, nunca insistió en acompañarlos, a él y a Tarian, en las visitas dominicales que ellos hacían a Kvissensborg. Su primera visita a las mazmorras había dejado  en el niño un recuerdo tan tétrico como imborrable. Años más tarde, ya adulto, escribiría en sus Freyrstrandeskroniks que el cementerio local le resultaba un sitio bendito y plácido pero que, en cambio, donde la Muerte parecía haber asentado su trono era en los siniestros calabozos subterráneos de Kvissensborg; y en cuanto contó con autoridad para ello, los hizo clausurar sin dilación de la noche a la mañana. Este súbito cierre de las ya legendarias mazmorras daría pábulo a toda una serie de historias de terror que, en parte, se mantiene hasta el día de hoy. Se susurra acerca de que Hansi halló algún tipo de monstruo o efluvio maligno vencido a medias gracias a algún ritual antiquísimo que habría impedido a la criatura o al poder en cuestión emerger a la superficie y sembrar el horror en nuestro mundo. En pleno siglo XXI, el inicio de determinadas obras públicas en ciertos sectores suburbanos de Freyrstrand inquieta a algunas personas. Se teme que las máquinas excavadoras alcancen el emplazamiento de las antiguas mazmorras de Kvissensborg y liberen accidentalmente cualquier cosa que ellas puedan albergar.

 

      La realidad, también en materia se supersticiones, deja a veces muy atrás a la ficción. Las mazmorras de Kvissensborg eran un sitio lúgubre, espantoso, pesadillesco, que oprimía los ánimos. Apenas descendía a ellas, Balduino tenía a su izquierda una celda cuyo único ocupante, aparte de eventuales ratas, era un esqueleto. Este, no obstante, lo tenía sin cuidado, y hasta lo consideraba una especie de aliado sobrenatural. Llamaba su atención, eso sí, que sus huesos no hubiesen recibido cristiana sepultura; por lo que una vez le preguntó a Fray Bartolomeo acerca del motivo por el que no los enterraba.

 

      -¿Y quién ha dicho que no los sepulté?-replicó Fray Bartolomeo-. De hecho, fue una de las primeras cosas que hice al llegar aquí, Pero el esqueleto permaneció en su tumba menos de un día. Luego de la primera noche, hombres de Kvissensborg fueron a verme... Me reprocharon no haber bendecido la sepultura; reproche infundado, pues sí la había bendecido...

 

      Balduino, azorado ante la revelación de que aquellos huesos sí habían recibido cristiana sepultura sin permanecer en ella siquiera un día completo, murmuró:

 

      -No me digáis que el esqueleto se levantó de la tumba y se marchó...

 

      -¡Pero... Serás hereje hasta que tú mismo desciendas a la tumba!-gritó Fray Bartolomeo, atorado de exasperación ante tanta tontería; y Balduino se percató de la gansada que acababa de decir, y enrojeció aun más que sus cabellos-. No. Decían que desde la primera palada de tierra (e ignoro cómo lograron tanta precisión en sus absurdos cálculos) en Kvissensborg no había un segundo de paz; que se oían gritos, que las cosas se caían o movían sin explicación, que había apariciones y no sé qué otros disparates. Creían que todo lo hacía el difunto; que no quería que se enterraran sus restos. Así que aquellos imbéciles  fueron al camposanto y, sin que yo pudiese impedirlo, desenterraron el esqueleto y lo devolvieron a la mazmorra. Lo curioso, sabes, es que las mazmorras de Kvissensborg albergaron, alrededor de medio siglo atrás, a un príncipe que debió ser muy orgulloso y muy valiente, un tal Hrod Sindulvson al que mencionaban algunos documentos de los archivos del castillo, pero del que no hallé otras referencias. Incluso las que encontré no eran muy claras, pero al parecer este príncipe fue acusado de crímenes abominables de los que se declaró inocente, hecho que ni las torturas pudieron modificar. Una sentencia lo condenó a prisión perpetua, pero la dudosa misericordia de cierto poderoso personaje, al parecer el mismo que uredió los cargos en su contra, iba a dejarlo en libertad. Sin embargo, se negó a abandonar la celda. Dijo que saldría libre cuando se retirasen las acusaciones o nunca, no por un perdón otorgado por un enemigo deseoso de humillarlo. Así que volvió al calabozo, pero para obligarlo a someterse se le anunció que no se le darían agua ni alimentos hasta que aceptara el perdón. Es todo cuanto pude averiguar.

 

      -Me gustaría conocer el resto de la historia-dijo Balduino.

