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5 junio 2010 6 05 /06 /junio /2010 21:57

      El 22 de diciembre empezó como un día de calma en Drakenstadt. poco después de mediodía llegó un gran contingente de refuerzos armados al  mando del viejo senescal Justiniano de Charmalles; y el Duque Olav, debidamente avisado con antelación, emitió proclamas ordenando a la población que los vitorease al paso mientras se los distribuía en las distintas barracas donde se alojarían casi todos ellos. Tal recepción era un simple agradecimiento por acudir en ayuda de la ciudad contra tantas notorias ausencias y deserciones pero, ingenuamente, se creía que en poco tiempo más serían enviados de regreso sin librar siquiera una batalla. No sospechaba Drakenstadt la jornada de horror que se le venía encima, ni las aflicciones que todavía habría de padecer Andrusia Occidental.

 

      Había entre los recién llegados nueve Caballeros además del propio Justiniano de Charmalles, y todos ellos serían invitados de honor de la cena que ofrecería esa noche el Duque Olav.

 

      -Como Hreithmar y yo no asistiremos porque tenemos guardia, nuestros puestos en la mesa serán ocupados por dos de estos Caballeros-dijo Maarten Sygfriedson a Ignacio de Aralusia-. Quisiera estar allí para agradecerles personalmente, a través de atenciones, el haber acudido en auxilio de mi ciudad, aunque su presencia tal vez ya no sea necesaria.

 

      -¿Quieres que tome tu lugar en la guardia?-preguntó Ignacio.

 

      -No. Hay algo que he mantenido en secreto todos estos días, pero a ti puedo decírtelo: estoy en posesión de varios datos que, con ayuda de Dios, nos permitirán atrapar, por fin, a Hodbrod Christianson y su banda. Lamentarán haber desdeñado el perdón que se les ofreció en su momento. Ahora bien, por mucho que quisieras hacerlo, no podrías dirigir la captura: para quien no conoce bien el Zodarsweick, es muy fácil perderse allí.

 

      Ignacio asintió. Recordaba la rabia impotente del pelirrojo Edgardo de Rabenland aquella famosa vez que Hodbrod Christianson se le había escabullido frente a sus narices varias veces en un mismo día, precisamente por la ventaja que al fugitivo le reportaba el desconocimiento, por parte de Edgardo, de aquel complicado dédalo de calles redondas que era el barrio sur de la ciudad. Recordaba también que Christianson y uno de sus compinches, por la noche de aquel mismo día, habían tenido el descaro de ir a beber a una taberna por lo general frecuentada sólo por guerreros, tomándoselos por jóvenes miembros del Leitz Korp. De allí también había logrado huir Christianson. El sí, pero no su cómplice... E Ignacio de Aralusia prefería no recordar más. Eso prefería, pero no lo lograba... No lograba olvidar la desesperación del precoz delincuente moribundo advirtiendo la proximidad de su amargo fin, al que había llegado por su propia estupidez y culpa, confirmando aquello de que quien mal anda, mal acaba, y angustiado no obstante por la Muerte que se aprestaba a fagocitarlo entre sus negras mandíbulas.

 

      Ojalá no hubiera visto aquello. Ojalá hubiese estado Hreithmar en mi lugar; a él le habría importado un comino que ese idiota llorase y tuviera miedo. Yo no puedo ser así, pensó.

 

      De repente advirtió que Maarten le hablaba.

 

      -Disculpa, me entretuve pensando en otra cosa y no te oí-dijo.

 

       -No importa. Te pedía que, puesto que no podré estar yo para testimoniarles mi agradecimiento, los agasajes tú un poco en nombre mío; y lo mismo Edgardo.

 

      -Así lo haremos, Maarten. ¿Sabes quiénes serán esos dos Caballeros?

 

      -Sí. Uno es Miguel de Orimor; seguro has oído hablar de él.

 

      -Sí, ¿quién no?: El Toro Bramador de Vultalia. ¿Y el otro?

