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27 marzo 2010 6 27 /03 /marzo /2010 19:11

CVI

      En lo que estaba ocurriendo había algo de azar, pero mucho más de cálculo.

 

      Durante su anterior visita a Kvissensborg, Balduino se había formado una deplorable opinión de sus autoridades, confirmada luego por otros datos. La guardia se hallaba muy relajada, al punto que él mismo se había abierto paso sin la menor dificultad, espada en mano, hasta el salón de banquetes. Eran además gente muy dada a castigar físicamente, de forma cobarde y excesiva, a quienes menos lo merecían: lo había experimentado también en su propio pellejo antes de enterarse de los padecimientos de Tarian. Y no tenían otro método, para mantener el orden en las mazmorras, que el de hacer que Ulvgang y sus hombres mantuvieran a raya a los otros prisioneros, bajo amenaza de asesinar a Tarian.

 

      Liberados Ulvgang y la mayor parte de sus hombresa excepción de los tres conservados en calidad de rehenes, el resto se había vuelto poco controlable. Einar se había visto entonces forzado a sustituir a algunos de sus inútiles esbirros por hombres más competentes, pero cometiendo el error de dejar la mayor parte de los puestos de mando en manos de sus amigos. No era difícil imaginar que éstos, prepotentes, ineptos y pocos dados a predicar con el ejemplo, posiblemente gustaran de demostrar su autoridad a los nuevos subalternos mediante el maltrato, la vejación y el castigo. Ni se requería de mucha imaginación para deducir que el orgullo marcial de los recién llegados debía hallarse resentido por esta situación, que obedecían por mera disciplina y que estarían más que dispuestos a ocongregarse en torno a un auténtico líder, si aparecía alguno. Y las naturales dotes de mando de Balduino se habían perfeccionado mucho al verse al frente de un grupo de convictos peligrosos que podían volverse en su contra si no los manejaba adecuadamente.

 

      Einar, por su parte, había cometido otro error al dar por sentado que Balduino no volvería solo a Kvissensborg, ni estaría en condiciones de vengarse de la golpiza recibida allí más que al frente de una hueste armada. Por prudencia lo había mantenido bajo cierta vigilancia, pero era poco probable, por no decir imposible, que Balduino contara con el apoyo de los prisioneros puestos bajo su mando:  tal acto pondría en peligro las vidas de los tres rehenes que quedaban en Kvissensborg.

 

      Pues bien, allí estaba Balduino, a quien suponía lógicamente acobardado por la paliza recibida la vez anterior. Al no prever una situación como ésta, Einar no sabía cómo manejarla debidamente.

 

      Igual, había que hacer el intento.

 

      -Señor...-saludó, inclinando ligeramente, al acercarse con su hija y la escolta.

 

      Balduino no retribuyó el gesto. En otro tiempo fui una bazofia-pensó, mirando altivamente a Einar-, y así y todo era mucho mejor persona que tú. El pensamiento lo hizo erguir instintivamente la cabeza, en gesto aún más altivo.

 

      -Debo insistir, señor, con mis mejores excusas, en que dejéis que yo me ocupe de todo este asunto-siguió diciendo Einar-. Se trata de mi señorío, después de todo.

 

       -Lo que llamáis tan pomposamente señorío no es más que una vulgar prisión-replicó gélidamente Balduino.

 

      -Temo que estáis en un error. Kvissensborg es mi feudo. Tengo un título que lo acredita.

 

       -¿Y a mí venís a hablarme de títulos? ¿A mí?-se burló Balduino-. Soy Caballero. Ese título invalida cualquier otro, excepto el del mismo Rey. Ni me hableís tampoco, os lo aviso por las dudas, de linaje o de sangre: si de algo valen, los míos se remontan a varias generaciones antes que los vuestros.

 

      El Conde Arn también es Caballero, y a él le sirvo.

 

      -Entonces dejad que entre él y yo decidamos si Kvissensborg es un señorío o una prisión.

 

      Disimuladamente, Lyngheid, que odiaba que la ignorasen, rozó con su pie la pierna de su padre, Einar.

 

      -Disculpad. No os he presentado a mi hija, Lyngheid-dijo éste.

