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7 junio 2010 1 07 /06 /junio /2010 16:00

      -Si el Khadish es una alabanza a Dios, debería memorizarlo para recitarlo en agradecimiento cuando el Señor tenga a bien llevarse a algunos que por desgracia todavía andan haciendo desmanes en este mundo-gruñó Edgardo de Rabenland.

 

      Decía esto en el salón de banquetes del Palacio del Duque Olav de Norcrest, en voz baja, de modo que sólo Ignacio pudiera oírlo. De todos modos, sus vecinos de mesa más próximos aún no habían llegado.

 

      Había gran número de comensales invitados esa noche pero, como siempre, la decoración era sobria y hasta un tanto mortuoria, con mucho predominio del negro. Decían algunos que era en señal de luto por los muchos caídos en la reciente guerra, especialmente los allegados del Duque, a quien le quedaban pocos parientes varones vivos, y todos ellos eran muy viejos o muy jóvenes. Otros afirmaban que era una forma de mantener viva la memoria de su primogénito e hijo favorito, el Príncipe Gudjon, quien había militado en la Orden del Viento Negro. Sí se sabía que el servicio de mesa continuaría siendo tan frugal como de costumbre, un poco porque los tiempos presentes no permitían una excesiva prodigalidad y otro poco porque al Duque Olav le disgustaban los excesos en la mesa, aunque los tolerara cuando aún vivía Gudjon.

 

      -Ya me he acostumbrado, mal que bien, a los judíos. Y a mí no me han traído dolores de cabeza, ni dado grandes quejas. ¿Qué tienes contra ellos?-preguntó Ignacio.

 

       -No he dicho que contra judíos, pero les copiaré ese rezo en particular porque, en algunos casos, la gratitud hacia el Señor es tal que las plegarias cristianas no alcanzan para demostrarla.

 

      -Veo que tu querida princesa no está presente. Tal vez venga más tarde. ¿Eso te tiene de tan mal humor?

 

      -Olvida a la Princesa Gunilla. Que no venga, si no quiere. No, el que me irritó es ese tenientecito subordinado de Hreithmar, el tal Person: se autorizó a sí mismo a repartir raciones de vino extra como regalo de Navidades anticipado, según dijo. Cuando pasé revista en el cuartel, algunos apenas si se mantenían en pie. El tal Person dijo que se hará responsable ante Hreithmar.

 

      -Bueno... Ninguna regla les impide beber...

 

      -Sí, pero éstos tienen que tomar guardia a la noche. Te digo, Ignacio: Hreithmar le da demasiadas alas a ese Person. Tal vez también a otros, no sé, pero él es el único que se propasa de verdad. Person no me tiene el más mínimo aprecio; y Hreithmar, teniendo que apoyarme a mí o a Person, prefiere a este último. Pero hasta ahora siempre fue en asuntos relativamente inocentes. Espero que esta vez lo ponga en su lugar.

 

      -Confío en que lo haga. Lo que pasa es que eres  demasiado detallista. No puedes tener para con la soldadesca las mismas pretensiones que para con los Caballeros; no aquí, al menos, en que la autoridad de Hreithmar, pese a su origen villano, es inmensa.

 

      -Sí, puede que tengas razón, pero...-comenzó a argüir Edgardo; y no siguió hablando, porque una figura a su parecer extraña se había acercado a ellos y tomado asiento a la izquierda de Ignacio. Edgardo, a la diestra de éste, lo codeó ligeramente para llamarle la atención acerca del recién llegado. El cual era un joven y apuesto Caballero, ataviado con una bella, resplandeciente armadura. Una armadura de verdad hermosa, pero que estaba fuera de lugar en un banquete.

 

      ¡Y pensar que este bufón pertenece a mi Orden!, se lamentó para sus adentros el pelirrojo Edgardo, viendo que en la capa del joven destacaban las rosas roja y negra con sus tallos entrelazados. Capa con cuya parte inferior, por cierto, el muchacho no supo bien qué hacer al sentarse. Primero estuvo a punto de dejarla colgando tras el respaldo del asiento, pero luego lo pensó mejor y la acomodó sobre el mismo, sentándose sobre ella.