 

       -Lo veo difícil. No hallé nada más en los archivos, y aunque algo se me hubiera pasado por alto, la perezosa administración de Einar un día llegó a la inteligente aunque tardía deducción de que era menester empezar a destruir los papeles inútiles a fin de no quedar sepultados debajo de ellos, e incineró todos los documentos que no fueran imprescindibles. Con ellos fueron al fuego también las únicas pruebas que jamás hallé acerca de la existencia de ese tal Hrod Sindulvson, pero por cómo te brillan los ojos creo que no dejarás que la historia sea olvidada del todo.

 

      -Pudiendo impedirlo, no. ¿Creeis que el esqueleto que sigfue en las mazmorras es el del señor Sindulvson?

 

      -Qué sé yo... En realidad, está en demasiado buen estado para llevar medio siglo allí, en las mazmorras. Además, ha pasado tanta gente por ese lugar, que vé tú a saber-Fray Bartolomeo frunció el ceño-. Hereje como eres, tú quisieras creer que ese esqueleto es el de Hrod Sindulvson, animado por quién sabe qué brujería, que se rehúsa a abandonar la celda y descender al sepulcro, porque no se ha admitido su inocencia.

 

      -Es algo que no puedo evitar.

 

      El cura palmeó las anchas espaldas de Balduino.

 

      -Ya lo sé, hereje, te conozco mejor que tú mismo-dijo-. Si precisamente te conté esto porque sabía que sería de tu gusto... Es una historia de virtud y coraje venciendo sobre la crueldad y la vileza y, por lo tanto, una forma de creer en Dios, aunque no la más conveniente, sin duda...

 

      Tras aquella charla con Fray Bartolomeo, Balduino estuvo seguro de que el esquelético ocupante de la primera celda de la izquierda era el de Hrod Sindulvson, y al pasar junto a la celda en cuestión se sentía como en presencia de un poderoso monarca (aunque cuando unos tres años más tarde se hallara en presencia de un rey, el de Nerdelkrag, muy otras serían sus emociones: desdén, lástima y vergüenza ajena): algo cohibido ante una intangible grandeza, emocionado por el honor de hallarse ante tan noble presencia, y a la vez constreñido a seguir su ejemplo inmarcesible.

 

      Por aquellos días, en varias oportunidades estuvo a punto de proponer a Fray Bartolomeo que entre ambos hicieran un nuevo intento de sepultar aquellos restos, tal vez pronunciando ante la tumba algunas palabras dejando en claro que se creía en la inocencia de Hrod Sindulvson, las que quizás funcionaran a manera de exorcismo; y sin embargo tal idea, a la vez, no era muy de su agrado. Enterrar aquella osamenta equivaldría a enterrar el único símbolo luminoso que había en aquellas tétricas mazmorras. Ya al verla por primera vez, Balduino se había convencido de que persistía cierta vida en ella, y hasta le había suplicado en silencio que protegiese a Tarian hasta que él pudiera sacar a éste de aquel infierno. Lo veía, de hecho, como una especie de centinela que lo guareciera en parte de todo aquello contra lo que su armadura no podía protegerlo, la desazón y el horror de las mazmorras. Porque en primer lugar, ahora estaban allí los sobrevivientes vencidos del motín de Kvissensborg; o mejor dicho, los osbrevivientes de los sobrevivientes de dicho motín. Siempre habían sido simples forajidos disfrazados de guerreros, y el ambiente malsano de la prisión había sacado en brevísimo tiempo lo peor de todos ellos, de modo que, peleando entre sí, había muerto la mitad. No era que Balduino lamentase tales decesos o que esperara de semejantes individuos mejor conducta; pero que tan drástica reducción hubiera tenido lugar en tan poco tiempo resultaba de todos modos un tanto alarmante, porque se suponía que asesinados y asesinos eran camaradas. Se veía ahora el valor que concedían a la amistad... Y ahora había más ánimas en pena errando en el ambiente espantoso de las mazmorras; espectros que por la noche desvelaban a los asesinos, llenándolos de miedo y culpa.

 

      Luego estaba Kehlensneiter, tal vez más escalofriante que mil apariciones juntas. De alguna manera parecía un muerto más, salvo cuando algo lo violentaba, lo que por fortuna y de momento no ocurría muy a menudo. Balduino iba a verlo en compañía de Tarian, y prácticamente monologaba, pues Kehlensneiter respondía sólo muy de cuando en cuando, y generalmente para decir que nada de lo que decía el pelirrojo le interesaba. Tarian le tenía gratitud y cierto afecto, aunque a la vez le temía un poco; a decir verdad, era el único capaz de poner algo de verdadera vida en los mortalmente fríos ojos violáceos del prisionero. El aspecto de este era el de un salvaje, cosa inevitable tratándose de un recluso, pero sólo superficialmente: tras los tupidos y desgreñados cabellos y barbas parecía haber algo mucho más muerto que Hrod Sindulvson, y mucho más dispuesto a salir del sepulcro para vengarse de los vivos.