 

       -Sí, ya la conozco-gruñó Balduino; y se llevó a los labios la diestra de Lyngheid y la besó, pero con tanta prisa e indiferencia que fue muy evidente que la joven le importaba un rábano-. No olvidéis que ya estuve antes aquí. Mi memoria es excelente.

 

       La rabia que invadió a la superficial y caprichosa Lyngheid Einarsdutter ante aquel pelirrojo que no se postraba a sus pies para venerar su belleza no tuvo límites, y fue todavía más obvia que la indiferencia de Balduino. El guardia que estaba a su diestra, alto como una torre, rubio y de ojos verdes y barba puntiaguda, advirtió la reacción de ella, y un sutil relámpago de celos cruzó su mirada.

 

      -De todos modos, y volviendo a lo nuestro-prosiguió Balduino-, no es mi intención, a menos que algo lo exija, atentar contra vuestros títulos, supuestos o reales. Seguiréis llevando vida cortesana sin que nadie os moleste. Pero como prisión, este castillo queda temporalmente sujeto a mi autoridad, hasta que el Conde Arn decida al respecto.

 

      -No tenéis derecho-gruñó Einar, bullendo de rabia mucho más que su  hija.

 

      -Ser Caballero me otorga el derecho; las irregularidades que veo aquí me dan la ocasión-replicó con firme calma Balduino-. Hasta la fuga de esos dos Landskveisunger sería lo de menos, aunque ya hay demasiados de esos bandidos sueltos por ahí, sin necesidad de que se sumen dos más. Otras cosas que recién comienzo a ver son peores. ¿Cómo puede ser que, negligentemente, se haga retornar a una patrulla con el solo objeto de castigar al oficial que la manda, en vez de ocuparse primero de buscar y encontrar a los fugitivos y postergar hasta entonces cualquier castigo? ¿Cómo es posible que el capitán de la guardia no sepa cuántos prisioneros continúan en sus celdas? Si no sabe cuántos siguen ahí, pudiendo verlos para contarlos, ¿qué seguridad puede tener de que los evadidos sean dos, cuatro, nueve, cien o mil? Y recién empiezo. De modo que será mejor que me dejéis cumplir con mi deber, tanto más cuanto que no complacerá al Conde Arn enterarse de estas cuestiones. En la medida en que este asunto quede en mis manos, el pellejo de todos aquí estará a salvo, pero quien intente detenerme lo lamentará. Sólo un ataque cobarde y traicionero podría doblegarme... Como bien os consta, por otra parte. Pero dirimir esta disputa violentamente, independientemente del resultado final que me acarree, será nefasto para todos los que osen enfrentarme. Mi padre, el Duque Eduardo de Rabenland, tioene poder para presentarse ante el nuevo Mayordomo General del Reino, el señor Tulio de La Calleja, y hacer rodar las cabezas de quienes se me opongan. Vos decidiréis; pero, si se ha de dirimir esto por la espada, mejor hagámoslo como gentileshombres,  batiéndonos en combate singular vos y yo o, si no vos, otro a quien designéis.

 

       Ni aun en la mentira más descarada había mostrado Balduino la menor vacilación, y supo de inmediato que había ganado la pulseada. Einar miró a su alrededor y comprendió que nadie entre los presentes estaría dispuesto a jugarse por él; de modo que, para salvar de algún modo su dignidad, declaró que a partir de ese momento y hasta el término de la jornada, exigía que se obedeciese en todo a Balduino.

 

      Lyngheid nada más tenía que hacer allí, y se encaminó hacia sus aposentos. No había llegado aún a ellos, cuando el guardia alto y de barba rubia le dio alcance.

 

      -¿Por qué mirabas tanto a ese pelirrojo, si puede saberse?-preguntó, iracundo.

 

      -No seas idiota, Thorkill-contestó ella, irritada-. En primer lugar, soy muy dueña de hacer lo que quiera; en segundo, me ofendes sintiendo celos de ese pecoso más feo que el pecado.

 

      Tuvo que reconocer, no obstante, que ese pelirrojo más feo que el pecado tenía mirada noble, orgullosa y valiente y que la armadura le sentaba bien. Y no le había prestado la menor atención.

 

        Lyngheid se encerró en sus aposentos y se arrojó sobre la cama para rumiar su despecho.

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Published by EKELEDUDU
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