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25 mayo 2010 2 25 /05 /mayo /2010 20:44

      -Por una vez tuteémonos, por favor, como cuando éramos adolescentes. Ahora no necesito un subalterno, tengo demasiados; en cambio, me hace falta un amigo-dijo Thorstein Eyjolvson, reunido en privado con Dagoberto de Mortissend en una càmara del Zodarsbjorgele.

 

      Dagoberto de Mortissend lo miró, y se llevó una triste sorpresa porque, por primera vez, advertía que Eyjolvson se hacía viejo, pese a no tener todavía cuarenta años. Su cuello estaba más encanecido, su rostro más arrugado; su sonrisa, cuando afloraba -y no era el caso en este momento- era ahora forzada.

 

      -Yo también-admitió-. Cuando éramos adolescentes no podíamos decirnos amigos, pero no importa. Fue una buena época para mí, porque entonces todo estaba por hacerse. El solo hecho de vivir era una aventura, y había un largo camino por delante. también eramos un poco tontos, claro. En medio de la tragedia desatada por el estallido del Monte Desolación, allí estábamos nosotros pelándonos por banalidades.

 

      -¿Tontos?... ¡Eramos idiotas!-precisó Thorstein Eyjolvson, mirando nostálgicamente sus propios recuerdos perdidos en el vacío-. Unos idiotas queribles, sin embargo. Deseábamos defender causas nobles; de verdad deseábamos hacerlo. Tal vez sólo para sentirnos grandes e importantes; pero, por Dios, ¿hay alguien que desee sentirse mísero o insignificante? Y en definitiva, ¿cuántas personas, también para sentirse grandes y nada más, eligen volcarse hacia el Mal?... Nosotros éramos imbéciles; pero unos imbéciles maravillosos. Eramos quienes cambiaríamos el mundo; los que lo limpiaríamos de injusticias y maldades. Para eso, nuestras energías y voluntades parecían inagotables. Amo a los idiotas que supimos ser; y en homenaje a ellos seguiré adelante, aun cansado, vencido y sin ganas de continuar como me siento. Consagré mi vida a la Orden. Hoy siento que tal vez no valió la pena, que he fracasado; lo que ignoro todavía es la magnitud de ese fracaso. Pero es muy tarde para volver atrás; y aunque pudiera hacerlo, el Thorstein Eyjolvson adolescente era demasiado estúpido para oir ciertas sabias razones. Hoy, como entonces, ese estúpido tendría la arrogancia de pretenderse capaz de cambiar el mundo. Así que seguiré adelante.

 

      -Bien que haces-aprobó Dagoberto-. Me agrada ese muchacho imbécil del que hablas.

 

      Thorstein Eyjolvson sonrió levemente, agradecido, y luego preguntó:

 

      -Dime: ¿te interesaría ser el Segundo Maestre de la Orden?

 

      -Aun interesándome, no podría serlo. ¿Le ha ocurrido algo a Cipriano de Hestondrig?

 

      -Aparte de ser un inútil, lo que por otra parte no es novedad, nada. Pero explícate: ¿por qué dices que no podrías serlo?

 

      -Porque allá en el Sur desafié a combate singular y maté a varios nobles que a su vez habían matado a varias crías de Drake, aprovechando la ausencia de la madre. No podía hacer otra cosa: los Drakes estaban muy alterados, enfurecidos como nunca los vi. Gracias a la "hazaña", cualquier posibilidad de que los Drakes, haciendo a un lado su eterno pacifismo, se nos sumaran en la lucha contra los Wurms fue a dar al traste. Es más, si yo no hubiera vengado por ellos la matanza de las crías, tal vez hasta se habrían puesto en contra nuestra... Y acabamos de ver que un Drake, como un Wurm, puede causar grandes daños incluso sin proponérselo.

 

      -Eso ya lo sabía sin necesidad de semejante demostración. Pero sigo sin entender qué te impide ser Segundo Maestre de la Orden. Acabas de reconocer que hiciste lo único que podías hacer.

 

      -Sí, pero los parientes de aquellos a quienes maté tratarán de vengar a los difuntos. Por ser de extracción villana, contra ellos, en cuyos linajes hay generaciones y generaciones de sangre noble, me protegen pocos derechos, si de verdad me protege alguno. Si el caso fuera llevado ante la justicia, me vería en problemas.

 

      -Ante la ley, no ante la justicia.

 

      -Lo que sea. La ley no defiende a los Drakes, de modo que no se hallaría justificación para lo que hice, y posiblemente ni siquiera se me consideraría un Caballero. En este momento soy uno del montón, y me parece mejor que así continúe. Creo que la situación de la Orden es muy precaria todavía. Será mejor que asuma la tarea de ayudarte a guiarla alguien que, ante la ley, esté limpio.

