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3 junio 2010 4 03 /06 /junio /2010 20:52

      -¡Debiste verlo, Gudrun! ¡Tendrías que haber estado allí!...

 

      Eso Balduino ya lo había dicho alrededor de una veintena de veces, amén de que, previamente, Gudrun había oído lo mismo otras veinte veces por boca de Kurt. De acuerdo, Anders había estado magnífico; de acuerdo, era tan valiente y tan gallardo como cualquier Caballero debidamente armado; de acuerdo, parte del mérito era del señor Cabellos de Fuego, puesto que lo había entrenado; de acuerdo, eso de perdonarle la vida al malvado Thorkill, aunque no muy  prudente, sí había sido noble, excepcionalmente noble. Pero ya que el señor Cabellos de Fuego se había invitado a cenar (aportando las provisiones, eso sí, porque de otro modo, y habiendo ya cenado antes en casa de ella otras dos veces seguidas, lo habría corrido incluso a escobazos, de ser necesario), y luego a otras cosas... ¿Era mucho pedir que la dejara preparar la cena en paz?

 

      -Así que os habían predicho que alguien moriría-sonrió-. Qué puedo deciros, uno a veces es muy crédulo... Como yo con la predicción de Erika, aunque ésta de casualidad acertó. Pero la próxima vez que ocurra algo así, decídmelo sin tanto rodeo.

 

      -Oh, no habrá próxima vez. No creeré más en augurios nefastos. Pero déjame que te cuente: ese malvado imbécil estaba allí, listo para matar a Anders, ¡pero él atacó así!-exclamó Balduino, y se abalanzó sobre Gudrun y la besó en la voca-. ¡Y así!-y volvió a besarla-. ¡Y así!-y la besó una vez más.

 

      Al margen de que esta descripción del ataque a Thorkill no dejaba buena imagen de la sexualidad de Anders, Gudrun no precisaba que la mimaran todo el tiempo, pero prefería que tampoco la arrollaran como lo haría una manada de bestias salvajes en estampida, y la verdad era que en este momento Balduino no procedía muy delicada o románticamente, aunque tal vez él creyera lo contrario.

 

      -Pues suerte que tuvo que ese tal Thorkill no contraatacó así-dijo, y abofeteó a Balduino, aunque sin mucha fuerza ni ganas, más a modo de advertencia que otra cosa-. Y ahora, hacedme la merced de quedaros quieto-y se puso a revolver el guisado que estaba cociendo.

 

      Balduino se pasó la mano por la mejilla.

 

      -A veces me pregunto si me amas como yo a ti-se quejó.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, con toda mi alma; pero hete aquí que el amor no cuece guisos... Y a todo esto, ¿cómo fue eso de que casi os desmayáis?... Kurt me contó. Estaba muy asustado. Dijo que no sé quién vio una cosa, como una especie de fantasma, que atravesaba vuestro cuerpo.

...

      -Todos estábamos un poco alterados. Snarki habrá visto cualquier cosa... Sí, estuve a punto de perder el conocimiento-aclaró Balduino, algo ofendido. ¿Desmayarse?... ¡Eso les ocurría sólo a las mujeres!

 

      Nada más dijo porque, en realidad, ni él entendía de todo aquel extraño episodio, cuyo recuerdo por momentos le producía escalofríos, sobre todo durante aquel instante, extremadamente realista, en que imaginó estar inclinado sobre el cadáver de Anders.

 

      -Espero que no de celos-bromeó Gudrun-. Mencionáis muy seguido a vuestro escudero y, aunque sin duda impetuoso, ese ataque que representasteis hace un momento no parece propio de un hombre que se bate a duelo con otro, si es que me entendéis.

 

      -No te pases de lista-replicó Balduino, remedando un tono amenazante-, a menos que no te importe terminar la cena pasado mañana.

 

      -¿Y a mí qué, si así fuera? No soy yo quien tiene hambre-contestó Gudrun, sonriendo triunfalmente-. Mirad que he oído que el punto débil de un hombre es su estómago...

