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29 mayo 2010 6 29 /05 /mayo /2010 20:04

      -Así que vos  sois el cocinero... Espero que la cena sea abundante; me muero de hambre.

 

      -Lo será, señor-replicó Varg, asombrado de que alguien esperara con ansias que emergiera alguna siniestra creación de ese laboratorio que era su cocina.

 

      Nadie más comentó aquella frase de Dagoberto de Mortissend, frase de condenado a muerte que cree que va a una fiesta y no al patíbulo, aunque en el silencio que siguió hubo sonrisas malignas y ojos que se buscaban unos a otros. Lo que provocaba hilaridad no era sólo el hecho de que el visitante ignorase lo que le esperaba sino, también, el tono empleado para dirigirse a Varg, como si hablara con un apacible y bonachón abuelo y no con el antiguo verdugo de Broddervarsholm y cuidador del monstruo Skazar.

 

      Esta vez, Dagoberto advertía el clima burlesco al que el propio Balduino estaba adherido. Se sintió molesto; no veía qué era tan gracioso.

 

      Los gemelos Björnson, una vez más, sacudieron a codazos a Anders, quien dio muestras de irritación. Per y Wilhelm miraban el  gesto de extrañeza de Varg, quien no lograba reponerse de la sorpresa de que alguien estuviera impaciente por probar sus mejunjes. 

 

      Balduino disfrutaba de lo lindo. ¿Conque no podía enviar a Ursula a cocinar? Pues bien, ya cambiaría Dagoberto de Mortissend de opinión... Si vivía para contarlo, claro.

 

      -Oh, vete, Gudjon-gruñó Dagoberto, golpeando en el hocico a uno de los perros de Hundi  que, tras acercársele para estudiarlo por uno de sus flancos, le había lamido la correspondiente mejilla. El animal salió gañitando como herido de muerte, ante la silenciosa ira de su amo; y Balduino creyó conveniente intervenir antes de que corriera la sangre.

 

      -Ven, Frekki-llamó; pero según era habitual, no sólo acudió el mentado, sino también sus cinco compañeros de cuatro patas. Entre todos rodearon a Balduino, haciéndole fiestas y lamiéndole la cara en forma imposible.

 

       Hansi, quien se había quedado a cenar, acudió en su auxilio. Recién entonces reparó Dagoberto en él.

 

      -¿Eres el número doce?-le preguntó; y nadie, y Hansi menos que nadie, entendió qué quería decir. Pero como el chico tenía vergüenza de preguntar, asintió con la cabeza y mucha decisión.

 

      Balduino, ya que Hansi había contestado afirmativamente, optó por no preguntar, pero tampoco él entendía a qué doce se refería Dagoberto, a no ser que aludiera a los discípulos de Jesús, ya que Hansi era dimin utivo de Hans, "Juan", nombre de uno de los apóstoles. No se le ocurría otra posibilidad.

 

      -¿Y todos los demás son también pelirrojos?-preguntó entonces Dagoberto.

 

      -¿Los demás qué?-preguntó Balduino, quien entendía cada vez menos.

 

      -¡Vuestros restantes hermanos, naturalmente!-exclamó Dagoberto, y recién entonces Balduino comprendió que el huésped tomaba a Hansi por un inexistente duodécimo hermano suyo.

 

      -Mirad, hasta donde me consta, Hansi es sólo hermano mío por afecto-contestó con sarcasmo-; pero si mi madre ha venido en algún momento tan lejos con el sólo objeto de meterle los cuernos a mi padre, que se repita, que el producto final de su adulterio es mucho más satisfactorio que los otros previos once engendros paridos de su legítimo esposo.

 

      Más codazos de los Björnson en las costillas de Anders, quien ya se estaba hartando. Ahora Per y Wilhelm miraban al desventurado Karl, cuyo semblante evidenciaba que se hallaba próximo a un soponcio. Primero el pedo de Ursula, ahora este léxico vulgar del señor Cabellos de Fuego. La amputación del único brazo que le quedaba le habría parecido más leve por comparación.

 

      -A propósito, ¿sabíais que uno de vuestros hermanos está combatiendo en Drakenstadt?

 

      -¿Y se lo comió un Wurm?... Qué maravilla... Decidme su nombre, para levanta una estatua en recuerdo suyo.

