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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 00:44

     Arn de Thorhavok recibió a Balduino arrellanado en su trono, escoltado por dos guardias y con un consejero a su espalda. Pretendía infundir una intimidatoria sensación de poder, pero Balduino no se cohibía ante nadie que lo recibiera sentado, y menos estando él con atuendo de guerra.

 

      Físicamente, Arn era exactamente igual a tantos nobles de Andrusia treintañeros como él. Tenía una espléndida melena rubia, ojos azules y cuerpo atlético. Su mirada era frívola, vanidosa y aburrida, lo que tampoco era inhabitual entre la alta nobleza. Alguien así hace sin duda las delicias de casi todo el sexo femenino, pero es la pesadilla de todo narrador de historias que se precie de tal. Porque, ¿cómo se hace para diferenciar a un rubio de ojos azules de otro? Una expresión especialmente altanera , justa, viciosa o malvada puede marcar esa distinción, pero es exasperante que ni la parte del alma que aflora al rostro destaque en especial, y eso le sucedía a Arn. Era una simple y ñoña suma de perfección física y nada más.

 

      Miró extrañado a aquel hombre que se presentaba a una audiencia revestido de negra armadura, como dirigiéndose a un combate, pero a la vez cargando en brazos a un niño, igual que una nodriza o un aya. Sostenía el casco bajo el brazo derecho; la cofia de mallas metálicas estaba echada hacia atrás.

 

      -Abajo, Hansi...-murmuró Balduino, depositando al niño en el suelo y cambiando de brazo el casco. Acto seguido se acercó al trono, hincó rodilla en tierra y besó la diestra de Arn, como lo haría un vasallo con su señor feudal.

 

      -De pie-ordenó el Conde de Thorhavok, satisfecho de ver que este potencial enemigo se humillaba ante él.

 

      Pero Balduino no se veía en absoluto humillado. Permanecía con el pie derecho un poco adelantado, la cabeza en alto y la vista fija en el personaje sentado en el trono. Arn advirtió entonces que aquel hombre era de verdad un Caballero orgulloso de su condición de tal, y para colmo con bastante carácter. Esto le preocupaba un poco... Pero no podía entender qué hacía frente a él un hombre así, que no parecía muy proclive a rebajarse ante un enemigo sin luchar primero. Y esa entrada con el niño en brazos, ¿qué significaba? Y para empezar, ¿quién era el niño? Sin duda, su hermano, pensó Arn a la vista de que ambos, niño y Caballero, eran pelirrojos...

 

      -Habéis inspeccionado Kvissensborg por vuestra cuenta. Eso va contra la ley-reprendió a Balduino.

 

       Es cierto, pero no me lo digas a mí, que ya lo sé-pensó Balduino-. Díselo mejor a tu amigo Einar y sus hombres. No habría podido inspeccionar Kvissensborg si ellos no me lo hubiesen permitido. Pero es que son gente tan amable...

 

        -Hace ya muchos años que los Caballeros no tienen derecho a intervenir en castillos que no les pertenecen de la forma en que vos lo hicisteis, excepto, claro está, autorizados por orden real, del dueño del castillo o del señor de quien aquel es vasallo-continuó Arn.

 

       En efecto, se había modificado la ley varios años atrás para evitar, supuestamente, que falsos Caballeros (es decir, los advenedizos del Viento Negro) dispusiesen de fácil acceso a fortalezas y pudieran examinar sus puntos débiles para luego atacarlas y tomarlas. En realidad, los contactos de la Orden del Viento Negro habían impulsado dichas modificaciones para evitar que los enemigos de aquélla husmearan en ciertos castillos donde los proscritos Caballeros se ocultaban a veces, particularmente algunos comandados por las Milicias de San Leonardo, sus encubridores.

 

       -Podría haceros arrestar por vuestra impertinencia.

