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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 00:40

CXI

      -Caramba, compañero... La armadura te favorece cada día más-bromeó Gabriel de Caudix al ver a Balduino.

 

      -¿Vas a conquistar a alguna chica?... ¿Ya se lo contaremos a esa amiguita tuya de Freyrstrand!

 

       Era Wjoland Sigisnandsdutter quien hacía esta última chanza. No parecía cohibida por las vendas que ocultaban su belleza, o su ropaje un tanto lúgubre; ni tampoco por verse rodeada sólo por hombres que para colmo padecían la enfermedad más temida de su época, o por la posibilidad de contraer ella misma ese mal y sentir su cuerpo deformarse paulatinamente.

 

      Ambos lo habían reconocido desde la distancia y corrido a saludarlo. Al ver también a Hansi, Gabriel se había detenido instintivamente por temor a transmitirle esa lepra que en teoría no lo aquejaba, pero de la que podía haberse contagiado sin saberlo debido al asiduo contacto con sus tres compañeros. Sin embargo Hansi, absolutamente falto de prejuicios, desmontó después de Balduino y saludó muy efusivamente lo mismo a Gabriel que a Wjoland. Esta última  halló el hecho normal, pero Gabriel, poco acostumbrado a que personas sanas se le acercaran tanto, se sintió tanto más incómodo cuanto que la última persona a la que querría contagiar era un niño inocente.

 

      -A una dama, Hansi, se le toma la diestra para besarla a modo de cortesía... Salvo a ésta, por tu propio bien-bromeó Balduino-. Espero, Wjoland, que te hayas sacado la costumbre de aporrear narices...

 

      -No se dio la ocasión-contestó Wjoland, sonriendo.

 

      -Voy a ver al Conde Arn. ¿Le doy saludos de tu parte?

 

      Así iban los cuatro, Balduino llevando a Svartwulk de la brida, a través del angosto desfiladero que llevaba a las grutas de los Príncipes Leprosos. Entre tanta broma, notó Balduino que Gabriel lo buscaba con la mirada. Parecía ansioso por decirle algo importante, alguna confidencia que la presencia de Hansi o, tal vez, la de Wjoland, impidiera tratar con libertad.

 

      A la entrada de la cueva principal, Balduino permitió a Wjoland pasar en primer término mientras él admiraba el paisaje que se abría ante sus ojos en aquel punto: el arroyo murmurando en el fondo del cañón, el mar que a corta distancia rugía impetuoso como un ejército cargando contra el enemigo, el bosque cerrado y umbrío que parecía salirle al encuentro y caer sobre él desde los acantilados...

 

      -¡Ouch!-exclamó de pronto la joven, desvaneciendo aquel instante mágico y llevándose la mano a la frente-. No puedo creer que sea tan torpe... Bah, no tendré más remedio que creerlo, pero me asombra, siéndolo a este extremo, que haya logrado sobrevivir veintisiete años...

 

      La entrada de la cueva era un  poco baja y ella, no habiéndose agachado lo suficiente, acababa de llevarse por delante la parte superior de la misma.

 

       Hansi fue tras ella, e iba Balduino a pasar a continuación, cuando Gabriel lo aferró por la muñeca.

 

      -Quiero mostrarte algo que seguro no has notado-dijo con cordialidad, señalando hacia el horizonte. Pero luego miró hacia el interior de la gruta, cerciorándose de que la joven estuviera ya lo bastante lejos, y añadió en susurros y con aire conspirador:-. Balduino, Wjoland debe irse. No puede quedar aquí.

 

       Hablaba en tono tan sombrío, que Balduino no pudo menos que alarmarse.

 

      -¿Qué es lo que ha hecho esa mujer?-preguntó en voz baja. Ya me parecía que era demasiado extraña, pensó.

 

      -A nosotros, nada malo. Incluso debo agradecerle que, con sus ocurrencias, ha hecho reír a mis compañeros, cosa que a ellos buena falta les hace y por la que se sienten muy agradecidos. Es otro el problema. No lo que hace a otros, sino lo que se hace a sí misma-respondió Gabriel, siempre confidencialmente-: no para de lastimarse.

 

        Balduino quedó perplejo.

 

       -¿Qué quieres decir con eso de que no para de lastimarse?-preguntó.

 

      -¡Pues justamente eso, ni más ni menos!-exclamó Gabriel-. Se golpea, se pincha, se corta, se quema y se cae.

 

       Ante semejante descripción, a Balduino lo acometió un acceso de risa que dejó pasmado a Gabriel.

 

       -Con razón las vendas le sientan tan bien. Por lo visto, las necesita con tanta frecuencia, que es como si hubiera nacido con ellas-dijo el pelirrojo.

 

      -¡No es gracioso, Balduino!-exclamó Gabriel, enfadado-. Si por lo menos pudiéramos ayudarla, otro gallo nos cantaría. Pero nos consta (no se lo digas a nadie) que una forma de lepra, la verdadera y una de las peores, pasa de una persona a otra a través de heridas; por lo que, cuando ella más nos necesita, tenemos que mantenernos alejados y dejar que se las arregle sola.

 

        -¡Ayudadla sin miedo, ayudadla sin miedo!-rio de nuevo Balduino-. Si de veras se accidenta tanto, es dudoso que viva lo suficiente para contraer lepra.

 

      -Balduino, estás de un humor tétrico-lo reprendió Gabriel, cada vez más molesto.

 

      -De acuerdo, Gabriel: hablemos en serio-propuso Balduino, recobrando la compostura-. Ella quería estar a salvo de los esbirros de Arn, y ningún otro sitio más seguro que éste. Si prefiere arriesgarse a enfermar de lepra antes que sufrir los arrumacos de un hombre al que desprecia, ¿qué quieres que haga yo?... Espera hasta enero o febrero del año que viene, y entonces la haré volver a Freyrstrand.

 

      De mala gana, Gabriel no tuvo más remedio que capitular.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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