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24 mayo 2010 1 24 /05 /mayo /2010 20:42

       A partir de allí, Balduino vivió bajo el constante temor de que se cumpliera la horrible predicción y preguntándose, si así habría de ser, a quién se referiría. Mucha gente le era querida ahora, pero entre los más cercanos a su corazón se hallaban Gudrun, Anders, Hansi, Thorvald y Tarian. Como se horrorizaba de sólo pensar que pudiera perder a cualquiera de ellos, amplió la lista: Kurt Ingmarson, Gabriel de Caudix, Thomen el Chiflado... Pero tampoco quería que muriera ninguno de ellos, y fue pensando en otros nombres, hasta que se dio cuenta de que la pérdida de cualquiera de sus seres queridos le sería dolorosa en mayor o menor grado, y que era mejor no especular al respecto. Además, y por fortuna, no tenía demasiado tiempo para pensar en ello. Sólo podía tomar precauciones y seguir viviendo como hasta entonces, pero esto último no era fácil. 

 

      Por aquellos días, cuando el rigor invernal lo permitía, Balduino y sus hombres trabajaban en la construcción de una tercera catapulta, la segunda de elaboración propia, y abatían más árboles para contar con una provisión de madera constante y debidamente añejada. Disponían además de una reserva decreciente de excremento de grifo, y Balduino tenía intención de ir reponiéndolo a medida que fuera consumido. Sin embargo, algunas incursiones por las Gröhensklamer dejaron en claro que ésa no era buena idea. Los grifos estaban particularmente agresivos, sobre todo una hembra cuya silueta denotaba una avanzada preñez fuera de época; lo que asombró a Balduino, quien recordaba el caso de la famosa loba abatida por Ursula.

 

      -Habrá que tomar precauciones cada vez que vayamos a recoger excremento de grifo, señor Cabellos de Fuego; estar alertas-aconsejó Gröhelle-. Es natural que el frío y la relativa escasez de alimentos los pongan así.

 

        Su opinión no era de desdeñar. Se había pasado la mitad de su vida mirando y admirando a los grifos, y si era tuerto y tenía la cara llena de cicatrices era porque había llevado demasiado lejos esa admiración.

 

      -Febrero es generalmente el mes en que se ponen más feroces, al menos en las Gröhelnsholmene-continuó Gröhelle-. Puede que aquí no sea para tanto; después de todo, tienen la colonia de focas para alimentarse. Pero será mejor contar con lo peor para no lamentarse después. En invierno, un grifo atacará lo primero que encuentre; de modo que lo importante es no estar a la cabeza de las posibles opciones del menú.Por lo general, los grifos salen de cacería hacia el alba, como habéis visto; es decir, que si vamos a buscar excremento de grifo a mediodía, los hallaremos haciendo la digestión. Ir más tarde tiene también sus riesgos, ya que en invierno esas criaturas varían sus hábitos, y algunos ejemplares, previsores, se procuran hacia el final del día el sustento para el día siguiente.

 

      -Podríamos procurarnos otro combustible-respondió Balduino-. El excremento de grifo que se encuentra ahora por lo general es escaso o está tan mezclado con nieve que es más trabajoso y aburrido recogerlo que ir en busca de leña. De todos modos, habrá que prevenir a la gente... Y averiguar, en la medida de lo posible, la ubicación de la madriguera de la hembra preñada. Espero que al menos me deje un ojo sano, como la que te atacó a ti.

 

      -No me digas que tratarás de quitarle una cría, como quise hacer yo...-dijo Gröhelle, sorprendido, mientras su ojo azul centelleaba de vivo interés y algo humorísticamente.

 

       -Al menos estoy considerando la idea. Toda la camada.

 

      -¡Loco! ¡Loco de atar! ¡Peor que Thomen!-fue el lapidario veredicto de Anders.

