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26 mayo 2010 3 26 /05 /mayo /2010 22:21

      Méntor vio al grupo de gente que venía a su encuentro y, debido a malas experiencias previas vividas en otros sitios, prefirió descender a cierta distancia, en el camino que llevaba a las Gröhelnsklamer, para eventualmente tener tiempo de remontar vuelo otra vez si aquellas personas fueran hostiles. A modo de disuasión, extendió sus alas de punta a punta y estiró el cuello, y de su pico córneo brotó un agudo chillido que rasgó la quietud de aquellas vastedades y que el viento llevó a muchas leguas a la redonda. En ese momento aparentaba una naturaleza agresiva y feroz que definitivamente le era ajena.

 

      Dagoberto de Mortissend se apeó y consultó un mapa que traía consigo, tarea difícil porque el viento no colaboraba y bregaba por arrebatárselo.

 

      -¿Será éste el lugar?-preguntó en voz alta, aunque hablaba sobre todo para él mismo.

 

       -Ve tú a saberlo. Eres más temible mapa en mano que espada en mano, y lo malo es que no resultas peligroso para tus enemigos sino para tus aliados. ¿Qué tal si te deshaces de esa cosa? A ti un mapa no te serviría ni para orientarte en tu propia casa-replicó Méntor, paseando su mirada por los alrededores-. Mira, un volcán. Como en los viejos tiempos, ¿eh? Espero que sea menos destructivo que el Monte Desolación.

 

      -Sí, sí...-gruñó Dagoberto de Mortissend, más que nada para que Méntor se callara, porque lo estaba distrayendo. O al menos de esa excusa quería valerse para justificar su propia desorientación-.El Narigón lo pintó como un sitio solitario y agreste, pero esto me parece demasiado.

 

       Durante apenas unos segundos, los cielos, grises y tenebrosos, se abrieron para dar paso a esmirriadas y débiles cascadas que hicieron centellear la nieve y las bellísimas escamas verdes que revestían el corpachón poderoso del gran reptil volador. Este miraba ahora hacia las personas, cada vez más cercanas.

 

      -Ese tipo forzudo me recuerda a Gudjon-comentó con cierta nostalgia al distinguir una figura descollante que era en realidad la de Ursula-. Y hay un tuerto con un parche en el ojo, como Knippy Haraldssen... ¿Qué se habrá hecho de Knippy?

 

      -Alguien, no recuerdo quién, me dijo que se había hecho panadero. Puede ser. Knippy no tenía mucho interés por la Caballería-contestó Dagoberto, sumergiéndose también en un océano de remembranzas. Me rindo. Este mapa no sirve para nada.

 

      -Qué curioso-ironizó Méntor-. Lo mismo terminas diciendo de cuanto mapa cae en tus manos. 

 

       -De acuerdo. Este mapa ya me tiene harto, ¿está mejor así?-Dagoberto enrolló el mapa en cuestión, fastidiado-. Preguntemos a esa gente; será más sencillo.

 

      Prudentemente, Méntor permitió a su amigo adelantarse, y lo siguió unos pocos pasos más atrás, zarandeando nerviosamente su larga cola. Llegados ambos frente a aquellas personas vio Méntor, con asombro, que hincaban rodilla en tierra, comenzando por el pelirrojo que iba en cabeza. Tamaña y espontánea manifestación de respeto  anonadó al propio Dagoberto.

 

      Una jauría de perros sin raza ni modales que vagaba dispersa por ahí, escoltando en desorden a aquella gente, tuvo la malhadada ocurerencia de congregarse en torno a Méntor, mordisqueándole las patas y las alas, que él plegó rápidamente.

 

      Balduino, un tanto incómodo por esa conducta tan inapropiada de los perros de Hundi, los llamó uno por uno; pero la obediencia no era su fuerte, y tras erguir las orejas escuchando al pelirrojo con mucha atención, volvieron a dedicarse a molestar a Méntor.

 

      -No os molestéis, estamos de paso. Sólo buscamos un lugar llamado Fristrande-dijo Dagoberto de Mortissend.

