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1 junio 2010 2 01 /06 /junio /2010 17:20

CXC

      No halló la respuesta esa misma noche, sino después de varios días de reflexión y tras consul tar con tacto a Thorvald, quien tenía más experiencia que él en eso de estudiar el carácter de la gente. Increíblemente, cuanto más lo pensaba, más llegaba a la conclusión de que, si la descripción hecha por Adler era fiel a la realidad, Méntor no se había equivocado al reconocer en Adam a un Caballero presente en los sucesos del Monte Desolación.

 

      La primera objeción que podía plantearse contra tal hipótesis era que Dagoberto de Mortissend, protagonista también de la famosa gesta, no se había mosqueado al ver a Adam, ni el rostro de éste había despertado algo en su cerebro, al menos hasta donde se sabía. Parecía más probable, por lo tanto, que Méntor se hubiese equivocado; y sin embargo, no era posible estar seguros. Méntor y Adam se habían visto a solas, uno frente a otro. En tales condiciones es más fácil identificar a un conocido al que no se ve desde hace mucho tiempo, que si se lo encuentra mezclado con otra gente; y Dagoberto de Mortissend no había visto a Adam más que en compañía de muchas personas. Y su mente se hallaba distraída por otras preocupaciones, como por ejemplo las posibles consecuencias de la eventual liberación de Kehlensneiter. Durante la cena en Vindsborg, prácticamente no había tenido ojos ni oídos más que para Ulvgang y algunos secuaces de éste. Si había reparado en Adam, no lo demostró.

 

       Era evidente, por otra parte, que si Adam había sido Caballero años atrás, debía haberse visto entonces muy diferente del larguirucho desgarbado, cachazudo y amargo que todos conocían ahora. Podía no haber sido especialmente corpulento, pero sin duda estaba en mucho mejor estado físico que ahora, y lo mismo a nivel mental y espiritual. La inacción y el prolongado consumo de Sales de las Brujas, más algún otro factor desconocido, lo habían transformado en la piltrafa que era actualmente.

 

      Este último pensamiento entristecía a Balduino más allá de lo humanamente imaginable, sobre todo porque, caso de que Adam realmente hubiese sido caballero alguna vez, tenía que haber servido en la Orden del Viento Negro, los buenos en la historia del Monte Desolación. Pues entre los malos, la Orden de la Doble Rosa, militaban únicamente nobles, y no cabía dudar de la extracción villana de Adam. Lo que significaba, en otras palabras, que un hombre de ideales elevados y defensor de causas nobles se había rebajado a ser un vil lacayo de la siniestra Hermandad, esa horripilante cofradía de adictos a la magia negra responsable, entre otras cosas, de la producción y tráfico de Sales de las Brujas que año tras año segaban las vidas de tantos jóvenes y otros no tan jóvenes.

 

      Cómo podía haber tenido lugar esa fea, monstruosa metamorfosis, era difícil de dilucidar. Balduino se planteó varias hipótesis y las fue eliminando una por una, a medida que creía encontrar huecos o lagunas en ellas.

 

      Una posibilidad era que el Caballero Adam se hubiera sentido disminuido o humillado en relación a sus pares. Podía ser que se sintiera menos fuerte que el resto, y que eso le provocara envidia, una envidia que con el tiempo hubiera crecido hasta niveles desmesurados, haciéndose incontrolable y generando odio hacia los camaradas que lo superaban en los aspectos que en él eran talón de Aquiles. Por  fin, Adam habría abandonado la Orden, resentido, y habría terminado pasándose al otro bandom tal vez incluso con secretos anhelos de vengarse de aquellos que lo habían hecho sentirse inferior.

 

       Era una situación común y recurrente en cuentos y leyendas de gesta, pero ¿también en la vida real?... En su adolescencia, Balduino había sufrido el cruel espoleo de la envidia al hallar a otros muchachos que manejaban las armas mejor que él, pero a éstos los trataba con cortesía tanto más llamativa cuanto que en aquella época trataba con desprecio a casi todo el mundo. Y es que tramar venganza contra ellos habría sido reconocer su propia inferioridad, algo que no hubiera podido soportar. Podía envidiarlos, podía detestarlos, podía desearles lo peor; pero siempre para sus adentros. En lo externo se había mostrado excepcionalmente caballeresco, lo que le había granjeado efímeras simpatías por su condición de buen perdedor. Por desgracia, Balduino entrenaba concienzudamente para no ser el perdedor por mucho tiempo; y al volverse vencedor, su amabilidad tendía a esfumarse.

 

       ¿Y qué era entonces de los otros, es decir, de quienes alguna vez habían sido mejores que Balduino y luego les tocaba ser superados por él? Habían tenido reacciones muy dispares, pero casi ninguno aceptó de buen grado verse rebasado por el otrora buen perdedor. Algunos, sin poder contener su despecho, se alejar mascullando imprecaciones muy amargas. Otros intentaron, con mayor o menor éxito, ser tan buenos perdedores como antes lo había sido Balduino. Si en su mayoría no lo lograron, la altanería del pelirrojo tuvo bastante que ver, pero esta misma altanería los motivó para, furiosos, ponerse a practicar también ellos como locos con el fin de recobrar su supremacía.