 

      -Ninguno de nosotros lo está. El mero hecho de haber dado protección a herejes nos pone al margen de la ley.

 

      -Sí, pero, al menos provisoriamente, fuimos amnistiados de ese delito. Sin embargo, el perdón del Rey no alcanza a los actos ilegales cometidos luego de levantada la proscripción que pesaba sobre nuestra Orden.

 

      -Es verdad-suspiró Eyjolvson, perdidas las esperanzas de que Dagoberto aceptara su oferta-. Bueno, puesto que te niegas, al menos ve haciéndote a la idea de que un día, tal vez, debas acatar órdenes de tu amigo Balduino de Rabensland. No me queda más remedio que ofrecerle el puesto a él.

 

      -¿Eh?-preguntó Dagoberto de Mortissend, no menos desconcertado que renuente-. ¿Y se puede saber por qué?

 

      -Porque no eres el primero que declina el cargo. Antes lo han hecho Benjamin Ben Jakob, Maarten Sygfriedson y Erlendur Ingolvson, entre otros. Pensé en ofrecérselo a Hipólito Aléxida, pero no sé a qué temer más, si a que acepte o a que no acepte. Porque si persiste en sus conocidas aficiones sexuales, y sobre todo en dedicarse a ellas con tan poco disimulo, dará mucho de qué hablar, y un reconocido sodomita no puede ejercer el Maestrazgo en una Orden como la nuestra, ya muy en entredicho. Nuestros enemigos estarán impacientes por achacar a la Orden entera las faltas y vicios de sus líderes. Mi última opción, por ahora, es Balduino de Rabensland. Este es orgulloso, soberbio y antipático, pero esos pecados son tan frecuentes entre la nobleza, que parecieran formar parte de los escudos de armas de muchas casas nobiliarias. Otros rumores son más preocupantes. Se dice que se ha rodeado de los restos de la banda pirata de Sundeneschrackt, incluido Kehlensneiter... y que ha dado a un perro suyo el nombre Gudjon-sonrió Eyjolvson, y Dagoberto de Mortissend reprimió la risa-. Podéis imaginar cómo se tomó esto en Drakenstadt, adonde Balduino de Rabensland había ganado cierta celebridad por haber ideado el plan que permitió rescatar a las dotaciones atrapadas en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Tampoco ayudó que rechazara un puesto de mando que le ofrecieron allí.

 

      -¿Y será bueno ofrecer el Maestrazgo a alguien tan impopular?-preguntó Dagoberto de Mortissend.

 

      -Habría que ver cuánto hay de cierto en esas acusaciones. Tratándose de un joven tan ambicioso no habría que descartar, a priori, que realmente haya liberado a los piratas para valerse militarmente de ellos a fin de, como él mismo dijo, poner al Reino entero a sus pies. No haría gran cosa sólo con ellos, pero por algo se empieza. Sin embargo, a lo largo de varias cartas y sin que yo lo interrogase al respecto, él me dio su propia versión de los hechos. Dice no haber hallado colaboración por parte del señor local, a quien acusa de poner bajo su mando a unos cuantos presidiarios, entre ellos a una parte de la banda de Sundeneschrackt. De dicha banda, afirma, quedaron sólo tres en prisión, a modo de rehenes; entre ellos, precisamente Kehlensneiter. Hace un tiempo, Balduino manifestó su intención de liberar a uno de esos tres, un tal Torian, Turian o algo así, a quien parece que condenaron siendo inocente. Más recientemente me escribió para informarme que liberaría a los otros dos, exponiendo motivos más o menos válidos desde su perspectiva.

 

      -¿Y no será simplemente que quiere legalizar su situación? ¿Que ya están todos libres y finge que recién ahora los sacará de la mazmorra? Tal vez quiera resguardarse de acusaciones.

 

      -Eso fue exactamente lo que le insinué a Benjamin por carta. Ni te imaginas cómo defendió a su antiguo escudero. Dice que Balduino de Rabensland no se apartaría jamás del camino recto; si bien admite, como falta grave en él, su absoluta carencia de amor al prójimo. Además, Maarten Sygfriedson me ha hecho llegar un rumor oído en Drakenstadt, según el cual el gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes, recabó a los Príncipes Leprosos información para desacreditar a Balduino, lo que sería muy de él. Aparentemente no le cayó bien que un Caballero de una Orden que no es la suya de llevara el mérito por idear el plan de rescate de los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Los Príncipes Leprosos, al parecer, se pusieron furiosos e incluso lo defendieron enérgicamente.