 

      No tentaba a Balduino la idea de ir por las crías, porque ello implicaba matar a la madre; pero por otro lado, jinetes cabalgando grifos domésticos podrían ser un arma terrible contra los Jarlewurms, pues podrían atacarlos por aire y, sobre todo, acercarse a sus puntos más vulnerables: ojos y garganta. Sin embargo, tal vez fuera demasiado tarde o incluso innecesario. Hacía tiempo que los Wurms no se dejaban ver por Drakenstadt, Ramtala y el resto de las ciudades que venían hostigando desde el inicio de la guerra; tal vez habían regresado a las Islas de la Bruma, o cambiado de objetivos: Freyrstrande no resultaba atrayente para invasor alguno, pero su obvia vulnerabilidad podía hacer que se la eligiera como punto de partida para una futura expansión hacia el resto del continente. Pasarían entre nueve meses y un año antes de que los cachorros de grifo que Balduino lograra arrebatar alcanzaran una talla que les permitiera cargar con jinetes. Si los Wurms atacaban antes, o si no atacaban en absoluto, se habría matado a la madre en vano. Todo eso, sin contar que se aceptaba comúnmente que el grifo era imposible de domesticar; sin embargo, sobre este último punto Balduino era ya más optimista.

 

       La relación entre Balduino y una pàrte de sus hombres estuvo un tiempo algo deteriorada debido a fricciones entre el pelirrojo y Ulvgang. Este continuaba tratando a Tarian con suma frialdad y, en ocasiones, incluso agresivamente. Balduino fue espectador silencioso y malhumorado hasta que un día, no pudiendo soportar más tiempo esta situación, envió a Tarian a montar guardia en el torreón, y acto seguido encaró a Ulvgang con firmeza, reprochándole su conducta. Ulvgang replicó, con mucha tranquilidad, que mejor se metiera en sus asuntos; y ante esto, Balduino se dejó llevar por la cólera. Por lo general flemático, esta vez Ulvgang se irritó también rápidamente, dejándose dominar por la ira: Por último, ambos se dijeron de todo, y de milagro no arremetieron a puñetazos uno contra el otro, como pareció que harían en cierto momento. Los testigos estaban pasmados ante aquella discordia que parecía crecer velozmente, como una inocente brisa que en poco tiempo acaba convirtiéndose en furioso vendaval.

 

      La de aquella noche fue una cena amarga y silenciosa. Balduino engulló su ración a toda velocidad y fue a hacer guardia en el torreón, aunque ese día no le tocaba, pues tenía ganas de estar solo. Siempre se había llevado bien con Ulvgang, y era para él inevitable sentirse triste por lo que estaba ocurriendo; de ahí su deseo de soledad. Sin embargo, diez minutos después de su llegada al puesto oyó pasos en la escaleran y supo que se trataba de Ulvgang mucho antes de que éste ascendiera los últimos peldaños.

 

      Se midieron mutuamente con la mirada durante unos instantes a la luz tremolante de la antorcha, entre la hostilidad y la pena, en absoluto silencio. Fue Ulvgang el primero en hablar:

 

      -El Destino me otorgó sólo un hijo. Si hubiera podido tener otro, me habría gustado que lo fueses tú.

 

      -A mí no. Ya vi lo mucho que te importa la paternidad-contestó Balduino en tono gélido.

 

      -Envainemos espadas, señor Cabellos de Fuego, por favor. Necesito tu ayuda.

 

      -Si es para hacer sufrir a Tarian, no la precisas en absoluto. Te arreglas solo de maravilla.

 

       -No te pongas sarcástico. Te pido sólo que escuches y que lo que hablemos quede entre nosotros. Jamás en mi vida supliqué nada, pero me humillaré ante ti,  de ser necesario, con tal de que me concedas eso. ¿Quieres verme rebajado? Dímelo y me verás de ese modo.

 

        -No deseo ni necesito verte humillado-contestó-. Te escucharé, pero trata de decir algo que no me enfurezca más de lo que ya estoy, por favor.

 

       -No creo ni quiero que te enojes. ¿Tengo tu palabra de que guardarás silencio sobre lo que te diga?

 

      -La tienes.

 

      -Entonces ven, señor Cabellos de Fuego, sentémonos uno junto al otro, como aquella noche en que una tormenta nos obligó a permanecer en esa cueva de Eldersholme, en las faldas del volcán. Nunca olvidé aquella noche. Mi instinto me dijo en ese momento que podía confiar en ti. Fue agradable intuir eso y mucho mejor aún advertir luego que mi instinto era correcto; algo de lo que, admito, dudé por momentos.

