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28 mayo 2010 5 28 /05 /mayo /2010 20:00

      Asombró a Dagoberto de Mortissend que hubiera una princesa extranjera viviendo en Vindsborg, y más todavía que dicha princesa fuera que el supuesto gigante rubio y musculoso que Méntor comparara con Gudjon Olavson.

 

      La mención de Ursula surgió cuando Balduino se proponía enviarla a preparar la cena, hecho que escandalizó a Dagoberto.

 

      -¿Me tomáis el pelo?-exclamó-. ¿Decís que es una princesa... y queréis enviarla a cocinar?

 

      -Señor, mientras vivió aquí en calidad de huésped, la traté como a tal. Ahora, por propia elección, es parte de la dotación de Vindsborg; y menos mal, porque nadie engulle como ella, salvo Anders, mi escudero. Come por toda una escuadra; que también trabaje por toda una escuadra, entonces. Al fin y al cabo, yo también tengo sangre noble, y sudo junto a los demás construyendo catapultas, hachando árboles y cavando fosos.

 

      -Sí, pero vos sois hombre. ¡Tratar así a una princesa!... Es denigrante, y exijo que en lo sucesivo la tratéis conforme a su rango.

 

      -Creedme, vuestro estómago agradecerá que sea Ursula quien cocine.

 

       -¿Pero por qué blandengue me tomáis?... ¡Que prepare la cena el cocinero habitual!

 

       Este hombre podrá ser una leyenda viviente, pero ¡qué pesado se está poniendo!..., pensó Balduino, contrariado. No obstante, respondió lacónicamente:

 

      -Como gustéis, señor.

 

      Total, cuando ya no estéis, todo volverá a la normalidad, añadió para sus adentros.

 

      Esa noche, a la hora de la cena, quiso la desgracia que los gemelos decidieran sentarse uno a cada lado de Anders, a quien consideraban algo así como su protegido. Ultimamente, les había venido la costumbre de acompañarlo a casi todas partes, flanqueándolo como si fueran sus escoltas personales. Esto no era malo, pero sí lo eran los codazos con los que, como empeñados en pulverizarle las costillas, se esforzaban en llamar su atención cuando querían ser sutiles.

 

      En realidad, quien primero se había agarrado la mala costumbre de los codazos era justamente Anders. No quedaba claro si los gemelos se habían contagiado de él o si querían curarlo dándole abundantes dosis de su propia medicina.

 

      Dagoberto de Mortissend, sentado en el suelo como los demás, deseaba entrar en confianza con  aquellos convictos y hacerles mover la lengua. Se creía muy hábil para escrutar el carácter de los hombres, y no es que no lo fuera, pero sobrevaloraba sus aptitudes al respecto, cosa que comprendió a los diez minutos de entablar conversación con Ulvgang. Empezó dirigiéndose a éste con fingida deferencia y tratando de persuadirse de que se hallaba frente a un sujeto despreciable, un simple y ruin delincuente de los mares; y en seguida sucumbió a la fascinación de El Terror de los Estrechos, igual que se rinde el ave a la seducción hipnótica y mortal de la serpiente.

 

      Si los Kveisunger habían escuchado el diálogo previo entre Dagoberto y Balduino, era difícil decirlo; pero estuvieran al tanto o no de las intenciones de obtener para ellos la absolución de sus crímenes, evidentemente querían hacerlo quedar bien ante Dagoberto, y por ello esa noche eran, en la medida de sus posibilidades, paradigmas de buenos modales y alto refinamiento. Diez años de cárcel pueden imbuir la humildad necesaria para adoptar rudimentos de etiqueta en el momento preciso, aunque habitualmente se prescinda de ella.

 

      Desafortunadamente, Ursula no había estado en las mazmorras, aunque tal vez le conviniera pasar por la experiencia. Y una princesa hace lo que se le viene en gana, especialmente una tan robusta como ella, que sin duda de pequeña zurraba a sus ayas debiendo ser al revés y que ahora, de adulta, no tendría miramientos en moler a trompadas a quien, sin contar con su voluntaria sumisión, pretendiera obligarla a hacer algo que no quería. Por lo tanto, faltando poco para la cena, se la vio ponerse coloradota mientras pujaba por lograr la salida de un pedo, expelido finalmente al son de una especie de trompeta intestinal, cuyo sonido salió amortiguado por estar Ursula sentada. Alrededor de ella no quedó nadie, ya que las flatulencias de la giganta eran especialmente hediondas. Quienes estaban más cerca, Honney, Andrusier y Hundi, huyeron entre blasfemias gruñidas por lo bajo y se amucharon codo con codo con el resto, dejándola en una soledad pasmosa, pero que a ella no la inmutó en lo más mínimo.

 

      -Aaaaah... No aguantaba más-suspiró Ursula, aliviada, mientras la tonalidad sanguínea abandonaba su rostro. Sonrió disimulada y malignamente al advertir que, merced a su poco fragante hazaña, había quedado dueña y señora de gran parte de la estancia.

 

      Anders sintió en sus costillas dos codazos, uno a cada lado de su cuerpo. Siguiendo la mirada de Per y Wilhelm vio que la flatulencia tenía repercusiones en el rostro de Dagoberto de Mortissend, a quien la vergüenza ajena había puesto colorado como si también él pujara por soltar un pedo; e idéntico rubor coloreaba las mejillas de Karl, cuyo horror por lo sucedido era indescriptible, pero que por apego al protocolo no se animaba a amonestar a una princesa, y menos ante un alto capitán de la Orden del Viento Negro. Su labio superior temblaba imprimiento un rítmico movimiento a sus mostachos, en una viva imagen de la consternación reprimida.

