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30 mayo 2010 7 30 /05 /mayo /2010 19:55

      Después del dasayuno, toda la dotación de Vindsborg salió a despedir a Dagoberto de Mortissend y Méntor, quienes proseguirían viaje hacia el Este.

 

      -Señor, si antes de partir quisierais inspeccionar Kvissensborg, estoy a vuestras órdenes-dijo Balduino.

 

      -No, me basta con lo que ya he visto-aseguró Dagoberto.

 

      Estaba seguro de que Balduino no tramaba nada sucio; su mirada era ahora noble, transparente y tremendamente humana, no despectiva y altanera como él la recordaba. Sin embargo, también habría esado seguro de que Ulvgang era hombre íntegro y de elevados sentimientos, si no hubiera sabido que antes se lo conocía como Sundeneschrackt, "El Terror de los Estrechos"... Este pensamiento le hizo reflexionar que, por si acaso, debía tomar precauciones adicionales. Haría una breve visita a los Príncipes Leprosos, en la desembocadura del Viduvosalv, antes de seguir viaje hacia Christendom. Y a la vuelta inspeccionaría Kvissensborg sorpresivamente. Como la fortaleza estaba a cargo de un miembro de la Orden a la que pertenecía, la ley lo facultaba para hacerlo, o eso suponía Dagoberto. De todas maneras, gnte que había caído en el engaño de Balduino caería, sin duda, en el suyo.

 

      -Respecto a vuestros planes, no puedo impedirlos, como quisiera-dijo, refiriéndose a la puesta en libertad de Hendryk y Kehlensneiter-; no obstante, si ser Caballero aún significa algo para vos, honraréis vuestra condición de tal posponiéndolos hasta que recibáis una segunda visita.

 

      Balduino temía la fatídica fecha del 18 de diciembre vaticinada por Hendryk como día de desgracia y luto, y no pensaba liberar a aquél y a Kehlensneiter sino hasta después de que la fecha en cuestión hubiera transcurrido, no fueran a ser ellos mismos los autores de la calamidad anunciada. Esperar un poco más no importaría.

 

     -Ser Caballero lo es todo para mí, señor-contestó-. ¿Cuándo he de esperar esa segunda visita?

 

      -Eso no puedo asegurarlo.

 

      -Esperaré un mes. No puedo posponer más tiempo la ejecución de mis planes, y no quiero prometeros nada que no pueda cumplir.

 

      -Un mes es poco tiempo. Concedednos tres meses.

 

      -Un mes y medio como mucho. Más, imposible. Quisiera poder demostrar mi lealtad, si no a la Orden, al menos a los ideales caballerescos; pero no a costa de arriesgar la seguridad de Freyrstrande. Habéis visto que aún resta mucho para hacer aquí.

 

      -Pero los Wurms ni se han acercado a estas costas...

 

      -No necesariamente significa que no vayan a hacerlo. Por momentos me obsesiona la idea de que, si no se han dejado ver por Drakenstadt ni Ramtala estos días, tal vez ello de deba a que se nos estén acercandio, ocultos entre las islas del archipiélago. De veras, señor, seré desleal a la Orden si tengo que hacerlo, pero os ruego que no me empujéis vos mismo a esa deslealtad.

 

      -De acuerdo, de acuerdo. Mes y medio. Treinta y uno de enero como fecha de expiración del plazo.

 

      -¿Y seréis vos quien me visite de nuevo, señor?

 

      -No. Tal vez nos veamos de nuevo antes del treinta y uno de enero, pero eso será aparte. Otra persona vendrá a confirmar o refutar mis juicios sobre vos.

 

      -¿El señor Ben Jakob, quizás?-preguntó Balduino, quien anhelaba volver a ver al hombre que lo había guiado en sus primeros pasos hacia la Caballería.

 

      -No sé, no sé-contestó evasivamente Dagoberto, aunque sabía de sobra que, en efecto, sería Benjamin Ben Jakob quien viniera-. De cualquier modo, hasta esa fecha no hagáis nada de lo hablado.

 

      -Tenéis mi palabra, señor.

 

      -Adiós, señor Balduino de Rabenland, Caballero del Viento Negro; hasta más ver, señores.