 

      Balduino se asomó por el ventanuco que daba hacia el mar. Allí todo estaba en calma. Luego, sin embargo, hizo algo que habitualmente no hacía: asomarse por otro segundo ventanuco, desde el cual se veía la entrada a Vindsborg. También allí todo parecía en orden.

 

      -Los Wurms no vendrán desde esa dirección, señor Cabellos de Fuego-observó Ulvgang-. ¿Por qué no me dices qué te preocupa? Incluso antes de nuestra trifulca, hoy estabas tenso, y lo estás desde hace unos días.

 

      -Pensarías que son bobadas.

 

      -Deja que yo mismo juzgue si lo son realmente.

 

      Tras vacilar unos instantes, Balduino contestó:

 

      -Es algo que me dijo Hendryk-y le habló del vaticinio según el cual alguien muy querido por él moriría el próximo dieciocho de diciembre-. Tal vez sea una estupidez, pero desde entonces, por momentos, me siento muy preocupado.  No dejo de preguntarme cómo ocurrirá, quién será la víctima y todas esas cosas. Gudrun está sola; también eso me preocupa. No puedo estar en muchos sitios a la vez.

 

      -Hmmm... Hendryk hizo predicciones antes. Por desgracia, todas se cumplieron: si bien a veces un día o dos después de la fecha anunciada, si es que mencionaba alguna-contestó Ulvgang-. Pero no dejes que eso te achique. Nosotros dos tenemos pelotas más que suficientes para luchar contra el destino y tratar de cambiarlo. Haremos lo que podamos. Gudrun sabe defenderse tan bien como nosotros y, no obstante, una distracción o simplemente la mala suerte mpodría dejarla indefensa. Pero suponiendo que fuera especialmente vulnerable alrededor de esa fecha, puedes decirle, llegado el momento, que se mantenga más alerta que nunca. Pretexta cualquier cosa. Es una mujer brava; no la abatirán así nomás. Y le prestaremos el cuerno por unos días, hasta que pase el peligro; convendremos una señal para ir en su ayuda si la atacaran. En cuanto a nosotros, casi siempre estamos juntos; de modo que será difícil que sobrevenga una desgracia a uno sin que el resto se vea igualmente afectado. El número es buena protección.

 

      Balduino, quien hasta entonces se había estado paseando nervioso de aquí para allá como fiera enjaulada, se sentó finalmente en el suelo junto Ulvgang.

 

       -Algo tan simple... Y no se me había ocurrido-murmuró, sintiéndose estúpido.

 

       -No... Porque tienes demasiado en qué pensar y quieres abarcarlo todo. Y porque no quisiste compartirnos tus temores, pese a que somos hombres y lo suficientemente valientes para encarar nosotros mismos cualquier amenaza que nos aceche-Ulvgang pasó un brazo alrededor de los hombros de Balduino-. Tienes un corazón enorme, señor Cabellos de Fuego. Eso te hace, en cierto modo, más vulnerable; pero a la vez te protege. Yo podría haberte traicionado. Aún podría hacerlo. Muchos de mis enemigos creyeron haberme doblegado, y apenas si vivieron lo suficiente para advertir su error. Puedo fingir sumisión ante alguien más fuerte; los imbéciles se envanecen cuando creen tener ante ellos, doblegado, a El Terror de los Estrechos.

 

      -¿Debo suponer, entonces, que también me estabas tomando por imbécil cuando, hace un momento, hablabas de humillarte ante mí?-preguntó Balduino, receloso.

 

      -Eso fue una treta para obligarte a que me escuches. Sabía que no dejarías que me humillara. Eres muy transparente, señor Cabellos de Fuego. Ten cuidado, eso puede jugarte en contra; pero no conmigo. Al contrario, si sigues vivo y a mi mando es porque tuviste la sensatez y la simplicidad para no jactarte de tener bajo tu autoridad a Sundeneschrackt, de no gloriarte de ejercer poder sobre el poderoso.

 

      -Ibas a decirme algo importante-dijo Balduino, para cambiar de tema, ya que la conversación lo estaba poniendo algo incómodo.