 

      Balduino advirtió la turbación de Dagoberto de Mortissend, y sonrió con pérfido deleite mientras guiñaba un ojo a Thorvald. He ahí a vuestra preciosa princesa, pensó. No le agradaba que le dijeran cómo desenvolverse en un sitio donde mandaba él, y menos alguien que no estaba en antecedentes del carácter de cada una de las personas sobre las que tenía autoridad. Pero bien se dice que nada como sentarse a la puerta de la propia casa para ver pasar el cadáver del enemigo. Si Dagoberto de  Mortissend esperaba encontrar algo de refinamiento y modos cortesanos en Ursula, comenzaba a llevarse la decepción de su vida.

 

      No obstante, el barbado capitán recobró pronto la compostura. E intentó, también, recuperar el control de su charla con Ulvgang:

 

       -Imagino que debe ser difícil para alguien como vos aceptar órdenes de un hombre tan joven como el señor de Rabenland-dijo, creyendo haber puesto el dedo en la llaga.

 

      Ulvgang exhibió una sonrisa de dientes podridos que en otro hubiera resultado chistosa, pero que en él era un tanto espeluznante. Tal vez aquella dentición estuviera en decadencia, pero seguía siendo dentición carnicera...

 

      -La verdad, no-replicó-. Nosotros, los Kveisunger, tenemos también nuestros códigos y reglas, y el líder debe ser el primero en cumplirlas, si quiere el respeto de quienes han de obedecerle. Por ejemplo, el náufrago rescatado en el mar debe servir durante tres años en el barco que lo rescate. Sin embargo, la única vez que pasé por ese trance no soporté ha sta el tercer año, y maté al capitán del barco que me rescató, pues obedecerle a él sí me era detestable, ya que no buscaba mi respeto sino mi odio, y lo obtuvo. Y era muchos años mayor que yo. Pero en cuanto a carácter, el cerdo de Bleitzinenauken, así era conocido el sujeto, era muy diferente del señor Cabellos de Fuego. Preguntad si no a quien fue luego mi segundo al mando.

 

      -¡Vaya si era diferente-exclamó Gröhelle, sin vacilar, mirando al vacío con el único ojo que le quedaba.

 

      -Una estupidez frecuente en los que llevan armas es mostrarse innecesariamente altaneros y descorteses con otros en su misma condición-prosiguió Ulvgang-. Tal actitud es un desafío tácito, y yo jamás rehúyo los retos. ¿Alguien, imprudentemente, olvida que soy Sundeneschrackt?... No hay problema. Es para mí un gusto recordárselo, aunque, como es lógico, recordar de nada les sirve cuando ya están con las tripas al aire... No es sabio pretender que se es más malo, más duro o más listo que El Terror de los Estrechos...

 

      La nuez de Adán de Dagoberto de Mortissend palpitó ligeramente.

 

      -...pero el señor Cabellos de Fuego jamás intentó nada semejante... y no por miedo, debo añadir, sino porque nos necesitaba-concluyó Ulvgang.

 

      -¿Y si lo hubiera intentado?-preguntó Dagoberto.

 

      -Las armas hubieran decidido quién era el mejor.

 

      -¿Y quién lo es? ¿Vos?

 

      -Tal vez sí, tal vez no. Estoy viejo, pero todavía puedo cargarme a cualquiera. El señor Cabellos de Fuego, sin embargo, no es cualquiera. Es valiente y pelea bien.

 

      -Le aconsejé que no confiara en vos-dijo Dagoberto de Mortissend, provocador.

 

      Ulvgang sonrió con dureza.

 

      -En eso ya me os adelanté yo-dijo-. Experiencia propia, ¿sabéis? Llegué a viejo gracias a mi desconfianza y terminé en la mazmorra por confiar en la persona equivocada... Pero el señor Cabellos de Fuego no escucha ni sigue buenos consejos. Me veo obligado, entonces, a tenerle la misma confianza... Enseñándole llaves de lucha que aún le faltan aprender. Llaves que no quise que aprendiera para poder reducirlo más fácilmente si, alguna ves, nos traicionaba.

 

      -¿Lo dices en serio?-preguntó Balduino, perplejo-. ¿Habías tomado esa precaución?

 

      -Sí-admitió Ulvgang-. Eres inteligente, señor Cabellos de Fuego, pero no lo bastante. Tu astucia debe ser un escudo para guarecer tus emociones; no bajes jamás esa guardia. Yo nunca lo hago. Muestro siempre sólo lo que quiero que otros vean. Sin embargo, jamás me atrevería a atacar lo que esa guardia baja tuya me permitió ver. Tú lo sabes. Es el vigor de tus ideales y tu nobleza lo que me mantiene bajo tu yugo. Hay cosas que respeto más allá de mis propias conveniencias.

 

      -Emotivas palabras. ¿Serán también sinceras?-preguntó Dagoberto de Mortissend.

 

      -Decididlo vos. De no haber sido porque yo se lo dije, el señor Cabellos de Fuego nada sabría de esas llaves de lucha que aún le restan aprender. De todos modos, debería desconfiar más.

 

      Dagoberto de Mortissend se preguntó si Ulvgang se burlaba de él. Miró de reojo a Balduino, pero éste no le fue de mucha ayuda. El pelirrojo se preguntaba si alguna vez llegaría a conocer a fondo a Ulvgang, quien lo desconcertaba con tantas contradicciones. ¿Lo traicionaría algún día, como por momentos parecía dar a entender? Y de ser así, ¿por qué se obstinaba en anunciarlo? 

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Published by EKELEDUDU
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