 

      Dagoberto de Mortissend montó sobre el Drake mientras todos los demás hincaban rodilla en tierra. Luego Méntor, quien había estudiado la dirección del viento para estimar por dónde convendría remontar vuelo antes de tomar rumbo definitivo, avanzó hacia la carrera hacia el Sur, imponente y terrible como una mágica y formidable máquina de guerra a la carga, antes de propulsarse hacia arriba con un envión de los potentes músculos de sus elásticos miembros.

 

      El despegue del reptil había tenido a todos como hechizados; ya con Méntor ganando los cielos, el encantamiento se fue apagando, y Balduino se encontró con que buena parte de sus hombres lo rodeaban y le hacían preguntas. La mayoría sólo buscaba saber si realmente Balduino creía que tal vez los Wurms estuvieran acercándose a Freyrstrande.

 

      -Puede ser, no sé-contestó Balduino; y no advirtió que Ursula parecía atónita y alarmada.

 

      -Podías haberme presentado ante el señor de Mortissend-reprochó Anders, con cara sombría.

 

      -¿Qué quieres decir? ¡Si te presenté!

 

      -Sí, pero junto a todos los demás. Podías haber recalcado lo lealmente que te serví todo este tiempo. Salvo por la bufonada ocurrida durante la cena, el señor de Mortissend ni sabe que existo.

 

      -Hombre, qué no va a saber que existes... Un muchacho fuerte y apuesto como tú siempre llama la atención, aun sin proponérselo-aseguró Balduino, quien creía en lo que decía, pero que de todos modos sabía que a veces era necesario adular un poco a Anders para tenerlo contento-. Además, las palabras se olvidan con facilidad, pero un día Dagoberto de Mortissend te verá combatir, y no te olvidará jamás. No en vano aprendiste del mejor-bromeó.

 

      -¡Hum!-gruñó Anders, desconcertado. ¿Intentaba Balduino adormecerlo con música grata a sus oídos? Sin embargo, decía la verdad, ¿no? Un muchacho fuerte y apuesto como él, ¿no llamaba la atención aun sin proponérselo? Flexionó los brazos y estudió sus bíceps con un enamoramiento de sí mismo que en ese momento y en tal terreno habría hecho quedar como mero principiante al mismísimo Narciso.

 

      Balduino meneó la cabeza y sonrió divertido. Otro que no fuera Anders tal vez se habría visto pedante e imbécil, pero él tenía cierto aire tierno e infantil de niño pequeño que descubre maravillado su propio cuerpo. ¿Quién podía irritarse con alguien así?

 

      -Señor Cabellos de Fuego... ¿Me parece, o no le has dicho a este capitancito tuyo algunas cosas acerca de los Wurms?-preguntó Ursula.

 

      La pregunta era extraña. Balduino, no entendiéndola, preguntó a su vez:

 

      -¿Y qué había para decirle?... ¡Si él tenía más cosas para informarme sobre ese tema, que yo a él!

 

      -Hmmmm... Pero si no he entendido mal, él se fue creyendo que los Wurms ni se han acercado a estas costas...

 

      -¡Por supuesto!-terció Andrusier, exasperado-. ¡Mujer, y kalderniana además, tenías que ser para decir gansadas así!... ¿Cuándo los has visto tú en Freyrstrande, salvo cuando estabas pasada de aquavit?

 

      Ursula se volvió hacia él.

 

      -Imbécil, ¿y el que hundió el Valhöll no cuenta para nada?...

 

       Y acto seguido miró de nuevo a Balduino, asombrándose de verlo pálido y a medio camino entre el miedo y el furor.

 

       -Un momento-precisó el pelirrojo-. Hubo una tormenta. Ulvgang y yo estábamos esa noche en Eldersholme... ¡Y... la tormenta... hundió el barco en el que viajabas!-añadió, pronunciando la última frase con deliberada lentitud y como a la espera de que Ursula entendiera muy bien cada una de sus palabras antes de aprobarlas.

 

      -¡No!-exclamó Ursula, porfiada-. O al menos no del todo. Sí, la tormenta fue el golpe de gracia, ¡pero fue el lomo de un Thröllwurm lo que horadó el casco del Valhöll!... ¡No me dirás que no lo sabías!...

 

      Balduino permaneció mudo de horror durante unos segundos que parecieron eternos.

 

       -Ursula, yo te mato-dijo en cuanto recuperó el habla-. ¿Por qué no me dijiste antes todo esto?  