 

      -Freyrstrande. Es aquí-contestó Balduino, preguntándose qué ocurría, que últimamente todos los forasteros, sobre todo los muchachos del correo de postas,pronunciaban mal el nombre del lugar.

 

       -¿Y el señor Balduino de Rabenland?

 

      -Soy yo.

 

      Dagoberto de Mortissend se indignó.

 

     -Ah, dejaos de bromas, ¡hablo en serio! exclamó, de mal humor.

 

      -¡Pero si soy yo!-exclamó Balduino-. Y vos me sois familiar...-añadió confuso. De súbito se iluminó su semblante, chasqueó los dedos y señaló a Dagoberto con su índice-. ¡Ya os recuerdo! Vos fuisteis quien me armó Caballero. Vuestro nombre era...

 

      Dagoberto de Mortissend miró el rostro amable y no cupo en sí de estupor. Nada quedaba de la horrenda mueca despectiva que él recordaba; ¿cómo iba a adivinar que ese muchacho harapiento y agradable, más similar a un campesino muy cortés que a un Caballero, era el mismo joven y antipático que él conocía? El atuendo no ayudaba, pero estaba seguro de que ni con armadura habría podido identificarlo.

 

      -Dagoberto de Mortissend, Capitán de la Orden del Viento Negro; mi amigo es Méntor el Drake, seguro os suena ese nombre-balbuceó al recuperarse de la sorpresa-. Levantaos, vos y quienes os acompañan. Vengo a hablar largo y tendido con vos, acerca de varias cuestiones.

 

      Todavía se hallaba algo aturdido. Recordó las palabras se su madre al referirse a aquel pelirrojo: ...bajo su soberbia, antipatía y ambición yacen cualidades bellísimas, que ni él mismo imagina...

 

      Inevitablemente, recordó además lo que ella había vaticinado: Mi camino y el suyo han de cruzarse muy pronto, en la vida o en la muerte... La madre de Dagoberto, la bruja Eleuteria de Mortissend, rara vez formulaba predicciones, pero las pocas que hacía terminaban cumpliéndose de un modo u otro. ¿De qué manera terminaría haciéndose realidad aquella?... Qué importaba. Bastante trabajo tenía ya Dagoberto tratando se asimilar que un mismo rostro pudiera cambiar tanto bajo dos emociones diferentes, al punto de hacerse irreconocible a primera vista.

 

      Balduino iba a hincar rodilla ante Méntor, pero éste lo detuvo. No pudo evitar el dragón lanzar una pulla a Dagoberto en el habla Drake de modo que sólo pudiera entenderla el destinatario:

 

      -Ya veo lo desagradable que es tu pelirrojo-espetó sarcásticamente. Durante el viaje, Dagoberto no había parado de quejarse contra Balduino y la desgracia que supondría tener a cargo del Maestrazgo a un joven tan antipático, altanero y despectivo.

 

     Dagoberto echó a su compañero una mirada fúlmine.

 

      -Si buscáis hospedaje, señor, tal vez convenga que os lleve a Kvissensborg-dijo Balduino-. Las estancias que puedo ofreceros en Vindsborg son un tanto rústicas...

 

      -No importa, aquí o allá es lo mismo-respondió Dagoberto-. No, mejor aquí; eh, es más cerca, el viaje me cansó mucho.

 

       -No tienes vergüenza. Cargué yo contigo y no al revés, por si no recuerdas; ¿y tú estás cansado?-susurró Méntor en su lengua.

 

     Dagoberto de Mortissend se volvió hacia él.

 

     -No seas tonto. Alguna excusa tengo que poner luego de haber dicho que me daba lo mismo dónde me alojaran. No me debe darme lo mismo en absoluto, pero recién ahora me doy cuenta. Este pelirrojo podrá no ser el antipático que solía ser, pero conviene ver si no esconde algo en su guarida. Las cosas que le dijo al Narigón por carta dan qué pensar.