 

        -Señor, no ignoro la ley; pero bienvenido sea un tiempo en la cárcel, si trasgrediéndola protejo vuestros intereses. Permitidme explicaros y veréis que no podía proceder de otra manera-dijo Balduino, sin amedrentarse ni un ápice-. Como os informé en mi mensaje, tuve conocimiento de la evasión, no a través de las autoridades de Kvissensborg, sino por boca del cura local. Esto me alarmó. Vuestro vasallo Einar debió ponerme de inmediato al tanto de la fuga para que yo mismo pudiera colaborar en la captura de los prófugos. Me pregunté entonces qué otras irregularidades habría en Kvissensborg, y para ponerme al tanto de ellas hice esa inspección... Pese a no estar autorizado a ello por la ley, como bien decís. Ahora bien, en Kvissensborg todos se sometieron demasiado dócil e inmediatamente a mi autoridad. ¿Cómo es esto posible? ¿Es que ignoran la ley? Sin embargo, hombres de armas deberían tener en claro a quién deben obediencia y a quién no. No es posible que se dejen mandonear por cualquiera. Sólo un joven oficial, un teniente, mostró reparos para obedecerme , si bien  terminó haciéndolo a imitación de sus superiores. Gente así es involuntariamente peligrosa. Así como se han dejado mandar por mí, pueden ponerse a las órdenes de un enemigo. Estipulad vos mismo qué es preferible, si contravenir la ley por serviros o no contravenirla ni precaveros de eventuales riesgos. El solo hecho de que me tengáis aquí, sin escolta y con solo un sirviente acompañándome, demuestra, creo yo, que estoy dispuesto a someterme a vuestra justicia; si bien apelo a vuestra misericordia, puesto que infringí la ley sólo por serviros bien. Ni siendo vasallo vuestro podríais esperar mayor lealtad de mi parte.

 

      La personalidad de Arn coincidía perfectamente con la opinión que Balduino se había formado de ella sin conocerlo: era un engreído que gustaba de verse servido y obedecido por todo el mundo. Eso lo hacía sentirse importante. Pero aquel fatuo, desafortunadamente, no estaba solo. Tras el respaldo de su sitial, su consejero pensaba, analizaba las palabras de Balduino, preveía las consecuencias eventuales de toda posible decisión. Y ese individuo había mirado a Hansi con desagradable cálculo, como si el niño fuera un potencial rehén para asegurarse la fidelidad de Balduino. Se comprenderá, por lo tanto, que éste se refiriera a Hansi en forma un tanto peyorativa, calificándolo de sirviente. Los siervos jamás eran rehenes, porque por lo general a sus señores les importaba un comino qué hicieran con aquéllos sus enemigos.

 

       Hansi, sin embargo, era demasiado inocente para plantearse estos razonamientos; y le dolió que se lo llamara sirviente, menos por el término en sí que por el tono despectivo con que fue pronunciado.

 

      -Todavía más-añadió Balduino-: poned Kvissensborg bajo mi mando por unos meses y os garantizo que haré de ella una fortaleza modelo.

 

      Arn miró a aquel hombre de quien tanto había oído hablar y a quien de entrada y sin conocerlo había considerado enemigo suyo.

 

      -Aún no os exonero de vuestra falta-aclaró.

 

      -Pero lo haréis-contestó Balduino-. Sé sopesar el carácter de un hombre en cuanto lo veo, sé distinguir al verdadero noble de aquel al que sólo absurdos hados sitúan en la condición de  tal; así como vos sabéis que a partir de hoy os serviré por el corazón con la misma lealtad con que antes me impulsaba sólo el deber-e inclinó respetuosamente la cabeza.

 

      No había especial obsequiosidad en los gestos del pelirrojo, quien en todo momento se mostró serio, hierático y  que al mismo tiempo infundía una sensación de discilplina, como si aguardara órdenes de Arn para inmediatamente marchar a ejecutarlas. Tal actitud, en las presentes condiciones, era una fórmula con muy buenas probabilidades de éxito. Prisionero de su propia vanidad, Arn veía ahora en Balduino al hombre que, subyugado por la personalidad de un enemigo, cambia de bando y se pone respetuosamente al servicio de éste. La perspectiva le resultaba tanto más halagadora ahora que, muy a su pesar, reconocía en Balduino a un auténtico Caballero en lugar del forajido por el que lo había tomado.

