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27 marzo 2010 6 27 /03 /marzo /2010 16:31

CV

      Jurgen Robson, el mismo capitán de la guardia de Kvissensborg que tan entusiastamente había participado de la golpiza con que se había maltratado meses atrás a Balduino, recibía ahora a éste con mucho nerviosismo. Obviamente el pelirrojo tenía razón al pensar que desde entonceshabían cambiado muchas cosas y que Einar y sus secuaces estaban forzados a darle tratamiento de Caballero. Lo malo era que ni imaginaban que él estuviera también al tanto de ello.

 

      -Quien sabe a qué viene ése aquí-gruñó Einar, al enterarse de que otra vez tenía en su castillo a Balduino-, pero no puede culparnos por nada. En todo momento cumplimos órdenes del Conde Arn; y ante la ley, él era todavía un forjido cuando estuvo antes por aquí.

 

      En cuanto a la actitud a adoptar ante Balduino, decidió que convenía mostrarse amable pero distante, como si recién lo conociera.

 

      -Saldrás a recibirlo conmigo-ordenó a su hija Lyngheid.

 

      Coqueta y frívola -y bastante ligera de cascos ante los hombres apuestos, según se rumoreaba-, Lyngheid acababa de hacerse cepillar los cabellos y  maquillarse, y en ese momento contemplaba el resultado ante un bruñido espejo que le devolvía su impecable imagen de adolescente rubia, de bien formado rostro y ojos azules.

 

      Desde su punto de vista, no había forma de ser muy ligera de cascos en Kvissensborg, a menos que no se fuera muy exigente; y ella lo era. Su padre tenía delirios nobiliarios que ella compartía hasta cierto punto, y pretendía para su hija un matrimonio que elevase su posición social. No gustaba a Einar recordar sus orígenes plebeyos, por lo que de tanto en tanto organizaba fiestas que rara vez tenían nutrida concurrencia y en las que pretendía estar en pie de igualdad con la nobleza. De vez en cuando algún pretendiente muy noble y muy viejo posaba sus ojos en Lyngheid, para gran satisfacción de Einar y ninguna por parte de su hija, o alguno no tan noble ni tan viejo, lo que ya no desagradaba tanto a Lyngheid pero sí a su padre. Mientras tanto, la joven, a espaldas de éste, buscaba alguna aventura amorosa con la que matar el tiempo.

 

      Pero no había mucho para elegir. Las mejores opciones estaban entre los nuevos hombres de la dotación de Kvissensborg, y aún así eran para llorar. El más apuesto era sin duda Hildert Karstenson, pero éste no había correspondido a sus flirteos. A Lyngheid le parecía muy poco hombre: estaba segura de que la evitaba para no tener líos con aquel bruto de Thorkill Rolfson, que se la comía con los ojos. Lyngheid no había tenido más remedio, de momento, que conformarse con este último.

 

       Y allí estaba de nuevo ese Balduino, que era feo como él solo. La gota que faltaba para rebalsar el vaso.

 

      -No me gusta ese pelirrojo-protestó, como si se tratase de otro pretendiente que su padre quisiera forzarla a aceptar.

 

      -Como si yo lo amara-replicó su padre, irritado-. Pero cuando te vea se pondrá nervioso, no podrá pensar bien y, si trae intenciones no manifiestas, se delatará sin darse cuenta.

 

      Mientras tanto, como ya se ha dicho, el capitán de la guardia atendía en el patio del castillo a Balduino-. Este fue derecho a las caballerizas a instalar allí a Svartwulk, previniendo a los palafreneros para que se mantuvieran a distancia del corcel.

 

      -Inspección-declaró lacónicamente, de vuelta en el patio, cuando Jurgen Robson, quien lo seguía a todas partes como un perro faldero y aún más molesto que toda la jauría de Hundi, le preguntó por enésima vez qué lo traía allí.

 

      -¿Inspección, señor?-preguntó Robson, confuso.

 

      -Así es.

 

      -Pero esta prisión está bajo la jurisdicción del Conde de Thorshavok.

 

        -Un Caballero tiene autoridad para inspeccionar cualquier prisión del Reino en la que se observen irregularidades, anomalías o falencias graves. Vos deberíais saberlo, pero veo que no es así. Preguntad a un entendido en leyes-declaró Balduino, terminante-. Coincidiréis conmigo en que la reciente evasión justifica mi presencia aquí.

 

      -Desde luego, señor, desde luego...-repuso el capitán, empalideciendo-. No había necesidad de que os molestarais, todo está bajo control.

 

      -¿Han sido hallados los fugitivos?

 

      -Aún no, pero...

 

      -¡Y entonces de qué control me habláis!... ¿Cuántos prisioneros restan aún en las celdas?

  

       -Creo que seis-contestó el capitán, vacilante.

 

      -Lo creeis-ironizó Balduino, con voz de hielo-. Lo creeis... ¡Teniente!-exclamó, y Hildert Karstenson, que se hallaba a cierta distancia, se acercó a grandes zancadas y sin pérdida de tiempo-: ¿cuántos hombres se hallan aún en las celdas?

 

      -Cinco, señor-respondió Hildert sin dudar.

 

      -¿Estáis seguro?

 

      -Absolutamente, señor. Eran diez prisioneros antes de la fuga. Dos escaparon, tres murieron en el intento; restan cinco, los que aún están encerrados. Yo mismo lo constaté.

 

      Balduino se volvió hacia Jurgen Robson.

 

      -¿Cómo es posible que este subalterno vuestro me dé una respuesta y vos otra distinta, cuando la verdad es una sola?-preguntó con dureza.

 

      -No he tenido tiempo de verificar ese dato-respondió el capitán.