 

      -Qué va. Estoy seguro de que el mío está perfectamente acorazado. Por algo no me han matado los mejunjes de Varg.

 

      -Y decidme: ¿qué ocurrirá con el niño?

 

      -¿Qué niño?

 

      -¿Cómo que qué niño? ¿Me tomáis el pelo, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Gudrun, dejando de revolver el guisado y apuntando hacia Balduino con la cuchara de madera-. El que provocó todo esto, el que aún no nació. El futuro hijo de Anders. ¿De qué otro niño podría estar hablando?

 

       -¡Ah!... ¡Ese niño!...-murmuró Balduino, confuso-. Buena pregunta.

 

      La verdad era que la emoción del duelo y la posterior victoria de Anders le habían hecho olvidar el embarazo de Lyngheid que había sido causa de todo el revuelo.

 

      -Pues... Lo que decida su madre, supongo.

 

      Gudrun se sulfuró ante tal respuesta.

 

      -¿Ajá?-exclamó indignada, dejando nuevamente de revolver el guiso y apuntando de nuevo con la cuchara de madera a Balduino, quien retrocedió como si de una espada se tratase-. Conque lo que decida su madre, ¿eh?

 

      -Pues... Ya se verá-dijo evasivamente Balduino, un tanto intimidado-. Después de todo, es un escudero, será Caballero y tendrá sus obligaciones. No le quedará mucho tiempo libre. En cambio, el papel de una mujer...

 

      -¿Cómo, qué?-tronó Gudrun, cada vez más furiosa, agitando amenazante la cuchara de madera-. ¿El papel de una mujer, qué?

 

       -Cálmate, querida. Puntualizaba sólo que la mujer, pues, en fin, como que está hecha para prodigar ternura y amor maternal.

 

      -¡Qué interesante!...-exclamó Gudrun, sarcástica-. Eso, claro, cuando no somos las viles y arrastradas pecadoras responsables de tentar a Adán, ¿no?

 

      Evidentemente era muy mal momento para chascarrillos, pero Balduino no lo advirtió y dejó caer uno:

 

      -En realidad, y para redondear el concepto, mejor atenerse a la definición de Tertuliano, quien dijo que las mujeres sois el portal del Diablo.

 

       -¿CÓMO?-bramó Gudrun, echando chispas.

 

      Qué carácter, pensó Balduino; y no conforme con este yerro, cometió un segundo y enorme error: seguir los consejos de seducción de Anders, eficaces si se aplicaban a la mayoría de las chicas, pero por lo visto no tanto al ser puestos en práctica con las enérgicas mujeres andrusianas. Se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa sobradora.

 

      -Vamos, mujer-dijo-. No bravuconees conmigo. Te tengo demasiado a mis pies, y bien sabes que no osarías golpearme siquiera con una pluma.

 

       Y fue lo último que dijo antes de que un cucharazo en la cabeza (aplicado con muchas ganas y no menos energía) lo dejara viendo las estrellas.

 

      -Así que eso dice Tortugano-gruñó Gudrun, abofeteándole la mejilla. Balduino contuvo un gemido y retrocedió, pero ella acortó de nuevo la distancia-. Y así que estoy a vuestros pies, ¿eh?, que no osaría golpearos siquiera con una pluma, ¿eh?-pisotón en el pie derecho del pelirrojo-. ¡Pues claro que no! Con un yunque sería mucho mejor-pùñetazo en el estómago.

 

      -Gudrun, mi amor...

 

      -¡NO ME VENGÁIS CON ESAS ZALAMERÍAS, QUE SABÉIS QUE LAS ODIO!... ¡Y YA QUE SOY EL PORTAL DEL DIABLO, BUSCAD A ESE TAL TORTUGANO PARA QUE OS COCINE, OS MASAJEE LA ESPALDA Y OS ATIENDA EN EL LECHO!