 

      -Hmmm... Me será más fácil recordar el nombre si me enumeráis a todos vuestros hermanos...

 

      -No preguntaba por el nombre del hermano muerto, sino por el del monstruo que lo devoró, que es quien merece el honor de una estatua. No obstante, mis hermanos se llamaban Eduardo, Ricardo, Everardo y Edgardo... Es decir, se llaman, si ninguno de ellos me ha hecho el favor de ir a parar al buche de un Wurm.

 

      -La verdad, son nombres tan parecidos unos con otros, que no consigo recordar cuál es.

 

      -Lástima que Drakenstadt esté tan lejos. Si de veras se lo comió un Wurm, por el olor de la mierda subsiguiente sabría identificar cuál de mis hermanos fue parte del menú.

 

      Más caras de horror de Karl, más codazos de Per y Wilhelm. Dagoberto de Mortissend, sin embargo, montó en cólera.

 

      -Mostrad más respeto-ordenó-. No se bromea con esas cosas. Muchos valientes ofrendaron sus vidas en el frente de batalla, y sus muertes fueron muy lloradas por sus compañeros. Uno de vuestros hermanos, no sé si estuvo allí, entre los caídos, o si continúa estando entre los sobrevivientes, pero en cualquier caso exigiré que guardéis hacia él la misma reverencia debida al resto.

 

     -Comprendido, señor, tenéis razón.

 

      -El Reino corre grave peligro, y en el frente de batalla se olvidan todas las rencillas mínimas e incluso las injurias graves. Perdonadlas vos también. Son quienes no cumplieron su deber y evitaron el combate quienes merecen nuestro repudio.

 

       -Espléndido, pues hasta donde sé, es el caso de tres hijos varones del Duque de Rabensland. Qué bien, realmente, qué bien... En cuanto haya averiguado de quiénes se trata, nada ni nadie me prohibirá despotricar contra ellos.

 

      -Balduino, basta-dijo Thorvald, sin alzar la voz, pero en tono cortante.

 

     Aquello era el summum del sufrimiento para Karl: ¿cómo osaba Thorvald reprender al señor Cabellos de Fuego ante un superior de éste y casi toda la dotación de Vindsborg, avergonzándolo?... Pero Balduino no parecía muy intimidado por los regaños de Thorvald ni por los de Dagoberto de Mortissend.

 

       Seguidamente vino Varg a avisar que la cena ya estaba lista. Dagoberto de Mortissend, acostumbrado según decía a la v ida de campaña, se negó a que le trajeran la comida como si los demás fueran sus siervos, y fue con su tazón a servirse como todos los demás, aunque no declinó el honor de ser el primero, cosa que habría hecho si el hambre no le hubiese impedido recordar que había una princesa presente. Tras él fueron Balduino, Thorvald, Karl y Anders; luego Ulvgang, Gröhelle y, por último, un informe gentío entre el que destacaban las caras malignas de Honney, Andrusier, Hundi y Ursula. Esta última, pese a su doble condición de mujer y princesa, jamás obtenía un  lugar de privilegio en la fila; tal vez porque result aba difícil recordar que era cualquiera de ambas cosas, o porque ella misma no hacía valer su derecho a ponerse en cabeza. Pensándolo bien, si Varg cocinaba, jamás nadie se impacientaba por ser el primero, ni aun consumados glotones como Ursula o Anders.

 

      Claro que, en el caso del segundo de los mentados, ahora existía también una cuestión de imagen para no atropellarse en busca de la comida. Estaba de visita nada menos que uno de los héroes del Monte Desolación, y por lo tanto él quería hacer buena figura. Ninguna ocurrencia suya hubiera podido ser más desafortunada. Un corrillo de susurros maliciosos y unos cuantos pares de ojos no menos maliciosos, allí en la cola, acababan de escogerlo como víctima ideal para un chascarrillo. ¿Anders quería impresionar? Pues lo lograría, ¡y cómo!...