 

      -Disculpa-le dijo Edgardo, adelantando un poco la cabeza para que el joven lo viera pese a que Ignacio se interponía entre ambos-. No sé si de lugar, pero al menos equivocaste día y hora. El torneo no es hoy.

 

      El rostro de Ignacio, joven amable y educado, ardió de vergüenza ajena ante el grosero sarcasmo de Edgardo; pero el recién llegado, que tenía facciones infantiles y cabello negro brilloso como el azabache que le llegaba sólo hasta la nuca, no parecía haber oído. Sonreía cortésmente y, al ver el rostro de Edgardo, pareció a punto de reventar de emoción.

 

      -¿Eso lo hicieron los dragones?-exclamó, señalando el costado  derecho del semblante del pelirrojo, rugoso de cicatrices hasta la casi totalidad del mentón, y con el correspondiente ojo privado de la vista, todo ello en feo contraste con la otra mitad de la cara, tan agradable a la vista.

 

       -Qué va. Una torpeza del cocinero...-gruñó Edgardo; y por fortuna su mascullar fue indescifrable, lo que permitió a Ignacio subsanar la nueva descortesía:

 

      -Fue un recuerdo que le dejó un Jarlwurm, sí: Talorcan el Negro. Sucedió cuando iba en socorro de otro compañero que, por desgracia, no sobrevivió-dijo-. Eres Calímaco de Antilonia, ¿no?

 

      -¡Sí! ¿Cómo supisteis?-preguntó Calímaco, asombrado y todavía más emocionado, como pensando que si sin destacar por sus hazañas todos conocían ya su nombre, cuando fuera todo un héroe la gente desmayaría de admiración y reverencia ni bien lo oyesen o lo pronunciaran.

 

      -Por tu escudo de armas, idiota-exclamó Edgardo, ahora muy audiblemente-. Y la silla en la que te has sentado la ocuparía sólo Miguel de Orimor o un tal Calímaco de Antilonia. No te veo parecido a El Toro Bramador de Vultalia.

 

      Calímaco de miró la sobrevesta que cubría parte de su armadura, y que debía haber tenido a buen resguardo durante el viaje a fin de lucirla en galas como aquella, puesto que estaba impecable. Su rostro se veía tan rojo como los leones de gules que sostenían el escudo en el que sólo había una pieza, una cruz de brazos curvados hacia adentro y rematados cada uno en una estrella de cinco puntas: la Cruz de San Marciano, como se la llamaba, bordada en este caso en hilo escarlata.

 

      -Ah... Claro... Qué tonto-musitó el joven, entre el nerviosismo y la humillación.

 

      -Es todo un honor, Calímaco-murmuró Ignacio, extendiendo una diestra que Calímaco no vio.

 

      -¡El honor es mío!-exclamó, extendiendo su propia diestra hacia Edgardo, cuya cara denunciaba a las claras que hubiese preferido ser ciego, no ya de un ojo, sino de ambos, y también sordo, para sufrir menos a Calímaco-. ¡Un honor inmenso, de verdad!

 

      Era difícil, por no decir casi imposible, que Ignacio montara en cólera, pero su expresión al volverse hacia Edgardo presagiaba sangriento asesinato ante otra eventual insolencia del pelirrojo, por lo que éste estrechó la diestra de Calímaco componiendo el mejor semblante que pudo, tarea en la que obtuvo un éxito sumamente mediocre.

 

      -Edgardo de Rabenland-dijo, exhibiendo grotescamente su dentadura en una parodia de sonrisa que lo afeó mucho más que todas sus cicatrices.

 

      -¡Rabenland!-exclamó Calímaco, abriendo tamaños y admirados ojos. No se entendió qué lo maravillaba tanto, pero la sinceridad del sentimiento no estaba en duda. Si seguía así de verdad reventaría de emoción.

 

      Por algún motivo (tal vez por esas cicatrices que acreditaban su participación en combate real contra los Wurms, el antilonio parecía muy deseoso de granjearse el favor de Edgardo. Este ya veía a Calímaco como indeseable, y estaba resuelto a encajárselo de prepo a Ignacio, ya que éste parecía querer erguirse en paladín de aquel novato.

