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2 junio 2010 3 02 /06 /junio /2010 20:01

      -¡Señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego!... ¿Estás bien?

 

      Balduino abrió los ojos. Honney era quien le hablaba, zamarreándolo para hacerlo reaccionar.

 

      -¿Qué me pasó?-preguntó, confuso.

 

      -¡Yo qué sé! ¡Dínoslo tú... O tú!-y Honney se volvió hacia Snarki, quien miraba a Balduino con  auténtico horror y meneaba la cabeza, como escéptico ante un portento inexplicable.

 

      -Es que no sé qué era eso-explicó Snarki, muy nervioso y algo falto de aliento-. Algo atravesó el cuerpo del señor Cabellos de Fuego. Una cosa blanca, como hecha de vapor... Un fantasma o algo así.

 

      Los Kveisunger pusieron cara de espanto. Eran capaces de morir luchando como fieras, pero los fenómenos extraños o incomprensibles los llenaban de pavor. Y Hansi, a hombros de Tarian, también prefirió hacer como que no había oído.

 

      Aturdido, Balduino escuchó entonces el chischás de fondo mientras luchaba por mantenerse en pie.

 

      -¿Anders?-preguntó; y de repente recordó lo sucedido, y quedó helado de amargura-. ¿Quién está luchando?

 

      Todos lo miraron como a un niño de aprendizaje lento.

 

      -¡Anders, pues!... ¿Quién creías?-exclamó Honney.

 

       Balduino quedó boquiabierto.

 

       -¡Pero si está... Lo vi morir!-exclamó.

 

      -Por Dios, señor Cabellos de Fuego, no hagas bromas tétricas-replicó Honney, santiguándose-. Y además, como cadáver, se ve bastante saludable... Por ahora, al menos.

 

      Había ocurrido algo que nadie entendía y menos que nadie sus protagonistas, Balduino y Snarki, quienes quedaron mirándose absolutamente confusos y algo aterrados. Pero al menos al pelirrojo pronto le importó un rábano qué había pasado; para él contaba sólo que Anders seguía vivo, de modo que recobró fuerzas y pronto se halló arengando de nuevo a su amigo. Snarki, sin embargo, estaba todavía demasiado horripilado por la lúgubre visión, y tardó más en recuperarse.

 

      Se acabó, había dicho Thorkill. Había sido mucho optimismo de su parte dar el asunto por finiquitado en tiempo tan breve. Anders tenía reflejos felinos, y el miedo no lo paralizaba; muy por el contrario, duplicaba la velocidad de tales reflejos. Al verse inerme en el suelo, se había hecho a un lado una y otra vez, desesperadamente, mientras la espada de Thorkill pasaba cerca de él, casi rozándolo y hasta llegando a herirlo en el bíceps derecho en una ocasión, y no hallando por lo demás nada bajo su filo, salvo nieve y arena. Y como atacaba a lo bruto, indignado tal vez de que Anders tuviera, no sólo reflejos de gato, sino también las siete vidas correspondientes, varios cristales de nieve le saltaron a los ojos y lo cegaron por unos segundos, lo suficiente para que su adversario se le escabullera una vez más. Anders, espada en mano, estaba de  nuevo de pie. Había llegado al límite de su miedo en este duelo, estaba loco de alegría por haber sobrevivido a un trance del que no había creído posible salir; y ahora su rostro rebosaba euforia y esperanza.

 

      -Vamos, grandote, ¡no seas tímido!... ¿No ibas a cortarme las pelotas? ¡Manos a la obra entonces, hombre!

 

       Thorkill escuchó la burla y lanzó un bufido rencoroso. No soportaba de buen grado las mofas, y menos aún estaba dispuesto a tolerarlas de aquel insecto que, para colmo, le había birlado a Lyngheid.

 

      No puede decirse que atacara cegado de furia, pero su fuerza era superior a la de Anders y, concluyendo que debía aprovechar esa ventaja empleándola al máximo, se lanzó de nuevo a la refriega tirando una estocada tras otra, a diestra y siniestra, tan velozmente como se lo permitía su corpulencia. Anders había soltado el escudo, en teoría tenía que estar más desprotegido que nunca; pues bien, ocurría lo contrario. El escudo atajaba el arma de Thorkill, pero no el impacto, que era violento; y Anders había preferido prescindir de él y confiar sólo en sus reflejos para esquivar el acero enemigo, y a cambio luchar con más desembarazo. En caso extremo podía parar los golpes de Thorkill con su propia espada, y en una oportunidad se las volvió a ver negras todavía cuando el coloso, decidido a terminar de una vez por todas, chocó su arma contra la de su rival y forcejearon un buen rato uno contra otro. Aunque exhausto, Thorkill tenía mucha fuerza todavía; pero Anders presentía que el triunfo estaba muy cerca de ser suyo y que, en caso de ser él el vencido, no gozaría de misericordia. Tales pensamientos le infundían una voluntad invencible, y no cedió. De ese forcejeo se separaron cansados y bañados en sudor, y sin que alguno de los dos obtuviera ventaja alguna sobre el otro, salvo quizás que Thorkill tiró su escudo para sostener su espada con las dos manos como lo hacía ahora Anders.

 

      No le valió de nada, al contrario. La agilidad de Anders podía permitirle a éste prescindir de su escudo, pero era una imprudencia que Thorkill, frente a un contrincante tan saltarín y escurridizo, hiciera otro tanto. Anders fue asestando un mandoble tras otro, haciendo saltar, a cada impacto, las anillas de la armadura de su enemigo; y volaban ensangrentadas, de forma que Thorkill empezó a temer por su pellejo y atacó con mayor brío cuando tuvo oportunidad de hacerlo. La verdad es que no le quedó mucho margen para ello, y cuanto pudo hacerla mayor parte del tiempo fue parar los cada vez más violentos mandobles de su adversario, hasta que, en uno de esos movimientos defensivos, el acero de Anders le alcanzó la diestra, hendiendo el guantelete que la protegía. Thorkill dejó caer la espada, quejándose y agarrándose la mano, de la que manaba sangre en abundancia.

 

      Anders asintió con la cabeza, como indicando que ése era el desenlace que aguardaba, mientras sus compañeros de Vindsborg bramaban de júbilo, pidiéndole algunos que diera a mujerte a Thorkill, a quien habían ya calado como sujeto de mala entraña. Pero él decidió mostrarse ya tan noble como un Caballero, aun no habiendo sido armado todavía; y soltó su espada, juzgando indigno atacar a un enemigo indefenso.

 

      Se pasó la mano por la frente empapada de sudor, y fue lo último que recordó haber hecho antes de verse alzado en andas y luego bajado nuevamente y abrazado por sus compañeros; y más que ninguno, por Balduino, quien apenas podía creer que las cosas hubieran terminado tan felizmente, y que no cesaba de repetirle lo orgulloso que estaba de él.

 

       Y así, con la conclusión de aquel extraño duelo, pareció, y lamentablemente sólo pareció, que el vaticinio de Hendryk quedaría incumplido.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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