 

      ¿Serían éstas y otras impresiones de Balduino, recogidas por Hansi Friedrikson en sus Freyrstrandeskroniks y deformadas por la leyenda, el origen de las espeluznantes historias de terror que aún subsisten acerca de las mazmorras de Kvissensborg? Tal vez, en parte, aunque Hansi registra también otro hecho que, de ser cierto, podría haber servido igualmente de punto de partida para tan macabras fantasías, aun cuando su postergado y trágico desenlace verdadero se viese felizmente atenuado por determinadas circunstancias.

 

       Según Hansi, el inicio de la extraña historia tuvo lugar un domingo en que Balduino y Tarian abandonaban las mazmorras y el primero sintió que alguien lo llamaba:

 

       -Eh, pelirrojo...

 

      Los dos jóvenes volvieron sus cabezas. Quien les hablaba era Hendryk Jurgenson, el otro secuaz de Sundeneschrackt que permanecía aún en prisión y cuya celda estaba contigua a la de Kehlensneiter. Con Hendryk, reputado tatuador y Witz (hechicero o shamán) Balduino apenas si había cruzado palabra hasta entonces, pese a que se proponía liberarlo también a él y principalmente a él: lo suponía más controlable y menos peligroso que Kehlensneiter y, por lo tanto, todavía no le había dedicado tanto tiempo como a este último. En aspecto era muy similar a cualquier otro sujeto que llevara muchos años en prisión: barbiluengo, melenudo y desgreñado. Lo único que llamaba la atención en él eran su cuerpo fornido y sus largos y musculosos brazos, que le daban un aire muy poco en consonancia con su pretendida función de mediador entre el mundo espiritual y el material.

 

      Este individuo era quien, acuclillado en un oscuro rincón de su celda, llamaba a Balduino.

 

      -¿Sí? ¿En qué puedo servirte?-preguntó el pelirrojo.

 

       -Alguien que te es muy querido morirá el dieciocho de diciembre-anunció lóbregamente Hendryk.

 

      El tétrico presagio fue para Balduino como un bofetón en pleno rostro. Quedó rígido, como si Hendryk le hubiera hecho un agravio personal, mientras un escalofrío, que se esforzó por disimular, recorría su espinazo.

 

      -¿Es una amenaza?-preguntó, casi anhelante. Faltaba alrededor de un mes para la fecha anunciada, y tanto tratándose de vagos y funestos hados  como de una bravata de enemigos de carne y hueso, haría cualquier cosa, menos quedarse de brazos cruzados viendo cómo se concretaba la desgracia predicha; pero era más fácil enfrentarse a enemigos de carne y hueso que a intangibles hados.

 

      -No. Apenas un comentario-contestó Hendryk, y parecía sincero.

 

      -Y supongo-dijo Balduino, tratando de tomar todo aquello como una broma de mal gusto- que hasta sabes cómo morirá, ¿no?

 

       -Sí. Lo asesinarán.

 

      -Muy bien. Te agradezco la advertencia-concluyó Balduino, reprimiento inexitosamente un segundo escalofrío; y seguido de Tarian, abandonó las mazmorras.

 

      De acuerdo con el relato de Hansi, después de aquello Balduino se mostró preocupado y taciturno durante varios días y hasta cuestionó su decisión de liberar a Kehlensneiter, aunque esto sólo lo confesó más tarde. Por lo pronto, decidió al menos aplazar la fecha tentativa de  su liberación, prevista inicialmente para los primeros días de diciembre. Hendryk había hablado con mucha seguridad; tanta, tal vez, que quizás en sus palabras no hubiera azar ni adivinación, sino sólo el conocimiento exacto de que habría de producirse un hecho nefasto. Balduino creía que, tal vez, Kehlensneiter tramara algo de lo que Hendryk estuviera al tanto, aunque de ser así resultaba extraña la precisión en la fecha vaticinada.

 

        De cualquier manera, Balduino determinó tratar de engañar al Destino; en lo que, como otros tantos antes y después de él, terminaría fracasando al fin, incluso cuando temporalmente creyera haberlo conseguido. Porque cuando la vida está decidida a golpear, lo hace muy duro y por donde uno menos lo imagina.

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Published by EKELEDUDU
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