 

      -Y mi amigo es Ignacio de Aralusia. Bravo guerrero y compañero fiel, cuyas hazañas valieron a su nombre un permiso para eternizarlo en la piedra del Muro de los Inmortales de Drakenstadt, honor con el que muchos sueñan, pero que pocos alcanzan-declaró pomposamente, con sus ojos brillándole de astucia y recalcando sus palabras con el índice.

 

      -Un honor, en serio-dijo cortésmente Calímaco, estrechando, esta vez sí, la diestra de Ignacio.

 

      Pero hete aquí que, por algún otro arcano motivo (tal vez por ignorar que sólo alguien considerado un valiente entre valientes y extraordinario defensor de Drakenstadt podía aspirar a que su nombre quedara esculpido en el Muro de los Inmortales; si bien, en la práctica, la lista de Inmortales eternizados en el Muro parecía interminable, y si se recordaban las proezas de veinte, era mucho), a los ojos de Calímaco el aura heroica de Ignacio no podía ni remotamente competir con el de Edgardo, según parecía, ya que seguía siendo el pelirrojo el centro de atención del antilonio. Eso requería medidas urgentes. Por lo tanto, iba ya Edgardo a relatar qué magnífica, arrojada e incomparable proeza había valido a Ignacio el honor de ser eternizado en el Muro, recalcando, por supuesto, que él, Edgardo, jamás, ni por todo el oro del mundo, se habría expuesto al mortal peligro implícito en la casi temeraria misión de rescate comandada por Ignacio.

 

      Pero entonces intervino fatalmente este último, y Edgardo olvidó lo que iba a decir, y perdió para siempre la oportunidad de desviar hacia el aralusio la idolatría que le profesaba Calímaco.

 

      -Cómo demora el señor de Orimor...-murmuró Ignacio, por decir algo que distrajera un poco la atención de Calímaco, ya que Edgardo era tan renuente a acapararla.

 

      -Ah, es que no vendrá-respondió Calímaco-. Presentó sus excusas al Duque.

 

      -¿Se encuentra enfermo?

 

      Calímaco adoptó la actitud cautelosa y solemne del custodio de un tremendo secreto de estado:

 

      -No. Confidencialmente me dijo que prefería no estar en ciertas compañías...-dijo.

 

      Edgardo sintió que su mandíbula inferior literalmente caía al piso, tanto era su indignado asombro.

 

      -Por supuesto-gimió, llevándose la mano a la frente como si padeciera la más atroz de las jaquecas; y añadió, sarcástico y gesticulando mucho:-. No sé qué delirio, que estupidez, qué locura o hechizo, me llevó a insinuar siquiera que Su Divina y Graciosa Majestad, El Toro Capado de Vultalia, de muy pero muy rancia estirpe (tan rancia que, de hecho, ya está hecha un asco), se dignaría a al menos considerar la posibilidad de condescender a halagar a la plebe con su muy ilustre y gratísima presencia...

 

      Y como en algún momento se había traído la cena y las mesas ostentaban una respetable cantidad de manjares, un solícito siervo se le acercó a ofrecerle quién sabía qué.

 

      -Sí, sí, ¡suela hervida también, si quieres!-exclamó, asustando muchísimo al siervo, sin quererlo, con un gesto harto elocuente de su diestra, que evidenciaba sus crecientes deseos de mandar al Diablo manjares y comensales por igual-. Total, ésto o aquéllo me será igualmente indigesto de cualquier forma.

 

      Ignacio prefirió persuadirse a sí mismo de que era de piedra, y apenas si contestó a los siervos que le ofrecían comida. Igualmente lacónico fue el antilonio, pero por otro motivo: había hallado en Edgardo algo más que admirar. Pues durante el  viaje había tratado a Miguel de Orimor lo bastante para impresionarse por su elevada jerarquía en la Orden  y su imagen de duro... ¡Qué sangre fría y temperamente altanero debía tener Edgardo, si osaba hablar de semejante personaje como si fuera estiércol ensuciando su bota!