 

      Y así, en el momento en que menos lo esperaba, Anders sintió de repente que una mano se abría camino por aquellas regiones de su anatomía donde el sol nunca penetra, y reaccionó como alcanzado por un rayo, dando un brinco único que hizo volverse a Karl, quien lo precedía en la fila. El propio Anders lo había dejado adelantarse; de lo que ahora estaba arrepentido, porque con Karl a sus espaldas habría tenido la retaguardia protegida. En cambio ahora tenía a Ulvgang, cuya dignidad tal vez le impidiera dedicarse a chiquilinadas semejantes, pero que tampoco movería un dedo para impedirlas y que, cuando Anders lo miró, fingió una sorpresa que ni con la mejor voluntad del mundo parecía creíble, sin duda porque tampoco intentaba serlo. Luego venía Gröhelle, también poco dado, en general, a ese tipo de jugarretas infantiles. Pero más atrás estaban Honney, Andrusier, Ursula y todos los demás, cuya inocencia en esa clase de asuntos era siempre más que dudosa. Podía haber sido cualquiera de ellos.

 

      Resignado, Anders volvió a mirar al frente... Y poco después, la mano furtiva repetía su anterior atrevimiento. Muy airado, el joven miró de nuevo hacia atrás. Honney y Andrusier le sonrieron como amablemente y ponían cara de no haber hecho nada, pero Ursula estaba atorada de risa forzadamente silenciosa, y se veía obligada a apoyarse en los otros dos para no caer. Obviamente, ella estaba involucrada en la fechoría, pero no quedaba claro aún si su papel en la misma era de ejecutora, autora intelectual, cómplice o qué.

 

      La tercera vez que la mano profanó su sagrado trasero, Anders estuvo a punto de estallar de rabia, pero se contuvo porque precisamente en ese instante Dagoberto de Mortissend pasaba a su lado con un humeante tazón lleno de potaje. Sonrió insinceramente, trató de adoptar una expresión muy marcial, volvió a sonreír sin saber cómo caería mejor al legendario Jinete de Drakes y por último, como éste ya se alejaba, se volvió una vez más hacia el grupo sospechoso, con cara de furor. ¿Sospechoso?... ¡Culpable!... ¡Culpables todos ellos! Tal vez sólo uno fuera autor material, pero el resto eran, cuando menos, encubridores. El grupo entero estaba ahora doblado en dos de risa, pero al menos silenciaban sus carcajadas en razón del protocolo.

 

      Posiblemente se repetiría la audacia, pero Anders estaba decidido a no dejarla impune, y a pescar in fraganti al bromista principal. Ya vería éste con quién se había metido. Le daría un tortazo como para hundirle la cabeza hasta el culo. En otras circunstancias podría haberlo dejado pasar, pero no ahora, en una visita oficial de un superior de la Orden.

 

     Por dos o tres veces más, su atenta vigilancia se vio burlada por la celeridad del transgresor. Ya sólo tenía delante de él, en la fila, a Karl, cuando al fin se volvió en el momento preciso y a tiempo para pillar al culpable, que retrocedió muy asustado y se refugió tras una muralla humana.

 

      -¡Hansi!... ¡La puta que te parió!...-susurró Anders, enrojecido de cólera, asombro, indignación e incluso hilaridad.

 

      Hansi, entre la risa y el susto, contemplaba a la víctima de su más reciente travesura parapetado tras los entusiastas instigadores de la misma.

 

      -Puercos bastardos, ¡ésta me la vais a pagar!-amenazó Anders, quien al parecer no hallaba felonía más ignominiosa que aquel ataque por la retaguardia, máxime en aquellos momentos en que él se esforzaba por adoptar una pose majestuosa y solemne.

 

      -¡Vamos, grumete, muévete!... ¡Hay gente esperando para servirse!... ¡Deja pasar a los demás!-farfulló Varg, con su cascada y apenas comprensible voz.

 

      Como despertando de un sueño muy absurdo, Anders miró su tazón humeante y se apresuró a volver a su sitio entre las miradas risueñas (por decirlo suavemente) de Honney, Andrusier, Ursula y los otros que esperaban en la fila.

 

      Thorvald, para ser tan hospitalarios con Dagoberto de Mortissend como fuera posible, había dicho a Varg que cuidara de no servir la cena fría. Por lo visto, el cocinero había tomado la orden muy en serio, siendo posible, incluso, asegurar que había ido al otro extremo; pero al menos no se notaban tanto las habituales islas de grasa, la cual estaba derretida y distribuida en forma homogénea por todo el potaje.

