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2 junio 2010 3 02 /06 /junio /2010 18:19

       Aquel día empezó como cualquier otro en Vindsborg. Balduino y su gente estaban ocupados trabajando, en este caso en apalear la nieve que se acumulaba sin descanso donde más estorbaba, y pensaban continuar luego con la construcción de la catapulta de turno. Dicho sea de paso, el pelirrojo estaba muy contento porque con cada catapulta que construían mejoraba mucho la calidad.

      -Jinetes-murmuró de pronto Gröhelle, cuyo único ojo valía por dos.

      Y en efecto, en la lejanía podía verse un grupo de hombres montados avanzando por una elevación del terreno desprovista de bosque; probablemente se trataba de una patrulla venida de Kvissensborg. Lo sorpresivo del caso fue que, no tanto tiempo más tarde, Balduino y sus hombres tenían a los cabalgantes casi junto a ellos.

      -¿Estoy loco, o es Einar quien viene en cabeza?-preguntó Balduino, entre el asombro y la indignación.

 

      -Ambas cosas-replicó Anders, sonriendo maliciosamente.

 

      -¿Y todavía se anima ese cerdo a salir de su chiquero para desafiarme?

 

      -Calma, muchacho, no sabemos a qué viene-aconsejó sabia y firmemente Thorvald-. Quizás incluso pase de largo con su pequeña escolta. En todo caso, si busca problemas, dáselos; pero ten cuidado de no encontrarlos tú.

 

      Por sensato que fuera el consejo, a Balduino le costaba reprimirse, porque a Einar, servil, traicionero y malicioso, lo asociaba con la eventual desgracia profetizada por Hendryk. Se lo vio tenso como un todo a punto de embestir; y Anders, Tarian y sobre todo Ulvgang lo rodearon, invitándolo a tomarse las cosas con calma.

 

      Cuando por fin Einar y su séquito, integrado por los diez hombres que se había permitido reservarse para su servicio, se hallaron ante Vindsborg, Balduino estaba ya aplacado, cosa siempre prudente si se avecina pelea, a la que nunca es conveniente lanzarse con furor ciego. Ello no quitaba que un sinfín de sarcasmos pujara por salir de su garganta, y se dio el gusto de comenzar a soltarlos ni bien tuvo a Einar frente a él:

 

      -Pero qué agradable sorpresa, si es mi viejo amigo Einar Einarson...-dijo, burlón, avanzando al encuentro de los jinetes, de armadura todos ellos-. ¿Vais a una especie de torneo de baja estofa o algo así?

 

      -Vengo a lavar mi honor-contestó fría y pomposamente Einar, intentando afectar dignidad.

 

      -Ah, ¿tenías, después de todo?... Qué maravilla, qué maravilla... Siempre se aprende algo nuevo. Ahora, si vas a lavarlo, no pierdas el tiempo, ¿eh?, que hasta donde sé, debe tener una mugre de siglos. Con alguien que te dé una mano y sin tomarte descansos, salvo para comer y dormir un rato, en treinta años terminas... Si la suerte te favorece, claro. Y si no, no te aflijas: ya que presumes de tus títulos nobiliarios, puedes incluir entre las piezas de tu escudo de armas una cagada, simbolo adecuado, además de innovador, para la Casa que fundarás...

 

      -Justo tú vienes a hablar de honorabilidad-masculló rabiosamente Einar-. Tú, bastardo cara de bosta colada...

 

      -Señor Cara de Bosta Colada para ti, gusano-lo interrumpió Balduino con desprecio-. Y como por un lado tu visita no me es grata ni viceversa, y por otro lado te noto un tanto más desafiante que la última vez que nos vimos, haz cuanto antes el berrinche que pensabas hacer, así te doy las debidas nalgadas, te envío a la cama sin postre y puedo ocuparme de cosas de adultos... ¿Qué quieres?

 

      -Deberías saberlo bien. He venido en busca de venganza.

 

      -Con razón traes tantos acompañantes. Muchos contra uno es el valiente estilo de lucha que preferís tú y tus secuaces... ¿Y de qué deseas vengarte, si puede saberse?