 

      -Os aseguro, señor, que no es por vos...-aclaró Calímaco, con un respeto que, para desolación de Edgardo, rayaba ahora en la religiosidad-. No quiere tratar con nadie de la Orden del Viento Negro...

 

      -¡Ah, sí!... Debe estar ofendido con la Orden entera sólo por ése que, según se rumorea, lo derribó del caballo-gruñó Edgardo, haciendo gestos de impaciencia.

 

      -El dice que no es por eso. Asegura que nuestra Orden no debería haberse rebajado a aliarse con tales malhechores.

 

      -¿Y estás de acuerdo con eso?

 

      Calímaco vaciló mucho antes de responder, con las comprensibles dudas de aquel cuyo espíritu se ha mantenido virgen en materia de política, y sabe o cree saber sólo lo que le han contado otros.

 

      -Supongo que sí...-contestó al fin, vacilante.

 

      -¿Sólo lo supones?... ¡Espléndido! Al fin y al cabo, otros están muy seguros. Vuelve a pensarlo, que tales malhechores salvaron en más de una ocasión la vida de muchos compañeros nuestros, e incluso la mía. Y si no, ve a decirle a nuestro honorable anfitrión el Duque Olav que deje de llorar a su heroico hijo, el poderoso y difunto Príncipe Gudjon, pues éste en realidad no era sino un vulgar malhechor: también él pertenecía a la Orden del Viento Negro.

      Calímaco se encogió en su asiento, incómodo, mientras Ignacio se volvía hacia Edgardo;

 

      -¿Quieres calmarte?-exclamó, irritado, con su voz perdiéndose entre muchas otras conversaciones en el amplio salón.

 

      -¡No me calmo nada! ¡Me pides calma porque no tienes a tu hermano en el bando de aquéllos a quienes falsamente acusan de malhechores!

 

      -¡Salvé las vidas de algunos de ellos, y algunos de ellos salvaron la mía! ¡Todos ellos son también hermanos míos ahora, si no te molesta recordarlo!

 

      -Dios...-masculló Edgardo, cuya cólera precisaba urgentemente una válvula de escape. Pero como no quería enemistarse con Ignacio, se volvió hacia su víctima ideal más próxima:-. Esteee... Calímaco... Sí, Calímaco, ¿no? Una pregunta, si no te molesta... ¿Por qué esa armadura?... Es un tanto... eh... impropia como atuendo para ir a un banquete.

 

      Calímaco de Antilonia alzó orgullosamente la cabeza.

 

      -Soy de los que opinan que, en la medida de lo posible, un Caballero debe estar presto para el combate a toda hora-afirmó, terriblemente serio, persuadido al parecer de que acababa de legar a la posteridad una perla de sabiduría y un paradigma.

 

      -Bravo-ironizó Edgardo, pasando por alto el hecho de que, a su izquierda, Ignacio bullía rabiosamente cual marmita al fuego, por lo quesu intención de no enemistarse con él amenazaba fracasar-. Mira ahora a tu alrededor, y dime: ¿cuántos más, aparte de ti, lucen armadura?-y sonrió con aire de maligna victoria.

 

      La respuesta fue tan sorprendente como amarga:

 

      -Bueno, no veo más que a esos dos señores que están allá, no sé quiénes son.

 

      Y Edgardo, quien no se había fijado ni habría imaginado que alguien más pudiera ser tan tonto y absurdo para asistir a un banquete luciendo armadura, se llevó la sorpresa de su vida.

 

      Había siempre dos personajes que pugnaban por destacar junto al Duque Olav, como para que todos comentaran cuán importantes eran. Harto de ellos, y de la ridícula competencia entre ambos, el Duque había decidido que, al menos a la mesa, lo dejarían en paz. Y así, a su derecham el sitio más codiciado por su importancia, había sentado a Dagmar, el único hijo varón que le quedaba, de sólo doce años. A su izquierda, por otra parte, tenía a Guido de Flaurania, hombre reflexivo y cuerdo que ponía la misma cara que pondría si le estuvieran pisando un callo. Hasta aquí, todo bien; el problema estaba en los flancos del trío conformado por Guido, el Duque Olav y Dagmar. A la siniestra de Guido se hallaba sentado el Gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes; a la derecha del Príncipe Dagmar, el Segundo Maestre del Viento Negro, Cipriano de Hestondrig. Y estos dos eran los que, creyendo que se verían hieráticos, marciales y legendarios, ostentaban cada uno su armadura, dando la impresión de posar para un ridículo, burdo, aparatoso y apabullante monumento a la estupidez humana.