 

      Pareció obvio a Balduino y su gente que Méntor no hablaba otro idioma que el propio, aunque no era la sensación que se tenía al oir sobre su participación en las gestas del Monte Desolación, y que por eso Dagoberto se veía forzado a responderle también en esa lengua. El contenido del diálogo tenía muertos de curiosidad a varios, quienes buscaron con la mirada al único capaz de traducir lo que decían esos dos, entre ellos Adler.

 

      -¿Y Adam?-susurró a Lambert, quien era uno de los que se hallaban más cerca.

 

      -En el retrete, creo-contestó el otro, con uno de sus típicos e involuntarios guiños.

 

      Pero el diálogo entre Dagoberto y Méntor se vio interrumpido por los perros, que seguían cerca del Drake y no permanecían calmos si no lo veían en inmovilidad estatuaria, y se pusieron a ladrar furiosamente cuando cambió de posición. El gran dragón volador ya no los soportó más y tomó carrera con la jauría tras sus talones y echó a volar hacia Eldersholme, donde esperaba encontrar alguna cueva en donde pasar la noche. Los bulliciosos animales quedaron ladrando en la orilla, retrocediendo asqueados ante las olas moribundas que venían a lamerles las patas, sin duda decepcionados de no poseer también ellos sendos pares de alas.

 

      La gente, por su parte, empezó a caminar hacia Vindsborg.

 

      -Decidme: ¿cuál de esos chuchos es Gudjon?-preguntó Dagoberto, humorísticamente-. Porque a ninguno de ellos parece quedarle bien el nombre. Gudjon era físicamente más grande; su cerebro, mucho más pequeño...

 

        Balduino no entendió a qué venía la comparación entre el difunto Príncipe Gudjon y los perros de Hundi, aunque la última frase lo hizo sonreír. Sólo se quedó dudando respecto a cómo habrían seguido las preacarias relaciones entre Sansón (Gudjon) y El Jinete de Drakes (Dagoberto) luego de los sucesos del Monte Desolación. En teoría habían quedado amigos, pero el tono burlón del señor de Mortissend dejaba dudas al respecto.

 

       No tuvo mucho tiempo para meditar la cuestión. Gilbert no había oído bien las palabras de Dagoberto y tuvo que pedir a Gröhelle que se las repitiera; tras lo cual, sin medir el volumen de su voz, pero creyendo por lo visto ser bastante discreto, gritó entre risas:

 

       -¡Cerebro mucho más pequeño... Este sí que conocía bien a aquel gran asno!

 

       Algunos no supieron dónde meterse, entre ellos Anders, Thorvald, Karl y el propio Balduino; pero Ulvgang y su fiel tripulación no pudieron contenerse, y estallaron en estruendosas carcajadas.

 

        En cuanto a Dagoberto de Mortissend, al principio quedó perplejo tanto por la metida de pata de Gilbert como por aquel aluvión de risas. Acalladas éstas, él mismo se echó a reir.

 

      -Sí: conocí muy bien a aquel gran asno-convino-. Y si vosotros lo conocisteis también, supongo que ello se debe a que, hace algo más de una década, fuisteis a hacerle cierta visita inesperaday no muy cortés, ¿verdad?

 

      -Podría decirse, señor-admitió Ulvgang, inclinando respetuosamente la cabeza-. Pero estad orgulloso de vuestro amigo el Príncipe Gudjon: no fue fácil doblegarlo, os lo aseguro.

 

       Dagoberto de Mortissend no tuvo que preguntar con quién estaba hablando. Balduino y Anders estaban ya hechos con Ulvgang, pero éste seguía exhudando esa especie de peligrosidad latente y a flor de piel que tan en guardia había puesto al principio al pelirrojo; y quienes no trataban frecuentemente con él lo notaban, salvo algún Kurt Ingmarson de naturaleza demasiado ingenua y campechana para advertirlo a simple vista.

 

      -Veo que habéis emprendido varios trabajos-dijo Dagoberto de Mortissend a Balduino, observando las empalizadas y las catapultas-. Me gustaría verlos para después comentarlos entre los dos... 

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Published by EKELEDUDU
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