 

      Desafortunadamente, Balduino no había lisonjeado al consejero, quien por otra parte parecía mucho más inteligente y mucho menos vanidoso que su señor; de modo que el hombre se inclinó sobre el oído de este último y le susurró quién sabía qué. Entonces Arn preguntó a Balduino:

 

      -¿Han sido hallados esos dos fugitivos?

 

      -Eso no os lo sabría decir-fue la respuesta-. Continuaban sin ser hallados cuando partí hacia aquí, pero tal vez mientras tanto los hayan capturado. No obstante, tengo algo que mostraros- Balduino llamó a Hansi y le pidió que sostuviera el casco mientras él desataba una bolsita de cuero que llevaba a la cintura, y de la que extrajo un rollo de pergamino que entregó al Conde de Thorhavok-. He aquí el informe de la evasión.

 

       Arn desplegó el rollo y se puso a leerlo. Mirando por encima del hombro de su señor, el consejero hizo otro tanto.

 

      -Parece evidente que hubo traición por parte de alguien-dijo Balduino, y Arn bajó un momento el pergamino para dedicarle su atención-. Es difícil saber por parte de quién, y de cuántos. la puerta de acceso a las Celdas Comunes quedó mal cerrada. Esto podría deberse a simple negligencia. Pero la fuga tuvo lugar aprovechando que uno de los centinelas estaba, supuestamente, dormido. Una posibilidad sería que no lo estuviera realmente; que fuera complice haciendo la vista gorda. Pero como no hio desaparecer las pruebas que lo implicaban, por ejemplo la cuerda por la que descendieron los fugitivos desde lo alto del muro, veo más factible que ese guardia tuviera la mala costumbre de dormir estando en servicio y que el verdadero cómplice lo supiera y aprovechara esa circunstancia.

 

       El consejero se inclinó nuevamente sobre el oído del Conde de Thorhavok, quien preguntó a Balduino:

 

       -¿Desconfiáis de alguien en particular?

 

      -Seguramente ha sido un veterano, alguien harto de muchos años de servicio y que sintiendo sobre sí el fracaso y el paso de los años se dejó tentar por alguna promesa innoble y traicionera. Los carceleros a los que tuve oportunidad de conocer en Kvissensborg ya no son jóvenes y han perdido todo idealismo y buena parte de su sentido del deber. Gente así es fácilmente corrompible. Uno de los carceleros murió durante la fuga. Quién sabem tal vez haya sido ése; quizás un puñal clavado en la espalda haya sido el pago de su complicidad en vez de las riquezas con las que se lo sedujo: Pero no es seguro. Puede que en realidad nunca descubramos al culpable, no lo sé; pero podemos al menos asegurarnos de que jamás ocurra nada parecido.

 

       -Es imprescindible hallar al culpable, sin embargo-contestó Arn-. Las buenas intenciones no convencen a nadie.

 

       -Sólo importa que una sola persona en todo el mundo esté convencida de las buenas e inexitosas intenciones dealguien: quien las tiene-replicó Balduino-. Pero si os fuera duro afrontar la incredulidad de los demás, yo cargaré por vos con ella. Hallaré al culpable o me responsabilizará por no hacer sabido encontrarlo.

 

      Arn alzó la cabeza.

 

      -¿Sí?-preguntó, escéptico.

 

      Cuando Balduino iba a contestar, Arn lo detuvo con un gesto de su mano, pues su consejero de inclinaba de nuevo sobre él. ¡Qué ganas de retorcerle el pescuezo a aquel entrometido!... Balduino temía no lograr ganarse al Conde de Thorhavok si primero no le arrancaba la lengua al consejero.

 

       -Seréis mi huésped de honor esta noche-dijo finalmente Arn, mirando a Balduino a los ojos.

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Published by EKELEDUDU
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