 

      -¡Deja de fingir que no lo sabes!-estalló Einar, colorado de ira-. Alardeas de valiente, pero sí que, por las dudas, preferiste ser furtivo para cortejar a Lyngheid, ¿eh?

 

      -¿Eh? ¿De qué hablas? ¿Has perdido el juicio, Einar?-preguntó el pelirrojo, estupefacto-. ¡Temo que los humos que se te subieron a la cabeza terminaron de nublarte el poco entendimiento que ya tienes!... ¿Cuándo me acerqué yo a tu estúpida hija?

 

      -Eso quisiera yo saberlo, pero tal vez te vuelva la memoria cuando veas qué regalito dejaste a Lyngheid en su vientre-replicó Einar, luchando por refrenar su cólera.

 

      Gilbert se volvió riendo hacia Hundi, su vecino más próximo, y le gritó al oído:

 

      -Así que el señor Cabellos de Fuego le llenó la bodega a la hija de Einar...

 

       -¡GILBERT!-tronó Karl, mientras la cólera de Einar iba en aumento.

 

      -Mira al mosca muerta-susurró Andrusier al oído de Honney.

 

       -Y justo esa hembra, tan buena que hasta el mascarón de proa del Zeesteuven habría abandonado su puesto para cogérsela...-replicó Honney.

 

       Inevitablemente, pululaban diálogos susurrados muy similares al de Andrusier y Honney, todos ellos mordaces y malignamente complacidos. Pero Anders estaba atribulado, y se acercó al pelirrojo para dar las explicaciones del caso.

 

      -Balduino...-murmuró.

 

       -Ahora no-cortó Balduino; y se volvió de nuevo hacia Einar-. Aclárame esto, que no entiendo nada.

 

      -¿Y todavía la tienes con que no entiendes?-se burló Einar-. ¿Y  te dices Caballero? ¿Tú, que no eres capaz de respetar ni la doncellez de una joven?

 

      -¡Pero no me hagas reír!-exclamó Balduino, siempre con Anders tirando de su manga para llamar su atención-. Si para algo hubiera valido la pena acercarme a tu hija... ¡Dije que ahora no!-Balduino estaba fastidiado. ¿Qué le pasaba a Anders?-...Si para algo hubiera valido la pena acercarme a ella, habría sido para buscar su doncellez. Pasa como con tu honor: según alguna leyenda muy olvidada, existe, pero yo recién me entero.

 

      -¡Sigue haciéndote el imbécil, Milpecas!... Claro, no es que precises mucho, el papel te sienta bien; pero la astucia te viene de manera muy oportuna si se trata de rehuir cobardemente un duelo.

 

      -¡Pero no digas estupideces!... Quieres que nos batamos a duelo, ¿eh? ¡Por mí, contigo y con todos los gansos que te escoltan! Lo único que digo es que no busques pretextos para ello... ¡ANDERS, DÉJAME EN PAZ, MÁS TARDE ME DICES CUALQUIER COSA QUE TENGAS QUE DECIRME!...

  

      -Si de algo vale tu palabra, exigiré una condición-dijo Einar, ya más calmo.

 

      -Ah, ¿encima es con exigencias la cosa?... Está bien... ¿A ver?

 

      -Si gano, recobro la autoridad sobre Kvissensborg.

 

      -¿Así que toda esta ridiculez es solamente para que puedas ser de nuevo el mandamás de tu prisión?... ¡De acuerdo, de acuerdo, tienes mi palabra! ¡Lástima que también podría prometerte el Cielo, que total, no tendré que cederte nada!... ¿Pelearemos con espadas, me imagino?

 

      -Así es. Pero no pelearé personalmente: designaré un campeón que me representará.

 

      ¡Lógico!... Sólo un tonto como yo podía suponer que alguien como tú, Einar, buscaría pelea y luego se haría cargo personalmente de ella, pensó Balduino con ironía.

 

      -Bueno, que venga ese campeón tuyo-dijo-. Quiero terminar esto cuanto antes.