 

      -No-gimió Edgardo-. Por favor, no. Esto no puede estar pasando. ¿Qué puedo decirle yo a este novato idiota, si quienes deberían dar ejemplo de lógica y sensatez son el vivo retrato de la más fogosa imbecilidad?... Que alguien se apiade de mí. Ni con los Wurms sufrí tanto. Esto ya parece un certamen de bufones, y lo peor es que, si sigo así, yo terminaré alzándome con el premio; que nada más con insinuar que esos dos se dignarían, por una vez en la vida, a ofrecer un ejemplo de buen tino, haría reír a mandíbula batiente hasta a los muertos.

 

      Calímaco no entendía de qué peroraba tanto Edgardo entre tantas muestras de auténtico sufrimiento, pero él quería participar de un diálogo con fogueados Caballeros como fuera; de modo que dijo:

 

      -Me ha llamado la atención que aquí no se estila que un heraldo anuncie a los invitados a medida que ingresan a la sala...

 

      -Gentileza de nuestro noble anfitrión, que de esa manera nos permite mantener nuestros papelones bajo el feliz resguardo de un relativo y saludable anonimato-gruñó Edgardo-. Faltaba nada más que entráramos anunciados como el gentil señor de tal o cual lugar o el muy noble Caballero Fulano de no sé dónde, y saliéramos con nuestro nombre coreado por carcajadas luego de ganarnos en base a méritos el primer puesto en una competencia de ridiculeces.

 

     Ignacio hizo un intento por dejar de bullir cual marmita llena de agua hirviendo, y dijo, volviéndose hacia Calímaco:

 

       -Sabes, si todavía no lo tienes muy en claro, algo que aprenderás aquí es que, si bien tenemos el deber de fijarnos modelos a imitar y, como Caballeros, tratar de superarnos día a día, no tenemos, en cambio, obligación de ser réplicas de esos modelos. Podemos alcanzar grandeza cada uno a nuestro modo.

 

      Calímaco puso tal expresión poco inteligente, que se habría dicho que Ignacio le hablaba en andrusiano. Lejos de tratar de descifrar la indirecta, se volvió hacia Edgardo una vez más:

 

      -Rabenland, habéis dicho. ¿Sois el líder de los Cuervos?

 

      Por momentos la conversación tomaba rumbos tan erráticos y poco coherentes como esas maltratadas melodías interpretadas por músicos callejeros en las que cada integrante no sólo desafina y omite compases enteros sino que, además, parece no tener la más remota idea de lo que hacen sus compañeros, ni sospechar que todos deberían tocar al unísono.

 

      -¡No lidero nada, no lidero nada!-exclamó Edgardo, molesto.

 

      -Pero somos Cuervos, sí-admitió Ignacio.

 

       -Y a todo esto, ¿de dónde conoces a los Cuervos, eh?

 

      -Mucha gente me ha hablado de vosotros.

 

      Edgardo se encogió de hombros. Sería por Maarten, cuya cabeza prematuramente  calva siempre destacaba muy por encima de casi todas las demás, excepto la de Hreithmar Hjalmarson; o tal vez por éste, cuya apariencia de colosal masa de músculos enormes hasta la deformidad era igualmente llamativa... Cualquier grupo que los incluyera a ellos dos, por lógica saltaría de inmediato a la fama.

 

      Aunque, pensándolo bien, aunque nosotros empezamos, muchos se nombraron a sí mismos Cuervos al extenderse la noticia, reflexionó.

 

      -¿Sois una especie de sociedad secreta? ¿Y por qué os hacéis llamar así?-preguntó Calímaco.