 

      La giganta parecía empequeñecerse ante la airada reprimenda, pero volvió a ganar altura al comprender que estaba más libre de culpa de lo que Balduino pensaba.

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¡llegué aquí con una pulmonía indescriptible y casi más muerta que viva!-se defendió-. ¿Qué sé yo que dije y qué no? ¿no te pedí que mandaras un mensaje a Svend Svendson, un gran guerrero de mi tierra, para alertarlo de la presencia de Wurms en estas costas?

 

      Sí, lo había hecho, pero eso de estas costas era una vaguedad que se prestaba a múltiples interpretaciones. La de Balduino había sido las costas de Nerdelkrag, que iban desde Norcrest al Poniente hasta Christendom por el levante: un territorio muy lato. Drakenstadt, en Norcrest, hacía sido atacada por Wurms, pero tal noticia, en Christendom, había sido tomada como chiste. Y Kaldern estaba aún más al Este que Christendom; pese a lo cual Ursula, que venía de allí, había creído de inmediato en el ataque de los temibles dragones conquistadores, para asombro de Balduino, quien la hubiera imaginado más escéptica al respecto

 

       Y Balduino ahora se sentía idiota por no caer en la cuenta de que, si Ursula no sóplo no había sido escéptica sino que, además, había creído conveniente alertar al tal Svend Svendson, por algo sería; por ejemplo, por haberse hallado frente a pruebas concretas de la realidad del hecho.

 

      -Pero luego el tema de los Wurms salió unas cuantas veces en nuestras conversaciones-dijo Balduino-. Especulamos acerca de la posibilidad de que se acercaran a Freyrstrande, de que se acercaran, Ursula. Nunca dijimos que ya los hubiéramos tenido aquí.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, las veces que hablamos de los Wurms estando yo presente, fue más en tono de chanza que otra cosa; por lo que no recuerdo qué se habló entonces. Pero si dices que se habló en serio, te creo; sin embargo, estoy segura de que ello jamás sucedió estando yo presente. Será que me encontraba de guardia o cazando. ¡Ya me extrañaba a mí que os mostrarais tan alegres y despreocupados estando tan próximos esos monstruos y con Freyrstrande tan desprotegida!... Pero siempre se me dijo que existen hombres excepcionalmente valientes que ante una inevitable catástrofe disfrutan hasta el último hálito de vida. Pensé que erais esa clase de hombres...

 

       -Bueno, ya está, qué importa de quién fue la culpa-gruñó Balduino-. Así que tuvimos a esos monstruos, al menos en algún momento, increíblemente cerca... ¡Y nosotros sin saberlo! ¿Eran muchos?

 

      -Nosotros supimos sólo de uno, el Thröllwurm que hundió el Valhöll.

 

      -Fantástico. Qué maravilla. Uno solo. Un único y solitario ejemplar extraviado, o tal vez un explorador. Dime que lo mataste, campeona; dime que lo ahogaste entre esos fuertes brazos tuyos y le rompiste los huesos, dime que con esas potentes manazas le arrancaste la cabeza de cuajo, dime lo que quieras, con tal de que la esencia de tu relato consista en que mataste a ese monstruo. Dime que ya no pudo llevar chismes a sus amos, los Jarlewurms...

 

      -Lo arponeamos y dejamos muy malherido. Quizás no sobrevivió.

 

      -Magnífico. Era lo que deseaba oir-aprobó Balduino-. Por desgracia, esto implica que la guerra no está tan lejana como suponíamos. Si un explorador halló la ruta hacia aquí, otros podrían seguirlo.

 

      -Tal vez este sitio no les interese-sugirió Anders.

 

     -Si confiado en esa posibilidad piensas quedarte de brazos cruzados, me avisas y yo renuncio y quedas a cargo de Freyrstrande. De lo contrario, a moverse todo el mundo. ¡Vamos! ¡Al trabajo!

 

      -¡Hum!... ¡Señor Cabellos de Fuego...-murmuró Adler, buscando quedar a solas con Balduino para referirle el incidente entre Méntor y Adam.

 

      -¡A moverse, he dicho!-exclamó Balduino, que no estaba en su mejor día; y Adler juzgó preferible callarse y unirse a los otros, que ya se habían puesto en marcha.

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Published by EKELEDUDU
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