 

      Y ya esgrimía de nuevo la cuchara como para golpear de nuevo a Balduino, quien empezaba a sospechar que Gudrun tenía la secreta misión de vengar a El Toro Bramador de Vultalia o a algún otro viejo adversario. Decidió que, en salvaguarda de su propia integridad física, tenía que hacer algo.

 

      -Gudrun, ¡por Dios!...-exclamó, mientras esquivaba otro cucharazo; e inmediatamente inmovilizó a su iracunda novia con una especie de versión suavizada de llave de lucha Kveisung-. ¡Mira lo que me fuerzas a hacer!-añadió, mientras desarmaba a la combativa joven.

 

      -Señor Cabellos de Fuego-advirtió Gudrun, resollando rabiosamente-: mirad que una línea muy, muy delgada separa la paz de la guerra, el amor del odio...

 

      -Ya me di cuenta... Gudrun, eso del portal del Diablo era una broma.

 

      -Supongamos. Pero conste que yo no estoy a los pies de nadie, ni van conmigo las posturas de macho irresistible que sospecho remedáis de vuestro amigo Anders.

 

      -Sí, es así. ¿Qué quieres que haga, si no sé seducir?... Gudrun, voy a soltarte. Puedes abrumarme a insultos, si lo deseas, pero debo pedirte que ya no me pegues, porque no eres un hombre al que pueda romperle la cara sin miramientos si me ataca.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, sed como sois en vez de imitar a otros-sugirió ella-. Si me gustara la... seducción, ya que así la llamáis, de vuestro amigo Anders, ¿por qué me interesaríais vos, estando cerca él, sin duda más auténtico y original? ¿Por qué conformarme con una simple copia?... Soltadme. No os golpearé de nuevo, y lamento haberlo hecho antes, pero os lo ruego, no me sulfuréis de nuevo.

 

       Y Balduino aflojó la presión, de todos modos no excesiva, de la llave de lucha, dejando en libertad a Gudrun. Ella se volvió a mirarlo con sus ojos de color celeste lavado, y al ver el moretón dejado por el cucharazo, se apiadó, y sintió vergüenza de sí misma. Entonces recordó algo y puso cara de susto.

 

      -El guiso-murmuró-. Mi cuchara. ¿Dónde está?

 

      Balduino le devolvió la cuchara de madera. Gudrun volvió junto al hogar y a la marmita, pero el fondo ya se había quemado y despedía un olor desagradable, de modo que lo retiró del fuego y dijo, tras un instante de reflexión:

 

       -No me cabe duda de que no os merezco, pues exijo mucho sin tener gran cosa que dar. Tengo un naso único, dentadura capaz de intimidar a un dragón, hedor a oveja, mal carácter y dudosas virtudes de cocinera.

 

       -Tus virtudes de cocinera no pueden ponerse en duda por un único guiso quemado accidentalmente. No puedo ser objetivo con tus dientes y tu nariz, pues los veo con ojos de enamorado, pero en todo caso yo tengo tantas pecas que asustaría hasta al mismo Diablo, y un populoso rebaño de piojos. Apesto a sudor. Y tienes carácter, pero no creo que mal carácter... Aunque, claro-Balduino sonrió-, te prefiero sin esa cuchara en la mano.

 

      -Sé que es mal carácter. Tal vez conozcáis a pocas mujeres, y no tengáis con qué comparar. ya conoceréis a otras mujeres, compararéis y veréis que tengo razón, por desgracia... En fin, mejor que antes de cenar ponga algún emplaste sobre ese moretón que os hice.

 

      -Deja el moretón en paz-dijo Balduino, deteniéndola cuando iba en busca de algo que aplicar a la herida-. Como si en combate no hubiera sufrido heridas más serias... Aunque te esmeras por superarlas, en honor a la verdad-bromeó.

 

      -Bien. Podemos sentarnos a la mesa entonces. Sólo se quemó la parte de abajo del guiso; el resto se salvo. Comamos antes de que se enfríe.