 

      -Mi madre-gruñó Edgardo-. Lindo secreto sería éste que conoce hasta este novato bobo llegado hace tan pocas horas.

 

      -No somos una sociedad secreta-respondió Ignacio, tratando de conservar la calma-. Hallándose al borde de la muerte, un compañero nuestro, Leif Leifson, tuvo una visión que pensamos podía ser un augurio favorable; cuervos arrancándoles los ojos a los Wurms. Nunca olvidamos el incidente y tiempo después, como para darnos ánimos y atraer la suerte a nuestro favor, nos motejamos Cuervos nosotros mismos.

 

      -Pues yo creo-dijo Calímaco- que en realidad los dragones huyeron espantados al ver que se les venía encima un león antilonio-y rió; y era la suya una risa absolutamente idiota, aunque pretendiera ser jactanciosa. Hasta Ignacio se alarmó al oírla, aunque lo disimuló como pudo.

 

      -Ay, Dios. Ay, Dios-murmuró Edgardo, acongojado-. Deben existir imbéciles tan empeñosos y exitosos en su imbecilidad como éste, pero ruego que no sean muchos, o me pongo a llorar.

 

     En ese momento el comensal que tenía a su diestra, el cual rebosaba de júbilo, le palmeó afectuosamente la espalda. Amigo, por quñe no comes, no tienes hambre, arriba el ánimo, divirtámonos... Edgardo nada repuso, quedó estático y silencioso, y el comensal en cuestión pronto se desinteresó de él y continuó charlando entusiastamente con el  que tenía a su derecha. Entonces Edgardo miró su plato en el que, entre otras cosas, le habían servido una codorniz. ¿Y tú qué daño me has hecho, pobrecita, para ameritar que te devore? Si probablemente seas la única que hasta el momento no ha dicho una sola gansada en lo que va de la noche, y en cambio no te queda el consuelo de poder salir volando para huir de todas las que continúen diciéndose, pensó.

 

      Un juglar con su laúd se presentó a entretener a los invitados, atrayendo también la atención de Calímaco. Un momento así  era exactamente lo que estaba esperando Ignacio. Se volvió hacia Edgardo y, a juzgar por su semblante, no quería oir más música que una marcha fúnebre.

 

      -Edgardo, esta noche estás insoportable...-susurró, conteniéndose para no llegar a las manos, tan alterado se hallaba nada menos que él, normalmente tan manso y paciente-. Bellos quedaremos ante Maarten, que nos pidió que tratáramos bien a los Caballeros que llegaron hoy y se sentaran cerca de nosotros a la mesa. Calímaco no tiene la culpa de que Person te haya puesto de mal humor.

 

      -Qué dices, Ignacio, Person nada tiene que ver en esto-repuso Edgardo con fastidio

 

      -¡Será tu frustrado idilio, entonces!

 

      -¡Menos, hombre!...

 

      -Pues contrólate. Estás peor que La Pulga.

 

      -Comparación honrosa. La Pulga habría  sido mucho mejor Gran Maestre que el cretino que nos tocó en suerte.

 

      -No sé, pero yo voté en contra suya porque, de tan sarcástico, es ya mal educado, y eso me choca; ¡y hoy tú estás igual!

 

      -Ignacio, por favor, mira a tu Calímaco con su gloriosa armadura, escucha sus risas idiotas, sus preguntas imbéciles, sus alardes gansos y todo el puto resto; y luego mírame a la cara y dime, sin reírte, que no es un reverendo asno.

 

      -No lo es. Es sólo un Caballero recién salido del horno, nada más.

 

      -¡Por mí, puede volver a meterse en el horno cuando quiera, que todavía le falta cocción!... Además, no tan recién salido del horno, que hace meses y meses que partió con los otros de Cernes Mortes hasta aquí. ¿Cuánto tiempo se requeriría, según tú, para no ser recién salido del horno? ¿Diez años?

 

      -Sí, salieron de Cernes Mortes en febrero, pero tal ver fuera escudero entonces y lo hayan armado por el camino. De todos modos, en todo ese tiempo poco más habrá hecho que viajar. Ahora está buscando un grupo al que pertenecer, donde sienta unión y camaradería.