 

      -Oh, también yo, también yo...-replicó venenosa, malignamente Einar-. ¡Thorkill!

 

      La llamada puso en marcha a un gran coloso rubio, de ojos verdes y barba puntiaguda: Thorkill Rolfson, en apariencia fiel servidor de Einar, pero que, en faenas más íntimas,  había servido también a Lyngheid. Traía una recia armadura con hombreras erizadas de púas y, apenas desmontado, desenvainó su espada. Balduino lo observó con los brazos cruzados y mucha curiosidad. Thorkill, al notar su atención puesta en él, ejecutó diestramente unos cuantos malabarismos y trucos con la espada. No era que no requiriesen cierta habilidad; pero la imagen de semejante bruto tratando de impresionar con juegos de manos que él ya dominaba y con los que se daba esos mismos aires a los quince años, fue demasiado para el pelirrojo, que no pudo evitar reírse hasta las lágrimas.

 

      -¡Bravo!-exclamó, parodiando un aplauso-. Y ahora iré por la mía y te demostraré, si tu seso te lo permite, que ¡aunque no lo creas, una espada puede usarse también para pelear!

 

      Hubo estruendosas carcajadas por parte de casi todos los hombres de Balduino, silenciosa rabia por parte de Einar y resoplidos de furor asesino por el lado de Thorkill. Alguien digno habría sonreído y demostrado con hechos que también esa función de la espada conocía de sobra. Pero él no era alguien digno...

 

      -No, pelearé yo-intervino por fin Anders, un tanto achicado-. Ha habido una confusión, eso quería decirte-dijo a Balduino, antes de volverse hacia Einar:-. Balduino es inocente en esto. He sido yo quien mancilló el honor de vuestra hija, no Balduino. Yo combatiré... Iré por mi espada.

 

      Y eso hizo, dejando a todos estupefactos y mirándose unos a otros.

 

      El bárbaro, desagradable semblante de Thorkill se recuperó pronto del asombro, y sus ojos recobraron pronto sus sanguinarios destellos. Era palpable su deseo de matar; y Balduino, que en alguna oportunidad recordaba haberlo visto mirando a Lyngheid o cerca de ella, comprendió que no sólo se proponía prestar un servicio a su señor sino, además, vengar sus celos de amante desdeñado.

 

       Un espasmo de frío horror estremeció a Balduino. Giró en dirección a Vindsborg, pero no llegó a hacer mucho más, porque varios de sus hombres se interpusieron en su camino.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, ¿qué vas a hacer?

 

       -Pelearé yo. Ese energúmeno sería capaz de matar a Anders.

 

       -¡A ti también, si vamos al caso!-exclamó Thorvald-. Fue el pichón quien se metió bajo las sábanas de la hija de Einar, no tú. Que asuma su culpa y se haga cargo. No lo malcríes.

 

      -Pero es responsabilidad mía haber enfurecido a ese Thorkill. Miradlo, está que parece un demonio.

 

      Y Balduino miró a Ulvgang, en busca de apoyo. Por qué a él y no a otro, sólo ellos lo sabían: era el único, aparte del mismo Balduino, que estaba al tanto del nefasto presagio de Hendryk.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, Anders quiere pelear-dijo Ulvgang-; por lo tanto, y puesto que él inicio todo, merece y debe hacerlo. No seas como esas hembras que prefieren a sus machos castrados antes que muertos. Además, el grumete puede vencer, pero ¡qué aliento le darás, si le demuestras que ya lo ves como cadáver!... ¿Qué tal si mejor le das unos cuantos consejos útiles?

 

      Varios de los presentes asintieron a esta sugerencia; y Balduino, viendo que nadie estaba de su lado y admitiendo, aunque a regañadientes, que Ulvgang tenía razón, tuvo que cambiar de planes y componer una máscara de seguridad y confianza aunque por dentro lo corroyera el miedo... Miedo por Anders, su escudero, su amigo, el hermano encontrado tan lejos de la casa paterna.

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Published by EKELEDUDU
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