 

      -Ese es el que no recuerdo bien. Su nombre es Calímaco, pero no recuerdo de qué baronía proviene. Sonaba a algo así como Babilonia, o cosa por el estilo.

 

      Ignacio se preguntó, perplejo, si Maarten le tomaba el pelo.

 

      -Antilonia-corrigió, sonriendo-. Eh... Maarten...Estás bromeando, ¿no? No puedes no haber oído hablar de ella...

 

      -¿No? ¿Y por qué?-preguntó Maarten, intrigado.

 

     -¡Porque es una de las baronías más importantes del Reino! Además, ¡no me digas que el nombre del famoso San Marciano de Antilonia no te es familiar!

 

      Maarten se encogió de hombros. El era de extracción villana y su cultura era limitadísima, pero si Antilonia era una baronía tan importante, seguro estaba lejos de Drakenstadt y cerca de Cernes  Mortes, la capital. ¿Qué sabía él qué había a tantos cientos de leguas?

 

      -En mi vida oí hablar de todo eso-contestó-. ¿Quién fue ese Marciano?

 

      -Un santo guerrero. Uno de los primeros Caballeros que hubo.

 

       -Ah, sí. Pero yo creía que ése era San Leonardo de Brandavia, o aldo así.

 

      -¡Ese era otro!

 

      -¡Todos esos santos guerreros!...-rió Maarten-. No sé cuándo entrenarían si tenían que orar, o cuándo orarían si tenían que entrenar

 

      Ignacio de puso sombrío.

 

      -Durante el entrenamiento no hay tiempo para rezos, pero en la guerra vale más tenerlo-observó.

 

      De eso también se acordaba, con un nudo de horror en el estómago: los Wurms apareciendo por enésima vez en el horizonte, los hombres persignándose y encomendándose a Dios, el Salmo 23 recitado al unísono por cristianos, herejes, judíos, ateos y hasta paganos, los sacerdotes acompañando a moribundos en estado inenarrable, tratando de brindarles algún alivio, administrando los últimos sacramentos cuando los agonizantes eran cristianos, el Khadish salmodiado por Caballeros judíos de la Orden del Viento Negro...

 

      -Bueno, pensándolo bien, la empuñadura de una espada tiene forma de cruz-reflexionó Maarten, desenvainando la suya y sosteniéndola por la hoja, como si precisara cerciorarse de que fuese cierto.

 

       Ignacio contempló el arma que tan bien conocía por haberla llevado consigo en préstamo, a modo de talismán, durante el rescate de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg: Grönsunna, Sol Verde, con la gran esmeralda engarzada en el centro del gavilán, el león cincelado en relieve y la inscripción en caracteres rúnicos: Eini Schwort kans dulein Mann bald wom det Löwe du maggen.

 

      -Para mí, lo más tétrico eran los judíos recitando su bendito Khadish por sus muertos...-murmuró Ignacio, que no podía sacarse de la cabeza esta última imagen.

 

      -Hablas por desconocimiento, o tal vez por prejuicio-contestó Maarten-. En el Khadish no se alude ni una sola vez a la muerte, todas son palabras de sumisión y alabanza a Dios. Es una petición de paz y reconciliación.

 

      -¿Cómo es que ignoras quién fue San Marciano, y sí sabes eso?

 

      -Bueno, me lo contó el señor Thorstein Eyjolvson cuando todavía era su escudero. A él se lo contó su amigo, el señor Benjamin Ben Jakob-replicó Maarten-. Nos vemos mañana, Ignacio. Iré a ver a Gerthrud antes de mi guardia.

 

       -¿Ah, sí?... Saluda entonces de mi parte a la futura madre-dijo Ignacio, sonriendo.

 

      Y Maarten partió tras envainar nuevamente a Grönsunna, la espada cuya esmeralda supuestamente ahuyentaba el miedo, la que, según prometía la inscripción rúnica grabada en ella, podía hacer de un hombre un león: la misma que, poco después de la medianoche de aquel veintidós de diciembre, quedaría inmortalizada en la leyenda y los cantos de gesta.

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Published by EKELEDUDU
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