 

       -Sí. Es acerca de Tarian-dijo Ulvgang; e hizo una pausa, como sopesando bien las palabras-. Señor Cabellos de Fuego: una vez te dije que en las Islas Andrusias se sabe más de cuestiones de supervivencia que del bien y el mal. Esa opinión mía no ha variado, pero hablaré ahora de decisiones equivocadas. Yo no sabría decir si fue un error por mi parte dedicarme a la piratería. Mi nombre no se olvidará fácilmente en las costas de Andrusia, y ese halago a mi vanidad es casi todo cuanto me ha quedado luego de tantos años de aventuras. Podría decirse que el resto fue un fracaso, pero de nada me arrepiento, al menos en principio. Viví muy intensamente, y eso es más de lo que muchos pueden decir.

 

      ' En algún momento, llegó a mí,   como sabes, un amor imposible bajo la forma de una bellísima sirena. Eso fue cosa del Destino, pero podría haber optado por no entregarme a ese amor o no hacerlo con tanta pasión, al menos; porque era obvio que jamás podríamos estar juntos. Sin embargo, eso de vivir a medias no es para un Kveisung. El mismo fuego que lo anima en combate, arde en él en otras cuestiones, amor incluido. Tampoco de eso me arrepentiría. De lo que sí me arrepiento es de no haber optado entre una cosa u otra, la piratería o el amor. Pero me disculpo diciendo que jamás hubiera imaginado que Margyzer me daría ese hijo bello, valiente y leal que tengo y cuya sola visión me hiere y me ciega como el sol en su apogeo visto de frente. Ver su rostro es prácticamente ver el de su madre. Amo a mi hijo, señor Cabellos de Fuego. Estar separado de él todos estos años fue como si me amputaran ambos brazos y piernas; fue como si me arrancaran el corazón, especialmente porque sabía cuánto estaba sufriendo él. Con un desgraciado listo para matarlo al menor movimiento mío, nada podía hacer, salvo desear que resistiera. A veces me preguntaba si hacía lo correcto; si tal vez para Tarian no sería preferible la muerte. Pero no quería perderlo. Y así fue como Tarian sobrellevó años de tortura y penalidades, hasta que tú lo sacaste de ese Infierno. Jamás te harás siquiera una mínima idea de hasta qué punto estoy en deuda contigo por eso, y sólo lamento que esa deuda tenga que crecer ahora. No puedo hablar por mis hombres, pero en lo personal, si finalmente liberas a Hendryk y Kehlensneiter, llegado el momento me verás regresar a mi celda incluso cuando nada, salvo lo que hicisate por Tarian y por mí, me fuerce a regresar. Así pagaré parte de esa deuda, que de todos modos seguirá siendo enorme, porque tengo que pedirte un favor más. Te ha resultado incomprensible que demuestre indiferencia por Tarian. A tu juicio, él nada hizo para merecerla. Pues bien, tienes toda la razón del mundo. Quise abrir un abismo entre él y yo, y aproveché para ello el primer momento que encontré. Tarian debe seguir su propio camino. A los doce años, su lealtad ya era de hierro, y pudiendo salvarse solo cuando fuimos capturados en Svartblotbukten, no lo hizo, y eligió en cambio acompañarnos a prisión. La mazmorra por lo general cambia a las personas; hasta donde puedo ver, no obstante, él sigue siendo el mismo de antes. Eso me enorgullece. Demuestra que a su manera él es aún más duro que yo. Pero no es conveniente para él. Si volviéramos a prisión, si subiéramos al cadalso, si nos hiciéramos a la mar para regresar a nuestras antiguas actividades piráticas, él querría seguirnos. He pensado mucho en ello y decidido que no lo permitiré. Así deba para ello vender mi alma al diablo, no lo permitiré. Tarian es esclavo de sus afectos; cuando ya no sienta ninguno por nosotros, será libre.

 

      Balduino había escuchado atentamente a Ulvgang y estaba arrepentido por haberlo juzgado apresuradamente y con tanta dureza; y ahora, silencioso y pensativo, se sentía invadido por muchas dudas.

 

      -¿Libre?-dijo al fin-. Tarian no es libre. ¿Acaso no te das cuenta de cómo sufre porque no entiende la causa de tu rechazo? ¿No ves cómo te mira?