 

      Anders probó un poco y quedó lagrimeante luego de quemarse la lengua. Colocó el tazón en el suelo, entre sus piernas, a la espera de que el contenido se enfriase un poco. Para entonces, el de Dagoberto de Mortissend ya se había enfriado lo suficiente. El Jinete de Drakes  se dispuso entonces a saciar, por fin, el hambre voraz que venía aquejándolo; no obstante, a los tres o cuatro bocados su semblante pareció luchar contra una íntima y horrible preocupación. Era obvio que, para su desgracia, acababa de tomarle el gusto a la cena, y se preguntaba en virtud de qué falta se lo castigaba tan cruelmente. Los gemelos Björnson, quienes en ese momento flanqueaban de nuevo a Anders, dieron a éste sendos codazos, y muy discretamente le mostraron la vacilante mueca del huesped.

 

      Balduino venía notando lo de los codazos, y sonrió pensando que no vendría mal a Anders probar un poco de su propia medicina. Claro que la estaba recibiendo en dosis gigantescas, muy desproporcionadas en relación a las suministradas por él mismo. ¿Escarmentaría? Pedirle que ya no lo hiciera no surtía efecto.

 

      Thorvald acababa de interrogar a Dagoberto de Mortissend acerca de la guerra contra los Wurms. Para cuando terminó de responder, Dagoberto halló su ración fría e incomible; pero, Caballero hasta el fin, no estaba dispuesto a perder un ápice de cortesía quejándose al respecto. Discurrió entonces, para salir del paso, una estratagema que, a priori, habría podido resultar exitosa, pero no lo fue. La misma consistió en hacer hablar a Ulvgang de monstruos marinos, un tema fascinante que, pensaba, acapararía la atención de los presentes. Mientras tanto él, aprovechando que nadie lo vería, daría parte de la comida a los perros. Por desgracia, las historias de monstruos marinos eran ya moneda corriente en Vindsborg, y los Kveisunger habían vivido muchas, por lo que les resultaban rutinarias, pese a que al narrarlas hicieran vibrar de emoción al oyente. En cambio, la reacción del huésped a la indigesta cocina de Varg era una novedad que despertaba malignas curiosidades y que nadie quería perderse; por lo que pocos le quitaban totalmente los ojos de encima, aunque él no lo notó. Sólo Anders y Hansi, fanáticos a ultranza de las historias de peligro, acción y heroísmo, estaban realmente pendientes del relato de Ulvgang.

 

       Disimuladamente, aunque sin lograr el cometido de no ser visto, fue vertiendo en el suelo parte del contenido de su tazón. Los seis perros de Hundi, que a cada rato se le acercaban para olfatearlo a él y a su entorno,  no tardaron en descubrir aquellas ofrendas. Por lo general no tenían muchos remilgos para devorar cualquier cosa que se les diera pero, tal vez por sobrealimentación, esa noche parecían extrañamente exigentes y desdeñosos; así que, tras examinar cuidadosamente tales obsequios, por turnos quedaron pensativos y decepcionados, y se dedicaron a otras cosas.

 

      Pero el acabóse tuvo lugar cuando Dagoberto de Mortissend tanteó allí donde había vertido porciones de comida y con horror la descubrió intacta. Su expresión fue tan cómica que Per y Wilhelm, sin mala intención, codearon a Anders más vigorosamente que nunca. Pendiente como estaba de la narración de Ulvgang, Anders no sostenía con mucha fuerza su tazón, que escapó de sus manos y rebotó dos o tres veces, emporcando el piso con cada salto. Entonces los seis perros, que instantes atrás habían exhibido ante el menú de la noche un desprecio digno de jauría de rey, salieron disparados como exhalaciones, todos a la vez, para disputarse aquellos restos, mientras Anders, barbilla apoyada sobre su mano, reflexionaba rencoroso e indignado sobre las vueltas del destino, que lo convertían en hazmerreír precisamente cuando él más quería dar una impresión de graciosa majestad.

 

      -Me voy a relevar a Lambert-suspiró una vez que se acallaron las carcajadas provocadas por la desopilante situación.

    

      Y desde esa noche, Anders quedó definitivamente curado de su temporaria manía de llamar la atención de la gente asestándole codazos a menudo muy poco suaves.

 

 

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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