 

      -¿Y qué culpa tenemos nosotros? ¡Que se vaya a pertenecer a otra parte! Estoy seguro de que los imbéciles gustan de marchar en manada.

 

      -Por supuesto, nosotros somos la mejor prueba de ello. Y ahora, escucha: supongamos que Calímaco sea tan idiota como dices. Supongamos que hasta te quedes corto. Ello no quita que Maarten nos pidió un favor. Si no vas a hacerlo, te vas, o juro que te rompo la cara aquí mismo, por muy amigos que seamos; pues ya me tienes harto. No me importa que durante la pelea volteemos todas las mesas y que, por el escándalo que siga, nos degraden y encierren en prisión hasta el Día del Juicio Final: te rompo la cara.

 

     -¿Merece la pena? ¿La merece realmente?

 

      -¡Sí! Es un Caballero novato, ¿qué tiene de raro que esté orgulloso de serlo y no pierda ocasión de exhibir la armadura que lo acredita como tal? ¿Y qué hay de asombroso en que se sienta tonto si permanece callado y que, sin embargo, se atreva a decir, no ya tres palabras, sino miles y casi todas necias, para desgracia suya y de todo el mundo? ¿Por qué ha de sorprender que sueñe con un día en que suenen trompetas, se anuncie su llegada y todos se estremezcan de emoción por ver aunque sea de lejos al legendario Calímaco de Antilonia?... Todos, alguna vez,  anhelamos para nosotros mismos destinos similares. Tuvo que estallar una guerra contra monstruos gigantescos para que empezáramos a entender cómo es realmente la cosa, pero tú pareces haber olvidado que nadie es más que nadie y convertido en elitista o sectario, pretendiendo nada menos que la perfección. Es gracioso; porque, por ejemplo, no encontré muchos que hayan conocido personalmente a tu hermano Balduino, a quien tanto pareces querer, ¡pero tendrías que oir qué dicen de él quienes sí lo conocieron!... 

 

      -¡Bah, bah!... ¡Calumnias, infundios!... Drakenstadt enalteció a mi hermano y luego lo incineró en una hoguera de infamias.

 

      Ignacio prefirió abandonar ese tema y volver al que de verdad le interesaba:

 

      -¿Qué tiene de raro que Calímaco trate de llamar la atención de aquellos cuya presunta veteranía y experiencia en combate lo cohíbe? Parece que eres su ídolo ahora.  Ha venido aquí lleno de ideales; y si no, al menos vino, cosa notable cuando tantos otros quedaron atrás, tan cómodos en sus palacios y castillos. Tal vez tengas razón, es un imbécil. Es un imbécil por creer que le agradeceríamos que haya venido aquí. Es un imbécil por no ponerse de pie e irse inmediatamente de aquí tal como yo, como tú mismo, como cualquiera lo haría en su lugar luego de que se lo trate como lo has tratado tú. Pero es un maravilloso imbécil. Un noble, glorioso imbécil. Y tú, con  tu conducta, le enseñas que no se debe ser así; que hay que ser amargo, sarcástico, odioso. Y para colmo, una cosa es que la guerra nos haya envejecido por dentro, y otra cosa muy diferente, que en su momento no hayamos sido tan tontos como dices que ahora lo es Calímaco... Tú incluido.

 

      -¡Y tenías que decirlo, nomás, mierda!-exclamó Edgardo, casi a gritos. Al menos la mitad de los asistentes se volvieron hacia él, indignados y reprobatorios. Su vecino de la derecha, el mismo que tan amable había estado momentos atrás, ahora le preguntaba por gestos si estaba loco o qué, y le señalaba con la mano al juglar, que en ese momento arrobaba al público con una romántica balada.

 

      -Muérete-le gruñó Edgardo. Miró al juglar: tenía cara de ser idiota hasta lo inexpresable. Volvió a mirarlo: no, no era para tanto, su semblante era normal. Pero, ¿no era normal que la gente tuviera cara de idiota?... Miró por tercera vez: el juglar no tenía cara de idiota. ¿Lo hacía eso anormal?