 

      -Fantasías...-desestimó Dagoberto, burlón-. Incluso si los Príncipes Leprosos lo conocieran, ellos no...

 

      -Suerte que estás sentado-interrumpió Thorstein Eyjolvson, sonriendo irónicamente-. Incluso si el rumor fuera falso, en él hay algún trasfondo verídico: los Príncipes Leprosos han tenido algún trato con Balduino de Rabensland, porque cuatro de ellos están apostados en sus vecindades, y uno resultó ser un pez gordo de Caudix, un tal Evaristo. Recibí una carta firmada por él, en apariencia auténtica, en la que avala al menos una parte de la versión de Balduino, quien parece haberse metido en el bolsillo al Leproso. Ya te hablaré más en detalle de todas estas cosas, pero con lo dicho basta para que comprendas que con tantas contradicciones en el mismo asunto apenas si sé cómo me llamo... No entiendo nada.

 

      -¿Y qué harás?

 

      -Enviarte a investigar qué hay de cierto en todo el asunto.

 

      -Pero qué magnifico e inesperado honor-dijo Dagoberto, sarcástico-. Justo lo que yo quería, tratar de nuevo con ese antipático. No sé cómo agradecerte el favor.

 

       -¿Has visto cómo pienso en ti y qué corazón de oro tengo?...Hablando en serio, Dago, te mando a ti porque te tengo confianza y porque a lomos de Méntor tardarás menos que un hombre a caballo. Si fuera necesaria una segunda opinión podríamos enviar a Benjamin, pero prefiero no hacerlo en principio, ya que por primera vez tengo serias dudas sobre la imparcialidad de El Justo.

 

      -Bueno, aunque ahora sean innecesarios, se acercan refuerzos, y con ellos viene Miguel de Orimor. Envíalo a él-bromeó Dagoberto de Mortissend.

 

       -¿Por qué?-preguntó Eyjolvson, quien no captaba dónde estaba el chiste.

 

      -Estará contentísimo de conocer al que lo derribó de la montura...

 

      Thorstein Eyjolvson abrió tamaños ojos, espantado.

 

      -¿Balduino de Rabenland fue el que derribó de la montura a El Toro Bramador de Vultalia?

 

       -Ajá... Lo hirió en su orgullo y le provocó la fractura de unos cuantos huesos, si no estoy mal informado. Debe ser cierto, porque tuvo que ser apartado del mando justo cuando estaba a punto de destruirnos.

 

      -¡Pero es increíble! ¡Mala suerte tras mala suerte tras mala suerte! Era necesario que alguien se hiciera cargo de exterminar a los Landskveisunger, y yo mismo sugerí a Miguel de Orimor debido, no sólo a su experiencia en este tipo de tareas, la cual tan nefasta nos fuen en otro tiempo, sino también a que pensé que eso le dejaría poco tiempo para detenerse en cualquier lado, y mucho menos todavía para consumar venganzas personales. ¡Pero si por casualidad llegara a Fristrande, no necesitará buscar mucho antes de encontrarse con Balduino de Rabensland!...

 

      -Bueno, Thorstein, cálmate, ¿quieres?, que después de todo, Balduino de Rabensland sabe que fue él quien humilló a El Toro Bramador de Vultalia, pero El Toro Bramador de Vultalia no sabe por quién fue humillado. ¿O te olvidas de que cuando ambos se batieron, la identidad de Balduino estaba a resguardo bajo el casco?...

 

        -Pues esperemos que eso sea suficiente. No confío en que Miguel de Orimor, mirando a los ojos de Balduino, no sepa que fue él. En una ciudad como Drakenstadt o Ramtala, son tantos pares de ojos, que quedaría desorientado, ¡pero no parece que en Fristrande haya muchos más que los de Balduino de Rabensland!

 

      -Bueno, bueno... Si se da cuenta, se batirán a duelo, uno de los dos matará al otro y, hasta donde sabemos, caiga quien caiga, será poco lo que se pierda.

 

      -No sé, pero resucitar este tipo de rencores es lo último que nos hace falta en este momento en que intento que reine la paz entre ambas órdenes de Caballería.

 

      Thorstein Eyjolvoson exhaló un cansado suspiro. Sólo restaba desear que de verdad la guerra hubiese terminado, así se podría enviar a Miguel de Orimor de regreso por donde había venido y  dejar que cada baronía se encargase ella misma de combatir a los Landskveisunger.

 

      -No hay piedad en este maldito mundo-murmuró.

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Published by EKELEDUDU
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