 

      Jamás lo lograron. Una vez alcanzada la cima, Balduino se esforzaba por permanecer allí, entrenando cada vez con mayor rigor. Sus compañeros de armas, aun detestándolo y deseando desbancarlo del primer puesto, tenían otros intereses que recién ahora Balduino encontraba más válidos, como disfrutar de una reunión con amigos. Por consiguiente, repartían tiempo y energías entre estos varios intereses, mientras que Balduino se concentraba fanáticamente en un único objetivo, llegar a ser el mejor en lo suyo. En estas condiciones, les habría sido imposible que superarlo de nuevo. Habrían podido entonces llegar a la conclusión de que tanto fanatismo era exagerado, que la vida no era sólo entrenar para ser el mejor, que Balduino no era más que un tonto con desmesurados humos; pero tampoco ellos eran inteligentes, y verse vencidos una y otra vez por alguien que ahora les resultaba repelente los humillaba y llenaba de encono. De envidiados habían pasado a ser los envidiosos.

 

      ¡Envidia de qué!, pensaba ahora Balduino, sonriendo irónicamente y pensando que aquellos muchachos tal vez tuvieran sobre él ciertas ventajas que no veían o no sabían apreciar, como una buena familia, por ejemplo. De cualquier manera, lo habían envidiado, obrando en consecuencia. Primero le habían traído otros adversarios con los cuales contender; pero nadie experimenta por cabeza ajena, y menos cuando el ego nubla la razón. Así que algunos de estos adversarios vencieron a Balduino, mas la actitud de buen perdedor de éste y la respetuosa inclinación de cabeza con que honró sus victorias les impidió mostrarse soberbios con él, algo que más tarde lamentaron cuando se invirtió la situación y los vencidos fueron ellos. Por último un vengativo grupo se confabuló para darle una paliza, pero no siendo más que seis, terminaron tan golpeados como Balduino, y además los superiores de la Orden los separaron y repartieron castigos: a los humillados, por ataque cobarde a un camarada y por no ser capaces de gobernar sus pasiones, mientras que Benjamin Ben Jakob sancionó por enésima vez y con mayor rigor que nunca a Balduino por su abierto desdén y altivez. Se impartieron además severas amonestaciones a un lado y a otro, y allí concluyó la cosa. Para entonces, la Orden del Viento Negro reclutaba a sus miembros sobre todo priorizando su valores éticos y fibra moral, y posiblemente porque en eso los compañeros de armas de Balduino merecían pocos reproches, dejaron el asunto ahí. En lo sucesivo rehuyeron más que antes la compañía del pelirrojo, pero eso fue todo.

 

      En tiempos del Monte Desolación, la Orden estaba poco más que en fase embrionaria y era, quizás, menos selectiva con sus miembros; por lo que aumentaban las posibilidades de que uno de ellos, envidioso y vengativo, se hubiera puesto al servicio del Mal. ¿Podía haber sido el caso de Adam?

 

      El problema era que en Vindsborg casi no había nadie que no pudiera darle motivos para sentirse humillado, si tal era el caso, porque todos lo superaban en fuerza y casi seguramente también en valor. Adam no quería a nadie pero, como dijera Adler, detestaba realmente sólo a Balduino y Ursula. Más allá de que en este último caso el sentimiento fuera mutuo, un hombre tal vez tolere ser superado por otro hombre, pero difícilmente soporte que lo aventaje una mujer, y menos en cuestiones tradicionalmente viriles. Ursula era más fuerte que Adam, y podía suponerse que también más valiente, aunque ahora Balduino tuviera dudas respecto al alcance del valor de Adam, pensando que tal vez lo que había interpretado por cobardía fuera en realidad cualquier otra cosa. De cualquier forma, la presencia de la hombruna mujer acentuaba el patetismo de Adam, de modo que se entendía que éste la aborreciera: a su lado de sentía más insignificante que nunca.

 

      Pero, ya se ha dicho, ser superado por otro hombre duele ya menos. Y a Adam le importaba un comino que Thorvald, Ulvgang o Anders fueran más fuertes e incluso más valientes que él; ¿por qué habría de importarle, entonces, que también Balduino lo fuera? Y si por alguien era capaz de sentir afecto aquel ser miserable era por Tarian, también más fuerte y más valiente que él. Y es que hasta el más insignificante insecto parecía más fuerte y más valiente que Adam, y Balduino no veía qué otra cosa pudiera envidiarle a él para tenerle especial inquina... a menos que fuera su misma condición de Caballero, lo único que nadie más poseía en Vindsborg. Si no se trataba de eso, la envidia nada tenía que ver en el odio que Balduino le inspiraba, y si tenía que ver, de todos modos sentimientos similares no explicaban que hubiera abandonado la Orden, si en verdad había pertenecido a ella. Pero sí podía ser que lo hubieran expulsado por alguna causa y envidiara a los que aún eran Caballeros. Y de ser así, ¿por qué lo habían expulsado?

 

      Podía ser que hubiera demostrado no ser trigo limpio, pero la Orden no admitía términos medios en materia de honorabilidad; o las faltas se consideraban leves y se aplicaban castigos proporcionales, o eran graves y se castigaban con la muerte. Obligados a mantenerse en la clandestinidad, los Caballeros del Viento Negro no podían darse el lujo de dejar vivos y libres a traidores en potencia. Pero, ¿y si uno de éstos lograba escapar antes de consumarse la sentencia en su contra? En tal caso, tras una razonable búsqueda, sólo cabría desear que el potencial traidor no lo fuera tanto, y que no los vendiera. Podía haber sido éste el caso de Adam, quien luego había traicionado a La Hermandad cuando trabajaba para ésta. De ser cierta esta hipótesis, debía reconocérsele que no hubiera hecho otro tanto con la Orden del Viento Negro. A menos, claro, que lo hubiese intentado sin éxito; pero esto ofrecía un abanico tan amplio y complicado de posibilidades, que Balduino prefirió dejarlas de lado, al menos por el momento.

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