 

      -¿Que no tuvisteis tiempo? ¿Y cómo es posible que este hombre sí lo haya tenido? ¿Qué estuvisteis haciendo durante estas horas, desde que aconteció la fuga? Y otra cosa: ¿por qué recibió esta patrulla la orden de regresar a Kvissensborg, aun sin haber encontrado a los evadidos?

 

      -El teniente Karstenson es responsable de la fuga, porque él era el oficial de guardia cuando ocurrió todo. Se le concedió un tiempo límite para rehabilitarse capturando a los fugitivos y salvarse de ser castigado.

 

      -También de eso iba a hablaros. ¿Qué otros errores de importancia ha cometido antes el teniente Karstenson?

 

      -Bueno... Ninguno, señor, es su primera falta, pero me parece que ésta es muy grave.

 

      -En eso al fin estamos de acuerdo. Ahora pasaré revista a los hombres que aún se encuentran en el castillo y quiero que me acompañéis. Comenzaremos por el teniente Karstenson y los hombres bajo su mando. Por cierto, ¿cómo ocurrió la fuga?

 

        -No lo sabemos todavía, pero un centinela se durmió en su puesto, y eso ayudó.

 

      -¿Cuál era ese puesto?

 

      -Rondín en la muralla oriental.

 

      -Pero los prisioneros tuvieron que franquear los barrotes de la celda primero. ¿Cómo lo lograron?

 

       -Es lo que todavía no sabemos. El cadáver del carcelero fue hallado lejos de las puertas de las Celdas Comunes, donde estaban encerrados los prisioneros que escaparon.

 

      -Entonces veo sólo dos posibilidades: traición, o puerta mal cerrada, es decir, negligencia.

 

      A una orden de Hildert Karstenson, sus hombres se habían alineado y exhibían su equipo. Se veían algo nerviosos mientras Balduino pasaba revista.

 

       -Todo en orden, os felicito-dijo al primero, que de inmediato se relajó-. Bien; pero la correa de vuestro carcaj está demasiado gastada. Ved de hacerla cambiar, no sea que se rompa y en el momento menos conveniente perdáis aljaba y flechas-dijo al segundo; y así fue inspeccionándolos a todos, felicitando a aquellos que tenían todo su equipo en correcto estado. A nadie le faltaba nada, pero en algunos casos el mantenimiento era objetable, y así lo hacía ver él, con el tono del que desea corregir una falta antes que castigarla. De vez en cuando palmeaba alguna espalda o ponía una mano en algún hombro, aunque se mantenía serio en todo momento.

 

      Ultimo de todo aquel grupo fue inspeccionado el propio Hildert. Imposible saber si él también se hallaba nervioso; sus insondables ojos azules no permitían siquiera entrever sus emociones, y lo único que se veía en sus facciones angulosas era misterio.

 

       Mientras tanto había llegado Einar con su hija y dos guardias fornidos escoltándolos. Jurgen Robson, amigo personal de Einar, se acercó a éste y le explicó al situación mientras, a la distancia, veían a Balduino pasar revista. A Einar no le hizo nunguna gracia lo que estaba ocurriendo; y menos gracia le hizo todavía que el pelirrojo, al concluir, se dirigiera a los hombres de Hildert de esta manera:

 

      -Se ha dicho al teniente Karstenson que en razón de lo ocurrido, ciertamente grave, se le castigaría con degradación y dos días de cepo. No obstante, observada su conducta y luego de esta inspección, me he convencido de que es un hombvre atento a su deber y un buen líder. Si ha cometido una falta, por grave que ésta sea, merece de todos modos que se le conceda una segunda oportunidad, y no que se le humille bajándolo de rango y se lo exhiba en el cepo. Veremos en qué medida merece otro castigo. Continuad obedeciéndole incluso más lealmente que hasta ahora. La competencia de un oficial al mando se refleja en sus subordinados.

 

      Y luego dijo a Hildert:

 

      -Quiero que preparéis ya mismo un informe por escrito pormenorizando los detalles de  la evasión, sin omitir ni alterar nada. Si no sabéis escribir, valeos de algún secretario del señor Einarson. Y concluido el dictado, haceos leer el informe y enmendadlo todo lo necesario. Lo quiero para antes de la caída de la noche a más tardar.

 

      -En mucho menos tiempo, puesto que sois vos quien lo manda, señor-contestó Hildert, inclinando la cabeza; y tras pedir permiso, partió a cumplir con el encargo.

 

      -Quiero dos voluntarios-dijo a continuación Balduino, dirigiéndose a los hombres de Hildert; y todos se apresuraron a adelantarse hacia él-. Me escoltaréis hasta que ya no os necesite-ordenó a los dos que finalmente fueron escogidos; porque su presencia estaba incomodando mucho a Einar, a Robson y a muchos más, y le convenía, por las dudas, tener las espaldas cubiertas.

 

      De hecho, Einar y Robson discutían en este momento en voz baja sobre lo que estaban ocurriendo.

 

      -¿Por qué lo dejas que proceda a su antojo?-reprochaba Einar-. Es mi castillo, no el suyo. Míralo: ya logró que los nuevos le obedezcan. Tenemos que hacer algo. O lo paramos ahora, o no habrá quien lo pare.

 

      -Parece que los Caballeros tienen derecho a inspeccionar los castillos si notan irregularidades en ellos. Está al tanto de la fuga, ¿qué podía hacer? El Conde Arn nos dio instrucciones antes, y por seguirlas quién sabe si no nos ajustamos al cuello el nudo de la horca.

 

      Einar apretó furiosamente los puños.

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Published by EKELEDUDU
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