 

      -El guiso me importa poco.

 

      Gudrun lo miró estupefacta.

 

       -¡Gracias!-ironizó, indignada-. ¿Y para esto perdí mi tiempo como una estúpida, cocin...?-y ya no pudo decir nada más, porque Balduino le cerró la boca con un beso, sin duda una romántica manera de silenciar los reproches de una novia airada.

 

       El hubiera querido decirle muchas cosas. Hubiera querido hablarle de lo solo que se sentía en su niñez; de cuán duro había sido, ya en el umbral de la adolescencia, ver a las chicas arrobadas por rostros de muchachos guapos y pensar en su colección de pecas que lo privaría siempre de ese privilegio; de la amargura y humillación adicionales experimentados al enterarse, a los trece años, de que había sido prometido en matrimonio de conveniencias y reflexionar que, además de que a su padre le importaba sólo si le era útil en sus alianzas políticas, tendría a su lado una esposa que lo toleraría sólo por esa misma alianza y lo abandonaría cuando se rompiese.

 

      Le habría dicho que esas cosas dolían mucho más que cualquier herida física, cucharazos inclusive. Le habría contado que, en tales ocasiones, cuando aparece una mujer que lo ama a uno, no por títulos, ni por rostros agradables a la vista, no pide mucho más; que no obstante, cuando eso sucede se puede incurrir en la tontería de creerse irresistible para el sexo opuesto, olvidando todos los fracasos anteriores, sobre todo si en algún momento se soñó con serlo; y que la diferencia entre el Caballero fiel a un solo señor por convicción y el mercenario que sirve a quien paga más debía guardarse en todos los órdenes de la vida, y bienvenidos cuantos golpes fueran necesarios para entenderlo y nunca olvidarlo.

 

      No dijo nada, sin embargo. Gudrun recelaba del mero palabrerío, y estaba segura de que Balduino la olvidaría cuando se marchara de Freyrstrande. El propio Balduino temía ahora que eso ocurriera, y aborrecía esa posibilidad.

 

       Quedaron abrazados un rato luego de separar los labios, y Gudrun tenía apoyada la cabeza contra el hombro de Balduino, cuando dijo:

 

      -Señor Cabellos de Fuego, debéis encargaros de que Anders haga algo con el niño.

 

      Balduino se sintió contrariado. ¿Era necesario mencionar en ese momento a Anders o a cualquier otra persona?

 

      -Gudrun, Anders será armado Caballero un día, y no podrá estar cambiando pañales en plena batalla. Para eso están las mujeres, en serio.

 

      -Yo soy pastora y debo cuidar a mis ovejas. Tampoco tendría tiempo de cuidar bebés, y por eso me guardo mucho de quedar encinta. Pero en este caso no se han tomado las debidas precauciones. Ambas partes deben responsabilizarse de ello.

 

      -Basta, Gudrun-dijo Balduino con firmeza-. Esa Lyngheid es toda una ramera, de modo que ni seguros estamos de que el niño sea de Anders. Y no es pastora; que se beneficie del dinero mal habido de su padre.

 

      Gudrun se encolerizó de nuevo, y separó su cuerpo del de Balduino.

 

      -Basta, un cuerno-dijo-. Hasta donde sé, Anders no guarda más continencia que esa Lyngheid. De todos modos, habláis en su defensa porque es amigo vuestro y nada más. Por otro lado, si Einar se disgustó con su hija es dudoso que la apoye. Y si el niño fuera varón, necesitaría un padre o alguien similar con quien identificarse. ¿Os parece que Einar sería el candidato ideal?

 

      Balduino la miró con cara de amarga desolación. Habiendo en el mundo miles de mujeres tontas, le tocaba nada menos que a él encontrarse con una que tanta y tan poco conveniente lógica demostraba en asuntos tan espinosos...

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Published by EKELEDUDU
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