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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 00:39

CX

      Hansi no la había pasado muy bien luego de la única cabalgata realizada hasta ese momento. Balduino, recordándolo, no estuvo ya tan seguro de que accediera a acompañarlo hasta Helmberg; y luego de obtener la aprobación por parte de su padre, le hizo la propuesta antes del desayuno. No fue sabio de su parte. Hansi se mostró alborozado de acompañar a Balduino a cualquier sitio adonde éste se dirigiera, así fuera el mismísimo Infierno; de modo que tragó su desayuno en pocos minutos por temor a que lo dejara atrás si se demoraba y luego, impacientemente, estuvo yendo y viniendo del interior de Vindsborg a la puerta de la caballeriza, y viceversa. Balduino apenas si logró probar bocado, aunque estaba muerto de hambre. Si bien tenía cierta prisa por ponerse en marcha, en este momento su prioridad era poner fin a los insistentes reclamos de Hansi:

 

       -¿Cuándo partimos, señor Cabellos de Fuego, eh? ¿Cuándo?

 

       -Qué paciencia... Qué paciencia hay que tener a veces...-suspiró Balduino, dejando su desayuno sin terminar y poniéndose de pie para colocarse la armadura. Anders se levantó para ayudarlo.

 

      -Creo, muchacho-dijo Thorvald, esbozando una sonrisa-, que fue un error hacerle a Hansi la propuesta antes de estar listo para partir.

 

      Lo alegraba que Balduino fuera bueno y paciente con  el niño. Este volcaba en Balduino todo aquel afecto que en su hogar estaba tan limitado. Friedrik quería sin duda a su hijo, pero era un hombre hosco, práctico y poco efusivo. La tía de Hansi, por su parte, era una solterona amargada y poco tolerante con las travesuras de su sobrino, circunstancia agravada por la precaria salud de la mujer, que padecía diversos achaques. Pero en Kvissensborg Hansi se sentía mimado, y por Balduino experimentaba ese afecto especial que despierta aquello que encarna los sueños más íntimos de nuestro corazón. Y a la vez ejercía sobre él una dulce posesividad infantil, inexpresada y no razonada. El señor Cabellos de Fuego era suyo. No lo decía, tal vez ni meditara sobre ello, pero tal era su sentimiento.

 

      La armadura de Balduino lo tenía fascinado y, mientras Anders ayudaba a su señor a colocársela, el niño se mantuvo quieto y callado, reprimiendo el aliento como bajo un hechizo. Al verlo así hubo sonrisas varias, pese a que algunos en Vindsborg no estaban de ánimos muy risueños. En efecto, Balduino no decía a nadie más que a Anders, Thorvald y Karl lo que estaba sucediendo, pues temía suscitar esperanzas que luego quedaran truncas. Pero sabiendo que el día anterior había estado en Kvissensborg y que ahora se dirigía a Helmberg, planeaba entre los Kveisunger  el temor a que éste buscase un entendimiento con Einar y Arn, que a ellos los dejara de lado.

 

      Incluso Ulvgang participaba de este temor, aunque no lo manifestara en voz alta. Ya no era El Terror de los Estrechos, sino sólo un padre desesperado por salvar a su hijo. Lo aterraba la posibilidad de que Tarian hubiese muerto y nadie se atreviera a decírselo, aunque Fray Bartolomeo asegurase que seguía vivo hasta donde le constaba. Y además lo atormentaba la otra posibilidad, la de una eventual traición por parte de Balduino. Naturalmente, siempre podría vengar con sangre esa traición, pero eso no liberaría a Tarian. Sin contar que, muy a su pesar, se había encariñado con Balduino. Era consciente de ello, pero no tenía coraje para admitir los alcances de ese afecto. Había llegado a amarlo casi tanto como a su propio hijo y, de hecho, soñaba con que fuera como una especie de hermano postizo para Tarian... Porque Ulvgang, mortal al fin, se dolía de la idea de que, cuando él ya no estuviese, Tarian quedara solo, sin  la compañía del pueblo de las profundidades ni del de la superficie.

 

      Todavía estaba Balduino terminando de calzarse la armadura con ayuda de Anders cuando Thorvald, dando por finalizado el desayuno, ordenó bajar para dar comienzo a las faenas del día. Ulvgang se puso de pie antes que nadie, pero luego se rezagó.

 

      En determinado momento, los saltones ojos verdiazules del Kveisung se cruzaron con las pupilas marrones de Balduino. Se sostuvieron la mirada mutuamente. La de Ulvgang sometía a la del pelirrojo a un duro, severo escrutinio; pero los ojos de Balduino conservaban su aspecto limpio y franco de siempre.

 

       -Cuídate, señor Cabellos de Fuego-recomendó Ulvgang, insinuando apenas una sonrisa, antes de salir al patio y bajar la escalinata.

 

      Y minutos más tarde, Balduino subía a lomos de Svartwulk y ayudaba a Hansi a subirse a la grupa, y por último ambos partían hacia Helmberg, un viaje bastante duro para alguien acudiado por el tiempo. Sólo de ida eran ocho leguas o quizás un poco más. No obstante ello, Balduino decidió detenerse en la desembocadura del Viduvosalv para asegurarse de que los Príncipes Leprosos se hallaran bien. Sería sólo un momento.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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