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25 mayo 2010 2 25 /05 /mayo /2010 17:40

      A principios de diciembre se repitió en varios poblados de Ulvergard el mismo revuelo que ya se había observado a fines de marzo, con motivo del avistamiento de un gran Drake o dragón volador; pero en Ramtala hubo ahora menos alboroto. La criatura voló tres veces en círculo en torno al Zodarsbjorgele, el castelete más meridional de la ciudad, lo que era una señal convenida de antemano; de manera que se le respondió izando una bandera negra con un halcón bicéfalo escarlata en su centro para indicarle que podía aterrizar en el patio.

 

      ¿Quién no ha cedido alguna vez ante la irrefrenable tentación de fanfarronear un poco, sobre todo si hay un nutrido público para admirar nuestras habilidades?  El soberbio, magnífico reptil volador, maravilla ingrávida como no se verá otra en el mundo, interrumpió gallardamente el aleteo y adelantó sus poderosas patas traseras, utilizando su robusta cola como timón y ofreciendo de paso un primer plano de la musculatura extrañamente antropomorfa de su abdomen y pecho. Las alas amortiguaron el impacto del descenso, y los miembros traseros se encogieron con gracia elástica al posarse en tierra; luego fue el turno de los delanteros. Pese al formidable tamaño de la criatura, había sido un aterrizaje tan silencioso y ágil como el salto de un gato, y provocó una enardecida explosión de vítores y aplausos por parte de los fascinados espectadores. 

 

       Méntor hizo una amplia genuflexión ante las ovaciones. Parecía disfrutar de lo lindo el momento, lo que, quizás, era comprensible teniendo en cuenta que lo hurraba la misma raza que solía perseguir a la suya. Sin embargo, quedó un momento pensativo, y de repente ya no se lo vio tan contento.

 

      -Oh-oh... No fue buena idea descender aquí-comentó a su jinete habitual, Dagoberto de Mortissend.

 

       Este no traía armadura esta vez, sino sólo abundante abrigo, pese al cual tiritaba de fr ío. Giró sobre sí mismo en el lomo del reptil, y Méntor inclinó un poco el anca para que el jinete descendiera en tobogán por la cola.

 

       -¿No? ¿Por qué?

 

      -Porque no tengo suficiente espacio para carretear. No sé cómo podré remontar vuelo otra vez sin derribar una pared. Este es un sitio bastante estrecho, por si no te has dado cuenta.

 

      -Lo cual no parecía preocuparte en lo más mínimo cuando hacías acrobacias hace un rato para deleite del público, exhibicionista.

 

      -¿Exhibicionista?... Eso que tú llamas acrobacias son las maniobras habituales de un aterrizaje. ¿Vas a decirme que luego de años de viajar por los aires sobre mis espaldas todavía no lo sabes?

 

      -Por supuesto que lo sé, Méntor; pero la experiencia me ha enseñado también a distinguir las sutiles diferencias entre tus aterrizajes normales y los que haces para impresionar. Seguramente a ti no te hace diferencia alguna, pero cuando no cuentas con un público admirándote eres un tanto más brusco, lo bastante para que quien esté encaramado sobre tu lomo quede viendo un poco las estrellas.

 

      -Pues recién ahora me lo dices. Trataré de ser más cuidadoso en el futuro.

 

      Varios hombres de armas acudían al encuentro de los recién llegados. Por desgracia, Méntor no cayó en la cuenta de ello, y eligió precisamente ese momento para sacudirse los restos de nieve que tenía encima y que salieron disparados en todas direcciones. Todo el mundo huyó en busca de un reparo, excepto Dagoberto, quien por estar de espaldas al reptil descubrió demasiado tarde lo que se le venía encima.

 

      -¿Por qué no te sacudes con más cuidado?-gruñó.

 

      -Qué fácil es decirlo cuando se tiene tu tamaño, te envidio-replicó Méntor, con calma-. Ya que cometí el error de bajar aquí, quisiera al menos saludar al Narigón; pero no podía esperar a estar en cualquier otro sitio para sacarme de encima esa nieve que viene fastidiándome desde esta mañana, disculpa.

 

      No pudieron decirse nada más, porque en ese momento se les acercó un caballero que no llevaba armadura, pero cuya condición de tal delataban las espuelas doradas y una muy maltrecha capa, negra y con un halcón bicéfalo bordado en hilo escarlata en ella, insignia de la Orden a la que pertenecía, visible también en la bandera izada instantes atrás.