 

      -La verdad...no, por suerte no lo vi-replicó Ulvgang-. E imagino que por el momento no es libre... Pero luchará para serlo, y lo logrará. Razonará que un padre indiferente no merece el menor afecto, y su cariño desaparecerá.

 

      -¿De verdad crees que la razón lo ayudará? Razonaste que la Naturaleza no te dio cola de pez como a Margyzer para ir tras ella hacia las profundidades oceánicas. ¿Acaso eso te ayudó a amarla menos?

 

      -Es distinto. Hasta el final ella fue dulce y cariñosa conmigo; si hubiese sido grosera o malvada, o me lo hubiera parecido, su partida me habría sido menos gravosa. Además, luego no encontré otra mujer a quien amar, pero Tarian encontrará otra familia en ti y quizás en Hansi y el grumete. Instintivamente, se acercará hacia quienes le demuestren afecto. Eso preciso de ti, señor Cabellos de Fuego, sólo este último favor, y ya no te molestaré más: que seas como un hermano para Tarian.

 

      -Es cambiar un  afecto por otro, pasar de una esclavitud a otra. Tampoco será libre, si vamos al caso.

 

      -Seguro, señor Cabellos de Fuego, siempre se es esclavo cuando se ama con mucho vigor; pero algunas servidumbres son menos pesadas que otras, algunas menos dañinas que otras. Las hay incluso, pocas pero las hay, que son todo un honor. Tarian estará bien contigo, no me cabe la menor duda-dijo Ulvgang; y añadió, tras una pausa:-. Es cosa sabida que tener niños a bordo de un barco es de mal agüero. Tarian tenía once años cuando lo admitimos a bordo del Zeesteuven, supe que sería mi ruina y lo fue realmente. Pero también fue mi mayor orgullo y mi mayor alegría. Toda pérdida es poca con tal de tenerlo a él y, sin embargo, también a él deberé renunciar. Sólo quería que tuvieras eso en claro, que Tarian no es una carga de la que me deshago con gusto sino, por el contrario, una renuncia que hago con todo el dolor de mi corazón, pero que debo hacer.

 

      Balduino no supo qué contestar. Antes de que pudiera hacerlo, Ulvgang le plameó afectuosamente la espalda y se puso de pie.

 

      -Buenas noches, señor Cabellos de Fuego, y recuerda que me diste tu palabra de guardar silencio sobre lo que acabamos de conversar-dijo; y se marchó.

 

      Balduino quedó a solas allí, en lo alto del torreón. Había que poner más aceite en la antorcha, pero no lo hizo; de repente se sentía inmensamente desganado. La llama, que desde hacía un rato venía perdiendo altivez, fue agonizando en forma paulatina, hasta extinguirse por completo. Quedaba sólo la luz del brasero, pero ahora eso no importaba. Una gélida oscuridad parecía devorarlo todo.

 

      Solo en las tinieblas, Balduino pensó en la promesa de silencio que ahora lamentaba haber hecho a Ulvgang, en la expresión triste con que Tarian solía observar ahora de soslayo a su padre, en las malas elecciones que a veces se hacen en la vida y en la maldita habilidad humana para complicarlo todo fatalmente. No quería llorar; se había vuelto muy sensible en Freyrstrande, excesivamente blando tal vez... Pero los garrazos de la tristeza dolían el doble en las sombras y, después de todo, allí no habría testigos, nadie sabría si esa noche se le habían escapado un par de lágrimas...

 

      Y luego de esa noche, el pelirrojo observaría furtivamente a Ulvgang, tan a menudo como éste, también en forma inadvertida, miraba a Tarian. El otrora Terror de los Estrechos, en su interior, libraba su más encarnizada batalla para mantenerse firme en su decisión de mantener distancias con Tarian por mucho que eso le doliera y, pese a todo, seguir viviendo como siempre. A veces su ánimo sería más o menos el habitual, y en esto se vería que estaba ganando esa batalla; pero otras veces su aspecto sería el de un anciano que a duras penas se mantuviera en pie. No obstante, ese anciano le daría mucho trabajo a la adversidad, cuyos colmillos se mellarían en la piel coriácea del Kveisung, y Balduino confiaría en que no se rindiese.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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