 

      Empezaba a sospechar que quizás Ignacio tuviera razón, que quizás estuviera un poco difícil de tolerar, que quizás no fuera ésa su mejor noche, con o sin Person, Princesa Gunilla y Calímaco.

 

      -Para colmo-susurró Ignacio-, habrá vivido a la sombra del recuerdo de su ancestro San Marciano, el León de Antilonia, el santo guerrero. Nada podría ser peor que sentirse obligado a emular las proezas de semejante leyenda.

 

      -Bueno, ya cállate de una vez, y déjame pensarlo-gruñó Edgardo; y a continuación, como queriendo recuperar en un santiamén todo el tiempo perdido, devoró cuando tenía en el plato, se volvió a servir y se echó al coleto dos copas de vino, como para digerir mejor la rabia y las muchas más ristras de sarcasmos que también se vio obligado a tragarse. Ignacio tenía razón: él, Edgardo, esa noche estaba intolerante e intolerable; tanto, de hecho, que él ni a sí mismo se toleraba. Mejor me voy a dormir. Mañana será otro día, pensó. En ese momento concluyó la actuación del juglar, que desapareció tras los consabidos aplausos.

 

      -Quisiera solicitaros la inmensa merced de que uno de vosotros me enviara más tarde un escudero que me ayude a quitarme la armadura-dijo amablemente Calímaco-. El mío, por desgracia, enfermó y falleció durante el viaje. Hasta ahora me las he arreglado con los escuderos de mis compañeros de travesía, pero preferiría no seguir abusando de su paciencia. Ya me asignarán otro-añadió con timidez, como disculpándose.

 

      Edgardo se quedó de una pieza. ¿Y si, después de todo, el tonto no traía la armadura puesta por deseos de lucirse, aunque no lo dijera, sino para evitar traer fastidios a otros?... Por las dudas, sin embargo, prefirió no preguntar.

 

      -Mira, muchachito-contestó, justo cuando lo iba a hacer Ignacio; y hablaba ceñudo y con voz severa, pero también con cierto matiz afectuoso, como lo haría un padre con un hijo al que acababa de regañar, pero a quien pretendiese dejar en claro que, de todos modos, seguía amándolo-: muy optimista de tu parte es suponer que aquí hallarás otro escudero. Casi todos nosotros perdimos a los nuestros, bien por haberlos matado los Wurms, bien por haber sido rápidamente armados Caballeros para inflarles un poco el ego y multiplicar así sus bríos en combate, bien porque desertaron, bien porque fueron reclutados para tareas más urgentes que atendernos a nosotros, sus señores. Sin embargo, sería para mí un honor ayudarte personalmente con tu armadura; pero como presentaré mis excusas al Duque Olav y me iré a dormir ya mismo, tendrías que retirarte conmigo.

 

      -Eso haré, señor, muchas gracias, señor, el honor es mío, señor...

 

      -Deja eso de señor. Aquí todos nos tuteamos.

 

      -Oh, claro, claro, señor, es que estoy algo nervioso, os tutearé, señor...

 

      -Iré con vosotros-dijo Ignacio-. Yo también estoy cansado.

 

      Y echó una mirada a Calímaco, quien sonreía como en la Gloria, y luego a Edgardo, quien miraba al primero como lo haría un perro enorme, horrible y malvado, muy ladrador y muy dispuesto a morder, pero que ahora se contentara con olfatear al intruso de turno, estudiándolo.

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   <td><a href="http://www.argentino.com.ar/" title="directorio argentino" rel="nofollow" style="font-family:Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:10px;color:#1E4F81;text-decoration:none;line-height:12px" target="_blank">estamos en<br><span style="font-family:Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:13px"><strong>Argentino</strong>.com.ar</span></a><br>
     <div style="margin-top:2px;margin-bottom:3px"><a href="http://www.argentino.com.ar/" title="directorio argentino" style="font-family:Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:10px;color:#999999;text-decoration:none;line-height:10px" target="_blank">directorio argentino</a></div></td>
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