 

      Era un joven de lacia melena castaña oscura, ojos azules y expresión adusta, rayana en la antipatía. El conjunto de su semblante era de cierta sombría belleza.

 

      -Bienvenidos a Ramtala, señores-saludó cortésmente, hincando rodilla en tierra-. Se ha avisado al señor Thorstein Eyjolvson de vuestra llegada, y en cualquier momento lo tendréis aquí. Entre tanto, procuraré que estéis cómodos.

 

       Sus palabras eran la mar de amables, pero hablar de comodidad cuando en aquel patio Méntor apenas si podía moverse sin tener la certeza de causar desastres y cuando no había forma de mejorar su situación en aquel castelete resultaba absolutamente chistoso, y delataba que, al menos en tal aspecto, la cortesía del muchacho era muy superior a su inteligencia.

 

      -Me llamo Erlendur Ingolvson-se presentó.

 

      Dagoberto y Méntor se inclinaron respetuosamente al oir aquel nombre.

 

       -El famoso Erlendur Ingolvson...-murmuró el primero, alzando admirativamente las cejas-. El muchacho que, al mando de una flota y con mucha sabiduría y coraje, optó por mantenerse firme ante los Wurms, sin atacar pero a la vez sin huir. Te felicito. No todos tendrían tu temple en una situación así de fea.

 

      -Os agradezco el cumplido, señor, pero lo sucedido en el Hammersholmsunde fue pura suerte.

 

      -Yo no lo creo, y el Narig... Digo, el señor Eyjolvson tampoco.

 

      -El señor Eyjolvson me sobrevalora. Antes de esta guerra, yo era increíblemente engreído y muy seguro de mí mismo; pero luego de lo del Hammersholmsunde, donde me fue muy difícil tomar una decisión, he vivido dudando de la corrección  de cada cosa que hago.

 

        -Bueno, puede que fueras engreído, sí. Muchos gustan de impresionar a los demás, ¿eh, Méntor?-dijo Dagoberto, en apariencia muy serio; pero era una forma de burlarse del Drake, con mucho tacto, por el vanidoso aterrizaje de un rato atrás-. Sin embargo, creo que el señor Eyjolvson hizo bien al confiar en ti. Parece que la guerra sacó a relucir lo mejor de tu persona. A veces es importante, y sobre todo útil, vacilar mucho antes de tomar ciertas decisiones, sobre todo cuando de éstas dependen innumerables vidas; y una vez tomadas, actuar como si uno no hubiese dudado un instante. No seas tan duro contigo mismo... Por cierto, te alegrará saber que se acercan refuerzos. Están como a veinte días de aquí; al mando viene el Primer Senescal del Reino, Justiniano de Charmalles.

 

       -¡Quiera Dios que vengan de balde, señor!... La guerra terminó, o eso parece; hace ya mucho tiempo que no vemos siquiera un Wurm por estas costas, sea en Drakenstadt, Gullinbjorg o cualquiera de las otras ciudades atacadas.

 

      Dagoberto de Mortissend se acarició la barba, pensativo.

 

       -¿Y nuestro Gran Maestre también cree que ha terminado?-preguntó.

 

      -Dice que no deberíamos confiarnos... Por las dudas.

 

      -Sí, estoy de acuerdo. Muy sensato de su parte.

 

      -La guerra terminó, señor... Tiene que haber terminado. Entre los que murieron y los que desertaron, sufrimos tantas bajas que no resistiríamos un nuevo ataque...

 

      -Los refuerzos son la solución a ese problema.

 

      Erlendur no contestó, y Dagoberto creyó haberlo calmado. Muy otra era la realidad, pero sólo Méntor, espectador imparcial, logró captarla: Erlendur no quería refuerzos, sino sólo el fin de la guerra. Su sentido del deber lo mantenía aún en su puesto, pero sus anhelos estaban junto a quienes habían desertado, y no quería ni que se le insinuara que los Wurms podían regresar; en lo que no se quedaba atraás ala inmensa mayoría de quienes ya se las habían visto con los gigantescos reptiles. Sólo unos pocos delirantes que al parecer desconocían el miedo y ansiaban aún conquistar la gloria esperaban que los Wurms regresasen. Salvo por ellos y por los que, sin desear el retorno de los reptiles, no se atrevían a descartar ala posibilidad de que éstos volvieran, Andrusia Occidental vivía por entonces un engañoso y precario sueño de paz. El Día de la Gehenna, casi sobre el final de diciembre de ese año, sería el drástico y estremecedor despertar.

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Published by EKELEDUDU
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